Parroquia San Miguel Arcangel- Cabo Rojo P.R.
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Comentario al Evangelio del 12 de abril de 2026

4/12/2026

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Por:  Alejandro Carbajo, C.M.F.
https://www.ciudadredonda.org

Queridos hermanos, paz y bien.

Seguimos respirando el aroma de la Pascua. Terminamos la Octava de la noche más grande de la historia de la humanidad. Ese momento de la vida de Cristo que da sentido a nuestra existencia.

Nuestra vida no se puede concebir sin la fe. Muchos siguen pensando que es algo sólo personal, que se trata la relación individual con Dios, por medio de unas ciertas normas y expresada en la oración a ese Dios, que habló por medio de su Hijo, Jesucristo. Les gustaría que la Iglesia se refiriera únicamente a “las cosas del Cielo”. Pero ya san Juan XXIII recordó que “todo lo que atañe al hombre atañe a la Iglesia”, al convocar el Concilio Vaticano II.

Lo entendieron muy bien los primeros cristianos, de los que nos habla el relato de los Hechos de los Apóstoles. En una especie de visión panorámica, en un texto escrito poco después de la Resurrección, se nos narra cómo la fe en Jesucristo resucitado, el haber recibido el Espíritu santo, nos incorpora a una comunidad cristiana, a la Iglesia. Una Iglesia que no se reduce únicamente al Papa, los Cardenales, Obispos y religiosos, sino que está formada por todos los creyentes, que tienen formas diversas de vida, pero con muchas cosas en común, como hemos oído.

Aunque no sabemos con certeza hasta qué punto se llevaba a la práctica lo que hemos escuchado (el caso de Ananías y Safira, por ejemplo, cf. Hc 5, 1-11), sin duda la idea de compartir todo nos habla de un ideal al que debemos tender: si todos somos hermanos, por ser hijos de Dios, que no le falte nada a nadie en nuestras comunidades. No es que no valoraran los bienes de este mundo, sino que optaron por renunciar a todo uso egoísta de lo que tenían. El ideal cristiano no es la indigencia sino un mundo en el que “nadie sea pobre” (cf. Hch 4,34). Quien cree que Jesús ha resucitado, no se somete a la esclavitud del poseer. El desapego de los bienes de este mundo sigue siendo una condición indispensable para quien cree en el Resucitado. Compartiendo, manifiesta la completa disponibilidad de ponerse a sí mismo al servicio de los hermanos.

Compartir la Eucaristía y la oración es la base para que una comunidad sea el signo de que en el mundo está presente y actúa el Espíritu del Resucitado. Juntos podemos ser recordatorio para los demás de que se puede vivir de otra manera.

La segunda lectura, de la Primera Carta de Pedro, se dirige a paganos convertidos a la fe que, precisamente por eso, tienen muchos problemas. Escribiendo para diversos grupos de personas (casados, solteros, esclavos…), recuerda que las minorías siempre se encuentran con problemas al comienzo.

El texto de hoy nos recuerda la esperanza a la que estamos llamados, para que los problemas cotidianos no nos hagan olvidarla. Porque, como hemos escuchado al final, está en juego nuestra salvación. Esa salvación a la que nos llama Dios Padre, que nos ha hecho sus hijos y, por medio de la muerte y resurrección de Jesús nos hace nacer de nuevo a una herencia incorruptible. Como hijos, estamos destinados a una herencia digna de su grandeza y de su infinita ternura.

El autor nos invita a perseverar incluso en las dificultades, pues así se consolidará y purificará la fe que profesamos, como el oro en el crisol, una imagen muy viva y muy usada en la Biblia. Esta fe nuestra, que tiene por objeto a Jesucristo a quien amamos y en quien creemos sin haberlo visto. De quien procede toda la alegría que experimentamos en este tiempo pascual.

De las dificultades para creer nos habla también el Evangelio de Juan. En principio, todos los Apóstoles tuvieron problemas. A estas preguntas Marcos, Lucas y Mateo responden diciendo que todos los apóstoles dudaron. La fe en el Resucitado no ha resultado fácil ni rápida para ninguno; ha sido, por el contrario, un camino largo y fatigoso, a pesar de las muchas pruebas que Jesús les ha dado de estar vivo y de haber entrado en la gloria del Padre.

La respuesta que da el evangelista Juan es distinta; propone a Tomás como símbolo de las dificultades por las que atraviesa todo cristiano para llegar a la fe. Es difícil saber por qué se ha fijado Juan en este apóstol en concreto. Sea por lo que sea, lo que Juan quiere enseñar a los cristianos de su comunidad, y también a nosotros, es que el Resucitado posee una vida que no puede ser captada por nuestros sentidos, ni tocada con las manos, ni vista con los ojos; solo puede ser alcanzada por la fe. Y esto vale también para los Apóstoles, a pesar de la experiencia de encuentro que han tenido con el Resucitado. No se puede tener fe en aquello que se ha visto. Si alguien exige ver, verificar, tocar… debe renunciar a la fe. La Resurrección no se puede demostrar científicamente, pues pertenece a una realidad distinta: la realidad de Dios.

Jesús se aparece dos veces en siete días. La primera vez estaba ausente el apóstol Tomás, que al enterarse por sus compañeros no quiso dar crédito a sus palabras y pidió “pruebas palpables” del acontecimiento. En la segunda aparición sí estaba presente Tomás, a quien Jesús invita a tocar sus llagas, a meter la mano en su costado traspasado. Ahora sí, Tomas confiesa humildemente “Señor mío y Dios mío” y Jesús le reprocha su incredulidad, no haberse confiado en el testimonio de los demás apóstoles. Si nosotros decimos: “dichosos los que han visto”, Jesús, por el contrario, llama bienaventurados a los que no han visto, no porque hayan experimentado más dificultades en llegar a la fe y, por consiguiente, tengan más méritos, sino porque su fe es más genuina, más pura. Quien ve, posee la certeza de la evidencia, posee la prueba irrefutable de un hecho. “Bienaventurados los que crean sin haber visto”, es decir, los que acepten el testimonio de la vida y de la predicación de la Iglesia. Es decir, todos nosotros que celebramos con tanto gozo este tiempo pascual.
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El pasaje del evangelio de san Juan que hemos leído, es una primera conclusión de todo el escrito. Por eso las últimas frases nos advierten que Jesús hizo ante sus discípulos muchos otros signos, refiriéndose a sus milagros y a todo su ministerio público, a su pasión y a su resurrección. Dando a entender, además, que quedan muchos por contar y afirmando que los que ha presentado en su Evangelio tienen un solo objetivo: llevarnos a nosotros a creer en Cristo y, por la fe en Él como Mesías e Hijo de Dios, a obtener la salvación. Como nos recuerda el Domingo de la Misericordia, que celebramos hoy, desde hace 26 años, por inciativa de san Juan Pablo II. Todo por pura misericordia de Dios. Esta es la razón por la que leemos el Evangelio en cada Eucaristía en la iglesia, porque alimenta nuestra fe.

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Comentario al Evangelio del 6 de abril de 2026

4/5/2026

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Virginia Fernández Aguinaco
https://www.ciudadredonda.org

Iniciamos la Octava de Pascua con el sentimiento de gozo y esperanza de la Vigilia Pascual. Durante toda la semana las lecturas remiten al Acontecimiento que sostiene la fe de millones de personas en la tierra. Una fe común, Jesucristo ha resucitado, y muchos matices y sensibilidades para la alegría y la respuesta.

Pedro, cincuenta días después, en Pentecostés, fortalecido por el Espíritu Santo y rodeado de los once, afirma rotundamente que la resurrección es el cumplimiento final del pacto davídico.  La vinculación de Jesús con la estirpe, que establece Pedro, utiliza una lógica jurídica y profética. David no es un simple dato genealógico, sino la piedra angular que sostiene la legitimidad de Jesús como el Mesías prometido. Parece, según el libro de los Hechos, que muchos creyeron al oirle. Y muchos, a través de los siglos,  también creímos.

