Parroquia San Miguel Arcangel- Cabo Rojo P.R.
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Comentario al Evangelio del domingo 7 de diciembre 2025

12/8/2025

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Alejandro Carbajo, C.M.F.
https://www.ciudadredonda.org

Queridos hermanos, paz y bien.

En este segundo domingo de Adviento surgen dos grandes personajes: Isaías y Juan Bautista. Se dan cuenta de que este mundo nuestro está bastante viejo, y nos hablan de jardinería y de obras públicas. Por un lado, en plenos fríos y con los árboles pelados, surgen flores, y se nos dice que conviene podar y hasta talar mucho árbol inútil. Y, por otro, hay que acabar con los baches, limpiar las señales de los caminos para que se vean bien y reafirmar el pavimento, porque vamos a recibir una visita importante y queremos facilitar su llegada.
La primera lectura es todo un sueño. Es que el Adviento es un tiempo para soñar. Lo mismo que los padres que van a tener un hijo sueñan a propósito de él, así el profeta soñaba sobre aquel renuevo del tronco de Jesé. Lo veía revestido de los dones del Espíritu. Y soñaba con las transformaciones que se iban a producir con su presencia: una paz y reconciliación universales.

Nos gustaría que esta visión fuera real: que la violencia desapareciera de la tierra, que no hubiera disputas ni antagonismos, que el lobo viviera junto al cordero, y el niño pequeño no temiera a los animales salvajes y los pastoreara. Un hermoso sueño de un mundo maravilloso. Más de una vez, diversos soñadores han intentado crear un mundo así en la tierra, desarrollando diversas teorías utópicas sobre un estado ideal. Pero, por desgracia, nadie ha logrado siquiera acercarse al ideal, y las revoluciones que tenían como objetivo construir un estado sin violencia han llevado al terror, a más violencia e injusticia aún.

Probablemente, no puede haber tal orden del mundo aquí en la tierra, como no puede el lobo dejar de comer ovejas. Las noticias que nos transmiten los medios de comunicación son muchas veces verdaderas pesadillas. Pero podemos aspirar a librarnos de la violencia, podemos avanzar hacia ese objetivo que solo es alcanzable en el Reino de Dios y en la vida eterna. Y cada paso que damos en el camino hacia ese objetivo es muy importante para nuestra alma.

Necesitamos defendernos frente a la desesperanza soñando sueños como el profeta. Aunque sepamos que la reconciliación universal pertenece a la vida cumplida del Reino de Dios. Pero ya ahora hemos de realizar anticipos, a pequeña o mayor escala, de esa paz cumplida. En una palabra: cuidemos nuestros gestos; cuidemos nuestra acogida; aprendamos a soñar despiertos buenos sueños. Así abriremos un camino al Señor que llega.

En la segunda lectura se nos ha hecho una invitación a la acogida. Y esto es motivo para unas preguntas: tú que has sido acogido por Dios, ¿abres de par en par las puertas de tu espíritu?, ¿o sólo entreabres la puerta y dejas a la gente en el umbral, sin invitarla a entrar, sin decirle: «está usted en su casa»? Tu actitud inicial ante los otros, guardadas las normas de elemental prudencia ante los desconocidos, ¿es normalmente de reserva, de muchas reservas, o de acogida franca? ¿Te escabulles ante la gente que te puede resultar algo pesada? ¿Los orillas? ¿Hay atención personal? También podemos hacer una lectura a escala social: marginados, emigrantes…

Y llegamos al bautismo de Juan. Es la invitación a iniciar un camino de purificación interior. Ése era el sentido que tenía el bautismo que Juan, el precursor de Jesús, practicaba. Para quienes lo recibían debía ser el gesto que ratificaba el propósito de tener un corazón bien dispuesto para los tiempos de Dios que se avecinaban. Pero nosotros podemos desvirtuar ese bautismo y rebajarlo a nada más que un chapuzón. Es que tenemos una notable capacidad para desvirtuar las cosas. Eso es lo que parece querer decir el Bautista a los fariseos y saduceos que acudieron a bautizarse. Creían que era suficiente cumplir con un rito. Pero la verdad es que un rito sólo es como un tronco sin raíces y sin frutos.

Pongamos un ejemplo: la señal de la cruz que hacemos sobre nosotros al persignarnos o al santiguarnos. ¿Qué queremos significar al hacernos esa señal? ¿Qué significa de suyo hacer ese signo sobre nosotros? Pueden ser muchas cosas: un deseo de vernos protegidos por ese signo poderoso que es la cruz de Cristo; o también: un deseo de conformar nuestros pensamientos con los pensamientos de Cristo (cuando nos signamos en la frente); un propósito de conformar nuestras palabras con las palabras de Cristo (cuando nos signamos en la boca); un deseo de conformar nuestros amores y voluntades con los amores y voluntades de Cristo (cuando nos signamos en el pecho); también podemos querer expresar nuestra disposición a abrazar la cruz en nuestra vida.

O pensad en otro gesto tan sencillo como un saludo. Si no ponemos en él algo de alma, es otro rito que se degrada en pura rutina. Pero el que sea un gesto habitual no tiene por qué convertirlo en un gesto vacío. Podemos decir “hola” y salir corriendo, o podemos saludar e interesarnos por la persona con la que nos hemos cruzado. Sólo si vivimos así los gestos que realizamos tienen éstos sentido. Sólo entonces la señal de la cruz será más que mímica, más que un garabato que trazamos sobre nuestro cuerpo. No nos engañamos a nosotros mismos ni engañamos a nadie. Es lo que dice Juan a esos hombres: «yo os bautizo con agua para que os convirtáis».

El hacha que corta los árboles de raíz tiene la misma función atribuida por Jesús a las tijeras que podan la vid y la liberan de ramas inútiles que la privan de la preciosa savia y la sofocan (cfr. Jn 15,2). Los árboles caídos y arrojados al fuego no son los hombres —a quienes Dios ama siempre como hijos— sino las raíces del mal, que están presentes en cada persona y en cada estructura y que deben ser destruidas para que no puedan ya más germinar (Mt 13,19). Los cortes son siempre dolorosos, pero aquellos realizados por Dios son providenciales: crean las condiciones para que surjan nuevas ramas, capaces de producir frutos abundantes.

Así pues, hermanos, no nos descuidemos. ¡Es tiempo de conversión! ¡El reino de los cielos está ahí: a la puerta! Dios viene a ti, y tú huyes de Él, pero la verdad es que estás huyendo de ti mismo. Dios está cerca, pero tú te alejas. No huyas tanto, que Dios corre más. Dios quiere entrar en tu casa y quedarse contigo. No te pide méritos, sino tu fe y tu hospitalidad. Abre confiadamente tus puertas a Dios. No temas, que Dios viene con agua, con fuego y con Espíritu. Es lo que necesitas para llenarte de vida. Déjate bañar por la misericordia de Dios, para convertirte en una persona nueva. Aprovecha la ocasión. El perdón sigue siendo gratis…

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Comentario al Evangelio del domingo 30 noviembre 2025

11/30/2025

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Alejandro Carbajo, C.M.F.
https://www.ciudadredonda.org

Queridos hermanos, paz y bien.

Como sabéis, hoy comenzamos el nuevo año litúrgico, distinto del año civil, o del curso escolar y del calendario laboral. El año litúrgico comprende también doce meses, pero no está dividido en cuatro estaciones, sino en tiempos de distinta duración. Es que en el año litúrgico no manda el clima, ni se divide según los solsticios y los equinoccios. En el año litúrgico cristiano manda la historia de las relaciones de Dios con nosotros; por tanto, manda la historia de Jesús, pues en Jesús Dios ha entablado con nosotros una Alianza Nueva. El centro del año litúrgico lo ocupa la Pascua de Resurrección del Señor o, si queréis, el Triduo Pascual que abarca del Jueves Santo al Domingo de Resurrección; le sigue el tiempo pascual, que dura siete semanas y lo precede el tiempo de Cuaresma, que dura seis semanas. Y hay otros dos tiempos especiales: el Adviento, con cuatro semanas de duración y la Navidad, con dos semanas más o menos alargadas. Después de Navidad y después de Pascua vivimos el tiempo ordinario.

