Parroquia San Miguel Arcangel- Cabo Rojo P.R.
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Comentario al Evangelio del 8 de marzo de 2026

3/8/2026

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Por:  Alejandro Carbajo, C.M.F.
https://www.ciudadredonda.org

Queridos hermanos, paz y bien.

Seguimos nuestra peregrinación por el camino de la Cuaresma. En la oración colecta del primer domingo de Cuaresma pedía­mos a Dios que nos concediera avanzar en la inteligencia del misterio de Cristo y vivirlo en su plenitud. La liturgia de la Palabra de ese domingo de Cuaresma nos presentaba ese misterio de Cristo: lo veíamos expuesto a las tentaciones y lo veíamos también salir vencedor; el domingo pasado era la escena de la Transfiguración de Jesús la que nos invitaba a verlo en su aspecto común y corriente (con el traje de faena de todos los días) y en una anticipación de su gloria (el traje de fiesta de la Pascua: el rostro brillan­te como el sol y los vestidos resplande­cientes). Hoy nos asomamos de nuevo a ese pozo sin fondo de su misterio: lo vemos como a uno de nosotros, un ser de necesidades y deseos: siente la fatiga del camino y tiene sed; y lo vemos como el que nos ofrece a todos el agua viva, y trae así respuesta y cumplimiento (respuesta cumplida) a nuestras necesidades y deseos últimos.

Eso no significa que esa respuesta sea fácil de aceptar o entender. La experiencia de Israel (que deja los ajos y cebollas de Egipto y los añora) se repite en la vida de cada cristiano. Toda conversión es un abandono de la “tierra de la esclavitud” y señala el inicio de un éxodo. Los primeros momentos de la nueva vida pueden trascurrir serenamente, sobre todo si nos ayuda la buena voluntad y el entusiasmo y recibimos ayuda de nuestros hermanos en la fe. Después, comienza inevitablemente la añoranza, la nostalgia y, a veces, la desilusión que experimentamos al contacto con la vida de la comunidad cristiana.

Aparecen las dudas, las vacilaciones y la tentación de cuestionar la elección hecha. Se siente la necesidad de algún signo; exigimos a Dios que dé pruebas concretas de su fidelidad. No hay que extrañarse de que surjan estos momentos difíciles: son la señal de que hemos llegado, como Israel, a Masá-Meribá. También con nosotros el Señor se mostrará paciente. También ofrecerá una señal a nuestra fe débil y tambaleante: el agua prodigiosa que brota de Cristo, su Espíritu, su Palabra y su Pan.

La sequía que experimentan muchas zonas del mundo nos ha hecho caer en la cuenta de lo preciosa e imprescindible que es el agua, sobre todo esta agua tan bien cernida de la llovizna. La hermana agua: útil, casta, humilde. Hemos aprendido a echarla de menos y a tener más cuidado con ella. Incluso especulan con que las guerras del futuro podrán tener lugar por causa del agua.

Si alguna vez hemos sufrido sed, sabemos lo mal que se pasa. Cuando se acaba en una excursión, cuando la cortan por obras o por una avería, echamos de menos ese líquido elemento. De esta suerte aprendemos a conocer y apreciar el don de Dios. Porque, sin agua, la tierra se endurece. Sin esa agua que es Dios mismo, sin el Espíritu de Dios, sin el conocimiento de Dios y sin el amor a Dios manifestados en Jesús y derramados por el Espíritu en nuestros corazones, también nosotros nos endurecemos: perdemos sensibilidad humana, se crispan más nues­tras relaciones, nos volvemos menos porosos y receptivos, se estrechan nuestra apertura y nuestra capacidad de acogida. Por el contrario, la presencia del don de Dios nos vuelve más esponjosos, más receptivos, con mayor capacidad de acogida y de escucha.

Sin esa agua que es el mismo Dios, las ciudades se llenan de contaminación y la atmósfera se vuelve irrespirable. Por el contrario, cuando Dios hace acto de presencia, se va creando comunidad.
Sin esa agua que es el mismo Dios, muchos buscan sustitutos que no pueden calmar nuestra sed, como le pasaba a la samaritana, mujer de sexualidad inquieta, que andaba ya por el quinto o sexto marido. Es que el amor de Dios – lo demuestran las historias de muchos creyentes – puede llenar de tal manera que las necesidades físicas quedan mitigadas (ascesis) y puede renunciarse a la mujer o al marido (castidad consagrada de los célibes y las vírgenes).

El problema del que se habla en las lecturas no es simplemente de sed, sino de fe, de sentido de la vida. Jesús, después de pedirle de beber a la samaritana, suscita una sed más profunda en su corazón. Una sed que sólo puede saciarse con agua viva. Aquella que no venden embotellada en ningún comercio, sino que ofrece el que es la Vida. Al corazón insaciable del hombre sólo puede colmar el agua viva del Inagotable. La herida que Dios ha abierto en nosotros sólo puede ser restañada por Dios mismo: «nos hiciste, Señor, para ti y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en ti» (san Agustín).

Hoy Jesús sigue pidiéndote de beber. El vuelve a salir a tu encuentro sintiéndose necesitado de ti. Se hace débil para que puedas tener acceso a su amor infinito. Nos pide de beber a nosotros que vivimos inquietos, llenos de deseos insatisfechos. Víctimas de una sociedad que se ha especializado en crearnos necesidades. Nos rodea la publicidad en torno al consumo creciente. No estamos ni mucho menos satisfechos con lo que somos, hacemos y poseemos…, siempre se nos espolea a desear más.

Por eso Dios, que ve nuestro corazón insaciable y que conoce nuestras inquietudes, vuelve a salirnos al encuentro. El Dios que se las sabe todas para meterse en tu vida, vuelve a decirte: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber…» «Yo soy», el que acaso, sin saberlo, estás buscando. Yo soy el Esperado. El encuentro con Él, aparentemente fortuito, despierta el deseo de infinito, nostalgia: «Quien tenga sed que venga y beba y de sus entrañas brotará una fuente que salte hasta la vida eterna». Él es el agua de la roca, el agua del costado que brotó de la lanzada en el cuerpo muerto del Crucificado, el agua que Él mismo ofrece a la samaritana.
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La Cuaresma es un tiempo propicio para reavivar la gracia del bautismo y vivir la Vida nueva que un día, por el Espíritu, fue derramada en nuestros corazones. La Cuaresma se vive retornando a aquella fuente de la que brota la vida. Una invitación especial que podríamos recibir para la semana entrante es ésta: vivir el espíritu de oración; practicar la oración en espíritu y verdad.
¿Qué hace esta mujer después de haber encontrado a Cristo? Abandona el cántaro (no le sirve porque ha encontrado el “agua viva”) y corre a anunciar a otros su descubrimiento y su felicidad. Es la invitación a ser misioneros, apóstoles, catequistas, a proclamar a todas las gentes la alegría y la paz que llena a quien encuentra al Señor y bebe su agua.
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Éste es mi Hijo amado. Escuchadlo. Comentario al Evangelio 1 de marzo

3/1/2026

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Por:  Alejandro Carbajo, C.M.F.
https://www.ciudadredonda.org


Queridos hermanos, paz y bien.

Tras el relato de las tentaciones, el primer domingo de Cuaresma, la Transfiguración, el segundo.
Lo pedíamos el domingo pasado en la oración colecta, es decir, la que recita el sacerdote al comienzo de la celebración, antes de las lecturas: «Al celebrar un año más la santa Cuaresma, concédenos, Dios todopoderoso, avanzar en la inteligencia del misterio de Cristo y vivirlo en su plenitud.» Y ese puede ser uno de los aspectos de nuestra conversión durante este tiempo. Me estoy refiriendo al conocimiento del misterio de Cristo. En ese conocimiento pretende que nos adentremos el evangelio que acabamos de escuchar. Lo más importante en este evangelio no es que Jesús se transfigure; lo más importante no es, tampoco, la experiencia de arrobamiento y gozo que sienten los discípulos. Lo decisivo es la voz que sale de la nube. Porque esa voz es la que nos revela la identidad de Jesús, nos hace saber quién es este hombre. No es una voz cualquiera.

Sobre Jesús se habían pronunciado muchas voces, muchas personas: había expertos en la Ley que afirmaban que Jesús tenía un demonio, o que lo descalificaban llamándolo comilón y borracho (el intento de desprestigiar al otro no se da sólo en la lucha política, sino en todos los campos de la vida; y no se da sólo hoy, sino que ha sido moneda corriente desde tiempos lejanos); por su parte, la gente decía de Jesús que era un profeta; los discípulos empezaron a sospechar y a declarar que era el Mesías. Pero son esas ocho palabras («Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto») las que nos revelan la verdad de Jesús, la dimensión más profunda de su ser, el sentido de todo lo que hace y dice.