Pedro fue testigo del sepulcro vacío pero las mujeres, al amanecer del tercer día, vieron y escucharon al mismo Jesús y recibieron su encargo: decid a mis hermanos que vayan a Galilea. ¡Jesús vive, ha vencido a la muerte!

Mateo relata que el hecho portentoso fue negado y combatido desde aquel momento. Y así sigue ocurriendo. El primer intento de ocultarlo, de evitar que la noticia se difundiera, fue el de los mismos que habían procurado la condena. Sería un escándalo y una vergüenza para aquellos principales de la sociedad judía y un riesgo  de muerte para los soldados romanos que custodiaron el sepulcro. ¿Y si alguno de los que nos decimos cristianos estuviéramos ocultando la verdad por miedo?

Porque la fe es un riesgo y proclamar la verdad resulta, en el mejor de los casos, bastante incómodo.
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Deberíamos, a lo mejor, conocer y denunciar los ataques a la fe cristiana en y, según nuestras posibilidades, ayudar a las víctimas de la persecución religiosa que se da en nuestro tiempo con más intensidad que nunca.

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Comentario al Evangelio del Domingo de Ramos

3/29/2026

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Por:  Alejandro Carbajo, C.M.F.
https://www.ciudadredonda.org

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Queridos hermanos, paz y bien.

Hemos llegado al final de la Cuaresma, abordamos la Semana Santa, para la que nos hemos estado preparando, cada uno según sus posibilidades. Estamos comenzando una nueva Semana Santa, que es una posibilidad para irnos configurando cada vez más con el Señor. Dejemos que lo escuchado en estos cinco domingos de Cuaresma y hoy en el relato de la Pasión cale en el corazón de cada uno de nosotros.

Todos los evangelistas dedican largo espacio al relato de la Pasión y Muerte de Jesús. Los hechos son fundamentalmente los mismos, aunque narrados desde perspectivas distintas. Cada evangelista presenta también detalles, episodios y llamadas de atención que les son propias, poniendo así de manifiesto su interés por algunos temas de catequesis considerados significativos y urgentes para sus respectivas comunidades. La versión de la Pasión que hoy se nos propone es la de san Mateo. No es un día para hacer largas reflexiones, porque ya de por sí la celebración se alarga, pero sí me parece interesante comentar algunos aspectos de esta liturgia. No en vano el Domingo de Ramos es el pórtico de la Semana Santa.

El Domingo de Ramos comenzó todo. Jesús llevó a cabo su última procesión, una marcha hacia el destino de su vida entera, Jerusalén. Allí llegó, para encontrarse con todo el pueblo, para dar a la gente, a todos, la posibilidad de que lo reconocieran y lo acogieran. Va con el amor de Dios como bandera, y la paz en las manos, ofreciendo gratuitamente un camino de felicidad y salvación. Porque Jesús siempre buscó la cercanía y el encuentro.

Mateo repite varias veces que “todo esto ocurrió para que se cumpliera lo que escribieron los profetas”. Desde el comienzo de su predicación hasta la muerte en cruz, todo ha sido predicho. Nuestro evangelista resalta, sobre todo, un paralelismo entre la Pasión de Jesús y el drama vivido por el justo del que habla el Salmo 22. Las correspondencias son tantas como para suponer que la intención del autor del salmo hubiera sido darnos una descripción detallada de lo que le sucedería al Mesías. Al revés. Se debe a una selección interesada del evangelista, quien ha querido contarnos la Pasión y Muerte de Jesús teniendo presente el esquema de este salmo.

Mateo escribe su evangelio para los judíos, que han sido adoctrinados por los rabinos para esperar a un Mesías vencedor, grande y potente. Y lo ha hecho para ayudar a los lectores a ir más allá de la mera crónica de los acontecimientos y abrirse al significado profundo de lo que sucedía. Para que vieran al Crucificado como al Mesías esperado. Dios no ha salvado milagrosamente a Cristo de una situación difícil, no ha impedido la injusticia y la muerte de su Hijo, pero ha trasformado su derrota en victoria, su muerte en nacimiento, para que surja una vida sin fin.

También es interesante cómo Mateo presenta a un Jesús pacifista, totalmente en contra de la violencia. “Quien a espada mata, a espada muere”. De alguna manera, los discípulos de Jesús debemos ser hijos de la paz. Lo remarca a menudo el Papa León XIV, hablando en contra de todas las guerras que en el mundo hay abiertas. Los primeros cristianos lo tenían claro: un discípulo de Cristo debe estar dispuesto, como el Maestro, a dar la vida por el hermano y no a matarlo; nunca matarlo, por ninguna razón. Los mártires de todos los siglos nos lo recuerdan.

Mateo es el único evangelista que narra la muerte de Judas. Judas Iscariote representa a todos los que se entusiasman con Jesús, pero luego, al ver que no cumple sus expectativas, lo abandonan o se pasan al bando de los perseguidores.

No sabemos muy bien lo que pensaría Judas después de entregar al Maestro, pero, cuando se dio cuenta de lo que había hecho, y sabiendo que no tenía amigos entre los Discípulos, quiso buscar ayuda. Pero, para su desgracia, recurrió a las personas menos adecuadas para entenderle: los sumos sacerdotes que se habían aprovechado de él. Si se hubiera vuelto a Cristo, seguramente la historia habría acabado de otra manera.

Voy terminando. Sólo el evangelista Mateo recuerda que colocaron una guardia armada para custodiar el sepulcro. Parecería que ha triunfado el mal, el justo ha sido vencido y encerrado para toda la eternidad en una tumba. Es lo que sienten y piensan muchas personas en nuestro días. Que no hay justicia, que los pobres no tienen salvación. Pero Dios, inesperadamente, hará girar la piedra del sepulcro por un ángel, que se sentará encima de ella para anunciar a todos la resurrección del Señor. El mal, la muerte, ya no tienen la última palabra.
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La marcha del Señor no ha terminado. Hoy sigue caminando hacia cada uno de nosotros, porque quiere estar cerca de todos. Él quiere estar cerca de los ancianos y de los jóvenes, de los enfermos, de los obreros, de los catedráticos y, sobre todo, de los pobres, que son sus favoritos.
El Señor camina también hacia ti. Quiere encontrarse contigo. Quiere que sepas reconocerle y acogerle, porque quiere cenar en tu casa. A Él le gusta siempre la cercanía y la intimidad. Debes salir a su encuentro. No le puedes decepcionar.
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¿Crees esto?

3/22/2026

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Por:  Alejandro Carbajo, C.M.F.
https://www.ciudadredonda.org

Queridos hermanos, paz y bien.

Este tiempo de Cuaresma nos ha ido introduciendo en el conocimiento de Jesús. Lo hemos visto tentado, y saliendo vencedor de la tentación; lo hemos visto revestido de gloria, y hemos oído el testimonio del Padre que lo revela como su hijo amado; lo hemos visto como un aguador singular que nos trae el agua viva, la única que puede calmar nuestra sed; lo hemos visto como el portador de la luz, como la luz del mundo que rasga nuestras tinieblas, que abre nuestros ojos. Hoy se revela una dimensión más profunda de su persona.

Ya en el episodio del ciego de nacimiento se anunciaba en cierto modo esta otra escena. El joven ciego tenía la muerte localizada en las pupilas: no estaban simplemente enfermas; estaban lisa y llanamente muertas. Y Jesús las unta con barro y manda al joven que cumpla una pequeña rúbrica: lavarse en la piscina del enviado. Y así le nace la vista, así le «resucita» la vista. Es una resurrección localizada, limitada. Pero Lázaro tenía la muerte desparramada por todo su ser. Y hacía falta una resurrección general, de todo su ser.

