Parroquia San Miguel Arcangel- Cabo Rojo P.R.
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Éste es el Hijo de Dios

1/18/2026

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Por: Alejandro Carbajo, C.M.F.
https://www.ciudadredonda.org

​Queridos hermanos, paz y bien.

Aunque estamos en el ciclo “A”, leyendo el Evangelio de Mateo, algunos domingos escuchamos extractos del Evangelio de Juan. Digamos que miramos al mismo Jesús desde distintos puntos de vista.


Sería muy poco, o por lo menos incompleto, quedarnos con el hombre – Dios o en el Dios – hombre de Belén. Jesús no solamente es un líder destacado para gran parte de la humanidad ni, como algunos otros pretenden, sólo la bandera de ese gran ideal que el mundo, por sí mismo, es incapaz de alcanzar: Jesús es Salvador de todo aquel que acepta su Palabra, su Gracia. No es suficiente observar a Jesús con ojos humanos. Como nos enseñó san Juan Bautista. es necesario, si no queremos quedarnos a mitad de camino, contemplarlo desde la fe, ya que viene a salvarnos cargando con la fragilidad de todos.


El relato de hoy continúa la historia de la semana pasada, el Bautismo del Señor. Nos traslada al rio Jordán. Juan Bautista representa admirablemente la mirada de la fe: «Yo no le conocía, pero el Padre me dijo…» Es Dios Padre el que nos da ojos nuevos para poder ver en Jesús al Dios vivo, al Salvador, al que viene a librarme del mal, de la angustia, del pecado, del dolor.


Precisamente lo que pretende la palabra proclamada en la Misa de estos domingos del tiempo ordinario es esto: empujarte a la aventura personal de convertirte en discípulo de Jesús. Y para comenzar a serlo, lo primero es acercarte a la persona de Jesús. Elimina tus ideas preestablecidas de Iglesia, de Dios, de fe, de Jesús… acércate limpio para que puedas entender cómo es Él, quién es Él…Ponte a su lado. Detente a mirarle. Dedícale tiempo. Puedes hacerlo en el silencio de una Iglesia o de tu misma casa. Allá está Él.


Por eso, me parece que tenemos mucha suerte. En primer lugar, por tener una Iglesia que es, por su gran tradición, muy sabia. Es consciente de que, muchas veces, nos cuesta caer en la cuenta de lo que tenemos delante, porque hay muchas luces que nos impiden ver la Luz verdadera, la luz de Cristo. Por eso, creo yo, nos propone hoy estas lecturas. Quizá no recordemos que el domingo pasado, nos encontrábamos con el Bautismo de Jesús. Por si acaso, el Evangelio de Juan alude a ese episodio, y nos lo dice bien claro: «he contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma y se posó sobre Él.» Juan no deja espacio para la duda. «Éste es el cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.»


Dentro de poco, antes de la comunión, repetiremos estas palabras, y el presidente dirá que los llamados a comer el cuerpo de Cristo somos dichosos. Es decir, que deberíamos estar alegres de verdad, porque podemos tener a todo un Dios en nuestra mano, en nuestra boca, y llegar a ser uno con él. El Cordero de Dios se entrega por nosotros, y nos permite dejar atrás la distancia que, por el pecado nos separó de Dios. Basta con estar atento, y reconocer su Luz. Podemos hacerlo, como lo hizo Juan. Tenemos una gran suerte.


En segundo lugar, tenemos suerte por ser miembros de un pueblo santo. No estamos solos en el camino. Pablo saluda a su comunidad de Corinto con esas palabras, y añade un matiz que me parece importante: «a todos los demás que en cualquier lugar invocan su nombre.» No somos un grupo cerrado, volcado sobre nosotros mismos, sino que, como el mismo Pablo, estamos llamados a ser apóstoles de Jesucristo. Hoy no podemos ver al mismo Jesús andando por la calle, entre nosotros, pero tenemos la suerte de poder continuar el trabajo de Pablo. Podemos recordar a los hombres que vivir en cristiano merece la pena. A lo mejor, de palabra. Pero, sobre todo, de obra.


En tercer lugar, por tener un Dios que nos ha elegido desde siempre. Es un fiel compañero de camino. Podemos sentirnos más o menos alejados, más o menos cerca de Él; pero siempre recibimos sus mensajes. Cada día, podemos percibir gestos de esperanza. A lo mejor se trata de unos misioneros, que prefieren permanecer con los más pobres en medio de un conflicto armado; puede ser un joven que pierde el tiempo acompañando a Misa a un anciano, o un hijo que visita a su madre enferma. Cada semana, la Liturgia de la Palabra nos trae una carta de Dios dirigida a cada uno de nosotros. Sin retrasos, sin que nunca se pierda y sin que haya que pagar tasa alguna por sobrepeso. Porque es una carta ligera, llevadera, adecuada a nuestro entendimiento y capacidad. El Dios fiel de Jesús nos escribe siempre, aunque a veces nosotros no le contestemos.


Isaías también recibió esa carta de Dios. Nos ha presentado un mensaje. Él fue elegido desde el vientre materno, para una tarea concreta. En Dios encuentra su fuerza, para ser la luz del mundo y reunir a las naciones. Cuando se escribe este texto, Israel sufre el destierro en Babilonia. No ve claro su futuro. Pero Dios va con ellos. Nosotros podemos ser como Isaías. También el Señor nos eligió desde antes de nacer, también nosotros vivimos en un mundo que no es fácil, pero tenemos la suerte de contar con el apoyo de Dios. Si queremos leer la carta que Dios nos envía en cada momento, y respondemos con una vida más comprometida, podemos arrojar algo de luz en nuestro entorno.


Hemos ido de adelante hacia atrás, del Evangelio a la primera lectura. Pero no hemos retrocedido, sino avanzado. En todos los textos hemos podido encontrar motivos para considerarnos afortunados. Ojalá esa suerte que tenemos se traduzca en la vida de cada uno. Sabemos lo que podemos hacer para ser mejores, y estamos llamados por Dios a intentarlo. Que nuestra alegría por ser sus hijos se note, y se convierta en luz que pueda alumbrar las sombras del mundo. La cosa hoy va de profetas; Juan Bautista señaló a Jesús, Pablo se dedicó a difundir su doctrina por gran parte del mundo conocido e Isaías fue luz para su pueblo. Seamos también nosotros profetas de hoy. Y si fallamos, que no se nos olvide que podemos volver a intentarlo. Siempre habrá otra carta, certificada y urgente, con nuestro nombre.
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Te invito a que prestes mucha atención a este Jesús, que va a seguir pasando por tu vida en la Palabra dominical… Si llegas a entenderle, seguro que dirás como Pedro: «¿A dónde voy a ir si no es contigo? Tú tienes palabras de vida eterna». En esos momentos trata de decirle de vez en cuando al Señor, como hizo Jesús, como hizo María, como hicieron los profetas: «AQUI ESTOY, SEÑOR, PARA HACER TU VOLUNTAD”. Y párate a contemplar lo que te nace desde dentro. Jesús es mejor de lo que te crees. No juega a hacerte daño. Tendrás que descubrirle como Hermano, Amigo y Maestro.
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«Este es mi Hijo amado, en quien me complazco»

1/11/2026

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Alejandro Carbajo, C.M.F.
https://www.ciudadredonda.org

Queridos hermanos, paz y bien.


Se nos acaba el tiempo de Navidad. Hemos caminado juntos por el Adviento, contemplado el Nacimiento de Cristo, vivido la Epifanía y hoy nos encontramos con el Bautismo del Señor. Este año 2026 lo meditamos con el Evangelio de san Mateo.


Antes, la primera lectura introduce la figura del “siervo del Señor”. No sabemos quién es ese personaje. Dudan los expertos si se trata de una persona concreta, una figura simbólica o si representa a todo Israel. Sea como fuere, lo principal es que los primeros cristianos han sabido ver en este Siervo al mismo Jesús (Hch 8, 30-35). Seguramente, después de la muerte del Señor, los Discípulos buscaron en las Escrituras alguna explicación a lo sucedido y encontraron en el libro de Isaías una buena aclaración. Dios no salva con la victoria o el éxito, sino con la humillación y la derrota, dando la vida. Aquello que el profeta había dicho del “Siervo del Señor” se ha cumplido plenamente en Jesús de Nazaret. La lectura de hoy nos lleva al comienzo del relato de este Siervo. Jesús ha sido el Siervo fiel a Dios. La misión para la que fue escogido el Siervo es la misión que llevo a cabo nuestro Señor en su vida terrena.