Jesús es ese hijo que ejerce como tal, que vive la relación filial colmadamente. Una relación filial que significa apertura a esa plena confianza en Dios, porque de Él es imposible que nos venga algo malo, abandono en las manos de Dios, actitud de adoración, entrega y disponibilidad absoluta, obediencia a veces muy dura, pero radical, hasta el punto de llevarlo a la aceptación de la muerte que sufrió. Conozcámoslo, con un conocimiento real, no puramente nocional.

En esta tarea nos ayudan siempre las lecturas. La primera, por ejemplo, nos narra la llamada de Abrahán. Después de los primeros once capítulos del Génesis –que narran la historia de los orígenes del mundo y del hombre, del pecado, del diluvio y de la torre de Babel– la atención se centra en un individuo y en su familia, que ocupará el resto del libro. Sin previo aviso, el Señor se dirige a Abrahán con una orden perentoria: “Sal de tu tierra y de la casa de tu padre y ve a la tierra que te mostraré.”

Porque Dios habla. En las cosas que nos pasan, en los acontecimientos de la vida, en las personas que nos encontramos cada día. A nosotros también nos habla. Nos invita quizás a abandonar esa rutina que más que vivir nos hace sobrevivir; pide cortar con el pasado, con las costumbres que, aunque no nos honran mucho, al menos nos ofrecen alguna gratificación. Dios no acepta que el hombre se conforme; promete una vida nueva, diversa, auténtica, aunque muy comprometida y acompañada de imprevistos. No hay que extrañarse, por tanto, de que permanezca por largo tiempo el recuerdo y hasta la añoranza de la tierra dejada atrás.

En la segunda lectura de hoy, el autor quiere animar a aquellos discípulos que lo están pasando muy mal. Les recuerda que la fidelidad a Cristo lleva consigo grandes riesgos y muchos sufrimientos. Dios no suele conducir a los hombres por caminos cómodos. No fue fácil la vida de Abrahán, ni tampoco lo han sido las de Cristo, Pablo y Timoteo. Tampoco lo es hoy la vida de los cristianos en muchos países del mundo.

Se pone igualmente de relieve que la vocación cristiana es completamente gratuita: los hombres no podemos hacer nada para merecerla. Lo hemos visto también con la vocación de Abrahán. Esta verdad debería despertar sentimientos de agradecimiento a Dios y de adhesión a su llamada.

Y llegamos al evangelio de Mateo. Este evangelista, siempre que quiere poner en boca de Jesús algo importante, lo hace subir a un monte: la última tentación tiene lugar en un monte, como veíamos la semana pasada; las bienaventuranzas son proclamadas en un monte; es en un monte donde se realiza la multiplicación de los panes y, al final del Evangelio, cuando los discípulos se encuentran con el Resucitado y son enviados al mundo entero, están “en el monte que les había indicado Jesús”.

En las páginas del Antiguo Testamento a menudo se habla del monte. Porque en la Biblia, como también en la mayoría de los pueblos antiguos, era el lugar del encuentro con Dios: fue en el Sinaí donde Moisés tuvo la manifestación de Dios y recibió la revelación que después transmitió a su pueblo, y fue en la cima del Oreb donde Elías tuvo el encuentro con el Señor, por ejemplo. El rostro resplandeciente y la ropa blanca como la luz son también motivos recurrentes en la Biblia.

Todo el Antiguo Testamento (con Moisés y Elías) alcanza en Jesús la plenitud, la culminación, de su sentido. Pero Pedro no alcanza a comprenderlo. No entiende lo que sucede porque, aunque proclame que Jesús es “el Cristo”, sigue totalmente convencido de que su Maestro es solamente un gran personaje de la categoría de Moisés y Elías. Por eso sugiere construir tres tiendas iguales. Es Dios quien interviene para corregir esta falsa interpretación de Pedro: Jesús es el “Hijo predilecto” del Padre.

Los tres personajes no pueden ya continuar juntos: Jesús es absolutamente superior. Israel había escuchado la voz del Señor a través de Moisés y los profetas. Ahora, esta voz llega a los hombres a través de Cristo. Es a Él y solo a Él a quien los discípulos deben escuchar. Por eso el relato destaca que, cuando los tres discípulos abren los ojos, no ven a otro que Jesús. Moisés y Elías han desaparecido, han cumplido ya su misión, es decir, han presentado el Mesías, el nuevo legislador, el nuevo profeta, al mundo.

Los testigos de la Transfiguración tienen que guardar silencio. Los hombres deben obtener la salvación escuchando y obedeciendo, entendiendo las señales que Dios va poniendo en nuestro camino, y no por medio de acontecimientos sensacionales. Sólo cuando Dios haya hablado definitiva y públicamente, en la resurrección de entre los muertos, se podrá hablar de estos acontecimientos. Entonces la obra de Jesús quedará concluida, y el creyente podrá descubrir en Jesús los planes de Dios. Así lo han hecho constar para nuestra fe los evangelistas en sus libros.
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Si escuchamos a Jesús, sentiremos que hemos de “ponernos en camino”, como lo sintió Abraham, y salir de nuestro conformismo y de nuestro estilo de vida cómodo, para empezar a vivir más atentos a los demás y, juntos, construir ese Pueblo de Dios, y que se vaya haciendo realidad cada día entre nosotros. La vida es un camino, no exento de dificultades, ni de cruces, pero en el que Dios nos invita a caminar con confianza, como pueblo, siempre juntos, como hermanos, escuchándole sólo a Él y fiándonos de su Palabra. El final del camino es la VIDA, con mayúsculas. No tengamos miedo. Estemos a la escucha, porque en cualquier momento Dios puede dejar oír su voz. El Hijo amado del Padre señala el camino, conoce el camino, porque Él es el Camino”. ¡Buena Cuaresma y buen camino!
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Comentario al Evangelio del domingo 22 de febrero de 2026

2/22/2026

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Por:  Alejandro Carbajo, C.M.F.
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Queridos amigos, paz y bien.

Comienza el tiempo litúrgico de Cuaresma y, como todos los años, lo hace con el relato de las tentaciones de Jesús en el desierto. Para que no se nos olvide que somos tentados a menudo, por un lado, y para que recordemos que las tentaciones pueden ser vencidas, por otro.

El miércoles pasado dimos comienzo a un tiempo nuevo en la liturgia: el tiempo de Cuaresma. Son cuarenta días de preparativos. La Pascua, que es la celebración central del año litúrgico, viene precedida de este tiempo de preparación de cuarenta días que es la Cuaresma y se prolonga en la cincuentena pascual, que se cierra con la solemnidad de Pentecostés.

Cada domingo de este tiempo preparatorio representa un mojón en nuestro camino cuaresmal. Procuremos avanzar a lo largo de la semana impulsados por la celebración dominical.

Cuántas veces hemos exclamado: ¡En qué mundo vivimos! Algo que nos confirma diariamente la experiencia es que vivimos en un mundo roto. Vivimos en estado de separación. Estamos separados de Dios: somos bien conscientes de que Dios es el Santo y nosotros somos los pecadores. Estamos separados de los demás: advertimos cuánta falta de armonía, de entendimiento, de aceptación mutua hay entre nosotros. El equilibrio es demasiado inestable: conflictos internacionales, guerras civiles, dominio de unos pueblos sobre otros, insuficiente solidaridad con los más débiles, tendencias disgregadoras, labilidad de las uniones entre las personas… Y en nuestro mundo personal nos percatamos de que no estamos reconciliados cada uno consigo mismo: nos damos cuenta de las rupturas interiores que nos habitan.

Además del pecado, la muerte: somos demasiado conscientes de la fragilidad, caducidad y precariedad de nuestra vida. Es un soplo, aparece como una momentánea e insegura vibración de luz entre dos tinieblas que la envuelven.

Todo eso es verdad. Y, sin embargo, el mensaje de Pablo suena con tonos de un profundo optimismo: vivimos en un mundo últimamente amigo. Podemos cantar la victoria de la gracia sobre el pecado, la victoria de la vida sobre la muerte. No importa la fuerza con que suenen las disarmonías. Es más fuerte el acorde de fondo. Donde abundó el pecado sobreabundó la gracia.

En el Evangelio lo seguidores de Jesús recibimos tres invitaciones en las respuestas de Jesús al tentador.
Una primera invitación (no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios) nos propone vivir más abiertos a la Palabra de Dios en este tiempo de Cuaresma. Si disponemos de un misal en casa, podemos leer y meditar cada día las dos lecturas que nos propone la liturgia de la misa. ¡Cuántas veces hemos cantado!: Tu palabra me da vida, confío en ti, Señor, tu Palabra es eterna, en ella esperaré. Si somos asiduos a esta lectura y a esta meditación, experimentaremos cómo su palabra, su verdad, vertebrará reciamente nuestra personalidad.