Cuando confesamos que Jesús es Señor, ¿qué queremos decir? Entre otras cosas, ésta: que tiene poder sobre la muerte, que manda donde manda la muerte, que su señorío llega hasta esa frontera última de la muerte. Sí, el Señor se nos revela aquí de forma suprema: es el saqueador de tumbas. Si la última obra de corporal de misericordia que nos proponía el catecismo era la de enterrar a los muertos, ahora conocemos cuál es la última obra corporal de la misericordia de Dios: desenterrar a los muertos, ser ladrón de tumbas.

El camino de Cuaresma no nos ha invitado sólo a un conocimiento teórico, meramente nocional, del Señor. Nos ha invitado a un conocimiento real, a una relación real, a la relación de fe. Hoy nos lo dice la palabra misma de Jesús: «Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí vivirá». ¿Cómo vivir la fe? ¿Cómo ejercer la fe en relación con Él? Creer es ser discípulos suyos, que acogen su palabra y su mandamiento; es reconocerlo como el rostro de Dios, como la manifestación del amor de Dios; es descansar en Él nuestra vida; es vivir adheridos a Él, como las ramas al árbol, dejando que su vida fluya hacia nosotros y nos haga florecer y dar fruto, porque sin Él no podemos hacer nada, no podemos ser nada.

Importa insistir en esto, porque ahí es donde todo el misterio y toda la verdad de Jesús se nos revelan. La revivificación de Lázaro es un signo. A través de este signo se nos da a conocer quién es Jesús para nosotros. También de Eliseo se nos cuenta en la Escritura que resucitó a un niño. Y otra historia parecida se narra del apóstol Pablo. Pero Eliseo y Pablo eran hombres de Dios, un profeta de Yahvé y un apóstol de Jesucristo: nada menos y nada más. Jesús es mucho más: es la resurrección y la vida. En ningún otro podemos encontrarla. Por eso nuestra relación para con Él es una relación de fe, una relación de comunión en la que nuestro ser se afianza y nuestra vida vence su precariedad, su condición caduca. Esa relación nos hace participar en el ser mismo de Dios. Jesús es la Vida de nuestra vida.

El camino de Cuaresma nos ha querido introducir también en la vida de oración. Hoy aprendemos una forma de orar muy sencilla. Las hermanas de Lázaro mandan recado a Jesús. Le dicen sencillamente: «tu amigo está enfermo». Está dicho todo. Él necesita pocas palabras. Basta que nos salgan de dentro. Podemos sentir que el Señor nos da la callada por respuesta, como pudieron pensarlo también Marta y María. Sigamos descansando en Él nuestra confianza, no nos encerremos en el desengaño, en la amargura, en el resentimiento. No lo repudiemos, ni en secreto ni en público. No lo eliminemos de nuestra vida como una palabra vacía, inútil. Dejemos que corra de su cuenta el momento en que responda a nuestras preguntas, a nuestras peticiones. El calendario de nuestras vidas está en las manos de Dios. Que sea Él quien fije las fechas.

Jesús mismo se revela ante nosotros como orante en presencia del Padre. Su palabra manifiesta la comunión y la confianza que tiene ante el Padre. Antes de que se haya cumplido el signo, Jesús dice: «Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre». Es que orar, en el fondo, no es otra cosa que disponernos a recibir lo que Dios espontáneamente nos quiere dar. El Padre lo escucha siempre, también ahora, en su condición gloriosa, en la que intercede continuamente por nosotros ante Él. El Padre nos escucha si oramos en Él, desde Él, con Él.

Quisiera prestar atención al llanto de Jesús. El cristiano no debe dudar de que la muerte es el nacimiento a una nueva vida, pero, cuando un amigo o un pariente se va, es inevitable llorar. Sabemos que la muerte no es el final del camino, que nuestro ser querido está ya con Dios, libre de todas las ataduras terrenales, pero estamos tristes por la separación temporal.

Pero hay dos tipos de llanto. Uno es el que no tiene fin, desconsolado, porque la persona que llora cree que no hay nada más después de la muerte. Que todo se acaba aquí. El segundo es la manera en que Jesús llora ante la tumba de Lázaro. El primero es un llanto de desesperación, como solían hacer las plañideras en su momento. El segundo es un llanto sereno, digno, que sabe que espera consuelo. Éste es el llanto cristiano.

Cuando Jesús ha expresado sus emociones, pide que retiren la piedra. Es una orden que se dirige a la comunidad y a todos los que piensan el mundo de los vivos está separado del de los muertos, sin comunicación posible. El que cree en el Hijo de Dios Resucitado sabe que todos están vivos, pero de forma diferente. Todas las barreras han sido retiradas en la Pascua, para que pasemos de un mundo al otro sin morir. La oración que Jesús dirige al Padre es la petición de luz para la gente que lo rodea. Pide que todos puedan comprender el significado profundo del signo que está a punto de realizar, y que lleguen a creer en Él, en el Señor de la Vida.

En el Evangelio se insinúan las dos resurrecciones, que se operan ante la palabra de Cristo: la de Lázaro y la de Marta:
– La de Lázaro. Jesús abrió su sepulcro. Nos anuncia que también abrirá el nuestro. Él puede sacar a cualquier hombre de su sepulcro: material, psicológico o espiritual … La última palabra no la tiene la muerte sino la vida.
– La resurrección de Marta va en la línea de la dimensión espiritual. Y es que, como ella, podemos estar muertos antes de morir: por la tristeza, el desencanto o el desánimo…Pero lo que más nos hace morir es la falta de amor. Que es falta de fe, porque «quien no ama no ha conocido a Dios», por mucho que sepa teología…. Amar es conocer a Dios. Marta fallaba en la fe, se moría. Pero al escuchar la Palabra poderosa de Cristo resucitó: «Sí, Señor, yo creo.” Y todo se llenó de esperanza y todo empezó a ser nuevo. 
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Este domingo recibimos este anuncio. No somos la resurrección y la vida, pero podemos vivir como resucitados. Hoy se nos anuncia una vez más la esencia del mensaje del Señor: sólo triunfa el amor.
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“Creo, Señor.”

3/15/2026

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Por:  Alejandro Carbajo, C.M.F.
https://www.ciudadredonda.org

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Queridos hermanos, paz y bien.

El cuarto domingo de Cuaresma es el Domingo Laetare, también conocido como el Domingo de la Alegría, por las primeras palabras de la antífona de entrada de la Misa: «Laetare, Jerusalem» («Alégrate, Jerusalén»).  Este día supone un recordatorio a los fieles de la cercanía de la Pascua y el triunfo de Cristo sobre el pecado y la muerte. También la oración colecta (haz que el pueblo cristiano se apresure, con fe gozosa y entrega diligente, a celebrar las próximas fiestas pascuales) y la oración sobre las ofrendas (Señor, al ofrecerte alegres los dones de la eterna salvación, te rogamos nos ayudes a celebrarlos con fe verdadera y a saber ofrecértelos de modo adecuado por la salvación del mundo) nos invitan a la alegría.

La Palabra de Dios, en cualquier tiempo litúrgico es siempre muy sugerente, pero en este periodo de Cuaresma está llena de imágenes que nos ayudan a relacionarla con nuestra vida, aquí y ahora. El primer domingo era la imagen del desierto como lugar de silencio y revisión; el segundo domingo la montaña como lugar de encuentro con Dios y de oración; la semana pasada el pozo y el agua como símbolo de una vida llena de sentido que da Dios. Hoy seguimos adelante por el camino con Jesús, y encontramos la luz, ese “abrir los ojos” que Dios nos propone siempre para descubrirle cerca de nosotros, pero con otros parámetros distintos a los que rigen nuestra sociedad. Esa luz que nos ayuda a ver las cosas como el mismo Dios las ve.