Lo resume brevemente, pero con toda claridad el apóstol Pedro en la segunda lectura. Cómo procedió “Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con Él». Dios Padre lo envió para que todos, sin excepción, pudieran salvarse. A Pedro le costó entender que hasta el centurión Cornelio, sus parientes y amigos también podían salvarse. Pero acabo aceptando la voluntad de Dios, recibida en forma de visión, y concedió el agua del bautismo a aquellos que habían escuchado su mensaje y recibieron el Espíritu.


Y llegamos al Evangelio. Después de narrar el «Evangelio de la infancia», Mateo pasa a la presentación de Juan Bautista en el desierto de Judea. En Adviento escuchábamos sus advertencias: anuncia un bautismo de penitencia porque el Reino de los Cielos está cerca. No se trata de un mero rito vacío, sino que exige un cambio de vida radical. Algo muy serio.


Mateo es el único que recoge el diálogo del Bautista con Jesús, quizá para explicar lo absurdo que parece el hecho de que Jesús, que no tenía pecado, acuda a recibir este «Bautismo de Penitencia». Es un escándalo que Jesús esté en la fila de los pecadores. Por eso Juan intenta disuadirlo. «Soy yo el que necesito que Tú me bautices, ¿y Tú acudes a mí?».


Parece que Jesús no sólo quiere demostrarnos que es humilde. Lo que hace Jesús es mucho más profundo. En el río Jordán se hace solidario con todos nosotros, los pecadores. Es “el siervo de Yahvé” de la primera lectura, que carga con los pecados de todos los hombres, que esa era su misión. De alguna forma, con su gesto nos está diciendo: “dame siempre todo lo malo que hay en tu vida, tus mentiras, tus cobardías, tus miedos, tus traiciones… Yo voy a liberarte de todo. No te lo guardes. Quiero que seas feliz y lo seas siempre, por eso te perdono, si estás arrepentido.”


La respuesta de Jesús a Juan Bautista aclara desde el primer momento cuál es su misión: «Está bien que cumplamos así todo lo que Dios quiere». La obediencia de Jesús a la voluntad del Padre pone de manifiesto su condición de Hijo, ya que en aquella cultura la obediencia era lo que definía la relación de un hijo con su padre. Obediencia no es sumisión, es seguimiento voluntario de lo que el Padre espera de Él: su entrega hasta la muerte por la salvación del género humano. Que se cumpla «así» quiere decir «hasta la cruz».


La voz que se escucha en el cielo es muy importante para la comunidad de Mateo. En los últimos tiempos, el pueblo de Israel creía que el cielo se había cerrado por completo. Pensaban que Dios estaba enfadado con ellos. El profeta Isaías lo había señalado en su obra: No te irrites tanto, Señor, no recuerdes siempre nuestra culpa: mira que somos tu pueblo… “¡Ojalá rasgases el cielo y bajases!” (Is 64,7-8; 63,19). Estimaban que Dios se había olvidado de ellos, pecadores. Colocando esa voz que baja del cielo, Mateo da a sus oyentes una buena nueva: el Padre ha escuchado la súplica de su pueblo, la puerta del cielo se ha abierto de par en par y ya no la cerrará más. Se ha acabado la enemistad entre el cielo y la tierra. Jesús es la llave que nos da acceso al Reino. Y todos tienen entrada en él.


Mateo a menudo compara a Jesús con Moisés. También en este episodio se puede ver a Cristo como el nuevo Moisés. Moisés recibió el Espíritu de Dios cuando, junto a todo el pueblo, salió de las aguas del Mar Rojo. Aquella fuerza de Dios le permitió guiar a los hebreos cuarenta años, a través del desierto, hasta la tierra prometida. También Jesús recibió el Espíritu después de haber salido del agua del Bautismo para reunir y conducir hacia la libertad a cuantos son esclavos del mal. Un nuevo Caudillo, el Hijo Amado del Padre, el Elegido.
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Con la solemnidad del Bautismo del Señor termina el tiempo de Navidad e iniciamos el Tiempo Ordinario. La escena del Jordán es el principio de la vida pública del Salvador. A nosotros se nos abre también un tiempo “normal”, de camino corriente, tras la maravilla que hemos celebrado en Navidad. Pero también es tiempo de espera y de conversión. Esta primera parte del Tiempo Ordinario terminará en el Miércoles de Ceniza, el dieciocho de febrero. Ese día se inicia la Cuaresma, el ascenso hasta la Pascua gloriosa. Todos los tiempos y los momentos sirven para nuestra conversión. Y una característica de nuestro cambio –de la búsqueda del hombre nuevo—ha de ser el de la paz y la afabilidad. Jesús es afable y pacifico. Y así debemos ser nosotros. Recomendamos muy sinceramente, leer y releer esta semana los textos de la Misa. Y meditarlos en el silencio de nuestros cuartos y en la – deseable – paz de nuestras almas.
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La gracia y la verdad nos ha llegado por medio de Jesucristo.

1/4/2026

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Alejandro Carbajo, C.M.F.
https://www.ciudadredonda.org

Queridos hermanos, paz y bien.

Ya estamos en 2026, con todo lo que supone comenzar un Nuevo Año, los buenos propósitos para cambiar de vida (a mejor) y, por qué no decirlo, los miedos ante un futuro incierto. Con el Año Nuevo recién estrenado, miramos hacia adelante con una mezcla de entusiasmo y ansiedad. ¿Qué nos traerá el Año Nuevo? ¿Cómo podemos superar esta incertidumbre? Para los católicos, la respuesta no radica en decisiones efímeras, como los fuegos artificiales, sino en los pilares perdurables de la esperanza, la fe y el amor misericordioso. Miremos el Año Nuevo con los ojos de un creyente.

El Año Nuevo en la Iglesia Católica es un acontecimiento significativo, marcado por la gratitud y la expectación. Reconocemos el paso del tiempo, recordando el año pasado con gratitud por los dones recibidos y pidiendo perdón por nuestras debilidades y pecados. También miramos hacia adelante con esperanza en el corazón, rezando por la guía y la gracia de Dios en el año que comienza.
Las esperanzas con las que entramos en el Nuevo Año no son solo de carácter personal. A menudo se extienden más allá, abarcando toda la creación. Oramos por la paz, la justicia y la salvación de todos los que viven en nuestro planeta. Recordamos la promesa de Dios de una creación renovada, y la esperanza de que se cumpla alimenta nuestro deseo de trabajar por un futuro mejor. Por lo tanto, la esperanza no es solo un sueño vago, sino una firme determinación de construir el Reino de Dios.

Nos ayuda la fe. La fe en la inmutabilidad del amor de Dios es la brújula que nos guía por la tierra desconocida del Año Nuevo. En muchos sentidos, la fe es todo lo que tenemos. Creemos que incluso en tiempos de incertidumbre, cuando tenemos que avanzar a ciegas, el Señor estará con nosotros, guiándonos a través de la oscuridad hacia la luz. Esta fe fortalece nuestra determinación de superar las dificultades con valentía y compasión.

Las obras de misericordia no consisten solo en dar limosna. Implican tender activamente puentes de amor y comprensión en el mundo. Al entrar en el Nuevo Año, nos comprometemos de nuevo a servir a los necesitados, a mostrar bondad y compasión, y a mejorar la vida de quienes nos rodean.
Como católicos, entramos en el nuevo año no solo con determinación, sino también con un propósito, guiados por la luz de la esperanza, la fe y el amor misericordioso. Oramos para que este año esté lleno de la gracia de Dios y para que podamos convertirnos en instrumentos de Su amor y construir un futuro brillante para nosotros mismos y para el mundo que nos rodea. El Año Nuevo es un tiempo para la reflexión y la esperanza, una oportunidad para profundizar en nuestra fe, fortalecer nuestra esperanza y permitir que el amor brille con fuerza en este mundo.
Precisamente porque no siempre vemos ese amor, porque el futuro no está claro, la Liturgia de ese domingo de Navidad nos recuerda que, en medio de la oscuridad, brilla la luz. La luz que es la Palabra.