Vale para la Iglesia y cada uno. Tenemos que empatizar con todo el que sufre hambre y con todas las necesidades. Pero la solución no es el milagro fá­cil. No dar pan, sino exigir que no haya hambrientos, con nuestro compromiso social.

Jesús niega ser un superhombre que pueda volar por los aires. Rehúye el mesianismo de la ostentación y del triunfo. Su mesianismo es el del servicio. Nos invita a ser testigos del evangelio en la vida diaria, aunque seamos testigos más bien grises, sin brillo especial. Hemos de mostrar la fecundidad de nuestra filiación divina en que seguimos al Mesías en su condición de servidor. Seremos testigos fecundos a través de nuestro servicio.

Vale para la Iglesia y para nosotros. Tenemos a veces la tentación de presentarnos como bajados del cie­lo, hablando con elocuencia admirable. De hablar desde el pulpito, desde arri­ba, desde nuestro saber teológico. De no ponernos al nivel del pueblo, de la gente llana. Pero la evangelización, ya sabemos, no se ejerce con humana sabiduría, ni desde la altura o la lejanía, sino desde la encarnación.

Al Señor tu Dios adorarás y sólo a Él le darás culto. Reservemos momentos para el encuentro y para la adoración de Dios. Si dejamos que Él ocupe su sitio, habrá más orden, más armonía, más reconciliación en nuestra vida.

Vale para la Iglesia y para nosotros. Cuando la Iglesia se alió con el poder, a partir de Constantino, Pipino, los emperadores sacros… la Iglesia tuvo un éxito extraordinario, controlando la cultura, la acción social y gran parte de la polí­tica. Era la Cristiandad imperante. El triunfalismo. Dicen algunos: “¿A qué se reduce hoy la Iglesia? Su declive va en picado, caída libre en todos los aspectos; cada vez menos respetada y valorada. Que siga con su opción por los pobres, a ver cuánto dura.” Pero la Iglesia no es poder, sino fermento, levadura en el mundo. La salvación nos vino desde la luz y desde la cruz.

Porque Cristo es Buena Nueva para el hombre. Cristo es el ideal humano conse­guido, la meta anticipada. Cristo es, por lo tanto, el fundamento de nuestra es­peranza y el estímulo para nuestro compromiso. Pero es también nuestra ayuda. Sin ella, el hombre derrotado y herido no podría ponerse en pie; o, al menos, poco podría andar sin volver a caer.

Lo que distingue al nuevo Adán con relación al primero es que está lleno del Espíritu Santo y se deja guiar por Él; que escucha antes la palabra del Pa­dre que la palabra del diablo. Adán duda y desobedece, Cristo escucha y obe­dece. Y así Cristo nos enseñará a escuchar, a obedecer y a vencer. Es el gran Restaurador, que diría Ireneo. Éste será siempre el camino a seguir en nuestra sanación y liberación. Si queremos dejar de ser hijos de Adán y Eva y llegar a ser verdaderos hijos de Dios, miremos a Cristo y compenetrémonos con Él; sigamos los pasos de Cris­to y asumamos sus sentimientos. Llegaremos a ser hombres nuevos.
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Ojalá estas invitaciones no caigan en saco roto. Si las secundamos, maduraremos como hijos de Dios.

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Habéis oído

2/15/2026

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Por:  Alejandro Carbajo, C.M.F.
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Queridos hermanos, paz y bien.

A lo largo de la jornada, todos escuchamos muchas voces. Algunas amables, otras, no tanto. Es difícil, nos cuesta encontrar momentos de silencio. Y, además, ahora tenemos el problema de la inteligencia artificial, que genera imágenes y sonidos como si fueran reales… Ya no sabes a quién puedes creer y a quién no. ¿Dónde podemos encontrar la verdad?

Los creyentes sabemos dónde está la Verdad, en medio de tantas voces. Jesucristo nos dice hoy cómo tenemos que vivir para ser sus verdaderos seguidores. Entre las muchas palabras, está la Palabra de Jesús, que es la Palabra definitiva.

Ben Sirá nos pone en suerte, como se dice en el mundo del toreo… “Si quieres”. Tenemos siempre la posibilidad de elegir entre el camino que nos aleja de Dios y el que nos acerca a Él. No es preciso decir cuál de los dos es más cómodo, más ancho, más llano. Pero lo fácil, también lo sabemos por la fe y por la experiencia, lleva al final a la tristeza, al fracaso, a la angustia e incluso a la muerte. En cambio, al final del camino duro, el que nos acerca a Dios, nos esperan la paz, la alegría y la vida.

Fuego y agua, muerte y vida. Dice el Eclesiástico que a cada uno se nos dará lo que escojamos. Dios, que es justo, nos quiere dar lo que merecemos. Pero, sabiendo cómo somos, por su misericordia, promete ayudarnos, acudir siempre que le llamemos con fe y confianza. Su gracia nos ayuda a conseguir el éxito que, por nuestro esfuerzo, podamos conseguir.

Es que Dios nos ha hecho libres, con una voluntad apta para luchar, para querer, para elegir el bien o el mal. Tenemos que querer, intentar, poner los medios. Y esa voluntad, esa intención determina la bondad o la maldad de lo que hacemos. Por eso, si intentando de buena fe algo bueno – muy importante esa buena fe – resulta algo malo, Dios juzgará lo que intentamos y no lo que hicimos.

Y otro momento importante. No pensemos que basta con intentarlo. Dios nos conoce mejor que nosotros mismo, sabe cuándo de verdad queremos algo y nos esforzamos a fondo, y cuándo sólo deseamos algo sin más, como niños caprichosos, que cambian de opinión cada poco tiempo. Él sabe cuándo actuamos con sinceridad y cuándo nos estamos engañando a nosotros mismos.

Porque a Dios no se le puedes engañar, como engañamos a los hombres. Él conoce nuestros corazones, nos comprende y siempre ayuda a los sinceros, pero no deja impunes a los mentirosos. El interior del hombre, lo que hay en su más recóndita intimidad, eso es lo que cuenta a los ojos de Dios, la intención y el deseo consentido. Jesús que se nos entrega del todo y nos promete el todo, también lo quiere todo y de verdad. No se conforma con las apariencias, con un formalismo sin vida ni sentimiento.

Es una sabiduría misteriosa, como nos recuerda san Pablo, pero accesible, porque se nos ha revelado en el Hijo. Abierta a todos, para poder elegir libremente. Lo que Dios está haciendo sobrepasa los deseos y esperanzas de los hombres. Adaptando un versículo del libro de Isaías (cf. Is 64,3), Pablo describe así la sorpresa que espera a aquellos que han tenido la fortuna de poder escrutar este misterio: “Ni ojo vio, ni oído oyó ni mente humana concibió lo que Dios tiene preparado para los que lo aman”.

Con esa posibilidad de elegir, llegamos al Evangelio. Unas palabras que, de primeras, impresionan. Casi asustan. Porque afirmando lo que ya conocían sus contemporáneos (que la Palabra de Dios no puede fallar), va más allá. Dios no puede repensar lo ya pensado ni renegar nada de cuanto ha dicho en el pasado ni aportar correcciones. El camino trazado por Dios en el Antiguo Testamente tiene validez perenne. Pero Jesús lo lleva a plenitud. “Habéis oído” contra el “pero yo os digo”. Da un vuelco a la forma de entender los Mandamientos.

Jesús sienta un principio que es fundamental a la hora de la verdad: dar importancia incluso a los preceptos menos importantes, el valorar en definitiva las cosas pequeñas. Esto nos recuerda lo que en otra ocasión nos dice, al hablarnos de los siervos que entran en el Reino por haber sido fieles en lo poco; que por eso precisamente entran en el gozo de su Señor. Es como la fórmula de la aprobación divina para el hombre justo. Desde el punto de vista práctico es un hecho evidente que el que cuida los detalles, no descuida lo más grave. También es cierto que el resultado final es la suma de los pequeños esfuerzos de cada momento. Si en cada instante se hace bien lo que hay que hacer, al final la obra será perfecta. Por otra parte, lo que depende realmente de nosotros es lo pequeño, ya que nuestra vida transcurre por cauces sencillos y habituales. Por esto es ahí donde tenemos que luchar, ahí donde hay que demostrar el amor de Dios, ahí donde ha de cuajar nuestro afán de entrega.

Como en la práctica de la antigua Ley había quien se contentaba con ser fiel a los preceptos más importantes olvidándose de los otros, así también en la adhesión a la propuesta de las bienaventuranzas los hay quienes las admiran, las aprueban y apoyan a quienes tienen el coraje de practicarlas, pero se contentan con lo mínimo. Está también el que es coherente hasta el fondo, el que toma decisiones decisivas y radicales. Haberlos, haylos.