Es que Dios ve las cosas de manera diversa a como las percibimos los hombres. Lo experimentó el profeta Samuel, después de ver a los siete hijos de Jesé, sin que entre ellos estuviera el elegido del Señor. Al oír que todavía queda un hijo, “el pequeño”, Samuel empieza a entender que la elección de Dios, la llamada, no depende ni de la edad ni de la fuerza ni de los méritos personales, sino de la pura gracia de Dios. Aunque al principio, el profeta se deja impresionar por las apariencias. Nos pasa a todos. Nos quedamos en la superficie, hacemos juicios precipitados y muchas veces injustos sobre las personas.

Dios se rige por otros principios. ¿Por qué actúa así? Porque Él no ve a las personas como las vemos nosotros, sino que Su mirada penetra el corazón y sabe de lo que somos capaces. Del pequeño David hizo un testigo admirable en la defensa de la fe en Él, el único Dios vivo y verdadero. Esta primera lectura nos estimula a revisar nuestros (pre)juicios a la luz y con la mirada del Señor.

Si David se convirtió en testigo del Señor, también lo hizo el ciego de nacimiento. Para la sociedad, era un marginado, inhábil e incapaz de cualquier cosa, por enfermo y, consiguientemente, pecador. Es a él al que Cristo se acerca, para que se manifiesten las obras de Dios. Se fija en él, lo llama, lo elige y le encarga una nueva misión. Le cambia la vida, aunque poco a poco. Como le pasó a la samaritana. Igual que la protagonista del Evangelio de la semana pasada, al principio no sabía bien con Quién estaba hablando. Sólo gradualmente se va abriendo su mente, y acaba reconociéndole como al Mesías. Recuperando la visión física, se le abren también los ojos del alma.

La samaritana corrió a hablar del “profeta” con el que se había encontrado, y el exciego tampoco tarda en hablar de su encuentro con Jesús. Primero da testimonio ante sus paisanos de ese hombre, que dudan de si es él o uno que se le parece. Después ante los fariseos, que querían acusar a Jesús de curar en sábado, cosa prohibidísima por la ley. En su presencia, reconoce al que le ha devuelto la vista como “un profeta”. En una segunda visita (que no aparece hoy en la lectura, cfr. Jn 9, 27-34) se reconoce como “discípulo de Jesús”. Y no solo eso, sino que les pregunta si también ellos quieren convertirse en discípulos de Jesús. Por supuesto, acaban expulsando a este hombre de la sinagoga. Ya no es de los suyos.

Por fin, acaba confesando su fe delante del mismo Cristo. El Maestro le hace la pregunta que acabará de cambiar la vida de este personaje: “¿Crees tú en el Hijo del hombre?” ¿Quién es? El mismo Jesús le dice: “Lo estás viendo”. Porque, después de la curación, ya no era ciego, ni física ni espiritualmente. Y sigue la confesión de fe: “Creo, Señor”. La misma que han hecho a lo largo de la historia de la Iglesia tantas y tantas personas, como lo hicimos nosotros (o lo hicieron por nosotros) el día de nuestro Bautismo.

El tiempo de Cuaresma es una catequesis que nos ha de preparar para “caminar como hijos de la luz, buscando lo que agrada al Señor”, como dice San Pablo hoy a los cristianos de Éfeso. Jesús es la LUZ, con mayúsculas, esa que nos ayudará a verle a Él cerca de nosotros, y a vernos a nosotros mismos, y reconocernos como sus discípulos, invitados a dar testimonio de lo que Dios ha hecho con nosotros y en nuestras vidas. No somos “superhombres”, tampoco David y el ciego lo fueron, pero con la fuerza de Dios llegaron a ser “como una luz” en medio de las personas con las que convivían, y eso sí que está a nuestro alcance.
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Este domingo cuarto de Cuaresma nos invita a la conversión, a abrir los ojos para sanarnos de los prejuicios, a un cambio de actitud y mentalidad, a ver de verdad la vida, como Dios la ve, tal cual es y no como la hemos opacado. Caminemos como hijos de la luz y demos mucho fruto, fruto de bondad, justicia y verdad, como dice el Apóstol. Renovemos cada día esa afirmación del protagonista de nuestro Evangelio de hoy, repitiendo con convicción: “Creo, Señor”. Seamos verdaderos hijos de la luz.
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Comentario al Evangelio del 8 de marzo de 2026

3/8/2026

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Por:  Alejandro Carbajo, C.M.F.
https://www.ciudadredonda.org

Queridos hermanos, paz y bien.

Seguimos nuestra peregrinación por el camino de la Cuaresma. En la oración colecta del primer domingo de Cuaresma pedía­mos a Dios que nos concediera avanzar en la inteligencia del misterio de Cristo y vivirlo en su plenitud. La liturgia de la Palabra de ese domingo de Cuaresma nos presentaba ese misterio de Cristo: lo veíamos expuesto a las tentaciones y lo veíamos también salir vencedor; el domingo pasado era la escena de la Transfiguración de Jesús la que nos invitaba a verlo en su aspecto común y corriente (con el traje de faena de todos los días) y en una anticipación de su gloria (el traje de fiesta de la Pascua: el rostro brillan­te como el sol y los vestidos resplande­cientes). Hoy nos asomamos de nuevo a ese pozo sin fondo de su misterio: lo vemos como a uno de nosotros, un ser de necesidades y deseos: siente la fatiga del camino y tiene sed; y lo vemos como el que nos ofrece a todos el agua viva, y trae así respuesta y cumplimiento (respuesta cumplida) a nuestras necesidades y deseos últimos.

Eso no significa que esa respuesta sea fácil de aceptar o entender. La experiencia de Israel (que deja los ajos y cebollas de Egipto y los añora) se repite en la vida de cada cristiano. Toda conversión es un abandono de la “tierra de la esclavitud” y señala el inicio de un éxodo. Los primeros momentos de la nueva vida pueden trascurrir serenamente, sobre todo si nos ayuda la buena voluntad y el entusiasmo y recibimos ayuda de nuestros hermanos en la fe. Después, comienza inevitablemente la añoranza, la nostalgia y, a veces, la desilusión que experimentamos al contacto con la vida de la comunidad cristiana.

Aparecen las dudas, las vacilaciones y la tentación de cuestionar la elección hecha. Se siente la necesidad de algún signo; exigimos a Dios que dé pruebas concretas de su fidelidad. No hay que extrañarse de que surjan estos momentos difíciles: son la señal de que hemos llegado, como Israel, a Masá-Meribá. También con nosotros el Señor se mostrará paciente. También ofrecerá una señal a nuestra fe débil y tambaleante: el agua prodigiosa que brota de Cristo, su Espíritu, su Palabra y su Pan.

La sequía que experimentan muchas zonas del mundo nos ha hecho caer en la cuenta de lo preciosa e imprescindible que es el agua, sobre todo esta agua tan bien cernida de la llovizna. La hermana agua: útil, casta, humilde. Hemos aprendido a echarla de menos y a tener más cuidado con ella. Incluso especulan con que las guerras del futuro podrán tener lugar por causa del agua.

Si alguna vez hemos sufrido sed, sabemos lo mal que se pasa. Cuando se acaba en una excursión, cuando la cortan por obras o por una avería, echamos de menos ese líquido elemento. De esta suerte aprendemos a conocer y apreciar el don de Dios. Porque, sin agua, la tierra se endurece. Sin esa agua que es Dios mismo, sin el Espíritu de Dios, sin el conocimiento de Dios y sin el amor a Dios manifestados en Jesús y derramados por el Espíritu en nuestros corazones, también nosotros nos endurecemos: perdemos sensibilidad humana, se crispan más nues­tras relaciones, nos volvemos menos porosos y receptivos, se estrechan nuestra apertura y nuestra capacidad de acogida. Por el contrario, la presencia del don de Dios nos vuelve más esponjosos, más receptivos, con mayor capacidad de acogida y de escucha.