Si hay una palabra que hoy destaca por encima de todas en las lecturas es precisamente “La Palabra” con mayúsculas. Esa “Palabra” con la que Dios creó el mundo en el principio, esa “Palabra” que acompañaba la vida del pueblo de Israel, que era la voz de los profetas, la “Palabra” que anunciaba al Mesías esperado se ha hecho de nuestra propia carne y sangre, se ha encarnado en nuestra propia naturaleza humana, sin perder la suya, ha puesto su tienda de campaña para quedarse entre nosotros. Y todo esto aparece ante nuestros ojos si somos capaces de contemplar el pesebre y descubrir en ese niño acostado y envuelto en pañales a “La Palabra” definitiva de Dios para todos nosotros.

La primera lectura, que es el “himno a la sabiduría”, nos recuerda que esa “Palabra” es sabia, es veraz. Jesús nos muestra el verdadero rostro de Dios, no solo con su palabra y su mensaje, sino también con su manera de vivir. Ahí radica la sabiduría, en que seamos capaces de vivir en coherencia con lo que pensamos y de pensar conforme al Evangelio. Con esa “Palabra” de sabiduría Dios crea el mundo y lo “recrea” enviando a su hijo Jesús, su mejor Palabra. Y esa “Palabra” se ha hecho vida. Hoy en día las palabras se quedan cortas si no van acompañadas por una vida que las refrende. Por eso la de Jesús permanecerá para siempre, “cielo y tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán”, nos dice. Él ha refrendado su palabra con la entrega de su vida.

La de Jesús es una palabra que merece toda nuestra atención. Es una palabra que viene a nuestra vida para darle un sentido verdadero y de felicidad. Es una palabra que no sólo encontramos aquí o al leerla, sino que también la encontramos hecha vida en tantas personas que son capaces de “encarnarla” en sus vidas, en sus ambientes, en sus familias, en sus trabajos, entre los suyos. Dice San Pablo en la segunda lectura: “que el Padre de la gloria os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo”. El Padre nos ha dado la “Palabra” para que podamos conocerle en profundidad. Necesitamos ese “espíritu de sabiduría y revelación” para poder reconocerle vivo y resucitado en medio de nuestro mundo. Necesitamos abrir nuestros oídos, nuestros ojos, todos nuestros sentidos, para recibirle en nuestras vidas en esta Navidad. Dios nace para ti y para mí cada vez que escuchamos su “Palabra” y la intentamos hacer vida. Dios es “Palabra viva”, no puede quedarse encerrado ni parado. La “Palabra” no es para quedárnosla, sino para compartirla, para hacerla testimonio, para que cale en otros y los lleve al encuentro con Dios.

Hoy podemos quedarnos con la impresión de que una Navidad más se nos escapa sin pena ni gloria o apartar las penas y celebrar la Gloria reconociendo ante nosotros al Salvador hecho hombre, a la “Palabra” hecha Carne y Vida. Es que la gracia y la verdad nos han llegado por medio de Jesucristo. Un hombre – Dios que no se cansa de nacer una y otra vez para salvarnos. Él nos ha destinado por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, a ser sus hijos, para alabanza de la gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha concedido en el Amado. Un Dios que acepta y acoge a toda la humanidad como parte de su propia vida. Que va a iniciar su camino de humanidad para enseñarte a ser más humano. Y que una y otra vez quiere seguir naciendo si le hacemos un sitio en nuestro corazón a través de su “Palabra” que es Jesús, hecho niño, recostado en el pesebre de Belén.
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Hoy podemos acoger la “Palabra” que nace y darle calor y vida. Hoy podemos convertirnos en luz. “Porque nuestro Dios, en su gran misericordia, nos trae de lo alto el sol de un nuevo día, para iluminar a los que viven en la más profunda oscuridad, para guiar nuestros pasos por el camino de paz” (Lc 1,78-79).

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Domingo de la Sagrada Familia de Jesús, María y José

12/28/2025

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Alejandro Carbajo, C.M.F.
https://www.ciudadredonda.org

Queridos hermanos, paz y bien.


Cuando todavía resuenan los ecos de las campanas de la Navidad, la Liturgia nos presenta a la Sagrada Familia, para que sigamos reflexionando sobre lo que significa la Encarnación del Hijo de Dios.


Sin quererlo, la noche y el día de Navidad la mirada se había concentra­do por completo en el niño. Pero ya entonces se nos recordaba cómo hay otras figuras en el «misterio», en el belén; se nos recordaba que había otras dos figuras en la realidad: María y José, los padres del niño. Hoy, pues, se nos invita a que ensanchemos algo más nuestra mirada, para que quepan esas otras dos figuras y veamos al niño formando parte de ese grupo más amplio de la Sagrada Familia, en la que tanto al padre como a la madre les corresponden unas funciones especiales para poder sacar adelante a esa criatura, para ayu­dar a crecer a esa brizna de humanidad que es el niño Jesús.


El título de esta fiesta en medio del tiempo de Navidad es «la Sagrada Familia». Es Sagrada porque el amor es siempre sagrado, y cuando es verdadero «sabe a Dios», porque Dios es amor. Porque María, José y el Niño están «consagrados» totalmente al servicio de la volun­tad del Padre. Dios ha bendecido la unión entre María y José al haber elegido ese «lugar» como el idóneo para encontrarse con los hombres. La Familia como Templo de Dios. El mismísimo Dios forma parte de ellos. Ha sido precisamente Jesús el que los ha unido. Estos rasgos no son exclusivos de la Familia de Nazareth, sino de cualquier familia cristiana que es consciente de lo que significó celebrar su amor de modo sacramental.


Cuando apenas si se habían marchado los Magos venidos de Oriente, cuando duraba aún el regocijo de haber visto cómo aquellos grandes personajes adoraban al Niño, aquella misma noche, el ángel le habla de nuevo para transmitirle un mensaje de lo alto. Algo inesperado y desconcertante. Ponerse en camino de inmediato pues el Niño, el Mesías, el Hijo de Dios, estaba en peligro de muerte. Era algo contradictorio y difícil de comprender que el rey del universo tuviera que esconderse, darse a la fuga por caminos desconocidos y llenos de peligros. Pero san José no titubea ni por un momento y se pone en camino, seguro de que aquello, lo que Dios disponía, era lo mejor que debía hacer. Su fe no vacila, al contrario, cumple con exactitud meticulosa lo que el ángel le ha ordenado.


Los escritos apócrifos han adornado con prodigios la marcha hacia Egipto. Los Evangelios, por el contrario, no dicen nada de eso, pues nada extraordinario ocurrió. José tendría que escoger los caminos menos frecuentados, para mejor burlar a sus perseguidores. Luego, ya en Egipto, buscaría trabajo entre gente extraña, como un emigrante judío más que había ido a Egipto para trabajar. Luego, cuando quizá estaban ya instalados y con todo resuelto, de nuevo se le aparece el ángel del Señor para indicarle que vuelva a su tierra. San José muestra otra vez su animosidad. Cuando llega, oye decir que Arquelao reina en Judea y que es peor todavía que su padre Herodes. Por eso decide marchar a Nazaret. Allí inició su vida de siempre, vida de trabajo afanoso e incesante, bien hecho, con mucho amor de Dios. Así pudo sacar adelante a su familia que, aunque sagrada, no carecía de dificultades.


¿Qué podemos aprender de estas lecturas? Quizá algo importante sea la llamada al respeto, en especial a los mayores cuyas facultades están sensible­mente mermadas. Hemos de cultivarlo a pesar de: a pesar de las rarezas y de las manías que puedan tener, a pesar de los defectos más o menos acusados que tengan. Dios se ha encarnado entre nosotros. No hagamos daño al Mesías que está presente, aunque encubierto, en los mayores o en los más débi­les. Y añadamos el respeto a la pie­dad.