En el tiempo de Adviento nuestra liturgia romana celebra la doble venida de Nuestro Señor Jesucristo. Por un lado, estas semanas preparan para la fiesta del nacimiento de aquel que, con su primera venida entre los hombres, cumplió las antiguas promesas y abrió el camino de la salvación y con ello participan en la memoria de la aparición reveladora y salvadora del Señor. Por otra parte, no nos detenemos sólo en el primer descenso, sino que esperamos el segundo.  (San Cirilo de Jerusalén). El recuerdo de la venida del Señor en humildad despierta y fortalece la alegre y confiada espera del retorno de Cristo «en la majestad de su gloria».

El libro de Isaías nos habla de un nuevo orden mundial en el que «de las espadas forjarán arados, de las lanzas podaderas». ¿Pero cuándo sucederá esto? Vemos el mundo en que nos ha tocado vivir, y podemos pensar que no cambia nada. A veces nos cansamos de esperar, nos derriba la impaciencia. Jesús nos pide en este domingo que estemos preparados en vela, para «el día del Señor». No se trata de la destrucción; el día del Señor significará la inauguración de los tiempos nuevos, tiempos mesiánicos en el que reinará «la paz», el don de todos los dones, como nos recuerda el salmo 121.

Hoy la Palabra nos alerta para que nos demos cuenta de que Jesús, el Hijo del Hombre, viene a liberarnos de todas nuestras esclavitudes e incertidumbres. Él es nuestra justicia y nuestra salvación. San Pablo en la Carta a los Romanos nos dice que la salvación está cerca. El juicio es para la salvación, no para la condenación. Pero tenemos que espabilarnos y conducirnos como en pleno día, con dignidad. Debemos despojarnos de las obras de las tinieblas: comilonas, borracheras, lujuria, desenfreno, pendencias, riñas… Podemos añadir otras cosas de nuestro tiempo que nos alejan de la luz. San Agustín comenzó a llorar cuando leyó este texto y decidió dar un cambio radical a su vida, revistiéndose de Cristo. También nosotros podemos pensar en qué podemos mejorar.

El Evangelio os habrá resultado bastante extraño. Es como cuando percibimos frases sueltas de una conversación que están teniendo otros y que llega hasta nuestros oídos como a oleadas: ahora se oye, luego no se oye nada, de nuevo se vuelve a captar alguna palabra. Parecen cabos sueltos. Pero hay cosas bien claras. Por ejemplo, lo que se nos dice de lo que sucedió en tiempos de Noé: la gente comía, bebía, se casaba. De una forma plástica nos presenta Jesús una situación en que la vida de la gente se desenvolvía en las ocupaciones y acontecimientos normales de la vida ordinaria: comer, beber, casarse. Pero de repente vino la catástrofe que no se esperaban.

Podemos recoger una lección para nuestra vida. No se nos pide que abandonemos las ocupaciones de esos calendarios a que hacíamos referencia al principio: el calendario laboral, el calendario escolar, el calendario de nuestras relaciones y compromisos con los demás, donde entran también las fiestas y las bodas. Pero algo puede cambiar. Concretamente, podemos sentir la llamada a dar hondura a nuestra vida. Aprendamos a vivir las cosas desde Dios y hacia Dios; que todas nuestras acciones procedan de Él como su fuente y tiendan siempre a Él como a su fin.

Jesús muestra lo importante que es no apegarse a las cosas de este mundo. Nos preparamos para la segunda venida de Cristo. Eso nos obliga a vivir atentos. Porque no sabemos ni el día ni la hora. Y, en ese tiempo de espera, hay muchas dificultades que acechan al pueblo de Dios. Problemas ha habido siempre. Y los habrá. Lo importante es estar preparados para reaccionar como Dios quiere. ¿Cuándo llegará ese momento para nosotros? No lo sabemos. Puede ser nuestra propia muerte, o puede ser un momento decisivo en el que se resuelva algo importante. Puede encontrarnos «en el campo» o «moliendo». Y lo más importante aquí no es dónde nos encontremos, sino lo que hay en nuestro corazón, cómo vivimos a la espera de ese momento.

No hay que prepararse para ese momento determinado como si fuera un «examen». Jesús nos llama a vivir de tal manera que estemos preparados para el encuentro en todo momento. El hombre no ve la diferencia entre dos trabajadores en un mismo campo. Pero Dios mira profundamente en el corazón y nos ve tal como somos. ¿En qué pensaremos en el momento más importante, en el momento de la elección, de la catástrofe, de la muerte? ¿En las cosas olvidadas en casa? ¿En la opinión de la gente? Quizás también en eso. Aunque si no tenemos lo principal, lo que lo supera todo, si no tenemos el amor que determina nuestra elección, ninguna cosa nos salvará del vacío interior. Ante Dios nos presentaremos tal y como seamos en ese momento.

¿Soy capaz de encontrar a Dios en lo cotidiano? ¿No lo estoy sustituyendo por mis ídolos: el éxito, la comodidad o cualquier otra cosa? ¿Qué es lo más importante para mí, en qué vivo? Intentemos hablar hoy de ello con Él.
Me parece que tenemos por delante una hermosa tarea durante estas cuatro semanas: preparar nuestro interior como si fuera una cuna que va a recibir a Aquél que nos da la vida. El tren de la esperanza va a pasar por delante de nosotros, no lo perdamos, subamos a él y valoremos todo lo bueno que vamos encontrando en nuestro camino. Seamos también nosotros portadores de esperanza, esperanzados y esperanzadores. Así podemos conseguir que todos los que viajamos en el mismo tren de la vida podamos construir la nueva humanidad que viaja hacia la Jerusalén celestial. Seamos profetas de la esperanza, no del desaliento. El mundo está cansado de agoreros y necesitamos hombres colmados de esperanza.


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Comentario al Evangelio de hoy 23 noviembre de 2025

11/23/2025

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Alejandro Carbajo, C.M.F.
https://www.ciudadredonda.org

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Queridos hermanos, paz y bien.

Los cristianos somos, a veces, un poco raros. Vivimos en el mundo, pero un poco a nuestro aire. Se nos acaba el año (litúrgico) y, con toda tranquilidad, podremos decir “Feliz Año nuevo litúrgico” la semana que viene. Cosas de la fe.

Éste es el último domingo del tiempo ordinario. Dentro de una semana, comenzamos el Adviento. Esta fiesta fue instituida por el Papa Pío XI en tiempos especiales: cuando en Europa se estaba produciendo el auge de los totalitaris¬mos, en 1925. Se celebraba el domingo anterior a la solemnidad de Todos los Santos. En la mente y en la intención de Pío XI se podía entrever un último sueño de Cristiandad. Por eso, en la encíclica Quas primas (11 de diciembre de 1925) se decía que, ante el avance del ateísmo y de la secularización de la sociedad, todos los hombres deberían reconocer la soberana autoridad de Cristo.

En la oración se rezaba para que todos los pueblos, disgregados por la herida del pecado, se sometieran al suavísimo imperio del Reino de Cristo. Quería el Papa que todos los pueblos reconocieran a Cristo como Rey y le prestaran la obediencia que, tal como entonces se entendía, se debía prestar al rey de cualquier país o nación. El Papa, con la mejor de las intenciones y con no poco optimismo, abogaba por gobiernos confesionales y católicos, en los que la autoridad de Cristo y del Evangelio no fuera discutida.

En 1970, el Papa san Pablo VI cambió el título de la fiesta, que comenzó a llamarse fiesta de Jesucristo, Rey del universo y se debía celebrar el último domingo del año litúrgico. Se cambió parte de la oración, en que ahora se dice: que toda la creación, liberada de la esclavitud del pecado, sirva a tu majestad y te glorifique sin fin.

Ahora, en 2025, nuestros reyes no tienen la autoridad y el poder que tenían hace un siglo y la mayor parte de los reyes reinan, pero no gobiernan. Hoy, en esta fiesta, los cristianos queremos, y así se lo pedimos a Dios, que Cristo reine en el universo, es decir, en los corazones y en las vidas de todas las personas, sin olvidar que somos nosotros, las personas, las que debemos gobernar este mundo social y político en el que nos ha tocado vivir. Creemos que esta es la voluntad de Cristo, nuestro modelo, que no quiso hacer de este mundo su reino. En este sentido, le pedimos todos los días a Dios, en el Padrenuestro, que venga a nosotros su reino.