Sin esa agua que es el mismo Dios, las ciudades se llenan de contaminación y la atmósfera se vuelve irrespirable. Por el contrario, cuando Dios hace acto de presencia, se va creando comunidad.
Sin esa agua que es el mismo Dios, muchos buscan sustitutos que no pueden calmar nuestra sed, como le pasaba a la samaritana, mujer de sexualidad inquieta, que andaba ya por el quinto o sexto marido. Es que el amor de Dios – lo demuestran las historias de muchos creyentes – puede llenar de tal manera que las necesidades físicas quedan mitigadas (ascesis) y puede renunciarse a la mujer o al marido (castidad consagrada de los célibes y las vírgenes).

El problema del que se habla en las lecturas no es simplemente de sed, sino de fe, de sentido de la vida. Jesús, después de pedirle de beber a la samaritana, suscita una sed más profunda en su corazón. Una sed que sólo puede saciarse con agua viva. Aquella que no venden embotellada en ningún comercio, sino que ofrece el que es la Vida. Al corazón insaciable del hombre sólo puede colmar el agua viva del Inagotable. La herida que Dios ha abierto en nosotros sólo puede ser restañada por Dios mismo: «nos hiciste, Señor, para ti y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en ti» (san Agustín).

Hoy Jesús sigue pidiéndote de beber. El vuelve a salir a tu encuentro sintiéndose necesitado de ti. Se hace débil para que puedas tener acceso a su amor infinito. Nos pide de beber a nosotros que vivimos inquietos, llenos de deseos insatisfechos. Víctimas de una sociedad que se ha especializado en crearnos necesidades. Nos rodea la publicidad en torno al consumo creciente. No estamos ni mucho menos satisfechos con lo que somos, hacemos y poseemos…, siempre se nos espolea a desear más.

Por eso Dios, que ve nuestro corazón insaciable y que conoce nuestras inquietudes, vuelve a salirnos al encuentro. El Dios que se las sabe todas para meterse en tu vida, vuelve a decirte: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber…» «Yo soy», el que acaso, sin saberlo, estás buscando. Yo soy el Esperado. El encuentro con Él, aparentemente fortuito, despierta el deseo de infinito, nostalgia: «Quien tenga sed que venga y beba y de sus entrañas brotará una fuente que salte hasta la vida eterna». Él es el agua de la roca, el agua del costado que brotó de la lanzada en el cuerpo muerto del Crucificado, el agua que Él mismo ofrece a la samaritana.
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La Cuaresma es un tiempo propicio para reavivar la gracia del bautismo y vivir la Vida nueva que un día, por el Espíritu, fue derramada en nuestros corazones. La Cuaresma se vive retornando a aquella fuente de la que brota la vida. Una invitación especial que podríamos recibir para la semana entrante es ésta: vivir el espíritu de oración; practicar la oración en espíritu y verdad.
¿Qué hace esta mujer después de haber encontrado a Cristo? Abandona el cántaro (no le sirve porque ha encontrado el “agua viva”) y corre a anunciar a otros su descubrimiento y su felicidad. Es la invitación a ser misioneros, apóstoles, catequistas, a proclamar a todas las gentes la alegría y la paz que llena a quien encuentra al Señor y bebe su agua.
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Éste es mi Hijo amado. Escuchadlo. Comentario al Evangelio 1 de marzo

3/1/2026

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Por:  Alejandro Carbajo, C.M.F.
https://www.ciudadredonda.org


Queridos hermanos, paz y bien.

Tras el relato de las tentaciones, el primer domingo de Cuaresma, la Transfiguración, el segundo.
Lo pedíamos el domingo pasado en la oración colecta, es decir, la que recita el sacerdote al comienzo de la celebración, antes de las lecturas: «Al celebrar un año más la santa Cuaresma, concédenos, Dios todopoderoso, avanzar en la inteligencia del misterio de Cristo y vivirlo en su plenitud.» Y ese puede ser uno de los aspectos de nuestra conversión durante este tiempo. Me estoy refiriendo al conocimiento del misterio de Cristo. En ese conocimiento pretende que nos adentremos el evangelio que acabamos de escuchar. Lo más importante en este evangelio no es que Jesús se transfigure; lo más importante no es, tampoco, la experiencia de arrobamiento y gozo que sienten los discípulos. Lo decisivo es la voz que sale de la nube. Porque esa voz es la que nos revela la identidad de Jesús, nos hace saber quién es este hombre. No es una voz cualquiera.

Sobre Jesús se habían pronunciado muchas voces, muchas personas: había expertos en la Ley que afirmaban que Jesús tenía un demonio, o que lo descalificaban llamándolo comilón y borracho (el intento de desprestigiar al otro no se da sólo en la lucha política, sino en todos los campos de la vida; y no se da sólo hoy, sino que ha sido moneda corriente desde tiempos lejanos); por su parte, la gente decía de Jesús que era un profeta; los discípulos empezaron a sospechar y a declarar que era el Mesías. Pero son esas ocho palabras («Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto») las que nos revelan la verdad de Jesús, la dimensión más profunda de su ser, el sentido de todo lo que hace y dice.

Jesús es ese hijo que ejerce como tal, que vive la relación filial colmadamente. Una relación filial que significa apertura a esa plena confianza en Dios, porque de Él es imposible que nos venga algo malo, abandono en las manos de Dios, actitud de adoración, entrega y disponibilidad absoluta, obediencia a veces muy dura, pero radical, hasta el punto de llevarlo a la aceptación de la muerte que sufrió. Conozcámoslo, con un conocimiento real, no puramente nocional.

En esta tarea nos ayudan siempre las lecturas. La primera, por ejemplo, nos narra la llamada de Abrahán. Después de los primeros once capítulos del Génesis –que narran la historia de los orígenes del mundo y del hombre, del pecado, del diluvio y de la torre de Babel– la atención se centra en un individuo y en su familia, que ocupará el resto del libro. Sin previo aviso, el Señor se dirige a Abrahán con una orden perentoria: “Sal de tu tierra y de la casa de tu padre y ve a la tierra que te mostraré.”

Porque Dios habla. En las cosas que nos pasan, en los acontecimientos de la vida, en las personas que nos encontramos cada día. A nosotros también nos habla. Nos invita quizás a abandonar esa rutina que más que vivir nos hace sobrevivir; pide cortar con el pasado, con las costumbres que, aunque no nos honran mucho, al menos nos ofrecen alguna gratificación. Dios no acepta que el hombre se conforme; promete una vida nueva, diversa, auténtica, aunque muy comprometida y acompañada de imprevistos. No hay que extrañarse, por tanto, de que permanezca por largo tiempo el recuerdo y hasta la añoranza de la tierra dejada atrás.

En la segunda lectura de hoy, el autor quiere animar a aquellos discípulos que lo están pasando muy mal. Les recuerda que la fidelidad a Cristo lleva consigo grandes riesgos y muchos sufrimientos. Dios no suele conducir a los hombres por caminos cómodos. No fue fácil la vida de Abrahán, ni tampoco lo han sido las de Cristo, Pablo y Timoteo. Tampoco lo es hoy la vida de los cristianos en muchos países del mundo.

Se pone igualmente de relieve que la vocación cristiana es completamente gratuita: los hombres no podemos hacer nada para merecerla. Lo hemos visto también con la vocación de Abrahán. Esta verdad debería despertar sentimientos de agradecimiento a Dios y de adhesión a su llamada.

Y llegamos al evangelio de Mateo. Este evangelista, siempre que quiere poner en boca de Jesús algo importante, lo hace subir a un monte: la última tentación tiene lugar en un monte, como veíamos la semana pasada; las bienaventuranzas son proclamadas en un monte; es en un monte donde se realiza la multiplicación de los panes y, al final del Evangelio, cuando los discípulos se encuentran con el Resucitado y son enviados al mundo entero, están “en el monte que les había indicado Jesús”.