Otro buen consejo: cultivemos en las relaciones mutuas los sentimientos positivos y las actitudes positi­vas. La vida familiar ha de ser una escuela de los afec­tos. Procuremos tener un mundo afectivo rico en nuestra relación con los otros miem­bros de la familia. No nos volvamos indiferentes a ellos, no seamos inex­presivos. Cuidemos los detalles del saludo afectuoso, de la sonrisa, de la acogida cordial, de la preocupación discre­ta (y también del respeto al silen­cio de los otros), del regalo, del servicio sencillo; cuidemos el gesto del perdón cuando nos han herido. Quien cultiva diariamente lo pequeño, también sabrá adoptar las actitudes adecuadas en lo grande, en lo importante. ¿Podemos conducirnos así? Sí podemos, aunque tengamos nuestros fallos. Hay una verdad que la experiencia pone ante nuestros ojos: quien se sabe perdonado, está más dispues­to al perdón; quien se sabe acogi­do, se muestra más pronto a acoger. Y así sucesivamente. Pues reparemos un poco en lo que Dios ha hecho con noso­tros: cómo nos ha acogido entre sus hijos, cómo nos ha perdonado, cómo nos ha dado su paz.


Y en tercer lugar, busquemos en todo la voluntad de Dios. José nos da un buen ejemplo de esa disposición interior, cuando secunda la inspiración interior y vela por la seguridad del niño y la madre. Quien busca la voluntad de Dios vive para más que para sí mismo, piensa en más que en sí mismo, cuida más que su propia persona.
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José, María y Jesús escribieron las páginas más sencillas y entrañables de la Historia, páginas para que las contemplemos y las imitemos. Son tan sencillas que están al alcance de todos. Dios quiso mostrarnos cómo había de ser nuestra vida de familia y, durante treinta años, vivió unas circunstancias del todo iguales a las que hemos de vivir la inmensa mayoría de todos nosotros. Vivamos, pues, como vivió san José, con una gran fe y, al mismo tiempo, con un esfuerzo serio por hacer bien el trabajo de cada día.
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Comentario al Evangelio del domingo 21 diciembre de 2025

12/21/2025

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Alejandro Carbajo, C.M.F.
https://www.ciudadredonda.org

La Virgen concebirá y dará a luz un hijo.
Queridos hermanos, paz y bien.


Hemos llegado, casi sin darnos cuenta, al cuarto domingo de Adviento. Este año, la cuarta semana de Adviento será cortita. El miércoles por la tarde celebraremos ya Nochebuena y el jueves, la Navidad. Pero aún hay tiempo para prepararnos como Dios se merece. Las lecturas de este domingo nos pueden ayudar, y mucho.


A lo largo de este Adviento se nos ha recordado que es una etapa de conversión que no debemos desaprovechar. Los caminos han de ser allanados para recibir al Gran Señor. En la antigüedad era frecuente que las ciudades que recibían a un gran rey prepararan sus caminos para que la marcha de la comitiva fuera más fácil, no fuera a ser que el gran séquito pasara de largo ante lo escarpado del camino. Y eso es lo que tenemos que hacer nosotros.


Se podría objetar que ya no hay tiempo, que el Señor ya llega. Pero no. Un instante es suficiente para convertirse, un segundo a veces es un tiempo muy largo. Que lo digan los jugadores de baloncesto, que pueden perder o ganar un partido en menos de un segundo. Basta con que soltemos lastre para que el globo de nuestras almas remonte el vuelo hacia lo más alto del cielo. Y ese lastre que nos impide volar la mayoría de las veces está encadenado a nosotros por la rutina, por la vagancia, por la soberbia… Y todo eso puede dejarse, con ayuda de Dios, en un momento.


Porque nadie tiene a su Dios tan cercano como nosotros. Dios con nosotros, se hace hombre, hueso de nuestros huesos y carne de nuestra carne, Hermano nuestro. Pondrá su tienda entre las nuestras. Se hace nuestro vecino. Hoy diríamos que se ha metido en el piso enfrente al nuestro. Dios se hace hombre. Si Dios se hace hombre, ser hombre es la cosa más grande que se puede ser. Dios es uno de nosotros. Pero a nuestro Dios eso aún le parece poco, y ese Dios con nosotros se hace Dios en nosotros. Vendremos a Él y haremos en Él nuestra morada. No es ya nuestro vecino, es algo totalmente nuestro, mío, mi propia vida, por la comunicación de su Espíritu, que es la vida de Dios.


Comenzamos con un signo en la primera lectura. La joven a la que Isaías se refiere es la mujer del rey. Esta muchacha – asegura el profeta – tendrá un hijo cuyo nombre será “Emmanuel” que significa “Dios está con nosotros’. Este hijo sucederá a su padre, dará continuidad a la dinastía y ninguno lo destronará, al contrario, será un grande rey, un nuevo David. El signo dado por el profeta se realizó: el hijo de Acaz fue concebido de la joven, nació y se convirtió en el signo de la presencia de Dios en medio de su pueblo; fue la prueba de la fidelidad del Señor a sus promesas.


Se llamó Ezequías, a quien se le pudo justamente aplicar el título de “Emmanuel”, “Dios está con nosotros”. Fue un rey discretamente bueno, pero no ciertamente el soberano excepcional que quizás esperaba el mismo Isaías. Por eso en Israel se comenzó a esperar a otro rey, un hijo también de David que cumpliese plenamente la profecía, que fuera de verdad el “Dios con nosotros”. En el evangelio de hoy lo indicará Mateo: es el hijo de la Virgen María.


En la segunda lectura encontramos el comienzo de la carta de san Pablo a los Romanos. Con los esquemas de la época, Pablo nos deja los títulos con los que se siente legitimado para dirigirse a la comunidad cristiana de Roma.


En efecto, nos recuerda que es apóstol, mensajero del Evangelio y siervo del Señor Jesús. De esa manera se hace patente que su autoridad para fundar entre los paganos nuevas comunidades y dotarlas de presbíteros viene de Cristo. Con esa autoridad anuncia la buena nueva por doquier, sufriendo toda clase de privaciones y calamidades por ello; y por eso comienza su presentación considerándose siervo de Cristo Jesús. En el mundo oriental los siervos no tenían ninguna consideración, sólo los señores. Pero aquí san Pablo lo entiende según los criterios del Antiguo Testamento: siervos son los grandes personajes como Abrahán, Moisés, Josué y David, sin olvidarnos del “Siervo del Señor” de Isaías.


Y el Evangelio nos narra el nacimiento de Jesús, a través de la historia de san José. Después de haberse prometido, y antes de que vivieran juntos – un año era el tiempo de noviazgo, por llamarlo así – José ve que su mujer está embarazada. Y él no ha intervenido. Podemos suponer su sufrimiento y frustración. Cómo todas sus ilusiones de formar un hogar se venían abajo. Él estaba enamorado de María. Sufrió en silencio el problema y confío en Dios. Un ángel vino a contárselo en sueños. Y en ese sueño el justo José descubrió que iba ser compañero, acompañante y coprotagonista de la historia más fabulosa que le ha ocurrido al ser humano: que el Dios poderoso tomara carne en el seno virginal de María y que él mismo tenía que ayudar al Niño Dios a dar los primeros pasos por la vida. Y nada más despertar del sueño fue a ver a María y ella supo enseguida que Dios había le había hablado. Y ambos, marcharon a su nueva casa, para iniciar una nueva vida en común.


No es extraño, pues, que exista tanta veneración por san José. Santa Teresa de Jesús, expresó claramente en muchas ocasiones que todas las cosas que en su vida había puesto en las manos del esposo de la Virgen María se habían hecho realidad. Su patronazgo se extiende desde la misma Iglesia de Dios hasta el más pequeño pueblito de no importa dónde. Hoy es un día excelente para recordar y venerar a San José. Y para poner en sus manos muchas de nuestras necesidades.


Pronto viene el Señor. Aprovechemos las horas que nos faltan para su llegada mejorando nuestros caminos interiores –y los exteriores, claro-, recuperemos nuestra paz, llenemos nuestro corazón de esperanza como nos pide el Papa. Esperamos pues en paz y con el corazón muy dispuesto a asistir al mayor milagro que se ha producido en la historia de la humanidad: que Dios se hiciera hombre para que pudiéramos ser más felices.
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Comentario al Evangelio del domingo 14 de diciembre de 2025

12/14/2025

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Alejandro Carbajo, C.M.F.
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Queridos hermanos, paz y bien.