Ahora bien, ¿es esto posible? ¿No están estas exigencias, que suenan tan bien, muy por encima de nuestras pobres fuerzas? Jesús que nos llama a ser misericordiosos con las debilidades de los demás, conoce también las nuestras, y las tiene en cuenta. No es un rabino que comenta leyes, sustituye unas por otras, las atenúa o las endurece; es un maestro que nos muestra un nuevo modo de vida que inaugura Él: Él mismo se convierte en ley para sus discípulos. Cumplir la ley entera, hasta la última tilde, significa seguir a Jesús y adoptar su estilo de vida. Él es quien cumpla la ley hasta el final, radicalmente, al dar su propia vida en la cruz.
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Por ello, la nueva ley del Evangelio compendia todas las normas (en relación con propios y extraños, en relación con la propiedad, etc.) en el mandamiento del amor. Y este mandamiento sólo puede acogerse desde la libertad, a la que apela con tanta claridad la primera lectura. En ella vemos hasta qué punto la antigua ley estaba realmente orientada a la plenitud del Evangelio. Porque los preceptos meramente legales se pueden cumplir de una manera exterior, por coacción y sin convicción (con una libertad disminuida), pero amar sólo es posible desde la libertad. No es posible amar “a la fuerza” y de modo puramente externo. Sólo se puede amar de corazón. Y esa fuerza del amor es un don que precisamente encontramos y recibimos en Cristo, que nos ha amado y entregado por nosotros hasta el extremo. No se nos pide aquí nada que no hayamos recibido antes. Y esta es la sabiduría de la que habla Pablo, inaccesible a la mera razón humana, pero que ha sido revelada plenamente en Jesucristo. Es la sabiduría de la cruz, la sabiduría de un amor que se entrega del todo y que, así, “cumple” (llena, perfecciona) la ley entera.
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Vosotros sois la luz del mundo.

2/8/2026

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Por:  Alejandro Carbajo, C.M.F.
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Queridos hermanos, paz y bien.

De luz, parece, van las lecturas esta semana. Esa luz que tanto nos hace falta para poder saber dónde estamos y hacia dónde tenemos que ir. El Señor nos dice que nosotros somos luz del mundo como Él es luz del mundo. Y en la primera lectura, Isaías nos dice cómo seremos luz del mundo: “parte tu pan al hambriento, hospeda al pobre sin techo, viste al desnudo y entonces romperá tu luz como la aurora” “Cuando destierres la opresión, la maledicencia, el gesto amenazador, tu luz se volverá mediodía. En pocos días comenzaremos el tiempo de Cuaresma. Son muy buenos propósitos para esta Cuaresma de 2026. Porque, a decir verdad, tendríamos que ir nosotros tirando del carro, no corriendo delante de él para que no nos atropelle. Tenemos que movernos y mover a otros, no dejarnos arrastrar sin vida como cantos rodados que se lleva el río.

No debemos olvidar que el amar se demuestra, sobre todo, en el dar. Y dar no sólo pan. Porque no sólo de pan vive el hombre. Hay que dar también otras cosas. Hay que dar nuestro tiempo, hay que dar nuestras buenas palabras, hay que dar nuestra sonrisa. Y sobre todo hay que dar nuestra comprensión. Colocarse en la posición del otro, sentir como él siente, ver las cosas como él las ve. Juzgar como se juzga a un ser querido, con benevolencia, saber disculpar, disimular, callar… Desterrar la maledicencia, las murmuraciones o comentarios sin amor, sin respetar la buena fama del prójimo… No nos engañemos. O queremos de verdad a todos, o Dios nos despreciará por hipócritas y fariseos.

Por supuesto que no es fácil. Oí hace tiempo a uno de mis profesores en el Seminario, citando a José Luis Martín Descalzo, esta fábula: Llegó una vez un profeta a una ciudad y comenzó a gritar, en su plaza mayor que era necesario un cambio de la marcha del país. El profeta gritaba y una multitud considerable acudió a escuchar sus voces, aunque más por curiosidad que por interés. Y el profeta ponía toda su alma en su sermón, exigiendo el cambio de las costumbres. Pero, según pasaban los días, eran cada vez menos los curiosos que rodeaban al profeta y ni una sola persona parecía dispuesta a cambiar de vida. Pero el profeta no se desalentaba y seguía gritando. Hasta que un día ya nadie se detuvo a escuchar sus voces. Pero el profeta seguía gritando en soledad de la gran plaza. Y pasaban los días. Y el profeta seguía gritando. Y nadie le escuchaba. Al fin alguien se acercó y le preguntó: «¿Por qué sigues gritando? ¿no ves que nadie está dispuesto cambiar?» «Sigo gritando -respondió el profeta- porque si me callara, ellos me habrían cambiado a mí»

La moraleja de esta fabulilla es simple. Ya sabemos que hemos de ser sal y luz para los demás. Nos lo dice Jesús. Nos lo insinúa nuestra conciencia. Es una necesidad apremiante. ¡Hay tantos a nuestro alrededor tan necesitados del buen sabor que dé sentido a sus vidas! ¡Pero hemos de alumbrar no porque esperemos que se va a conseguir un fruto, sino ante todo porque creemos en lo que estamos haciendo! La utilidad, la eficacia, el triunfo, los resultados, el puro fruto no puede ser el baremo más motivante de nuestro ser como candiles o faroles encendidos.

Y si espera esos frutos de inmediato, está destinado al desaliento. Lo sintió en sus carnes san Pablo, cuando con su pretendida oratoria no pudo convencer a muchos. A pesar de todo, la palabra de Dios es potente en sí misma y su penetración en el corazón de los hombres no depende de mediaciones humanas sino de la “manifestación del Espíritu y de su poder”. El Apóstol no se refiere a prodigios y milagros que podrían haber convencido a los corintios a acoger el Evangelio, sino al fruto del Espíritu: esa nueva forma de vida, a pesar de la miseria y las debilidades humanas, había sido adoptada por muchos miembros de la comunidad.

No tenemos derecho a pedir a Dios que cambie el mundo, si no estamos dispuestos nosotros a dejarnos quemar para iluminar, o a meternos y disolvernos entre los demás para dar buen sabor. Y hacerlo sin mirar a los resultados.  El único modo de conseguir que este mundo cambie es irradiar, brillar. Un hombre en paz consigo mismo no necesita hablar de la alegría, porque le saldrá por todas sus poros. Un ser humano con verdadera fe en sus ideas las predicará sin abrir los labios. Como decía san Francisco, “predicar siempre, a veces, con palabras”. Habrá llegado la luz. Y quienes la vean se quedarán haciéndose preguntas. Como les pasó a quienes vieron a Jesús.

Los cristianos sólo podremos ser luminarias si estamos unidos, con todas las consecuencias, a esa gran fuente de energía espiritual, de gracia y de verdad que es Jesús. Es inconcebible pensar que una acequia tenga caudal propio si no está adherida a un río, a una presa o a un manantial. Es difícil, muy difícil, llevar adelante nuestra tarea, el deseo de Jesús, de ser luz en medio de la oscuridad o sal en medio de tanta insipidez que abunda en nuestro mundo si no permanecemos en comunión plena con El.

Sólo Cristo es capaz de alumbrar, con luz verdadera, las sombras que se ciernen sobre la humanidad. Sólo Cristo, a través de pequeñas lámparas que somos los creyentes comprometidos por su reino, es capaz de ofrecer sabor de eternidad y de felicidad a tantos hombres que, en el horizonte de sus vidas, no ven sino fracaso, hastío o cansancio. ¿Seremos valientes para abrir el salero de nuestra vida cristiana allá donde se están cocinando los destinos de nuestra sociedad? ¿Por qué –frecuentemente- preferimos pasar desapercibidos sin dar color cristiano a tantas situaciones que reclaman nuestra opinión o presencia activa como seguidores de Cristo?
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Esta lámpara de la fe no debe nunca ocultarse, sino que debe colocarse siempre sobre el candelero de la Iglesia, para la salvación de muchos. Así podremos alegrarnos con la luz de la Verdad y todos podrán ser iluminados. Dios, nuestro Padre común no se cansa de recordarnos lo único que Él quiere de nosotros: que nos portemos como hermanos y para que el mundo comprenda que nuestra fe es verdadera. Seamos cada uno lucecita en el pequeño ambiente en que nos movemos. Seamos luz de cariño y amor. No importa que esa luz sea pequeña. Hagamos nacer cada uno nuestra luz y el mundo entero será luz de mediodía.
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Bienaventurados

2/1/2026

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Por:  Alejandro Carbajo, C.M.F.
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Queridos hermanos, paz y bien.