De un rey nos habla la primera lectura. David, el menor de sus hermanos, es ungido como rey de Israel en Hebrón. Tiene que continuar o mejorar las obras de Saúl, convirtiéndose en el pastor de su pueblo. ¿Cómo es que esta pequeña historia se convierte en la primera lectura de la fiesta de Cristo Rey? Será porque Jesús es la respuesta de Dios a las oraciones y a las expectativas de su pueblo. Él es el Mesías, el Rey que “dominará de mar a mar, del río al confín de la tierra” (Sal 72,8). Si esto es así, ¿por qué entonces los israelitas no lo escucharon? ¿Por qué los ancianos del pueblo quisieron que fuera crucificado en vez de ungirlo como rey, tal como hicieron sus antepasados con David en Hebrón? El Evangelio nos dirá la razón. Es que el Reino no sólo hay que desearlo, sino que también hay que aceptarlo y trabajar por él.

Sabemos que reyes ha habido muchos a lo largo de la historia. Y la mayoría quisieron gobernar sobre bases erróneas. No puede subsistir mucho tiempo una sociedad humana construida sobre la mentira, la violencia, la fuerza bruta, la falta de respeto a los derechos de las personas, y en especial a los derechos de los más débiles, la destruc¬ción de los disidentes, la desconfianza sistemática, la delación. Por mucho que la maquillemos con los medios de propaganda, es una sociedad mortalmente enferma. La antigua Unión Soviética, o muchas dictaduras de América Latina son buena prueba de ello. Hemos descubierto cómo los grandes estados de rostro inhumano eran en realidad monstruos con pies de barro.

Frente a esto, se nos presenta la vida de Jesús; un hombre insignificante a los ojos de la “carne” sin ningún otro poder que el poder de convicción de su palabra: ni poder económico, ni fuerzas armadas, sin fasto de ningún tipo. Un Rey atípico. Nació en un pesebre, no en un palacio; trabajó para ganarse el pan. Ejercía sólo una autoridad con rostro humano. No se basaba en la fuerza, sino en el “enamoramiento”, en el dejarse encontrar por todos. Zaqueo, la mujer samaritana, Mateo, María Magdalena… Muchos fueron convencidos por el ejemplo y el testimonio de Cristo. Un rey muy especial.

A ese Rey, los jefes del pueblo lo tientan con la tercera de las argumentaciones de Satanás, recordándole que es el protegido de Dios. Los soldados, por su parte, recuerdan el valor político del título de Mesías: un rey dispone de poder (como le dijo el demonio a Jesús en el desierto). Pero el Reino de Jesús no es de este mundo, como le replicó Cristo a Poncio Pilato. El malhechor colgado en la cruz representa la tentación más fuerte, porque está sufriendo en la cruz junto a Jesús. Es la más diabólica de las pruebas: ¿No eres Tú el Mesías? Hace falta estar muy arraigado en Dios Padre para no rendirse, para aceptar la voluntad de ese Padre Bueno.

En medio de la prueba, hay también un punto para la esperanza. En el mismo Calvario, se inaugura el Reino de Dios: al buen ladrón Jesús le dice que hoy compartirá la plena felicidad con Él. El que en el mundo no encontró la paz, la halló al final de sus días, hasta poder descansar con Cristo en el Paraíso.
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De cada de uno de nosotros depende decidir. ¿Quieres ser parte de una historia llena de esperanza? Está terminando el año litúrgico. Revisa tu vida, y prepárate para que el Adviento, que está llamando a las puertas, no te sorprenda desprevenido. Puedes ser amigo de un Rey que no inspira miedo, sino dulzura; que no busca castigarte, sino hacerte feliz; que no limita tu libertad, sino que la desarrolla hasta el máximo… Un Rey distinto, que te invita a ser de los suyos. Él te espera. ¿Vas a ser como los jefes, como los soldados, como el ladrón que grita contra Jesús, o como el buen ladrón? Tú decides.
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Comentario al Evangelio del hoy domingo 16 nov. 2025

11/16/2025

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Alejandro Carbajo, C.M.F.
https://www.ciudadredonda.org

​Queridos hermanos, paz y bien.

Estamos cerca del final del año litúrgico, y en las lecturas se va notando ese aspecto escatológico, de final de los tiempos. Para que, antes de la celebración de Jesucristo, Rey del universo, la Liturgia nos vaya poniendo en ambiente, de modo que lo que tenga que venir no nos pille desprevenidos, que luego todo son prisas, y las prisas son malas consejeras.

En otros tiempos no muy lejanos estos temas del fin del mundo, del Juicio Final, de la  cosecha, de fuegos y hornos, de separar, de castigo y premio estaban muy presentes en las predicaciones, y se utilizaban relatos como los de hoy para amenazar, meter miedo y lanzar condenas contra esto y lo otor y lo de más allá. Tal vez hoy nos hemos ido al otro lado del péndulo, y este tema se silencia totalmente. Entre las creencias de muchos cristianos han dejado de estar presentes palabras como Juicio Final, condena, salvación, infierno y hasta la resurrección de los muertos, que en algunos casos ha sido substituida por cosas tan exóticas y ajenas a nuestra fe como la reencarnación, la trasmigración de las almas, la liberación del espíritu o la “fusión con la energía natural”.

También hay que decir que no faltan algunos grupos, sectas, que andan asustando al personal, por lo general poco formado en cuestiones bíblicas y de fe, con “el fin del mundo”, que está ahí, como decían algunos en torno al año 2000, y ven por todas partes signos de ese final. Vamos a dar algunas claves para situar este importante tema en su justo lugar. Nos ayudan las lecturas de este domingo.

Y es que, cuando menos nos lo esperemos, llegará el día del Señor, del que nos habla la primera lectura. Y entonces habrá que demostrar que somos de los perseverantes. Es decir, de los constantes, de los tenaces, de los firmes, de los insistentes… Y eso no se logra de un día para otro. Hay que entrenar, como los deportistas que quieren llegar a la cima, con mucha intensidad cada jornada.

Los israelitas del tiempo del profeta Malaquías se cuestionaban qué sentido tenían sus buenas acciones, de qué valía cumplir los mandamientos de Dios, cuando veían que a los malvados les va muy bien en este mundo, y a los justos, a los buenos les rodean los sufrimientos y las dificultades y con frecuencia el fracaso más absoluto. Y, a no ser que uno esté ciego, esta pregunta todos nos la hemos formulado alguna vez, porque el mal está bien presente en nuestro mundo. El profeta empieza por asegurar que Dios es fiel y nunca abandona al que le teme y sirve, y afirma que habrá un día, el Día de Yahveh, el día del Juicio, de colocar a cada uno en su sitio, de hacer el balance de la vida de cada cual, de hacer justicia a quienes han sido objeto de injusticias… Y esto no cuestiona para nada la afirmación de que “Dios es bueno”, que perdona siempre, que quiere salvar a todos…

Porque junto a esta afirmación hay que colocar otra: el hombre ha sido creado con libertad, y en ella está incluida la posibilidad de la autodestrucción, de la opción por el mal, de la traición a los hermanos, etc. Ante la que Dios no puede hacer absolutamente nada más que sufrirlo. En un mundo agrícola como el de aquel tiempo, fue lógico echar mano de imágenes del campo para explicar este hecho: la recolección, donde se aparta el grano de la paja, para quemar ésta y guardar aquélla. Tal vez hoy se habría hablado de arrojar a los contenedores para ser “reciclados”.

La imagen es sólo una imagen. Pero este hecho del Juicio no se vivía con temor por parte del pueblo fiel: no era una amenaza para ellos, sino un acontecimiento que les llenaba de esperanza y de fuerza para su vivir de aquí. Ellos serían rodeados de luz, les envolvería la paz, disfrutarían del Banquete del Reino, verían a Dios cara a cara, etc.

En tiempos de Jesús se produjo el convencimiento de que ese día ocurriría inmediatamente. Y esperaban una intervención espectacular de Dios, que algunos aprovechaban para hacer objeto de sus predicaciones y de sus intereses personales (económicos y de todo tipo: como también hoy). Y Jesús aclara unas cuantas cosas que nos vienen muy bien.

Porque cuando se acerca el final la lucha es más encarnizada, la tentación más seductora y fuerte, el peligro acecha por todas partes. Jesús previene a sus discípulos, cuando -al parecer- estaban encantados por la belleza del Templo. Interrumpe Jesús la contemplación gozosa de los suyos y les previene. Jesús aclara unas cuantas cosas que nos vienen muy bien:
  • – Que vendrán muchos “en nombre de Dios” diciendo que son Dios, que vienen de su parte, amenazando con que ese día Este cerca. Pues no les hagáis el menor caso. Ni apariciones de vírgenes, ni iluminados, ni videntes, ni Testigos de Jehová ni nada.
  • – Cuando veáis (y las vemos) guerras y revoluciones, terremotos, epidemias y hambre, espantos y grandes signos en el cielo… no tengáis pánico. Eso son cosas propias de nuestro mundo, y más: serán la ocasión de que deis testimonio.
  • – Y llevando la atención de sus oyentes en otra dirección, les avisa: A vosotros, a mis discípulos, a los que os tomáis en serio mi mensaje, os echarán mano, os perseguirán, os entregarán a los tribunales y a la cárcel y os harán comparecer ante reyes y gobernadores por ser de los míos. Y os traicionarán vuestros propios familiares, y matarán a algunos de vosotros, y os odiarán por mi nombre.