El Domingo “Gaudete”, el tercer domingo de Adviento, representa un punto de inflexión en nuestra preparación para la Navidad. Su nombre proviene del latín «Gaudete», que significa «regocijaos» o «alegraos». La jornada se llena de un tono de alegría y esperanza, que se expresa en la antífona de entrada de la Misa: «Gaudete in Domino semper: iterum dico, gaudete» (Alegraos siempre en el Señor; os lo repito, alegraos). La liturgia de este día nos recuerda la inminente llegada del nacimiento de Jesús.

Tres invitaciones nos ha dirigido la liturgia de la Palabra de este tercer domingo de adviento: una invitación a una fe madura, a la alegría y a la paciencia.

¿Con que era esto lo que se nos había prometido? Y la gente se desencanta. Por algo dice Jesús: dichoso el que no se escandaliza de mí. Ha realizado ciertamente un buen puñado de signos o milagros; pero no ha traído la liberación de Israel del yugo romano, ni siquiera ha curado a todos los enfermos (el mal y el sufrimiento siguen proliferando en nuestras sociedades), no ha realizado los signos ostentosos y apabullantes que se esperaba que realizara, ha acabado en una cruz. Ha defraudado las esperanzas que se habían puesto en él. ¡Dichoso el que no se escandaliza de mí!

Pero cabe hacer tres reflexiones:
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Primero, nosotros no podemos imponerle a Dios su forma de manifestación. No somos los amos de Dios para señalarle en su agenda lo que tiene que hacer y cuándo tiene que hacerlo. Además, realiza signos mayores que los que apuntaba el profeta Isaías: «los muertos resucitan»; el mayor signo de su cercanía y amor por su pueblo y por la multitud, por todos y cada uno de nosotros, ha sido justamente su propia muerte, la libre entrega de su vida como precio de nuestro rescate: «nadie ama tanto como el que da la vida por aquellos a quienes ama».

Segundo: el esperado era más grande de lo que soñaron Isaías, Daniel y las gentes del antiguo Israel: no era un profeta más, ni siquiera el sello de los profetas; no era un sabio más, ni siquiera el sello de los sabios. Era la Palabra de Dios y la Sabiduría de Dios (con mayúsculas), el Hijo mismo de Dios quien se hacía presente entre nosotros, quien asumía nuestra condición, quien cargaba con nuestras dolencias y nuestras enfermedades, quien nos mostraba el rostro de Dios. De hecho, la realidad fue más grande que los sueños mayores. Pero aquella realidad significó un revolcón para las esperanzas que podían tener personas y grupos.

Y tercero: Incluso la humanidad de Cristo implica un abajamiento de Dios y deja invisible su ser propio. Podemos permanecer ciegos ante su manifestación. Podemos incluso escandalizarnos de tener que reconocer al Absoluto en una realidad humana, demasiado humana. Cuando hemos sabido reconocerlo, nos encontramos todavía ante un desconocido… Dios mismo, en su revelación, sigue siendo misterio, y es en cuanto misterio como se revela al creyente. No podemos constatar la revelación como un hecho evidente, sino sólo reconocerla al precio de un consentimiento a su misterio. En un sentido muy real, percibo a Dios que se revela; pero lo percibo de tal manera que no estoy dispensado de creer que se revela. El acto por el que aprehendemos la realidad de la revelación es un acto de sumisión. La experiencia es aquí una obediencia.

Una segunda invitación a la alegría. Decía al principio que, cuando la liturgia se celebraba en latín, este tercer domingo de adviento se llamaba la domínica «gaudete», porque esa es la palabra de la antífona de entrada. El motivo nos lo ha dado la oración colecta: la Navidad, fiesta de gozo y salvación, está cerca. Incluso le pedimos a Dios que nos conceda celebrarla con alegría desbordante. No va a nacer de nuevo; pero se hace presente entre nosotros el que nació de María hace unos 2.000 años.

Y una tercera invitación es la llamada a la paciencia: nosotros no somos quiénes para señalarle a Dios lo que tiene que hacer y cuándo tiene que hacerlo. Nos gustaría que desaparecieran de nuestro espíritu ciertas pruebas personales por las que podemos pasar; nos gustaría que cayeran muros que impiden el avance de la fe en nuestra sociedad, y así sucesivamente. Pero sólo Dios es Señor de la historia; suyo es el tiempo y la eternidad.


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Comentario al Evangelio del domingo 7 de diciembre 2025

12/8/2025

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Alejandro Carbajo, C.M.F.
https://www.ciudadredonda.org

Queridos hermanos, paz y bien.

En este segundo domingo de Adviento surgen dos grandes personajes: Isaías y Juan Bautista. Se dan cuenta de que este mundo nuestro está bastante viejo, y nos hablan de jardinería y de obras públicas. Por un lado, en plenos fríos y con los árboles pelados, surgen flores, y se nos dice que conviene podar y hasta talar mucho árbol inútil. Y, por otro, hay que acabar con los baches, limpiar las señales de los caminos para que se vean bien y reafirmar el pavimento, porque vamos a recibir una visita importante y queremos facilitar su llegada.
La primera lectura es todo un sueño. Es que el Adviento es un tiempo para soñar. Lo mismo que los padres que van a tener un hijo sueñan a propósito de él, así el profeta soñaba sobre aquel renuevo del tronco de Jesé. Lo veía revestido de los dones del Espíritu. Y soñaba con las transformaciones que se iban a producir con su presencia: una paz y reconciliación universales.

Nos gustaría que esta visión fuera real: que la violencia desapareciera de la tierra, que no hubiera disputas ni antagonismos, que el lobo viviera junto al cordero, y el niño pequeño no temiera a los animales salvajes y los pastoreara. Un hermoso sueño de un mundo maravilloso. Más de una vez, diversos soñadores han intentado crear un mundo así en la tierra, desarrollando diversas teorías utópicas sobre un estado ideal. Pero, por desgracia, nadie ha logrado siquiera acercarse al ideal, y las revoluciones que tenían como objetivo construir un estado sin violencia han llevado al terror, a más violencia e injusticia aún.

Probablemente, no puede haber tal orden del mundo aquí en la tierra, como no puede el lobo dejar de comer ovejas. Las noticias que nos transmiten los medios de comunicación son muchas veces verdaderas pesadillas. Pero podemos aspirar a librarnos de la violencia, podemos avanzar hacia ese objetivo que solo es alcanzable en el Reino de Dios y en la vida eterna. Y cada paso que damos en el camino hacia ese objetivo es muy importante para nuestra alma.

Necesitamos defendernos frente a la desesperanza soñando sueños como el profeta. Aunque sepamos que la reconciliación universal pertenece a la vida cumplida del Reino de Dios. Pero ya ahora hemos de realizar anticipos, a pequeña o mayor escala, de esa paz cumplida. En una palabra: cuidemos nuestros gestos; cuidemos nuestra acogida; aprendamos a soñar despiertos buenos sueños. Así abriremos un camino al Señor que llega.

En la segunda lectura se nos ha hecho una invitación a la acogida. Y esto es motivo para unas preguntas: tú que has sido acogido por Dios, ¿abres de par en par las puertas de tu espíritu?, ¿o sólo entreabres la puerta y dejas a la gente en el umbral, sin invitarla a entrar, sin decirle: «está usted en su casa»? Tu actitud inicial ante los otros, guardadas las normas de elemental prudencia ante los desconocidos, ¿es normalmente de reserva, de muchas reservas, o de acogida franca? ¿Te escabulles ante la gente que te puede resultar algo pesada? ¿Los orillas? ¿Hay atención personal? También podemos hacer una lectura a escala social: marginados, emigrantes…

Y llegamos al bautismo de Juan. Es la invitación a iniciar un camino de purificación interior. Ése era el sentido que tenía el bautismo que Juan, el precursor de Jesús, practicaba. Para quienes lo recibían debía ser el gesto que ratificaba el propósito de tener un corazón bien dispuesto para los tiempos de Dios que se avecinaban. Pero nosotros podemos desvirtuar ese bautismo y rebajarlo a nada más que un chapuzón. Es que tenemos una notable capacidad para desvirtuar las cosas. Eso es lo que parece querer decir el Bautista a los fariseos y saduceos que acudieron a bautizarse. Creían que era suficiente cumplir con un rito. Pero la verdad es que un rito sólo es como un tronco sin raíces y sin frutos.