Dichoso, feliz, alegre… Todo eso significa “bienaventurado”. Sin embargo, lo que la mayoría entiende por felicidad no encaja nada bien con las palabras de Jesús. Porque la lógica de Dios es otra. Todo lo que el mundo nos ofrece: “lo primero es la salud”; lo que cuenta es el éxito”; “dichoso el que tiene mucho dinero en el banco”; “feliz quien no se priva de ningún placer”; “yo, mi, me, conmigo y, si sobra, para mí”, no es lo fundamental. ¿Podrá llegar a ser una “persona feliz” quien hace suyas semejantes propuestas de vida? ¿Qué piensa Dios de todo esto?

Nos ponen en contexto el profeta Sofonías y el apóstol Pablo. El profeta Sofonías vivió seiscientos años de Jesús. Suelen datar su profecía en torno al año 640 antes de Cristo. Sofonías era un enamorado de los pobres, de los sencillos, de aquellos que confían. Sentía como nadie el atractivo de su fe, de su confianza en Dios. Por eso, el evangelista Lucas se inspiró en sus palabras para ponerlas en boca del ángel Gabriel cuando le anunció a María la encarnación del Hijo de Dios.

Sofonías llegó incluso a imaginarse a Dios dando saltos de alegría y danzando de felicidad por la liberación de sus pobres. De ellos habla en la primera lectura de este domingo. Un pueblo pobre y humilde, un resto de Israel; vivían en el monte Sión. Eran los que cumplían los mandamientos de Dios y no cometían maldades, ni decían mentiras; los que buscaban la justicia y la moderación y confiaban en el Señor. La iglesia del Nuevo Testamento descubrió en una mujer todo lo que el profeta pre-anunciaba: la pobre entres los pobres, la madre de Jesús, María. ¡Alégrate, hija de Sión!

Pablo hace una invitación un tanto extraña a los cristianos de Corinto: «¡Fijaos en vuestra asamblea!» No les dice: ¡fijaos en mí!, que soy vuestro apóstol, vuestro obispo… ¡No! Pablo nunca quiso que las miradas se fijaran en su persona. Les pide, más bien, que se fijen unos en otros. Una invitación que podríamos también nosotros repetir en nuestras asambleas: «¡Fijaos unos en otros!»

El resultado de esa mirada merece un comentario. No hay muchos sabios en lo humano; lo necio del mundo lo ha escogido Dios; No hay muchos poderosos: lo débil del mundo lo ha escogido Dios; no hay muchos aristócratas: Dios ha escogido la gente baja del mundo, lo despreciable, lo que no cuenta. La comunidad cristiana ha sido llamada para humillar a los sabios, a los poderosos, para anular a lo que cuenta, para acabar con todos los que se glorían de sí mismos y de las cosas que tienen. A veces, nos gloriamos de nuestra «ortodoxia», de nuestros «conocimientos», de nuestro «poder», de contar «tanto» dentro del organigrama eclesial, o social. Pero ahí está la comunidad de los pobres para bajarnos los humos, para hacernos ver que Dios elige lo pequeño, lo que no cuenta.

Sofonías y Pablo han sentido en sí mismos la extraña seducción de la pobreza y de los pobres que confían en Dios y sólo en Él se glorían. Ante quienes presumen de riqueza, de poder, de sabiduría, ellos presentaron una alternativa: ¡gloriarse en Dios! Pero Sofonías y Pablo se quedan muy atrás, cuando uno los compara con Jesús.

Es que, de vez en cuando, Jesús se destapa con algunas de sus genialidades. Nos dice, sin pelos en la lengua donde está el secreto del gozo, el elixir de la eterna felicidad en ocho recetas elementales.  No son únicamente palabras de consuelo, ni de compasiva cortesía. Jesús no bendice sin remover algo, sin activar a la persona bendecida.

Jesús habla de sí, y nos dice que es feliz y dichoso porque es el Hijo amado de Dios Padre; y que esa dicha la quiere compartir con todos, está abierta a todos de manera incondicional. Todos pueden experimentar la misma dicha, también y especialmente aquellos que, según la mentalidad tradicional, estaban excluidos de ella: los pobres, los que sufren, los tristes. Jesús ha asumido todas estas situaciones para hacernos partícipes de su dicha, de su bienaventuranza. En cierto sentido, puede decirse que ha venido a traérnosla haciendo suyas todas las situaciones que pueden hacernos sentir excluidos de la dicha verdadera, de la bendición de Dios.

Si quieres ser feliz comienza, nos dice, despojándote, y liberándote de la fiebre posesiva; hazte pobre, simplifícate, elimina lo superfluo. La pobreza voluntaria, la renuncia al uso egoísta de los bienes que se poseen (inteligencia, buen carácter, conocimientos, títulos académicos, posición social, dinero, tiempo libre…) no es asunto de libre opción o consejo reservado solo al algunos con vocación de héroes o a quienes quieren ser más perfectos que los demás. Esta bienaventuranza no es un mensaje de resignación, sino de esperanza. No habrá ningún necesitado cuando todos lleguen a ser «pobres de espíritu», pongan las riquezas que han recibido de Dios a disposición y servicio de los hermanos, así como lo hace el mismo Dios que, teniendo todo, es infinitamente pobre: no se reserva nada para sí, es total donación, amor sin límites.

Si quieres ser feliz procura tener un corazón manso, suave y bondadoso. Toma la decisión de pensar mucho más en lo positivo y bueno que tienen los demás que en sus zonas oscuras. Acostúmbrate a hablar siempre bien de ellos. ¡Bienaventurados aquellos que, frente a las injusticias, asumen la misma actitud de Jesús! Estos recibirán de Dios la posesión de una tierra nueva; estrenarán una nueva condición en la que florecerán las relaciones pacíficas, en la que ya no existirán más los abusos que caracterizan a un mundo todavía a merced de las “bienaventuranzas” terrenas.

Si quieres ser feliz, acostúmbrate a llorar con quien llora, a reír con quien ríe. Aprende de los niños. Aprende de los santos. Y sonríe, aunque no tengas ganas. Sobre todo, sonríe aquel día que tengas que decir algo amargo. La venida del Reino ha comenzado ya a eliminar todas las situaciones causantes del dolor y de las lágrimas.

Si quieres ser feliz no te permitas ser injusto ni en tu pensamiento, ni en tu lengua, ni con tus manos, ni con tus silencios cómplices. Luego, también exígelo a los otros.

Si quieres ser feliz cree descaradamente en el prójimo y convéncete de que es preferible ser engañado una vez por él a pasarte toda la vida desconfiando de todos (con lo que, por otra parte, serás perpetuamente engañado) Aprende a comprender, y aprenderás el camino del perdón.

Si quieres ser feliz limpia tu corazón a menudo de tus bajos instintos, de malas ideas, de la tristeza, de la ira, de prejuicios… Recuerda al menos cuatro o cinco veces al día que tienes alma y aliméntala bien, por lo menos tanto como al cuerpo. Los puros de corazón son bienaventurados porque tienen un comportamiento que está en consonancia con la voluntad de Dios. No aman a la vez a Dios y a los ídolos. No es puro de corazón aquel que sirve a dos patrones, aquella persona que ama a Dios, pero deja en su corazón el rencor puesto en contra del hermano, aquel que no realiza acciones malas, pero comete el adulterio en su corazón (Mt 5,28). Los puros de corazón son bienaventurados porque a ellos, y solo a ellos, les será concedida una especial experiencia de Dios.
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Si quieres ser feliz trabaja por la paz. No seas ajeno a los conflictos de tu alrededor. Trata de evitarlos o hacerlos desparecer. En la Biblia, la palabra ‘paz’ (shalom) no significa solamente ausencia de guerra. Indica un bienestar total; implica la armonía con Dios, con los demás y con uno mismo; la prosperidad, la justicia, la salud, la alegría. Los “constructores de paz” son aquellos que se empeñan en hacer que esta vida rebosante de bienes se derrame también sobre excluidos y marginados. Estos “pacificadores” serán considerados hijos de Dios.

Si quieres ser feliz, atrévete a creer en algo muy serio. Lucha por ello. Sigue luchando cuando te canses. Sigue de nuevo aun cuando los demás se cansen y te dejen solo. Piensa en lo que Dios querría de ti. Como decía C. S. Lewis, hay dos clases de personas: las que, a la postre, dicen a Dios: «hágase tu voluntad», y aquellas a las que, a la postre, dice Dios: «hágase tu voluntad». ¿A qué grupo quieres pertenecer?