Esto último sí que nos tiene que preocupar. Es señal de que estamos en buen camino. Jesús no pone paños calientes a su mensaje, ni disimula su radicalidad. Bien clarito lo dice: ser de los míos os tiene que suponer dificultades. Y la invitación es a ser testigos, a demostrar en dónde tenemos puesta nuestra confianza, por qué valores y estilo de vida hemos optado…

Y aquí llega San Pablo con la segunda lectura: “Me he enterado de que algunos viven sin trabajar, muy ocupados en no hacer nada”. El Apóstol de los gentiles nos recomienda “trabajar tranquilos y con laboriosidad”, sin dejarnos distraer por quienes distraen a la comunidad con predicciones de sucesos fatales.

Lo de no hacer nada se puede referir también a nosotros. Por ejemplo, cuando vemos a nuestro lado hambres y guerras, gente que vive sola, niños sin familias, jóvenes metidos entre drogas y alcohol, manipuladores y vulgaridad, cuando percibimos que tantos hombres hoy no conocen ni experimentan a Dios, cuando el consumo/individualismo/comodidad se han convertido en los nuevos dioses, cuando falta poner tanto corazón y comprensión a nuestro lado, ¿tú qué haces?

Dicho de otra manera: ¿Te has visto ya en dificultades por ser de los de Jesús? ¿Te has tomado en serio las Bienaventuran­zas? ¿Te has buscado problemas con los de tu propia familia por ir contracorriente? ¿Te has encontrado dificultades en tu trabajo por hacer las cosas “como Dios manda”? ¿O tal vez eres de los que andan “muy ocupados” en no hacer nada? ¿Nada? ¿Nada que merezca la pena, nada que cuente en el Banco Interplanetario Celestial donde estamos llamados a tener un tesoro en palabras del mismo Jesús?

Hablamos de la Buena Nueva. Sin embargo, la parte del mensaje que escuchamos hoy en día a menudo suena más como malas noticias: terremotos, hambrunas, guerras y destrucción. Aun así, lo que nos dice sigue siendo una buena noticia, porque Jesús quiere asegurarnos de que, en todas las miserias y problemas que nos rodean, Dios está de nuestro lado y nos ama. No debemos escuchar a quienes nos amenazan con un final aterrador. Somos, y debemos seguir siendo, personas de esperanza. Pidamos a Jesús, nuestro Señor entre nosotros, que nos llene de confianza y esperanza.
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Dedicación de la Basílica de Letrán

11/9/2025

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Alejandro Carbajo, C.M.F.
https://www.ciudadredonda.org

Queridos hermanos, paz y bien.

Por segundo domingo consecutivo, se interrumpe la “Lectio continua” del Evangelio de Lucas, esta vez recordar la Dedicación de la Basílica de Letrán. La fiesta de hoy nos ha podido llegar un poco por sorpresa. Podíamos pensar que era un domingo más, ya al final del año litúrgico; pero de repente se nos dice que estamos ante el recuerdo de una dedicación. Lo podemos aceptar de buena gana, porque también celebramos al Señor, que en este evangelio se nos ha presentado como el verdadero templo.

Diremos dos palabras sobre estas dos realidades. En Roma existía un palacio de Letrán, que era propiedad de la familia imperial. Pero en el siglo IV, cuando el cristianismo pasó de ser religión perseguida a religión aprobada, favorecida y más o menos oficial, ese palacio pasó a ser residencia de los papas.

La Basílica es grandiosa. Es la primera gran basílica cristiana de Roma y la catedral del Obispo de Roma, lo que la convierte en la madre y cabeza de todas las iglesias del mundo. Construida por el emperador Constantino, quien donó los terrenos al Papa Melquiades, la basílica fue originalmente dedicada al Santísimo Salvador y posteriormente añadidos los nombres de San Juan Bautista y San Juan Evangelista.

En sus naves se han desarrollado cinco concilios ecuménicos. Tenéis que pensar que la Basílica de San Pedro, en el Vaticano, donde reside actualmente el Papa, no existe sino desde el siglo XVII. En San Pedro se han celebrado sólo los dos últimos concilios ecuménicos. La basílica de Letrán es, por tanto, mucho más antigua. Además, el nombre de Letrán va unido al tratado del 11 de febrero de 1929, mediante el cual se establece el estatuto civil de la Santa Sede. El tratado fue firmado entre Mussolini y el Papa Pío XI.

Como veis, eso son informaciones históricas, unos brevísimos apuntes sobre la basílica del Papa por antonomasia, muy anterior a la Basílica de San Pedro.

Pero lo que más nos interesa es saber que, más allá de estos templos majestuosos de Roma, hay un Templo, la persona misma de Jesús, que es el lugar donde la gloria de Dios ha habitado por antonomasia. Sí, en Jesús Dios nos ha mostrado el esplendor de su gloria. El grandioso templo de Jerusalén quedó destruido, no quedó de él piedra sobre piedra. Sucedió con el primer templo y volvió a suceder con el segundo templo.

En cambio, Jesús es eterno, y en él tenemos acceso a Dios siempre, en todo momento y en todo siglo. Él es también el fundamento sobre el que está construida la Iglesia de Dios que formamos todos nosotros. Sólo asentados sobre él podemos desafiar al tiempo que acaba con todas esas grandiosas construcciones. La celebración es un signo universal de unidad con el Romano Pontífice y una invitación a reflexionar sobre el templo que cada creyente es en el Espíritu Santo.

El templo, en la primera lectura, es el lugar de la presencia de Dios en medio de su pueblo. Por eso aparece en el lugar central en la visión de Ezequiel. El agua que mana del templo sugiere que todas las bendiciones que recibe Israel provienen de Dios. El agua es la fuente de vida, escasea en Israel, y sin ella no se puede vivir. Se suele asociar a la presencia de Dios. Por ello el agua que mana del templo tiene capacidad para fecundar la tierra desértica de Judá e incluso es capaz de sanear las aguas saladas del Mar Muerto, en el que no podía haber vida. En el templo se puede encontrar esa fuerza, uno puede sentir que se sanean todas las malas sensaciones que podamos tener.

El templo era el lugar de la presencia de Dios, y Pablo hoy asegura que ahora Dios está presente en la comunidad creyente. Así como, en tiempos de la Antigua Alianza, Dios residía en el templo, ahora el Espíritu de Dios habita en los creyentes, «nuevo templo» de Dios. Tal concepción tiene como corolario la dignidad extraordinaria del creyente que es, por tanto, lugar santo por excelencia, ámbito de presencia de Dios en el mundo. En consecuencia, todos deben ser tratados con respeto y veneración.

Ya sabemos que el verdadero templo de Dios es el hombre. Pero también es verdad que necesitamos de sacramentos de su presencia. De agarraderos que faciliten nos recuerden que sigue vivo entre nosotros. Somos conscientes que, el amor, tiene consistencia en sí mismo (pero la alianza en las manos de los contrayentes lo visibilizan y lo comprometen). De sobra conocemos que la paz es fruto de la justicia (pero realizamos gestos que nos ayuden a conseguirla). El templo, en ese sentido, nos ayuda a celebrar y vivir, escuchar y palpar el amor que Dios nos tiene. Es un rincón al que acudimos, no exclusivamente para encontrar a Dios, pero sí para dedicarle enteramente un espacio del día o de nuestra vida.