Pongamos un ejemplo: la señal de la cruz que hacemos sobre nosotros al persignarnos o al santiguarnos. ¿Qué queremos significar al hacernos esa señal? ¿Qué significa de suyo hacer ese signo sobre nosotros? Pueden ser muchas cosas: un deseo de vernos protegidos por ese signo poderoso que es la cruz de Cristo; o también: un deseo de conformar nuestros pensamientos con los pensamientos de Cristo (cuando nos signamos en la frente); un propósito de conformar nuestras palabras con las palabras de Cristo (cuando nos signamos en la boca); un deseo de conformar nuestros amores y voluntades con los amores y voluntades de Cristo (cuando nos signamos en el pecho); también podemos querer expresar nuestra disposición a abrazar la cruz en nuestra vida.

O pensad en otro gesto tan sencillo como un saludo. Si no ponemos en él algo de alma, es otro rito que se degrada en pura rutina. Pero el que sea un gesto habitual no tiene por qué convertirlo en un gesto vacío. Podemos decir “hola” y salir corriendo, o podemos saludar e interesarnos por la persona con la que nos hemos cruzado. Sólo si vivimos así los gestos que realizamos tienen éstos sentido. Sólo entonces la señal de la cruz será más que mímica, más que un garabato que trazamos sobre nuestro cuerpo. No nos engañamos a nosotros mismos ni engañamos a nadie. Es lo que dice Juan a esos hombres: «yo os bautizo con agua para que os convirtáis».

El hacha que corta los árboles de raíz tiene la misma función atribuida por Jesús a las tijeras que podan la vid y la liberan de ramas inútiles que la privan de la preciosa savia y la sofocan (cfr. Jn 15,2). Los árboles caídos y arrojados al fuego no son los hombres —a quienes Dios ama siempre como hijos— sino las raíces del mal, que están presentes en cada persona y en cada estructura y que deben ser destruidas para que no puedan ya más germinar (Mt 13,19). Los cortes son siempre dolorosos, pero aquellos realizados por Dios son providenciales: crean las condiciones para que surjan nuevas ramas, capaces de producir frutos abundantes.

Así pues, hermanos, no nos descuidemos. ¡Es tiempo de conversión! ¡El reino de los cielos está ahí: a la puerta! Dios viene a ti, y tú huyes de Él, pero la verdad es que estás huyendo de ti mismo. Dios está cerca, pero tú te alejas. No huyas tanto, que Dios corre más. Dios quiere entrar en tu casa y quedarse contigo. No te pide méritos, sino tu fe y tu hospitalidad. Abre confiadamente tus puertas a Dios. No temas, que Dios viene con agua, con fuego y con Espíritu. Es lo que necesitas para llenarte de vida. Déjate bañar por la misericordia de Dios, para convertirte en una persona nueva. Aprovecha la ocasión. El perdón sigue siendo gratis…


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Comentario al Evangelio del domingo 30 noviembre 2025

11/30/2025

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Alejandro Carbajo, C.M.F.
https://www.ciudadredonda.org

Queridos hermanos, paz y bien.

Como sabéis, hoy comenzamos el nuevo año litúrgico, distinto del año civil, o del curso escolar y del calendario laboral. El año litúrgico comprende también doce meses, pero no está dividido en cuatro estaciones, sino en tiempos de distinta duración. Es que en el año litúrgico no manda el clima, ni se divide según los solsticios y los equinoccios. En el año litúrgico cristiano manda la historia de las relaciones de Dios con nosotros; por tanto, manda la historia de Jesús, pues en Jesús Dios ha entablado con nosotros una Alianza Nueva. El centro del año litúrgico lo ocupa la Pascua de Resurrección del Señor o, si queréis, el Triduo Pascual que abarca del Jueves Santo al Domingo de Resurrección; le sigue el tiempo pascual, que dura siete semanas y lo precede el tiempo de Cuaresma, que dura seis semanas. Y hay otros dos tiempos especiales: el Adviento, con cuatro semanas de duración y la Navidad, con dos semanas más o menos alargadas. Después de Navidad y después de Pascua vivimos el tiempo ordinario.

En el tiempo de Adviento nuestra liturgia romana celebra la doble venida de Nuestro Señor Jesucristo. Por un lado, estas semanas preparan para la fiesta del nacimiento de aquel que, con su primera venida entre los hombres, cumplió las antiguas promesas y abrió el camino de la salvación y con ello participan en la memoria de la aparición reveladora y salvadora del Señor. Por otra parte, no nos detenemos sólo en el primer descenso, sino que esperamos el segundo.  (San Cirilo de Jerusalén). El recuerdo de la venida del Señor en humildad despierta y fortalece la alegre y confiada espera del retorno de Cristo «en la majestad de su gloria».

El libro de Isaías nos habla de un nuevo orden mundial en el que «de las espadas forjarán arados, de las lanzas podaderas». ¿Pero cuándo sucederá esto? Vemos el mundo en que nos ha tocado vivir, y podemos pensar que no cambia nada. A veces nos cansamos de esperar, nos derriba la impaciencia. Jesús nos pide en este domingo que estemos preparados en vela, para «el día del Señor». No se trata de la destrucción; el día del Señor significará la inauguración de los tiempos nuevos, tiempos mesiánicos en el que reinará «la paz», el don de todos los dones, como nos recuerda el salmo 121.

Hoy la Palabra nos alerta para que nos demos cuenta de que Jesús, el Hijo del Hombre, viene a liberarnos de todas nuestras esclavitudes e incertidumbres. Él es nuestra justicia y nuestra salvación. San Pablo en la Carta a los Romanos nos dice que la salvación está cerca. El juicio es para la salvación, no para la condenación. Pero tenemos que espabilarnos y conducirnos como en pleno día, con dignidad. Debemos despojarnos de las obras de las tinieblas: comilonas, borracheras, lujuria, desenfreno, pendencias, riñas… Podemos añadir otras cosas de nuestro tiempo que nos alejan de la luz. San Agustín comenzó a llorar cuando leyó este texto y decidió dar un cambio radical a su vida, revistiéndose de Cristo. También nosotros podemos pensar en qué podemos mejorar.

El Evangelio os habrá resultado bastante extraño. Es como cuando percibimos frases sueltas de una conversación que están teniendo otros y que llega hasta nuestros oídos como a oleadas: ahora se oye, luego no se oye nada, de nuevo se vuelve a captar alguna palabra. Parecen cabos sueltos. Pero hay cosas bien claras. Por ejemplo, lo que se nos dice de lo que sucedió en tiempos de Noé: la gente comía, bebía, se casaba. De una forma plástica nos presenta Jesús una situación en que la vida de la gente se desenvolvía en las ocupaciones y acontecimientos normales de la vida ordinaria: comer, beber, casarse. Pero de repente vino la catástrofe que no se esperaban.

Podemos recoger una lección para nuestra vida. No se nos pide que abandonemos las ocupaciones de esos calendarios a que hacíamos referencia al principio: el calendario laboral, el calendario escolar, el calendario de nuestras relaciones y compromisos con los demás, donde entran también las fiestas y las bodas. Pero algo puede cambiar. Concretamente, podemos sentir la llamada a dar hondura a nuestra vida. Aprendamos a vivir las cosas desde Dios y hacia Dios; que todas nuestras acciones procedan de Él como su fuente y tiendan siempre a Él como a su fin.

Jesús muestra lo importante que es no apegarse a las cosas de este mundo. Nos preparamos para la segunda venida de Cristo. Eso nos obliga a vivir atentos. Porque no sabemos ni el día ni la hora. Y, en ese tiempo de espera, hay muchas dificultades que acechan al pueblo de Dios. Problemas ha habido siempre. Y los habrá. Lo importante es estar preparados para reaccionar como Dios quiere. ¿Cuándo llegará ese momento para nosotros? No lo sabemos. Puede ser nuestra propia muerte, o puede ser un momento decisivo en el que se resuelva algo importante. Puede encontrarnos «en el campo» o «moliendo». Y lo más importante aquí no es dónde nos encontremos, sino lo que hay en nuestro corazón, cómo vivimos a la espera de ese momento.