Podría ser bueno, en este domingo, recitar lentamente el Padrenuestro, porque nos educa en tener hambre y sed de la voluntad de Dios. Recitarlo lentamente, deteniéndoos en saborear cada invocación, como sintiendo hambre y sed del don que se pide.
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Os haré pescadores de hombres.

1/25/2026

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Por: Alejandro Carbajo, C.M.F.
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Queridos hermanos, paz y bien.

Celebramos el domingo de la Palabra de Dios. El Domingo de la Palabra de Dios es una iniciativa profundamente pastoral para hacer comprender cuán importante es en la vida cotidiana de la Iglesia y de nuestras comunidades la referencia a la Palabra de Dios, una Palabra no encerrada en un libro, sino que permanece siempre viva y se hace signo concreto y tangible.

La cita bíblica con la que se celebrará la VII edición del Domingo de la Palabra de Dios está tomada de la carta de san Pablo a los Colosenses: “La palabra de Cristo habite en vosotros” (Col 3,16).

La Palabra que hoy conmemoramos arroja siempre algo de luz en nuestras vidas. Esa luz que aparece en las lecturas de este domingo, esa luz que tanto añoramos los que vivimos muchos meses en oscuridad, cerca del Círculo Polar.

En casi todas las páginas del Evangelio se tomen por donde se tomen, hay una premisa, un requisito, un principio desde el que se entiende y facilita todo lo demás: El encuentro con Jesús. Parece que todos los relatos evangélicos nos hablan de lo mismo. Podemos decir que uno se convierte en cristiano cuando se encuentra con Jesús. Porque entonces vemos la Luz.

Eso quiere decir que debemos evitar confundir la vida cristiana con un conjunto de prácticas externas, o con un código de comportamiento moral, o con una serie de verdades más o menos complicadas a las que asentir, o con la pertenencia al colectivo humano de una Iglesia… Todas esas cosas son, por supuesto, muy importantes, pero antes que ellas y previas a ellas lo esencial es haberse encontrado con Jesús.

Jesús no es un difunto, como puede ser Napoleón o Gandhi: No le conviertas, por tanto, en un fósil polvoriento de museo. Es verdad que a los creyentes nos complica un poco la vida el que de Jesús no conservemos ni una sola reliquia, ni siquiera un mal trozo de túnica que presentar en vídeo y convencer a los que dudan… Pero somos muchos los que nos hemos topado con Él. Porque Jesús de Nazaret, el Señor, está Resucitado.

Este Viviente amigo es el que pasa llamando, interpelando, inquietando, molestando. Peregrina por muchas vidas y se mete incluso donde no le llaman. Suele presentarse sin avisar. Nos invita como a esa doble pareja de hermanos pescadores del Evangelio a seguirle. A dejarnos fascinar y seducir por su persona, por su manera de entender la vida, por su forma de des-vivirse por los demás, por su deseo de convivir con muchos. Verle es cambiar. Y cuando ello ocurre, nos pasa lo mismo que a un musulmán sufí de Murcia, Ibn Arabí: «Aquel cuya enfermedad se llama Jesús, ya no puede curar.»

«El Reino de Dios está cerca: convertíos». «Convertíos». No se nos dice: «no os mováis», «podéis quedaros con los brazos cruzados, mano sobre mano». Cuando es de noche, podemos quedarnos quietos, sin movernos; podemos tener los ojos cerrados. ¿De qué te sirve abrir los ojos si no hay luz que te permita ver?, ¿de qué te sirve ponerte a caminar, si quizás estás retrocediendo en lugar de avanzar, o te estás extraviando? Pero cuando hay luz, las cosas cambian: «pecas» contra la luz si no abres los ojos; «pecas» contra la luz si no te pones a caminar: «caminad mientras tenéis luz, antes que os envuelva la tiniebla, caminad».

Jesús llama al seguimiento a Pedro, a Andrés, a Santiago y a Juan. Principio quieren las cosas. De aquel germen ha surgido la Iglesia; sobre aquellos primeros cimientos se ha construido el edificio. Para realizar su misión liberadora Jesús cuenta con colaboradores: son los primeros discípulos que reciben su llamada. A ellos dice “Venid y seguidme, y os haré pescadores de hombres”. La vocación es la respuesta a una llamada que el hombre recibe de parte de Dios. Quien toma la iniciativa es el que llama, el Señor. Muchos seguían a Jesús de forma interesada: porque hacía milagros, porque pensaban que les iba a ofrecer poder u otros beneficios. Jesús, en cambio, busca hombres que se dejen seducir por su palabra y su fuego, que se apasionen con sus proyectos y su estilo de vida. Por eso los llama, para que estén con Él y vean cómo hay que hacer las cosas.

Es innegable que hay dificultades que hacen difícil, a veces, el seguimiento de Jesús. La primera es la radicalidad, la entrega total que Él propone: hay que estar dispuesto a dejarlo todo para seguirle. Así lo hicieron aquellos pescadores que, dejando las redes, la barca y hasta a su padre –los hijos de Zebedeo-, lo siguieron. Comprobarán después la segunda dificultad, pues el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar la cabeza: los medios con que cuentan para proclamar el Evangelio son mínimos, lo único que les servirá será su testimonio personal. Nos lo recuerda san Pablo en la segunda lectura. Y dar testimonio cuesta. Pero la dificultad mayor va a ser comprender el sentido de la misión: ¿qué entenderían ellos cuando les decía que iban a ser pescadores de hombres? Lo comprenderían después de la resurrección…
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La presencia de Jesús y su Evangelio hacen más humana la vida. Se nos invita a mostrar nuestras razones de vivir, se nos invita a luchar contra la enfermedad. Donde se hace presente el Evangelio se promueve el amor a la vida y el servicio a la vida. Evangelización y promoción humana no son realidades extrañas; van del brazo. El Evangelio se dice con palabras que anuncian a Jesús y se dice con gestos «hechos en el nombre del Señor Jesús». Y en la Palabra de Dios tenemos recogidas esas palabras. No desaprovechemos la oportunidad de escucharlas. Esa Palabra está disponible siempre.

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Éste es el Hijo de Dios

1/18/2026

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Por: Alejandro Carbajo, C.M.F.
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​Queridos hermanos, paz y bien.

Aunque estamos en el ciclo “A”, leyendo el Evangelio de Mateo, algunos domingos escuchamos extractos del Evangelio de Juan. Digamos que miramos al mismo Jesús desde distintos puntos de vista.



Sería muy poco, o por lo menos incompleto, quedarnos con el hombre – Dios o en el Dios – hombre de Belén. Jesús no solamente es un líder destacado para gran parte de la humanidad ni, como algunos otros pretenden, sólo la bandera de ese gran ideal que el mundo, por sí mismo, es incapaz de alcanzar: Jesús es Salvador de todo aquel que acepta su Palabra, su Gracia. No es suficiente observar a Jesús con ojos humanos. Como nos enseñó san Juan Bautista. es necesario, si no queremos quedarnos a mitad de camino, contemplarlo desde la fe, ya que viene a salvarnos cargando con la fragilidad de todos.


El relato de hoy continúa la historia de la semana pasada, el Bautismo del Señor. Nos traslada al rio Jordán. Juan Bautista representa admirablemente la mirada de la fe: «Yo no le conocía, pero el Padre me dijo…» Es Dios Padre el que nos da ojos nuevos para poder ver en Jesús al Dios vivo, al Salvador, al que viene a librarme del mal, de la angustia, del pecado, del dolor.


Precisamente lo que pretende la palabra proclamada en la Misa de estos domingos del tiempo ordinario es esto: empujarte a la aventura personal de convertirte en discípulo de Jesús. Y para comenzar a serlo, lo primero es acercarte a la persona de Jesús. Elimina tus ideas preestablecidas de Iglesia, de Dios, de fe, de Jesús… acércate limpio para que puedas entender cómo es Él, quién es Él…Ponte a su lado. Detente a mirarle. Dedícale tiempo. Puedes hacerlo en el silencio de una Iglesia o de tu misma casa. Allá está Él.


Por eso, me parece que tenemos mucha suerte. En primer lugar, por tener una Iglesia que es, por su gran tradición, muy sabia. Es consciente de que, muchas veces, nos cuesta caer en la cuenta de lo que tenemos delante, porque hay muchas luces que nos impiden ver la Luz verdadera, la luz de Cristo. Por eso, creo yo, nos propone hoy estas lecturas. Quizá no recordemos que el domingo pasado, nos encontrábamos con el Bautismo de Jesús. Por si acaso, el Evangelio de Juan alude a ese episodio, y nos lo dice bien claro: «he contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma y se posó sobre Él.» Juan no deja espacio para la duda. «Éste es el cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.»