Somos templos vivos de Dios. Y precisamente por ello, porque somos templos vivos de Dios, necesitamos construirnos día a día. Mejorarnos y renovarnos. Cuando acudimos a un lugar levantado en piedra, contemplamos y caemos en cuenta de la vida y de la riqueza espiritual de una comunidad que cree en Jesús y que necesita de la reunión para confortarse y ayudarse, proclamar su Palabra y llevarla a la práctica. Cada iglesia, en cientos lugares del mundo, se convierte en un estandarte que pregona la presencia de un grupo que espera, intenta vivir y seguir las enseñanzas de Jesús Maestro. “Sólo podremos edificar un mundo mejor si nos edificamos, primero, a nosotros mismos”.
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La belleza del templo católico es precisamente la comunidad que celebra y se congrega dentro de él. La mayor inversión que podemos hacer es precisamente vivir lo que escuchamos dentro de cada espacio sagrado. Ser coherentes con lo que decimos con lo que nos importa en nuestra vida. La Dedicación de la Madre de todas las Iglesias (San Juan de Letrán) nos invita cada día a ofrecer nuestro corazón y nuestra vida hacia Dios, para hacer de nosotros mismos un templo vivo, eficaz y real para Dios.
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October 12th, 2025

10/12/2025

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Alejandro Carbajo, C.M.F.
https://www.ciudadredonda.org

Queridos hermanos, paz y bien.

​Seguimos acompañando a Cristo en su camino a Jerusalén. A veces le recibían bien, por donde pasaba, otras, no tanto. Es que no puedes agradar a todos, cuando vas por ahí diciendo verdades que no gustan.

Antes, en la primera y en la segunda lectura, tenemos algunos puntos para la reflexión.

En el Libro de los Reyes asistimos a una curación milagrosa. Nos encontramos en la segunda mitad del siglo IX a.C. Los sirios han extendido su dominio en las mayores partes de Siria y Palestina. El personaje más famoso y apreciado en el reino es el general Naamán, comandante en jefe del ejército. Lo tiene todo, pero ha enfermado de lepra, la incurable (en su época) enfermedad tenida como uno de los peores castigos de Dios. Un día, una chica israelita, capturada durante un ataque, le revela que en su tierra hay un profeta que hace curaciones extraordinarias. Se trata de Eliseo, el discípulo de Elías.

Lógicamente, Naamán se pone en marcha y va a visitarlo. Seguro que, por el camino, iba imaginando cómo serían el encuentro y la curación. Pero cuando está a punto de llegar a la casa del hombre de Dios, un siervo viene a su encuentro y le pide que se lave siete veces en el río Jordán. Con eso se curará. Naamán se enfurece. Está esperando que le salga al encuentro Eliseo y haga una invocación a su Dios, algún rito, una imposición de las manos, algo. Nada de eso. El profeta ni siquiera sale a saludarlo. Maldiciendo, está a punto de volverse a su tierra, cuando sus siervos se acercan y le dan un consejo elemental: Si el hombre de Dios le hubiera pedido que hiciera algo difícil, seguramente lo habría hecho. ¿Por qué no sigue una simple orden, como es lavarse siete veces en el río?

Siendo humilde, aceptando el consejo, Naamán se curó no solo de la lepra corporal sino también de la del alma. Del paganismo pasa a la fe en el único Dios. Como signo de su conversión, se lleva a su casa sacos de tierra de Israel, para seguir dando culto a ese Dios que le ha salvado. Podemos decir que gratuitamente recibió dos curaciones. Un verdadero regalo de Dios. Porque, como dice el salmo de hoy, “el Señor revela a las naciones su salvación.” A todas. Basta con ser humilde, y aceptar lo que Dios (y sus enviados, sus “ángeles”) nos digan.

En esa idea abunda y profundiza el apóstol san Pablo. Su vida estaba siempre unida a Cristo, y, como él dice, “por eso lo aguanto todo por los elegidos, para que ellos también alcancen la salvación y la gloria eterna en Cristo Jesús.” La misión por encima de todo.

Cuando escribe esta carta a Timoteo está preso en Roma, y se siente algo abandonado por los suyos. Pese a todo, confía en que la Palabra sigue expandiéndose, porque “la palabra de Dios no está encadenada”. Esta Palabra seguirá dando mucho fruto, pese a las dificultades, y por eso es preciso conservar la serenidad y alegría, ya que es un mensaje de paz y de amor.

No es difícil entender que lo que le pasó a Pablo y a Jesús se repite en la vida de cada auténtico discípulo. Aquellos que se comprometen a favor de la Verdad, con mayúscula, que dicen las cosas claras y denuncian la injusticia deben aceptar también las críticas, los malentendidos y hasta las persecuciones. Incluso dentro de la propia comunidad.

La salvación llega también para los leprosos que se encuentran con Jesús en el camino. La lepra, lo hemos dicho al comienzo, no tenía cura. Solo Yahvé, si se expiaban los pecados de toda una vida, podría llevar a cabo el milagro y devolver la salud. No podían entrar en las ciudades ni, mucho menos, en el templo. De modo que los leprosos se sentían rechazados por los hombres y por el mismo Dios.

Tenemos la posibilidad, a la luz de la Palabra, de revisar cómo nos relacionamos con los leprosos de hoy en día, con aquellas personas a las que nadie quiere, olvidados de todos; quizá en nuestro propio bloque de vecinos, quizá en el trabajo o en las clases… San Francisco de Asís, a raíz de su encuentro con un leproso, fue capaz de dejarlo todo y cambiar de vida. Quizá nosotros podamos aprender algo de los leprosos de hoy.

Los diez protagonistas del Evangelio de hoy se quedan a distancia, y en grupo le piden al Señor que tenga compasión de ellos. Juntos saben que pueden hacer más fuerza. “Ten piedad de nosotros”. Seguramente, esperaban alguna limosna, que les permitiera vivir un poquito mejor. Pero reciben algo insospechado, que no podían ni imaginarse: la curación. Eso sí, una curación a cámara lenta, no inmediata. Quizá para que, mientras van andando, puedan caer en la cuenta de lo que les está pasando.

De los diez leprosos, sólo uno vuelve para dar gracias a Dios. Dice algún autor que la elección del número diez no es casual. El número diez indica la perfección, la totalidad. Los leprosos del evangelio representan, por lo tanto, a toda la gente, la humanidad entera lejos de Dios. Con esa cifra, Lucas nos está diciendo que todos, judíos y samaritanos, somos leprosos y necesitamos encontrar a Jesús. Nadie es puro; todos llevamos en nuestra piel los signos de muerte que solo la Palabra de Cristo puede curar. Por eso tenemos que confiar, pedir y después de andar el camino, ser capaces de escuchar, como el samaritano, que “tu fe te ha salvado”.

Revisemos, entonces, nuestra capacidad de pedir y de dar; de poner en la balanza lo que pedimos a los demás y lo que damos a los demás; revisar también si somos capaces de dar gracias a Dios por todo lo que Él hace por nosotros, desde conservarnos la vida hasta poder celebrar la Eucaristía, el alimento, los amigos, la familia… Es bueno que, de vez en cuando, caigamos en la cuenta de que todo lo recibimos de Dios, y le demos gracias.
​

Ojalá nuestra oración tenga en cuenta este aspecto, y seamos buenos hijos, agradecidos. Decir gracias no cuesta nada y alegra a los otros. Y si somos capaces de hacer la vida más fácil a los demás, entonces estaremos construyendo el Reino de Dios. Roguémosle al Señor que nos conceda, por intercesión de la Virgen María, nuestra Madre, la gracia de no sólo respetar a los demás, sino la de ser agradecidos y saber procurar el bien de todos, como a hermanos nuestros, hijos de un mismo Dios y Padre. Amén.
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Comentario al Evangelio de Hoy Domingo 5 de Octubre

10/4/2025

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Alejandro Carbajo, C.M.F.
https://www.ciudadredonda.org

Queridos hermanos, paz y bien.

Se ve que los Apóstoles veían que, con su nivel de fe, no llegaban a los mínimos que les pedía el Señor. Hay veces que creer, confiar se vuelve difícil, demasiado difícil. Entonces, como los Apóstoles, solemos decir: ¡no tengo fe para tanto! Nuestra fe no se adecúa a la realidad terrible; queda como agazapada, deprimida y angustiadamente suplicante. A lo más que llegamos es a la resignación.

A la gente de hoy le gustan las cosas que se ven. Nosotros, los católicos, somos también hijos de nuestro tiempo. Y el Evangelio nos habla de fe. Algo abstracto, que no se ve. La fe, ¿qué es? ¿Para qué sirve? Porque los cristianos decimos que tenemos fe. Esa fe, decimos, nos ayuda a seguir caminando hacia delante, incluso en los peores momentos, incluso cuando la muerte o la enfermedad se acerca a nuestro lado.