En las páginas del Antiguo Testamento a menudo se habla del monte. Porque en la Biblia, como también en la mayoría de los pueblos antiguos, era el lugar del encuentro con Dios: fue en el Sinaí donde Moisés tuvo la manifestación de Dios y recibió la revelación que después transmitió a su pueblo, y fue en la cima del Oreb donde Elías tuvo el encuentro con el Señor, por ejemplo. El rostro resplandeciente y la ropa blanca como la luz son también motivos recurrentes en la Biblia.

Todo el Antiguo Testamento (con Moisés y Elías) alcanza en Jesús la plenitud, la culminación, de su sentido. Pero Pedro no alcanza a comprenderlo. No entiende lo que sucede porque, aunque proclame que Jesús es “el Cristo”, sigue totalmente convencido de que su Maestro es solamente un gran personaje de la categoría de Moisés y Elías. Por eso sugiere construir tres tiendas iguales. Es Dios quien interviene para corregir esta falsa interpretación de Pedro: Jesús es el “Hijo predilecto” del Padre.

Los tres personajes no pueden ya continuar juntos: Jesús es absolutamente superior. Israel había escuchado la voz del Señor a través de Moisés y los profetas. Ahora, esta voz llega a los hombres a través de Cristo. Es a Él y solo a Él a quien los discípulos deben escuchar. Por eso el relato destaca que, cuando los tres discípulos abren los ojos, no ven a otro que Jesús. Moisés y Elías han desaparecido, han cumplido ya su misión, es decir, han presentado el Mesías, el nuevo legislador, el nuevo profeta, al mundo.

Los testigos de la Transfiguración tienen que guardar silencio. Los hombres deben obtener la salvación escuchando y obedeciendo, entendiendo las señales que Dios va poniendo en nuestro camino, y no por medio de acontecimientos sensacionales. Sólo cuando Dios haya hablado definitiva y públicamente, en la resurrección de entre los muertos, se podrá hablar de estos acontecimientos. Entonces la obra de Jesús quedará concluida, y el creyente podrá descubrir en Jesús los planes de Dios. Así lo han hecho constar para nuestra fe los evangelistas en sus libros.
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Si escuchamos a Jesús, sentiremos que hemos de “ponernos en camino”, como lo sintió Abraham, y salir de nuestro conformismo y de nuestro estilo de vida cómodo, para empezar a vivir más atentos a los demás y, juntos, construir ese Pueblo de Dios, y que se vaya haciendo realidad cada día entre nosotros. La vida es un camino, no exento de dificultades, ni de cruces, pero en el que Dios nos invita a caminar con confianza, como pueblo, siempre juntos, como hermanos, escuchándole sólo a Él y fiándonos de su Palabra. El final del camino es la VIDA, con mayúsculas. No tengamos miedo. Estemos a la escucha, porque en cualquier momento Dios puede dejar oír su voz. El Hijo amado del Padre señala el camino, conoce el camino, porque Él es el Camino”. ¡Buena Cuaresma y buen camino!
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Comentario al Evangelio del domingo 22 de febrero de 2026

2/22/2026

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Por:  Alejandro Carbajo, C.M.F.
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Queridos amigos, paz y bien.

Comienza el tiempo litúrgico de Cuaresma y, como todos los años, lo hace con el relato de las tentaciones de Jesús en el desierto. Para que no se nos olvide que somos tentados a menudo, por un lado, y para que recordemos que las tentaciones pueden ser vencidas, por otro.

El miércoles pasado dimos comienzo a un tiempo nuevo en la liturgia: el tiempo de Cuaresma. Son cuarenta días de preparativos. La Pascua, que es la celebración central del año litúrgico, viene precedida de este tiempo de preparación de cuarenta días que es la Cuaresma y se prolonga en la cincuentena pascual, que se cierra con la solemnidad de Pentecostés.

Cada domingo de este tiempo preparatorio representa un mojón en nuestro camino cuaresmal. Procuremos avanzar a lo largo de la semana impulsados por la celebración dominical.

Cuántas veces hemos exclamado: ¡En qué mundo vivimos! Algo que nos confirma diariamente la experiencia es que vivimos en un mundo roto. Vivimos en estado de separación. Estamos separados de Dios: somos bien conscientes de que Dios es el Santo y nosotros somos los pecadores. Estamos separados de los demás: advertimos cuánta falta de armonía, de entendimiento, de aceptación mutua hay entre nosotros. El equilibrio es demasiado inestable: conflictos internacionales, guerras civiles, dominio de unos pueblos sobre otros, insuficiente solidaridad con los más débiles, tendencias disgregadoras, labilidad de las uniones entre las personas… Y en nuestro mundo personal nos percatamos de que no estamos reconciliados cada uno consigo mismo: nos damos cuenta de las rupturas interiores que nos habitan.

Además del pecado, la muerte: somos demasiado conscientes de la fragilidad, caducidad y precariedad de nuestra vida. Es un soplo, aparece como una momentánea e insegura vibración de luz entre dos tinieblas que la envuelven.

Todo eso es verdad. Y, sin embargo, el mensaje de Pablo suena con tonos de un profundo optimismo: vivimos en un mundo últimamente amigo. Podemos cantar la victoria de la gracia sobre el pecado, la victoria de la vida sobre la muerte. No importa la fuerza con que suenen las disarmonías. Es más fuerte el acorde de fondo. Donde abundó el pecado sobreabundó la gracia.

En el Evangelio lo seguidores de Jesús recibimos tres invitaciones en las respuestas de Jesús al tentador.
Una primera invitación (no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios) nos propone vivir más abiertos a la Palabra de Dios en este tiempo de Cuaresma. Si disponemos de un misal en casa, podemos leer y meditar cada día las dos lecturas que nos propone la liturgia de la misa. ¡Cuántas veces hemos cantado!: Tu palabra me da vida, confío en ti, Señor, tu Palabra es eterna, en ella esperaré. Si somos asiduos a esta lectura y a esta meditación, experimentaremos cómo su palabra, su verdad, vertebrará reciamente nuestra personalidad.

Vale para la Iglesia y cada uno. Tenemos que empatizar con todo el que sufre hambre y con todas las necesidades. Pero la solución no es el milagro fá­cil. No dar pan, sino exigir que no haya hambrientos, con nuestro compromiso social.

Jesús niega ser un superhombre que pueda volar por los aires. Rehúye el mesianismo de la ostentación y del triunfo. Su mesianismo es el del servicio. Nos invita a ser testigos del evangelio en la vida diaria, aunque seamos testigos más bien grises, sin brillo especial. Hemos de mostrar la fecundidad de nuestra filiación divina en que seguimos al Mesías en su condición de servidor. Seremos testigos fecundos a través de nuestro servicio.

Vale para la Iglesia y para nosotros. Tenemos a veces la tentación de presentarnos como bajados del cie­lo, hablando con elocuencia admirable. De hablar desde el pulpito, desde arri­ba, desde nuestro saber teológico. De no ponernos al nivel del pueblo, de la gente llana. Pero la evangelización, ya sabemos, no se ejerce con humana sabiduría, ni desde la altura o la lejanía, sino desde la encarnación.

Al Señor tu Dios adorarás y sólo a Él le darás culto. Reservemos momentos para el encuentro y para la adoración de Dios. Si dejamos que Él ocupe su sitio, habrá más orden, más armonía, más reconciliación en nuestra vida.

Vale para la Iglesia y para nosotros. Cuando la Iglesia se alió con el poder, a partir de Constantino, Pipino, los emperadores sacros… la Iglesia tuvo un éxito extraordinario, controlando la cultura, la acción social y gran parte de la polí­tica. Era la Cristiandad imperante. El triunfalismo. Dicen algunos: “¿A qué se reduce hoy la Iglesia? Su declive va en picado, caída libre en todos los aspectos; cada vez menos respetada y valorada. Que siga con su opción por los pobres, a ver cuánto dura.” Pero la Iglesia no es poder, sino fermento, levadura en el mundo. La salvación nos vino desde la luz y desde la cruz.