Dentro de poco, antes de la comunión, repetiremos estas palabras, y el presidente dirá que los llamados a comer el cuerpo de Cristo somos dichosos. Es decir, que deberíamos estar alegres de verdad, porque podemos tener a todo un Dios en nuestra mano, en nuestra boca, y llegar a ser uno con él. El Cordero de Dios se entrega por nosotros, y nos permite dejar atrás la distancia que, por el pecado nos separó de Dios. Basta con estar atento, y reconocer su Luz. Podemos hacerlo, como lo hizo Juan. Tenemos una gran suerte.


En segundo lugar, tenemos suerte por ser miembros de un pueblo santo. No estamos solos en el camino. Pablo saluda a su comunidad de Corinto con esas palabras, y añade un matiz que me parece importante: «a todos los demás que en cualquier lugar invocan su nombre.» No somos un grupo cerrado, volcado sobre nosotros mismos, sino que, como el mismo Pablo, estamos llamados a ser apóstoles de Jesucristo. Hoy no podemos ver al mismo Jesús andando por la calle, entre nosotros, pero tenemos la suerte de poder continuar el trabajo de Pablo. Podemos recordar a los hombres que vivir en cristiano merece la pena. A lo mejor, de palabra. Pero, sobre todo, de obra.


En tercer lugar, por tener un Dios que nos ha elegido desde siempre. Es un fiel compañero de camino. Podemos sentirnos más o menos alejados, más o menos cerca de Él; pero siempre recibimos sus mensajes. Cada día, podemos percibir gestos de esperanza. A lo mejor se trata de unos misioneros, que prefieren permanecer con los más pobres en medio de un conflicto armado; puede ser un joven que pierde el tiempo acompañando a Misa a un anciano, o un hijo que visita a su madre enferma. Cada semana, la Liturgia de la Palabra nos trae una carta de Dios dirigida a cada uno de nosotros. Sin retrasos, sin que nunca se pierda y sin que haya que pagar tasa alguna por sobrepeso. Porque es una carta ligera, llevadera, adecuada a nuestro entendimiento y capacidad. El Dios fiel de Jesús nos escribe siempre, aunque a veces nosotros no le contestemos.


Isaías también recibió esa carta de Dios. Nos ha presentado un mensaje. Él fue elegido desde el vientre materno, para una tarea concreta. En Dios encuentra su fuerza, para ser la luz del mundo y reunir a las naciones. Cuando se escribe este texto, Israel sufre el destierro en Babilonia. No ve claro su futuro. Pero Dios va con ellos. Nosotros podemos ser como Isaías. También el Señor nos eligió desde antes de nacer, también nosotros vivimos en un mundo que no es fácil, pero tenemos la suerte de contar con el apoyo de Dios. Si queremos leer la carta que Dios nos envía en cada momento, y respondemos con una vida más comprometida, podemos arrojar algo de luz en nuestro entorno.


Hemos ido de adelante hacia atrás, del Evangelio a la primera lectura. Pero no hemos retrocedido, sino avanzado. En todos los textos hemos podido encontrar motivos para considerarnos afortunados. Ojalá esa suerte que tenemos se traduzca en la vida de cada uno. Sabemos lo que podemos hacer para ser mejores, y estamos llamados por Dios a intentarlo. Que nuestra alegría por ser sus hijos se note, y se convierta en luz que pueda alumbrar las sombras del mundo. La cosa hoy va de profetas; Juan Bautista señaló a Jesús, Pablo se dedicó a difundir su doctrina por gran parte del mundo conocido e Isaías fue luz para su pueblo. Seamos también nosotros profetas de hoy. Y si fallamos, que no se nos olvide que podemos volver a intentarlo. Siempre habrá otra carta, certificada y urgente, con nuestro nombre.
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Te invito a que prestes mucha atención a este Jesús, que va a seguir pasando por tu vida en la Palabra dominical… Si llegas a entenderle, seguro que dirás como Pedro: «¿A dónde voy a ir si no es contigo? Tú tienes palabras de vida eterna». En esos momentos trata de decirle de vez en cuando al Señor, como hizo Jesús, como hizo María, como hicieron los profetas: «AQUI ESTOY, SEÑOR, PARA HACER TU VOLUNTAD”. Y párate a contemplar lo que te nace desde dentro. Jesús es mejor de lo que te crees. No juega a hacerte daño. Tendrás que descubrirle como Hermano, Amigo y Maestro.
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«Este es mi Hijo amado, en quien me complazco»

1/11/2026

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Alejandro Carbajo, C.M.F.
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Queridos hermanos, paz y bien.


Se nos acaba el tiempo de Navidad. Hemos caminado juntos por el Adviento, contemplado el Nacimiento de Cristo, vivido la Epifanía y hoy nos encontramos con el Bautismo del Señor. Este año 2026 lo meditamos con el Evangelio de san Mateo.


Antes, la primera lectura introduce la figura del “siervo del Señor”. No sabemos quién es ese personaje. Dudan los expertos si se trata de una persona concreta, una figura simbólica o si representa a todo Israel. Sea como fuere, lo principal es que los primeros cristianos han sabido ver en este Siervo al mismo Jesús (Hch 8, 30-35). Seguramente, después de la muerte del Señor, los Discípulos buscaron en las Escrituras alguna explicación a lo sucedido y encontraron en el libro de Isaías una buena aclaración. Dios no salva con la victoria o el éxito, sino con la humillación y la derrota, dando la vida. Aquello que el profeta había dicho del “Siervo del Señor” se ha cumplido plenamente en Jesús de Nazaret. La lectura de hoy nos lleva al comienzo del relato de este Siervo. Jesús ha sido el Siervo fiel a Dios. La misión para la que fue escogido el Siervo es la misión que llevo a cabo nuestro Señor en su vida terrena.


Lo resume brevemente, pero con toda claridad el apóstol Pedro en la segunda lectura. Cómo procedió “Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con Él». Dios Padre lo envió para que todos, sin excepción, pudieran salvarse. A Pedro le costó entender que hasta el centurión Cornelio, sus parientes y amigos también podían salvarse. Pero acabo aceptando la voluntad de Dios, recibida en forma de visión, y concedió el agua del bautismo a aquellos que habían escuchado su mensaje y recibieron el Espíritu.


Y llegamos al Evangelio. Después de narrar el «Evangelio de la infancia», Mateo pasa a la presentación de Juan Bautista en el desierto de Judea. En Adviento escuchábamos sus advertencias: anuncia un bautismo de penitencia porque el Reino de los Cielos está cerca. No se trata de un mero rito vacío, sino que exige un cambio de vida radical. Algo muy serio.


Mateo es el único que recoge el diálogo del Bautista con Jesús, quizá para explicar lo absurdo que parece el hecho de que Jesús, que no tenía pecado, acuda a recibir este «Bautismo de Penitencia». Es un escándalo que Jesús esté en la fila de los pecadores. Por eso Juan intenta disuadirlo. «Soy yo el que necesito que Tú me bautices, ¿y Tú acudes a mí?».


Parece que Jesús no sólo quiere demostrarnos que es humilde. Lo que hace Jesús es mucho más profundo. En el río Jordán se hace solidario con todos nosotros, los pecadores. Es “el siervo de Yahvé” de la primera lectura, que carga con los pecados de todos los hombres, que esa era su misión. De alguna forma, con su gesto nos está diciendo: “dame siempre todo lo malo que hay en tu vida, tus mentiras, tus cobardías, tus miedos, tus traiciones… Yo voy a liberarte de todo. No te lo guardes. Quiero que seas feliz y lo seas siempre, por eso te perdono, si estás arrepentido.”


La respuesta de Jesús a Juan Bautista aclara desde el primer momento cuál es su misión: «Está bien que cumplamos así todo lo que Dios quiere». La obediencia de Jesús a la voluntad del Padre pone de manifiesto su condición de Hijo, ya que en aquella cultura la obediencia era lo que definía la relación de un hijo con su padre. Obediencia no es sumisión, es seguimiento voluntario de lo que el Padre espera de Él: su entrega hasta la muerte por la salvación del género humano. Que se cumpla «así» quiere decir «hasta la cruz».


La voz que se escucha en el cielo es muy importante para la comunidad de Mateo. En los últimos tiempos, el pueblo de Israel creía que el cielo se había cerrado por completo. Pensaban que Dios estaba enfadado con ellos. El profeta Isaías lo había señalado en su obra: No te irrites tanto, Señor, no recuerdes siempre nuestra culpa: mira que somos tu pueblo… “¡Ojalá rasgases el cielo y bajases!” (Is 64,7-8; 63,19). Estimaban que Dios se había olvidado de ellos, pecadores. Colocando esa voz que baja del cielo, Mateo da a sus oyentes una buena nueva: el Padre ha escuchado la súplica de su pueblo, la puerta del cielo se ha abierto de par en par y ya no la cerrará más. Se ha acabado la enemistad entre el cielo y la tierra. Jesús es la llave que nos da acceso al Reino. Y todos tienen entrada en él.