Porque tener fe no significa que no haya problemas, o que no nos duelan las muertes de los seres queridos. Tenemos permiso y hasta derecho a afligirnos. No se nos prohíbe la tristeza. Pero se nos invita a acogerla muy a fondo, porque también la tristeza y el dolor tienen un sentido. ¬Lo único a que lo no tenemos derecho es a afligirnos como se puedan afligir otros, los que no tienen fe ni esperanza.

El profeta Habacuc, seguramente, tenía fe. Por eso el Señor le da una tarea, la de denunciar la injusticia. Pero era tanta, que le desborda. Por eso interroga directamente a Dios, con una pregunta que también nosotros podemos hacernos: ¿hasta cuándo?

La respuesta de Dios es desconcertante. No da explicaciones, sino que pide fe, o sea, una confianza sin condiciones, absoluta. Comprende perfectamente las quejas del pueblo y del profeta. Entiende que no todos pueden aceptar la aparente tolerancia divina hacia los malvados. Pero lo que pasa es que la prosperidad, la alegría, la buena vida de los malos, en realidad es el principio de su ruina. Al final, en el momento de rendir cuentas, se condenarán por sus obras inicuas. En cambio, para el justo, para el que tiene fe, se abrirá el camino de la salvación, o sea, de la vida eterna.

También apela a la fe Pablo en la segunda lectura. Al final del siglo I existían falsos maestros que difundían doctrinas erróneas, extrañas y fantásticas, y comienzan a infiltrarse en las comunidades cristianas. La adhesión a dicha interpretación errónea del Evangelio conduce a graves desviaciones teológicas y morales. Pablo se dirige a Timoteo, como líder de su comunidad, para que esté alerta y proteja a los fieles, sobre todo a los que están particularmente expuestos y tentados de adherirse a esta herejía que se extiende.

La mención al Espíritu Santo nos recuerda que esa tradición que hemos recibido (en los dogmas, en el Catecismo de la Iglesia, en los documentos del Magisterio…) es susceptible de ser interpretada, de desarrollarse, de adaptarse a los nuevos tiempos. Por eso no se entienden los derechos humanos hoy como se hacía en el siglo XV. Al niño le basta la fe de niño, al adulto, la fe infantil, como la ropa de niño, se le queda pequeña. Es tarea de los pastores saber ayudar a crecer espiritualmente al rebaño a él encomendado. Y siempre dentro del marco de la doctrina de la Iglesia, conservando la comunión con ella. Evitando las doctrinas equívocas y contrarias a la fe.

Y Jesús, en el Evangelio, habla de la verdadera relación con Dios. En la época de Jesús, los fariseos ponían en primer lugar los méritos. Recordamos a aquél que, en la sinagoga, recitaba la lista de todo lo que había hecho, frente al publicano, que no se atrevía a levantar la cabeza. (Lc 18, 9-14) Con todos esos méritos, creían, ganaban el derecho a la salvación.

Este modo de pensar la relación con Dios nos parece lógico. Tanto hago, tanto acumulo para mi juicio final. No nos damos cuenta de que pensamos como los fariseos… El hombre, siervo esforzado, lo intenta, pero no podemos exigir nada a Dios, que nos da todo gratuitamente, no tanto por nuestro méritos, sino por mera gracia. Si no ponemos atención, existe el riesgo de caer en el egoísmo espiritual. Colocamos en el centro no a Dios, sino a nosotros mismos – hacer las cosas para sentirnos mejor y “presumir” ante Dios, no por puro amor a Dios – y caemos en el fariseísmo. Podemos convertir a Dios en un contable, que se dedica a llevar las cuentas de los pecados y los méritos.

Por supuesto que tenemos que seguir haciendo buenas obras. Y hacer lo que es bueno sigue siendo un imperativo moral para todos. Pero todo con la motivación correcta. Jesús quiere purificar los corazones de la “competencia o envidia espiritual”. No tenemos que rivalizar para conseguir el amor y el favor de Dios; Él tiene suficiente amor para todos y cada uno de sus hijos.
La línea entre hacer las cosas por amor de Dios o por amor a uno mismo es, a veces, difícil de distinguir. Por eso Jesús avisa con estas palabras del Evangelio de hoy. Hay que amar de manera incondicional, sin esperar nada a cambio, tal y como Dios nos ama a todos, para poder entrar en el Reino de Dios. Y nos cuesta, porque esa forma de pensar está muy arraigada en nosotros. Por eso tenemos que crecer en la confianza, en la fe.

La fe da sentido al camino porque el Señor va delante y sabe a dónde va. La fe nos da la alegría de caminar hombro con hombro con el Señor. Esa es la fe de verdad. Es fe que nos hará decir: “Señor, caminando tras de Ti no hago más que lo que tengo que hacer. Soy siervo inútil y sin provecho, pero feliz de ir contigo donde me lleves.”
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Así reconoceremos, aunque en ocasiones con dificultad, el camino que Él desea para todas sus criaturas. Sabremos lo qué tenemos que hacer. Y haciendo lo que debemos hacer – aprovechando el momento, la ocasión — podremos ayudar para que otros, y nosotros mismos, lleguemos a escuchar aquello de: “Venid, Benditos de mi Padre”.

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“Tienen a Moisés y a los profetas: que los escuchen”.

9/28/2025

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Alejandro Carbajo, C.M.F.
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Queridos hermanos, paz y bien.

La semana pasada el profeta Amós hablaba contra los mercaderes injustos. Esos que servían al dinero, antes que al mismo Dios, sin respetar el tiempo que debían dedicar al Señor. Hoy los “criticados” son los que se sienten seguros de sí mismos, creyéndose justos, muy satisfechos de haberse conocido. Los que asociaban riqueza a bendición de Dios.

Porque hubo un tiempo en que Dios aparecía aliado con los ricos: el bienestar, la suerte, la abundancia de bienes eran considerados signos de su bendición. La primera vez que la palabra hebrea “plata” o “dinero” aparece en la Biblia, se refiere a Abrahán: “Abrán poseía muchos rebaños y plata y oro”. “Isaac sembró en aquella tierra y ese año cosecharon un ciento por ciento». Jacob tuvo innumerables propiedades: “bueyes, asnos, rebaños, hombres, siervos y siervas”. El salmista promete al justo: “En tu casa habrá riquezas y abundancia” (Sal 112,3).

La pobreza era una desgracia. Se creía que era resultado de la pereza, la ociosidad y el libertinaje: “Un rato duermes, un rato descansas, un rato cruzas los brazos para dormitar mejor, y te llega la pobreza del vagabundo, la penuria del mendigo» (Prov 24,33-34).

Los profetas, poco a poco, empiezan a avisar de que no cualquier medio es aceptable para hacerse rico. No se pueden olvidar la solidaridad y la justicia nunca. Así que Amós, hoy, carga contra los que se creen salvados porque han acumulado muchos bienes. Porque Dios no quiere que se perpetúe la injusta división entre ricos y pobres.

Amós denuncia la falsa seguridad de las riquezas. Confianza y seguridad en la ciudad de Jerusalén, que les parece inexpugnable, y confianza y seguridad que estimulan la buena vida: comida, perfumes, lujos… No se aleja así el día funesto. Se está preparando la violencia. El castigo será el cautiverio.

Para estar preparados y no caer en la indolencia, Pablo exhorta a Timoteo, en la segunda lectura, a mantenerse firme en la fe y en la doctrina que le he enseñado el Apóstol de los gentiles. Después de haber sido ordenado como pastor de la comunidad, escuchamos todo un catálogo de virtudes, indispensables para ser un buen servidor del Evangelio.

En la época de Pablo y Timoteo, el culto a los emperadores estaba muy extendido. Quizá por eso Pablo hace un alegato en favor de Jesús, el bienaventurado y único Soberano, Rey de los reyes y Señor de los señores, capaz de dar la verdadera alegría y la salvación a todos los que le sean fieles. En nuestro tiempo, tan dado a las idolatrías, este recordatorio no nos viene mal.

También advierte Pablo sobre las doctrinas falsas que pueden infiltrarse en la comunidad cristiana. Por este motivo llama a Timoteo a conservar irreprochable y sin mancha el Evangelio que le fue anunciado. Hoy en día hay muchas escuelas que ofrecen métodos para alcanzar la paz espiritual o el nirvana, pero sólo hay un Maestro que nos da la salvación, el Señor Jesús. Las modas que llegan de Oriente pueden, a veces, ayudar a relajarnos, por ejemplo, antes de orar; pero siempre tienen detrás una filosofía incompatible con la mentalidad católica.