Porque Cristo es Buena Nueva para el hombre. Cristo es el ideal humano conse­guido, la meta anticipada. Cristo es, por lo tanto, el fundamento de nuestra es­peranza y el estímulo para nuestro compromiso. Pero es también nuestra ayuda. Sin ella, el hombre derrotado y herido no podría ponerse en pie; o, al menos, poco podría andar sin volver a caer.

Lo que distingue al nuevo Adán con relación al primero es que está lleno del Espíritu Santo y se deja guiar por Él; que escucha antes la palabra del Pa­dre que la palabra del diablo. Adán duda y desobedece, Cristo escucha y obe­dece. Y así Cristo nos enseñará a escuchar, a obedecer y a vencer. Es el gran Restaurador, que diría Ireneo. Éste será siempre el camino a seguir en nuestra sanación y liberación. Si queremos dejar de ser hijos de Adán y Eva y llegar a ser verdaderos hijos de Dios, miremos a Cristo y compenetrémonos con Él; sigamos los pasos de Cris­to y asumamos sus sentimientos. Llegaremos a ser hombres nuevos.
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Ojalá estas invitaciones no caigan en saco roto. Si las secundamos, maduraremos como hijos de Dios.

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Habéis oído

2/15/2026

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Por:  Alejandro Carbajo, C.M.F.
https://www.ciudadredonda.org

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Queridos hermanos, paz y bien.

A lo largo de la jornada, todos escuchamos muchas voces. Algunas amables, otras, no tanto. Es difícil, nos cuesta encontrar momentos de silencio. Y, además, ahora tenemos el problema de la inteligencia artificial, que genera imágenes y sonidos como si fueran reales… Ya no sabes a quién puedes creer y a quién no. ¿Dónde podemos encontrar la verdad?

Los creyentes sabemos dónde está la Verdad, en medio de tantas voces. Jesucristo nos dice hoy cómo tenemos que vivir para ser sus verdaderos seguidores. Entre las muchas palabras, está la Palabra de Jesús, que es la Palabra definitiva.

Ben Sirá nos pone en suerte, como se dice en el mundo del toreo… “Si quieres”. Tenemos siempre la posibilidad de elegir entre el camino que nos aleja de Dios y el que nos acerca a Él. No es preciso decir cuál de los dos es más cómodo, más ancho, más llano. Pero lo fácil, también lo sabemos por la fe y por la experiencia, lleva al final a la tristeza, al fracaso, a la angustia e incluso a la muerte. En cambio, al final del camino duro, el que nos acerca a Dios, nos esperan la paz, la alegría y la vida.

Fuego y agua, muerte y vida. Dice el Eclesiástico que a cada uno se nos dará lo que escojamos. Dios, que es justo, nos quiere dar lo que merecemos. Pero, sabiendo cómo somos, por su misericordia, promete ayudarnos, acudir siempre que le llamemos con fe y confianza. Su gracia nos ayuda a conseguir el éxito que, por nuestro esfuerzo, podamos conseguir.

Es que Dios nos ha hecho libres, con una voluntad apta para luchar, para querer, para elegir el bien o el mal. Tenemos que querer, intentar, poner los medios. Y esa voluntad, esa intención determina la bondad o la maldad de lo que hacemos. Por eso, si intentando de buena fe algo bueno – muy importante esa buena fe – resulta algo malo, Dios juzgará lo que intentamos y no lo que hicimos.

Y otro momento importante. No pensemos que basta con intentarlo. Dios nos conoce mejor que nosotros mismo, sabe cuándo de verdad queremos algo y nos esforzamos a fondo, y cuándo sólo deseamos algo sin más, como niños caprichosos, que cambian de opinión cada poco tiempo. Él sabe cuándo actuamos con sinceridad y cuándo nos estamos engañando a nosotros mismos.

Porque a Dios no se le puedes engañar, como engañamos a los hombres. Él conoce nuestros corazones, nos comprende y siempre ayuda a los sinceros, pero no deja impunes a los mentirosos. El interior del hombre, lo que hay en su más recóndita intimidad, eso es lo que cuenta a los ojos de Dios, la intención y el deseo consentido. Jesús que se nos entrega del todo y nos promete el todo, también lo quiere todo y de verdad. No se conforma con las apariencias, con un formalismo sin vida ni sentimiento.

Es una sabiduría misteriosa, como nos recuerda san Pablo, pero accesible, porque se nos ha revelado en el Hijo. Abierta a todos, para poder elegir libremente. Lo que Dios está haciendo sobrepasa los deseos y esperanzas de los hombres. Adaptando un versículo del libro de Isaías (cf. Is 64,3), Pablo describe así la sorpresa que espera a aquellos que han tenido la fortuna de poder escrutar este misterio: “Ni ojo vio, ni oído oyó ni mente humana concibió lo que Dios tiene preparado para los que lo aman”.

Con esa posibilidad de elegir, llegamos al Evangelio. Unas palabras que, de primeras, impresionan. Casi asustan. Porque afirmando lo que ya conocían sus contemporáneos (que la Palabra de Dios no puede fallar), va más allá. Dios no puede repensar lo ya pensado ni renegar nada de cuanto ha dicho en el pasado ni aportar correcciones. El camino trazado por Dios en el Antiguo Testamente tiene validez perenne. Pero Jesús lo lleva a plenitud. “Habéis oído” contra el “pero yo os digo”. Da un vuelco a la forma de entender los Mandamientos.

Jesús sienta un principio que es fundamental a la hora de la verdad: dar importancia incluso a los preceptos menos importantes, el valorar en definitiva las cosas pequeñas. Esto nos recuerda lo que en otra ocasión nos dice, al hablarnos de los siervos que entran en el Reino por haber sido fieles en lo poco; que por eso precisamente entran en el gozo de su Señor. Es como la fórmula de la aprobación divina para el hombre justo. Desde el punto de vista práctico es un hecho evidente que el que cuida los detalles, no descuida lo más grave. También es cierto que el resultado final es la suma de los pequeños esfuerzos de cada momento. Si en cada instante se hace bien lo que hay que hacer, al final la obra será perfecta. Por otra parte, lo que depende realmente de nosotros es lo pequeño, ya que nuestra vida transcurre por cauces sencillos y habituales. Por esto es ahí donde tenemos que luchar, ahí donde hay que demostrar el amor de Dios, ahí donde ha de cuajar nuestro afán de entrega.

Como en la práctica de la antigua Ley había quien se contentaba con ser fiel a los preceptos más importantes olvidándose de los otros, así también en la adhesión a la propuesta de las bienaventuranzas los hay quienes las admiran, las aprueban y apoyan a quienes tienen el coraje de practicarlas, pero se contentan con lo mínimo. Está también el que es coherente hasta el fondo, el que toma decisiones decisivas y radicales. Haberlos, haylos.