No hay que prepararse para ese momento determinado como si fuera un «examen». Jesús nos llama a vivir de tal manera que estemos preparados para el encuentro en todo momento. El hombre no ve la diferencia entre dos trabajadores en un mismo campo. Pero Dios mira profundamente en el corazón y nos ve tal como somos. ¿En qué pensaremos en el momento más importante, en el momento de la elección, de la catástrofe, de la muerte? ¿En las cosas olvidadas en casa? ¿En la opinión de la gente? Quizás también en eso. Aunque si no tenemos lo principal, lo que lo supera todo, si no tenemos el amor que determina nuestra elección, ninguna cosa nos salvará del vacío interior. Ante Dios nos presentaremos tal y como seamos en ese momento.

¿Soy capaz de encontrar a Dios en lo cotidiano? ¿No lo estoy sustituyendo por mis ídolos: el éxito, la comodidad o cualquier otra cosa? ¿Qué es lo más importante para mí, en qué vivo? Intentemos hablar hoy de ello con Él.
Me parece que tenemos por delante una hermosa tarea durante estas cuatro semanas: preparar nuestro interior como si fuera una cuna que va a recibir a Aquél que nos da la vida. El tren de la esperanza va a pasar por delante de nosotros, no lo perdamos, subamos a él y valoremos todo lo bueno que vamos encontrando en nuestro camino. Seamos también nosotros portadores de esperanza, esperanzados y esperanzadores. Así podemos conseguir que todos los que viajamos en el mismo tren de la vida podamos construir la nueva humanidad que viaja hacia la Jerusalén celestial. Seamos profetas de la esperanza, no del desaliento. El mundo está cansado de agoreros y necesitamos hombres colmados de esperanza.


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Comentario al Evangelio de hoy 23 noviembre de 2025

11/23/2025

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Alejandro Carbajo, C.M.F.
https://www.ciudadredonda.org

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Queridos hermanos, paz y bien.

Los cristianos somos, a veces, un poco raros. Vivimos en el mundo, pero un poco a nuestro aire. Se nos acaba el año (litúrgico) y, con toda tranquilidad, podremos decir “Feliz Año nuevo litúrgico” la semana que viene. Cosas de la fe.

Éste es el último domingo del tiempo ordinario. Dentro de una semana, comenzamos el Adviento. Esta fiesta fue instituida por el Papa Pío XI en tiempos especiales: cuando en Europa se estaba produciendo el auge de los totalitaris¬mos, en 1925. Se celebraba el domingo anterior a la solemnidad de Todos los Santos. En la mente y en la intención de Pío XI se podía entrever un último sueño de Cristiandad. Por eso, en la encíclica Quas primas (11 de diciembre de 1925) se decía que, ante el avance del ateísmo y de la secularización de la sociedad, todos los hombres deberían reconocer la soberana autoridad de Cristo.

En la oración se rezaba para que todos los pueblos, disgregados por la herida del pecado, se sometieran al suavísimo imperio del Reino de Cristo. Quería el Papa que todos los pueblos reconocieran a Cristo como Rey y le prestaran la obediencia que, tal como entonces se entendía, se debía prestar al rey de cualquier país o nación. El Papa, con la mejor de las intenciones y con no poco optimismo, abogaba por gobiernos confesionales y católicos, en los que la autoridad de Cristo y del Evangelio no fuera discutida.

En 1970, el Papa san Pablo VI cambió el título de la fiesta, que comenzó a llamarse fiesta de Jesucristo, Rey del universo y se debía celebrar el último domingo del año litúrgico. Se cambió parte de la oración, en que ahora se dice: que toda la creación, liberada de la esclavitud del pecado, sirva a tu majestad y te glorifique sin fin.

Ahora, en 2025, nuestros reyes no tienen la autoridad y el poder que tenían hace un siglo y la mayor parte de los reyes reinan, pero no gobiernan. Hoy, en esta fiesta, los cristianos queremos, y así se lo pedimos a Dios, que Cristo reine en el universo, es decir, en los corazones y en las vidas de todas las personas, sin olvidar que somos nosotros, las personas, las que debemos gobernar este mundo social y político en el que nos ha tocado vivir. Creemos que esta es la voluntad de Cristo, nuestro modelo, que no quiso hacer de este mundo su reino. En este sentido, le pedimos todos los días a Dios, en el Padrenuestro, que venga a nosotros su reino.

De un rey nos habla la primera lectura. David, el menor de sus hermanos, es ungido como rey de Israel en Hebrón. Tiene que continuar o mejorar las obras de Saúl, convirtiéndose en el pastor de su pueblo. ¿Cómo es que esta pequeña historia se convierte en la primera lectura de la fiesta de Cristo Rey? Será porque Jesús es la respuesta de Dios a las oraciones y a las expectativas de su pueblo. Él es el Mesías, el Rey que “dominará de mar a mar, del río al confín de la tierra” (Sal 72,8). Si esto es así, ¿por qué entonces los israelitas no lo escucharon? ¿Por qué los ancianos del pueblo quisieron que fuera crucificado en vez de ungirlo como rey, tal como hicieron sus antepasados con David en Hebrón? El Evangelio nos dirá la razón. Es que el Reino no sólo hay que desearlo, sino que también hay que aceptarlo y trabajar por él.

Sabemos que reyes ha habido muchos a lo largo de la historia. Y la mayoría quisieron gobernar sobre bases erróneas. No puede subsistir mucho tiempo una sociedad humana construida sobre la mentira, la violencia, la fuerza bruta, la falta de respeto a los derechos de las personas, y en especial a los derechos de los más débiles, la destruc¬ción de los disidentes, la desconfianza sistemática, la delación. Por mucho que la maquillemos con los medios de propaganda, es una sociedad mortalmente enferma. La antigua Unión Soviética, o muchas dictaduras de América Latina son buena prueba de ello. Hemos descubierto cómo los grandes estados de rostro inhumano eran en realidad monstruos con pies de barro.

Frente a esto, se nos presenta la vida de Jesús; un hombre insignificante a los ojos de la “carne” sin ningún otro poder que el poder de convicción de su palabra: ni poder económico, ni fuerzas armadas, sin fasto de ningún tipo. Un Rey atípico. Nació en un pesebre, no en un palacio; trabajó para ganarse el pan. Ejercía sólo una autoridad con rostro humano. No se basaba en la fuerza, sino en el “enamoramiento”, en el dejarse encontrar por todos. Zaqueo, la mujer samaritana, Mateo, María Magdalena… Muchos fueron convencidos por el ejemplo y el testimonio de Cristo. Un rey muy especial.

A ese Rey, los jefes del pueblo lo tientan con la tercera de las argumentaciones de Satanás, recordándole que es el protegido de Dios. Los soldados, por su parte, recuerdan el valor político del título de Mesías: un rey dispone de poder (como le dijo el demonio a Jesús en el desierto). Pero el Reino de Jesús no es de este mundo, como le replicó Cristo a Poncio Pilato. El malhechor colgado en la cruz representa la tentación más fuerte, porque está sufriendo en la cruz junto a Jesús. Es la más diabólica de las pruebas: ¿No eres Tú el Mesías? Hace falta estar muy arraigado en Dios Padre para no rendirse, para aceptar la voluntad de ese Padre Bueno.

En medio de la prueba, hay también un punto para la esperanza. En el mismo Calvario, se inaugura el Reino de Dios: al buen ladrón Jesús le dice que hoy compartirá la plena felicidad con Él. El que en el mundo no encontró la paz, la halló al final de sus días, hasta poder descansar con Cristo en el Paraíso.
​
De cada de uno de nosotros depende decidir. ¿Quieres ser parte de una historia llena de esperanza? Está terminando el año litúrgico. Revisa tu vida, y prepárate para que el Adviento, que está llamando a las puertas, no te sorprenda desprevenido. Puedes ser amigo de un Rey que no inspira miedo, sino dulzura; que no busca castigarte, sino hacerte feliz; que no limita tu libertad, sino que la desarrolla hasta el máximo… Un Rey distinto, que te invita a ser de los suyos. Él te espera. ¿Vas a ser como los jefes, como los soldados, como el ladrón que grita contra Jesús, o como el buen ladrón? Tú decides.
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Comentario al Evangelio del hoy domingo 16 nov. 2025

11/16/2025

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Alejandro Carbajo, C.M.F.
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​Queridos hermanos, paz y bien.