Si recordáis, el Evangelio del domingo pasado terminaba con unas palabras de Jesús: “no podéis servir a Dios y al dinero”. Ese Evangelio enlaza con el que acabamos de escuchar. Pero entre medias hay unos versículos que nos ayudan a situar el contexto en el que Jesús habla. El versículo siguiente dice que “oyeron esto unos fariseos, amigos del dinero, y se burlaban de Él”. Estos personajes se tienen por justos y se burlan de Jesús. De ahí que Jesús, con esta parábola, responda a sus burlas y les muestre una imagen de Dios muy distinta a la que ellos tienen: la de un Dios que no soporta la indolencia del rico hacia el pobre Lázaro, la de un Dios que está de parte de los pobres.

Decía también Jesús que “lo que hicisteis con uno de estos, conmigo lo hicisteis”. Y es que si Dios se ha identificado con alguien totalmente es y será con los más pobres y necesitados de nuestro mundo. Como veis, este Evangelio no está tan lejos de nuestra realidad, ni nos ha de parecer tan exagerado, porque el drama del hambre sigue siendo una lacra que arrastramos sin solución, y seguimos rodeados de “lázaros” que, con suerte, comen de las migajas que caen de nuestras mesas. En su mensaje para la Jornada Mundial de la Alimentación, hace 21 años, san Juan Pablo II escribió: “¿Cómo juzgará la historia a una generación que cuenta con todos los medios necesarios para alimentar a la población del planeta y que rechaza el hacerlo por una ceguera fratricida?” No hemos avanzado mucho, parece, en este aspecto.

Y esto no sólo tiene que mover nuestro corazón, sino también nuestra acción y nuestro compromiso. Y la Palabra de Dios sigue siendo el criterio de discernimiento para una auténtica conversión de nuestro corazón y de nuestras actitudes hacia los más pobres. “Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso, aunque resucite un muerto”.

Muchos comentaristas coinciden en llamar a esta parábola la de los cinco hermanos. El rico se preocupa porque ha sentido en sus carnes lo que significa el infierno. Lo ha dicho este miércoles León XIV: “El infierno, en la concepción bíblica, no es tanto un lugar como una condición existencial. Una condición en la que la vida se debilita y reinan el dolor, la soledad, la culpa y la separación de Dios y de los demás”, comentó el Papa. El hermano que había experimentado en sus carnes el dolor de la ausencia de Dios no quería que sus hermanos cometieran su mismo error, no pensar en los demás. Pero…

Pero ya era tarde, su vida en la tierra había concluido. Quizá esa sea una de las lecciones de hoy, que hay que escuchar a Moisés y a los profetas, y, sobre todo al Profeta máximo, a Jesús de Nazaret, mientras tenemos posibilidades. No sabemos si los hermanos del rico fueron capaces de hacerlo. Pero a nosotros, cada día, se nos da la oportunidad de encontrarnos con la Palabra de Dios, para escucharla, meditarla y hacerla vida. Siempre estamos a tiempo. Antes de que nos visite la muerte, y se decida nuestro futuro para toda la eternidad, a un lado u otro del abismo. La cosa es para pensárselo.


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No podéis servir a Dios y al dinero.

9/21/2025

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Alejandro Carbajo, C.M.F.
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Queridos hermanos, paz y bien.

Después del paréntesis de la semana pasada, por la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, seguimos con la lectura del Evangelio de Lucas, en este ciclo “c”. Y lo hacemos con unos versículos que suenan, como poco, raro. ¿Estará el Señor diciéndonos que hagamos trampas en las cuentas? Vamos a ver qué se puede sacar de estos versículos. En realidad, es el patrón de la parábola el que alaba al administrador injusto, pero de eso hablaremos a su tiempo.

Ya la primera lectura nos da alguna clave de interpretación. Generalmente, la primera lectura y el evangelio de cada domingo suelen tener una especial relación. Es como la llave para poder abrir el cofre del tesoro de la Buena Nueva que escuchamos cada semana. Para que seamos como ese escriba, “que se ha convertido en un discípulo del reino de los cielos ¨(…) y que de su tesoro saca cosas nuevas y cosa viejas” (Mt 13, 52).

Esa primera lectura describe una situación en la que caían muchos comerciantes, en tiempos de Amós. De domingo a viernes, haciendo trampa en el mercado, engañando y viviendo como si Dios no jugara ningún papel en su vida. Considerándolo, más bien, una molestia, porque el sábado no podían hacer ningún negocio. En vez de disfrutar de la posibilidad de rezar al Dios que los había liberado de la esclavitud de Egipto, que los había llevado a la Tierra Prometida, estaban quejosos y descontentos.

El dinero genera en torno a sí un culto idolátrico. Es la idolatría de nuestro tiempo. Quien ofrece dinero, obtiene votos; quien se presenta adinerado recibe honor, gloria. Quien facilita el crecimiento económico es bien visto en cualquier institución. En la iglesia no llegamos a esos excesos. Pero sí que nos tienta el modelo empresarial de nuestra sociedad y no tenemos imaginación y creatividad suficiente para ensayar otro modelo alternativo, en el que no quedemos atrapados en las redes de esta religión idolátrica del dinero. Es una religión sin corazón. Dentro del sistema injusto nos vemos obligados a colaborar y a reproducir en pequeña escala el macrosistema. Un mundo, cuya economía funcionase según el proyecto de Dios, sería muy distinto del que ahora es. Porque todos seríamos hermanos, y habría suficiente para cada uno.

Hoy los comerciantes no hacen trampas, generalmente, pero la advertencia puede ser útil para muchos que viven su fe con una doble vara de medir, o como compartimentada: de lunes a sábado, como si Dios no existiera, con una jerarquía de valores “mundana” (el tener, el poder, el ser más que los otros), y el domingo, a Misa, para ser cristiano de diez a once de la mañana o de seis a siete de la tarde. Lo que dure la Eucaristía dominical.

Un dicho muy común en otro tiempo era éste: «la religión es la religión; los negocios son los negocios». También lo podríamos decir con otras palabras: «el templo es el templo; el mercado es el mercado (la Bolsa es la Bolsa)». No; Dios no es el fisco, pero nos pide cuentas de nuestras relaciones con los otros. Si eres empresario, ¿cómo tratas al obrero?; si eres rico, ¿cómo tratas al pobre? ¿Son para ti una mercancía con la que comercias a tu gusto? ¿Eres injusto en la vida mercantil y laboral?

Parece claro que el Señor nos quiere cristianos siete días a la semana, veinticuatro horas al día. Agradecidos por el don de la fe, con ganas de entrar en contacto con Él, y deseosos de ver a la comunidad cristiana en la que celebramos nuestra fe. Un aviso muy importante.

También es muy oportuno el recordatorio que hace san Pablo sobre la necesidad de la oración. En todas partes, recalca, y libres de enojos y discusiones, o sea, en paz. Orar por todos, pidiendo a Dios por los amigos y por los enemigos, para intentar parecernos un poco más cada día a nuestro Padre Dios, que hace salir el sol sobre buenos y malos, y quiere que todos se salven.

En la antigüedad el esclavo podía servir sólo a un único señor, y esto mismo vale en relación con Dios y el dinero. Son como dos adversarios en eterno conflicto. Aunque la lucha no se desarrolla directamente entre ellos, sino que ocurre en el interior del hombre, que es llamado a optar por servir a uno o a otro. El peligro de la riqueza es que puede llegar a ocupar el lugar de Dios, generando en forma misteriosa e inconsciente una forma de esclavitud y de culto. Los dos “servicios”, a Dios y al dinero, se mueven en planos de lógica opuestos. El servicio a Dios genera la lógica del amor y de la fraternidad, del dar y de la generosidad; el servicio al dinero, en cambio, la lógica del provecho personal, de la competencia, del tener y de la ambición. Con razón Jesús afirma que: “Ningún criado puede servir a dos señores, pues odiará a uno y amará al otro, o será fiel a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al dinero”.