Ahora bien, ¿es esto posible? ¿No están estas exigencias, que suenan tan bien, muy por encima de nuestras pobres fuerzas? Jesús que nos llama a ser misericordiosos con las debilidades de los demás, conoce también las nuestras, y las tiene en cuenta. No es un rabino que comenta leyes, sustituye unas por otras, las atenúa o las endurece; es un maestro que nos muestra un nuevo modo de vida que inaugura Él: Él mismo se convierte en ley para sus discípulos. Cumplir la ley entera, hasta la última tilde, significa seguir a Jesús y adoptar su estilo de vida. Él es quien cumpla la ley hasta el final, radicalmente, al dar su propia vida en la cruz.
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Por ello, la nueva ley del Evangelio compendia todas las normas (en relación con propios y extraños, en relación con la propiedad, etc.) en el mandamiento del amor. Y este mandamiento sólo puede acogerse desde la libertad, a la que apela con tanta claridad la primera lectura. En ella vemos hasta qué punto la antigua ley estaba realmente orientada a la plenitud del Evangelio. Porque los preceptos meramente legales se pueden cumplir de una manera exterior, por coacción y sin convicción (con una libertad disminuida), pero amar sólo es posible desde la libertad. No es posible amar “a la fuerza” y de modo puramente externo. Sólo se puede amar de corazón. Y esa fuerza del amor es un don que precisamente encontramos y recibimos en Cristo, que nos ha amado y entregado por nosotros hasta el extremo. No se nos pide aquí nada que no hayamos recibido antes. Y esta es la sabiduría de la que habla Pablo, inaccesible a la mera razón humana, pero que ha sido revelada plenamente en Jesucristo. Es la sabiduría de la cruz, la sabiduría de un amor que se entrega del todo y que, así, “cumple” (llena, perfecciona) la ley entera.
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Vosotros sois la luz del mundo.

2/8/2026

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Por:  Alejandro Carbajo, C.M.F.
https://www.ciudadredonda.org

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Queridos hermanos, paz y bien.

De luz, parece, van las lecturas esta semana. Esa luz que tanto nos hace falta para poder saber dónde estamos y hacia dónde tenemos que ir. El Señor nos dice que nosotros somos luz del mundo como Él es luz del mundo. Y en la primera lectura, Isaías nos dice cómo seremos luz del mundo: “parte tu pan al hambriento, hospeda al pobre sin techo, viste al desnudo y entonces romperá tu luz como la aurora” “Cuando destierres la opresión, la maledicencia, el gesto amenazador, tu luz se volverá mediodía. En pocos días comenzaremos el tiempo de Cuaresma. Son muy buenos propósitos para esta Cuaresma de 2026. Porque, a decir verdad, tendríamos que ir nosotros tirando del carro, no corriendo delante de él para que no nos atropelle. Tenemos que movernos y mover a otros, no dejarnos arrastrar sin vida como cantos rodados que se lleva el río.

No debemos olvidar que el amar se demuestra, sobre todo, en el dar. Y dar no sólo pan. Porque no sólo de pan vive el hombre. Hay que dar también otras cosas. Hay que dar nuestro tiempo, hay que dar nuestras buenas palabras, hay que dar nuestra sonrisa. Y sobre todo hay que dar nuestra comprensión. Colocarse en la posición del otro, sentir como él siente, ver las cosas como él las ve. Juzgar como se juzga a un ser querido, con benevolencia, saber disculpar, disimular, callar… Desterrar la maledicencia, las murmuraciones o comentarios sin amor, sin respetar la buena fama del prójimo… No nos engañemos. O queremos de verdad a todos, o Dios nos despreciará por hipócritas y fariseos.

Por supuesto que no es fácil. Oí hace tiempo a uno de mis profesores en el Seminario, citando a José Luis Martín Descalzo, esta fábula: Llegó una vez un profeta a una ciudad y comenzó a gritar, en su plaza mayor que era necesario un cambio de la marcha del país. El profeta gritaba y una multitud considerable acudió a escuchar sus voces, aunque más por curiosidad que por interés. Y el profeta ponía toda su alma en su sermón, exigiendo el cambio de las costumbres. Pero, según pasaban los días, eran cada vez menos los curiosos que rodeaban al profeta y ni una sola persona parecía dispuesta a cambiar de vida. Pero el profeta no se desalentaba y seguía gritando. Hasta que un día ya nadie se detuvo a escuchar sus voces. Pero el profeta seguía gritando en soledad de la gran plaza. Y pasaban los días. Y el profeta seguía gritando. Y nadie le escuchaba. Al fin alguien se acercó y le preguntó: «¿Por qué sigues gritando? ¿no ves que nadie está dispuesto cambiar?» «Sigo gritando -respondió el profeta- porque si me callara, ellos me habrían cambiado a mí»

La moraleja de esta fabulilla es simple. Ya sabemos que hemos de ser sal y luz para los demás. Nos lo dice Jesús. Nos lo insinúa nuestra conciencia. Es una necesidad apremiante. ¡Hay tantos a nuestro alrededor tan necesitados del buen sabor que dé sentido a sus vidas! ¡Pero hemos de alumbrar no porque esperemos que se va a conseguir un fruto, sino ante todo porque creemos en lo que estamos haciendo! La utilidad, la eficacia, el triunfo, los resultados, el puro fruto no puede ser el baremo más motivante de nuestro ser como candiles o faroles encendidos.

Y si espera esos frutos de inmediato, está destinado al desaliento. Lo sintió en sus carnes san Pablo, cuando con su pretendida oratoria no pudo convencer a muchos. A pesar de todo, la palabra de Dios es potente en sí misma y su penetración en el corazón de los hombres no depende de mediaciones humanas sino de la “manifestación del Espíritu y de su poder”. El Apóstol no se refiere a prodigios y milagros que podrían haber convencido a los corintios a acoger el Evangelio, sino al fruto del Espíritu: esa nueva forma de vida, a pesar de la miseria y las debilidades humanas, había sido adoptada por muchos miembros de la comunidad.

No tenemos derecho a pedir a Dios que cambie el mundo, si no estamos dispuestos nosotros a dejarnos quemar para iluminar, o a meternos y disolvernos entre los demás para dar buen sabor. Y hacerlo sin mirar a los resultados.  El único modo de conseguir que este mundo cambie es irradiar, brillar. Un hombre en paz consigo mismo no necesita hablar de la alegría, porque le saldrá por todas sus poros. Un ser humano con verdadera fe en sus ideas las predicará sin abrir los labios. Como decía san Francisco, “predicar siempre, a veces, con palabras”. Habrá llegado la luz. Y quienes la vean se quedarán haciéndose preguntas. Como les pasó a quienes vieron a Jesús.

Los cristianos sólo podremos ser luminarias si estamos unidos, con todas las consecuencias, a esa gran fuente de energía espiritual, de gracia y de verdad que es Jesús. Es inconcebible pensar que una acequia tenga caudal propio si no está adherida a un río, a una presa o a un manantial. Es difícil, muy difícil, llevar adelante nuestra tarea, el deseo de Jesús, de ser luz en medio de la oscuridad o sal en medio de tanta insipidez que abunda en nuestro mundo si no permanecemos en comunión plena con El.

Sólo Cristo es capaz de alumbrar, con luz verdadera, las sombras que se ciernen sobre la humanidad. Sólo Cristo, a través de pequeñas lámparas que somos los creyentes comprometidos por su reino, es capaz de ofrecer sabor de eternidad y de felicidad a tantos hombres que, en el horizonte de sus vidas, no ven sino fracaso, hastío o cansancio. ¿Seremos valientes para abrir el salero de nuestra vida cristiana allá donde se están cocinando los destinos de nuestra sociedad? ¿Por qué –frecuentemente- preferimos pasar desapercibidos sin dar color cristiano a tantas situaciones que reclaman nuestra opinión o presencia activa como seguidores de Cristo?
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Esta lámpara de la fe no debe nunca ocultarse, sino que debe colocarse siempre sobre el candelero de la Iglesia, para la salvación de muchos. Así podremos alegrarnos con la luz de la Verdad y todos podrán ser iluminados. Dios, nuestro Padre común no se cansa de recordarnos lo único que Él quiere de nosotros: que nos portemos como hermanos y para que el mundo comprenda que nuestra fe es verdadera. Seamos cada uno lucecita en el pequeño ambiente en que nos movemos. Seamos luz de cariño y amor. No importa que esa luz sea pequeña. Hagamos nacer cada uno nuestra luz y el mundo entero será luz de mediodía.
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