Estamos cerca del final del año litúrgico, y en las lecturas se va notando ese aspecto escatológico, de final de los tiempos. Para que, antes de la celebración de Jesucristo, Rey del universo, la Liturgia nos vaya poniendo en ambiente, de modo que lo que tenga que venir no nos pille desprevenidos, que luego todo son prisas, y las prisas son malas consejeras.

En otros tiempos no muy lejanos estos temas del fin del mundo, del Juicio Final, de la  cosecha, de fuegos y hornos, de separar, de castigo y premio estaban muy presentes en las predicaciones, y se utilizaban relatos como los de hoy para amenazar, meter miedo y lanzar condenas contra esto y lo otor y lo de más allá. Tal vez hoy nos hemos ido al otro lado del péndulo, y este tema se silencia totalmente. Entre las creencias de muchos cristianos han dejado de estar presentes palabras como Juicio Final, condena, salvación, infierno y hasta la resurrección de los muertos, que en algunos casos ha sido substituida por cosas tan exóticas y ajenas a nuestra fe como la reencarnación, la trasmigración de las almas, la liberación del espíritu o la “fusión con la energía natural”.

También hay que decir que no faltan algunos grupos, sectas, que andan asustando al personal, por lo general poco formado en cuestiones bíblicas y de fe, con “el fin del mundo”, que está ahí, como decían algunos en torno al año 2000, y ven por todas partes signos de ese final. Vamos a dar algunas claves para situar este importante tema en su justo lugar. Nos ayudan las lecturas de este domingo.

Y es que, cuando menos nos lo esperemos, llegará el día del Señor, del que nos habla la primera lectura. Y entonces habrá que demostrar que somos de los perseverantes. Es decir, de los constantes, de los tenaces, de los firmes, de los insistentes… Y eso no se logra de un día para otro. Hay que entrenar, como los deportistas que quieren llegar a la cima, con mucha intensidad cada jornada.

Los israelitas del tiempo del profeta Malaquías se cuestionaban qué sentido tenían sus buenas acciones, de qué valía cumplir los mandamientos de Dios, cuando veían que a los malvados les va muy bien en este mundo, y a los justos, a los buenos les rodean los sufrimientos y las dificultades y con frecuencia el fracaso más absoluto. Y, a no ser que uno esté ciego, esta pregunta todos nos la hemos formulado alguna vez, porque el mal está bien presente en nuestro mundo. El profeta empieza por asegurar que Dios es fiel y nunca abandona al que le teme y sirve, y afirma que habrá un día, el Día de Yahveh, el día del Juicio, de colocar a cada uno en su sitio, de hacer el balance de la vida de cada cual, de hacer justicia a quienes han sido objeto de injusticias… Y esto no cuestiona para nada la afirmación de que “Dios es bueno”, que perdona siempre, que quiere salvar a todos…

Porque junto a esta afirmación hay que colocar otra: el hombre ha sido creado con libertad, y en ella está incluida la posibilidad de la autodestrucción, de la opción por el mal, de la traición a los hermanos, etc. Ante la que Dios no puede hacer absolutamente nada más que sufrirlo. En un mundo agrícola como el de aquel tiempo, fue lógico echar mano de imágenes del campo para explicar este hecho: la recolección, donde se aparta el grano de la paja, para quemar ésta y guardar aquélla. Tal vez hoy se habría hablado de arrojar a los contenedores para ser “reciclados”.

La imagen es sólo una imagen. Pero este hecho del Juicio no se vivía con temor por parte del pueblo fiel: no era una amenaza para ellos, sino un acontecimiento que les llenaba de esperanza y de fuerza para su vivir de aquí. Ellos serían rodeados de luz, les envolvería la paz, disfrutarían del Banquete del Reino, verían a Dios cara a cara, etc.

En tiempos de Jesús se produjo el convencimiento de que ese día ocurriría inmediatamente. Y esperaban una intervención espectacular de Dios, que algunos aprovechaban para hacer objeto de sus predicaciones y de sus intereses personales (económicos y de todo tipo: como también hoy). Y Jesús aclara unas cuantas cosas que nos vienen muy bien.

Porque cuando se acerca el final la lucha es más encarnizada, la tentación más seductora y fuerte, el peligro acecha por todas partes. Jesús previene a sus discípulos, cuando -al parecer- estaban encantados por la belleza del Templo. Interrumpe Jesús la contemplación gozosa de los suyos y les previene. Jesús aclara unas cuantas cosas que nos vienen muy bien:
  • – Que vendrán muchos “en nombre de Dios” diciendo que son Dios, que vienen de su parte, amenazando con que ese día Este cerca. Pues no les hagáis el menor caso. Ni apariciones de vírgenes, ni iluminados, ni videntes, ni Testigos de Jehová ni nada.
  • – Cuando veáis (y las vemos) guerras y revoluciones, terremotos, epidemias y hambre, espantos y grandes signos en el cielo… no tengáis pánico. Eso son cosas propias de nuestro mundo, y más: serán la ocasión de que deis testimonio.
  • – Y llevando la atención de sus oyentes en otra dirección, les avisa: A vosotros, a mis discípulos, a los que os tomáis en serio mi mensaje, os echarán mano, os perseguirán, os entregarán a los tribunales y a la cárcel y os harán comparecer ante reyes y gobernadores por ser de los míos. Y os traicionarán vuestros propios familiares, y matarán a algunos de vosotros, y os odiarán por mi nombre.


Esto último sí que nos tiene que preocupar. Es señal de que estamos en buen camino. Jesús no pone paños calientes a su mensaje, ni disimula su radicalidad. Bien clarito lo dice: ser de los míos os tiene que suponer dificultades. Y la invitación es a ser testigos, a demostrar en dónde tenemos puesta nuestra confianza, por qué valores y estilo de vida hemos optado…

Y aquí llega San Pablo con la segunda lectura: “Me he enterado de que algunos viven sin trabajar, muy ocupados en no hacer nada”. El Apóstol de los gentiles nos recomienda “trabajar tranquilos y con laboriosidad”, sin dejarnos distraer por quienes distraen a la comunidad con predicciones de sucesos fatales.

Lo de no hacer nada se puede referir también a nosotros. Por ejemplo, cuando vemos a nuestro lado hambres y guerras, gente que vive sola, niños sin familias, jóvenes metidos entre drogas y alcohol, manipuladores y vulgaridad, cuando percibimos que tantos hombres hoy no conocen ni experimentan a Dios, cuando el consumo/individualismo/comodidad se han convertido en los nuevos dioses, cuando falta poner tanto corazón y comprensión a nuestro lado, ¿tú qué haces?

Dicho de otra manera: ¿Te has visto ya en dificultades por ser de los de Jesús? ¿Te has tomado en serio las Bienaventuran­zas? ¿Te has buscado problemas con los de tu propia familia por ir contracorriente? ¿Te has encontrado dificultades en tu trabajo por hacer las cosas “como Dios manda”? ¿O tal vez eres de los que andan “muy ocupados” en no hacer nada? ¿Nada? ¿Nada que merezca la pena, nada que cuente en el Banco Interplanetario Celestial donde estamos llamados a tener un tesoro en palabras del mismo Jesús?

Hablamos de la Buena Nueva. Sin embargo, la parte del mensaje que escuchamos hoy en día a menudo suena más como malas noticias: terremotos, hambrunas, guerras y destrucción. Aun así, lo que nos dice sigue siendo una buena noticia, porque Jesús quiere asegurarnos de que, en todas las miserias y problemas que nos rodean, Dios está de nuestro lado y nos ama. No debemos escuchar a quienes nos amenazan con un final aterrador. Somos, y debemos seguir siendo, personas de esperanza. Pidamos a Jesús, nuestro Señor entre nosotros, que nos llene de confianza y esperanza.
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