Nos gustaría favorecer a los dos: dar a Dios el domingo y al dinero los días ordinarios. No es posible porque ambos son maestros exigentes y excluyentes. No toleran que haya un lugar para otro en el corazón de una persona y, sobre todo, sus órdenes son opuestas. Uno dice “Compartir los bienes, ayudar a los hermanos, perdonar la deuda de los pobres…”. El otro se dice a sí mismo: “Piensa en tus propios intereses, estudia bien todas las maneras posibles de ganancias… cómo acumular dinero… quedarte todo para ti…’” Es imposible complacer a los dos.
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Nuestro Dios quiere que todos los hombres se salven. Es posible vivir mucho mejor en la tierra. Por eso, hay que orar. Que las promesas de Dios no implican que abandonemos esta tierra, para cobijarnos en un supuesto cielo. Las peticiones son éstas: ¡Venga a nosotros tu Reino! ¡En la tierra como en el cielo! ¡Danos el pan! ¡Ven, Señor Jesús! ¡Ven, Espíritu Santo! Dios quiere hacer aquí su morada. La nueva Jerusalén baja. La vieja Jerusalén quería subir hasta el cielo y se convirtió en morada de demonios. La nueva Jerusalén instaura aquí en la tierra un nuevo sistema de comunión y solidaridad. Va bajando poco a poco y en algunos lugares de la tierra se hace presente. Dios hace nuevas las cosas. Ya lo notamos. Con nuestra ayuda.
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Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único

9/14/2025

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Alejandro Carbajo, C.M.F.
https://www.ciudadredonda.org

Queridos hermanos, paz y bien.

En medio del tiempo ordinario, nos aparece este domingo la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz. La coincidencia o concurrencia de la fiesta de la Santa Cruz y del domingo hace que la primera prevalezca sobre este. De ahí que toda la liturgia de este día esté consagrada a la Exaltación de la Santa Cruz.

La Exaltación de la Cruz ha ido siempre unida a la dedicación de dos basílicas de los tiempos del emperador Constantino: la del Gólgota y la de la Resurrección. Y ello tuvo lugar el día 13 de septiembre del año 355. Y al día siguiente fue expuesta ante los fieles la reliquia de la Cruz de Cristo. La tradición ha marcado que la cruz fue encontrada un 14 de septiembre. La madre del emperador Constantino, santa Elena, dedicó mucho tiempo y muchos recursos para encontrar en Jerusalén los restos de la cruz en la que murió Jesús de Nazaret. Y consiguió encontrarla y de ahí que se construyeran las citadas basílicas. La inauguración de estas demuestra que ya hacía tiempo que se conmemoraba la fecha en que la cruz apareció. Estamos pues ante una fiesta muy antigua, una de las más antiguas de la cristiandad. Y, desde luego, merece la pena darle la amplitud y relevancia que siempre tiene un domingo, donde en la Eucaristía se reúnen muchísimos más fieles que en las fiestas cristianas—aún las más importantes—celebradas en días laborables.

Lo sabemos desde que éramos pequeños. Es el primer gesto cristiano que aprendimos: el de persignarnos y el de santiguarnos. Y lo aprendimos un poco más tarde en el catecismo: ¿Cuál es la señal del cristiano? La señal del cristiano -respondíamos- es la santa cruz. Y con esta señal comenzamos nuestras eucaristías y las terminamos.

A primera vista, parece extraño admirar o exaltar la cruz. Sabemos que era un instrumento de tortura, para criminales y revolucionarios. Era el más temible de los suplicios. Ningún ciudadano romano podía ser condenado a él. Era propio de los esclavos y de los rebeldes políticos. Y podemos imaginarnos sin dificultad la crueldad de esta pena de muerte y el sufri¬miento que entrañaba para las víctimas. Era sin duda un inhumano sistema de represión que empleaba el imperio romano para tener a raya a los que se quisieran sublevar contra él. Jesús, que anticipaba esta forma de muerte como su final personal, tuvo que sentir una inmensa aversión y un profundo estreme¬cimiento.

Por eso, a nosotros nos dice muchas cosas ese tosco madero de la cruz. Porque no contem¬plamos una cruz cualquiera, una cruz vacía y deshabitada, sino la cruz en que está clavado Jesús. Y esta cruz nos habla de una historia de fidelidad de Jesús a su misión hasta la muerte. Y eso significa algo decisivo: que esta misión no era un capricho suyo, una ocurrencia que tuvo en un momento feliz de su vida, una simple expresión de su temperamento, el temperamento de una persona que ha sido bien tratada por la vida y que rebosa optimismo y amplia comprensión, el talante de un hombre risueño, acogedor y compasivo. Uno no se empeña tanto y no arriesga tanto cuando sólo actúa por impulsos temperamentales.

Hay que profundizar más; hay que llegar a la conciencia misma de Jesús, a la compren¬sión que él tenía de su vida y ministerio. Y él los sentía y vivía como un encargo que había recibido de Dios y al que no podía ser infiel. Por eso estaba dispuesto a pagar el mayor precio, y a pasar por la más estremece¬dora de las muertes. Sólo porque se sabía enviado por su Padre y sólo porque se apoyaba en su Padre aceptó este destino. Profetas que le habían precedido corrieron también una suerte trágica. Y ahora va a asumir Él la más trágica de las muertes.

Esa cruz nos habla del amor de Dios: «Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él.» La cruz nos invita a conocer algo mejor a Jesús y a Dios. Hoy, en esta fiesta, hemos de contemplarla. Como los heridos de serpien¬te contempla¬ban la serpiente de bronce elevada por Moisés, así nosotros hemos de dirigir nuestra mirada al crucificado. Será una contemplación que nos invitará a descubrir cómo fue el amor de Jesús por nosotros y cómo de en serio va el amor de Dios por nosotros. Y acaso sea una contemplación que nos invite a convertirnos.

San Pablo por su parte también nos aporta una definición admirable. Y es como un Dios se abaja hasta lo más profundo, hasta someterse a la muerte, “y una muerte de cruz”. La ponderación de que “hasta” murió en la Cruz nos demuestra lo terrible y degradante que la muerte en cruz era entre judíos y griegos, entre los contemporáneos de Jesús. Y Pablo nos ayuda a configurar el sacrificio y como Dios, el mismo Dios, “lo levanto sobre todo”. Dios Padre muestra la salvación desde su Hijo resucitado al modo de cómo Moisés levantó el estandarte de la serpiente en el desierto. Todas estas lecturas nos enseñan el significado de la cruz, su poder salvífico. Hemos de tenerlo muy en cuenta.

La Cruz, como bien sabemos son las contradicciones, las desgracias, la enfermedad, la incomprensión, la pobreza, el que no seamos considerados por los demás, el que nos traicionen los amigos, el que hablen mal de nosotros, la calumnia, la injusticia, el que se burlen de nosotros por ser cristianos, porque vamos a Misa, o rezamos el rosario. Esta retahíla de cosas es evidente que en sí mismas, no son más que desgracias. Pero en la vida de un cristiano ni lo que los hombres llamamos “dichas”, ni lo que los hombres llamamos “desgracias”, se quedan solo en eso. En la vida de un cristiano, todo son “bendiciones”. Porque lo uno y lo otro al cristiano le sirve siempre para que -uniéndose a la Cruz de Cristo- ofreciendo todas las cosas por la redención de los pecados suyos y de todos los hombres, sirva para “elevarlo” para “tener vida eterna”.

En realidad, ésta es la alegría del cristiano. El no creyente, el ateo, el agnóstico tiene la peor de todas las desgracias, aunque fuera el hombre más rico del mundo, gozara de la salud más envidiable o estuviera rodeado de todos los placeres imaginables, porque quien no cree en Dios, desconoce el auténtico sentido de la vida. Y esto sucede especialmente cuando aparece en la vida del hombre -que siempre aparece, aunque Dios sea bueno- el dolor, la contradicción, la enfermedad, la incomprensión o la desgracia en general. Entonces su “alegría” queda truncada, porque no encuentra sentido a la vida. Por eso, la señal del cristiano es la santa Cruz, es decir, la alegría del cristiano es la santa Cruz. Y por eso hoy la Iglesia celebra la exaltación de la santa Cruz, con una fiesta digna de ser proclamada a los cuatro vientos.
​

Hoy miramos especialmente a la cruz. Y nos duele el dolor de nuestros hermanos, que siguen siendo ajusticiados injustamente. Nos comprometemos para que nadie, nunca, vuelva a ser asesinado en una cruz, en cualquier cruz. Y sentimos que esta historia de violencia fratricida continúe bajo las más diversas excusas. Por eso, seguimos mirando a la cruz. Porque en ella encontramos la esperanza para seguir, como Jesús, proclamando la buena nueva del reino, que es posible vivir de otra manera, en fraternidad, en paz. Y seguimos intentando curar heridas, reconciliar, ser misericordiosos, porque no otra cosa es ser discípulos de Jesús, el que murió en la cruz, el que resucitó.

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