Mateo a menudo compara a Jesús con Moisés. También en este episodio se puede ver a Cristo como el nuevo Moisés. Moisés recibió el Espíritu de Dios cuando, junto a todo el pueblo, salió de las aguas del Mar Rojo. Aquella fuerza de Dios le permitió guiar a los hebreos cuarenta años, a través del desierto, hasta la tierra prometida. También Jesús recibió el Espíritu después de haber salido del agua del Bautismo para reunir y conducir hacia la libertad a cuantos son esclavos del mal. Un nuevo Caudillo, el Hijo Amado del Padre, el Elegido.
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Con la solemnidad del Bautismo del Señor termina el tiempo de Navidad e iniciamos el Tiempo Ordinario. La escena del Jordán es el principio de la vida pública del Salvador. A nosotros se nos abre también un tiempo “normal”, de camino corriente, tras la maravilla que hemos celebrado en Navidad. Pero también es tiempo de espera y de conversión. Esta primera parte del Tiempo Ordinario terminará en el Miércoles de Ceniza, el dieciocho de febrero. Ese día se inicia la Cuaresma, el ascenso hasta la Pascua gloriosa. Todos los tiempos y los momentos sirven para nuestra conversión. Y una característica de nuestro cambio –de la búsqueda del hombre nuevo—ha de ser el de la paz y la afabilidad. Jesús es afable y pacifico. Y así debemos ser nosotros. Recomendamos muy sinceramente, leer y releer esta semana los textos de la Misa. Y meditarlos en el silencio de nuestros cuartos y en la – deseable – paz de nuestras almas.
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La gracia y la verdad nos ha llegado por medio de Jesucristo.

1/4/2026

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Alejandro Carbajo, C.M.F.
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Queridos hermanos, paz y bien.

Ya estamos en 2026, con todo lo que supone comenzar un Nuevo Año, los buenos propósitos para cambiar de vida (a mejor) y, por qué no decirlo, los miedos ante un futuro incierto. Con el Año Nuevo recién estrenado, miramos hacia adelante con una mezcla de entusiasmo y ansiedad. ¿Qué nos traerá el Año Nuevo? ¿Cómo podemos superar esta incertidumbre? Para los católicos, la respuesta no radica en decisiones efímeras, como los fuegos artificiales, sino en los pilares perdurables de la esperanza, la fe y el amor misericordioso. Miremos el Año Nuevo con los ojos de un creyente.

El Año Nuevo en la Iglesia Católica es un acontecimiento significativo, marcado por la gratitud y la expectación. Reconocemos el paso del tiempo, recordando el año pasado con gratitud por los dones recibidos y pidiendo perdón por nuestras debilidades y pecados. También miramos hacia adelante con esperanza en el corazón, rezando por la guía y la gracia de Dios en el año que comienza.
Las esperanzas con las que entramos en el Nuevo Año no son solo de carácter personal. A menudo se extienden más allá, abarcando toda la creación. Oramos por la paz, la justicia y la salvación de todos los que viven en nuestro planeta. Recordamos la promesa de Dios de una creación renovada, y la esperanza de que se cumpla alimenta nuestro deseo de trabajar por un futuro mejor. Por lo tanto, la esperanza no es solo un sueño vago, sino una firme determinación de construir el Reino de Dios.

Nos ayuda la fe. La fe en la inmutabilidad del amor de Dios es la brújula que nos guía por la tierra desconocida del Año Nuevo. En muchos sentidos, la fe es todo lo que tenemos. Creemos que incluso en tiempos de incertidumbre, cuando tenemos que avanzar a ciegas, el Señor estará con nosotros, guiándonos a través de la oscuridad hacia la luz. Esta fe fortalece nuestra determinación de superar las dificultades con valentía y compasión.

Las obras de misericordia no consisten solo en dar limosna. Implican tender activamente puentes de amor y comprensión en el mundo. Al entrar en el Nuevo Año, nos comprometemos de nuevo a servir a los necesitados, a mostrar bondad y compasión, y a mejorar la vida de quienes nos rodean.
Como católicos, entramos en el nuevo año no solo con determinación, sino también con un propósito, guiados por la luz de la esperanza, la fe y el amor misericordioso. Oramos para que este año esté lleno de la gracia de Dios y para que podamos convertirnos en instrumentos de Su amor y construir un futuro brillante para nosotros mismos y para el mundo que nos rodea. El Año Nuevo es un tiempo para la reflexión y la esperanza, una oportunidad para profundizar en nuestra fe, fortalecer nuestra esperanza y permitir que el amor brille con fuerza en este mundo.
Precisamente porque no siempre vemos ese amor, porque el futuro no está claro, la Liturgia de ese domingo de Navidad nos recuerda que, en medio de la oscuridad, brilla la luz. La luz que es la Palabra.

Si hay una palabra que hoy destaca por encima de todas en las lecturas es precisamente “La Palabra” con mayúsculas. Esa “Palabra” con la que Dios creó el mundo en el principio, esa “Palabra” que acompañaba la vida del pueblo de Israel, que era la voz de los profetas, la “Palabra” que anunciaba al Mesías esperado se ha hecho de nuestra propia carne y sangre, se ha encarnado en nuestra propia naturaleza humana, sin perder la suya, ha puesto su tienda de campaña para quedarse entre nosotros. Y todo esto aparece ante nuestros ojos si somos capaces de contemplar el pesebre y descubrir en ese niño acostado y envuelto en pañales a “La Palabra” definitiva de Dios para todos nosotros.

La primera lectura, que es el “himno a la sabiduría”, nos recuerda que esa “Palabra” es sabia, es veraz. Jesús nos muestra el verdadero rostro de Dios, no solo con su palabra y su mensaje, sino también con su manera de vivir. Ahí radica la sabiduría, en que seamos capaces de vivir en coherencia con lo que pensamos y de pensar conforme al Evangelio. Con esa “Palabra” de sabiduría Dios crea el mundo y lo “recrea” enviando a su hijo Jesús, su mejor Palabra. Y esa “Palabra” se ha hecho vida. Hoy en día las palabras se quedan cortas si no van acompañadas por una vida que las refrende. Por eso la de Jesús permanecerá para siempre, “cielo y tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán”, nos dice. Él ha refrendado su palabra con la entrega de su vida.

La de Jesús es una palabra que merece toda nuestra atención. Es una palabra que viene a nuestra vida para darle un sentido verdadero y de felicidad. Es una palabra que no sólo encontramos aquí o al leerla, sino que también la encontramos hecha vida en tantas personas que son capaces de “encarnarla” en sus vidas, en sus ambientes, en sus familias, en sus trabajos, entre los suyos. Dice San Pablo en la segunda lectura: “que el Padre de la gloria os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo”. El Padre nos ha dado la “Palabra” para que podamos conocerle en profundidad. Necesitamos ese “espíritu de sabiduría y revelación” para poder reconocerle vivo y resucitado en medio de nuestro mundo. Necesitamos abrir nuestros oídos, nuestros ojos, todos nuestros sentidos, para recibirle en nuestras vidas en esta Navidad. Dios nace para ti y para mí cada vez que escuchamos su “Palabra” y la intentamos hacer vida. Dios es “Palabra viva”, no puede quedarse encerrado ni parado. La “Palabra” no es para quedárnosla, sino para compartirla, para hacerla testimonio, para que cale en otros y los lleve al encuentro con Dios.

Hoy podemos quedarnos con la impresión de que una Navidad más se nos escapa sin pena ni gloria o apartar las penas y celebrar la Gloria reconociendo ante nosotros al Salvador hecho hombre, a la “Palabra” hecha Carne y Vida. Es que la gracia y la verdad nos han llegado por medio de Jesucristo. Un hombre – Dios que no se cansa de nacer una y otra vez para salvarnos. Él nos ha destinado por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, a ser sus hijos, para alabanza de la gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha concedido en el Amado. Un Dios que acepta y acoge a toda la humanidad como parte de su propia vida. Que va a iniciar su camino de humanidad para enseñarte a ser más humano. Y que una y otra vez quiere seguir naciendo si le hacemos un sitio en nuestro corazón a través de su “Palabra” que es Jesús, hecho niño, recostado en el pesebre de Belén.
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Hoy podemos acoger la “Palabra” que nace y darle calor y vida. Hoy podemos convertirnos en luz. “Porque nuestro Dios, en su gran misericordia, nos trae de lo alto el sol de un nuevo día, para iluminar a los que viven en la más profunda oscuridad, para guiar nuestros pasos por el camino de paz” (Lc 1,78-79).

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