Parroquia San Miguel Arcangel- Cabo Rojo P.R.
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Comentario - Evangelio del 27 de julio de 2026

7/27/2026

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Fernando Torres, cmf
https://www.ciudadredonda.org

​​Hoy Jesús nos habla de la grandeza de lo pequeño. En nuestro mundo impera la productividad, los resultados, las cifras (cuanto más grandes mejor). Todo eso nada tiene que ver con las dos parábolas de hoy.

Porque, en definitiva, estas dos parábolas ponen por delante el valor infinito de los pequeños gestos, que es donde a veces se revela lo mejor de las personas. Estas parábolas me han hecho recordar cuando hace años hice el Camino de Santiago, esa peregrinación que hacen tantas personas y que lleva a lo que, según la tradición, es la tumba del apóstol Santiago. A lo largo del camino me encontré con numerosos albergues. La mayoría eran muy pobres. Apenas una casa no en muy buen estado, unos camastros y unos aseos sencillos para los caminantes. Estaban gestionados por diversas asociaciones de “Amigos del Camino de Santiago”, que con sus pocos medios hacían lo imposible por atender y cuidar a los peregrinos. Recuerdo especialmente uno de estos albergues, en la provincia de León, donde una chica nos recibió, nos acogió, nos organizó a los que íbamos llegando. Hizo que colaborásemos para preparar la cena, para ayudarnos unos a otros. Y al final nos sentó a todos a la mesa para una cena de familia. Había pocos medios pero un montón de calor humano, de acogida, de fraternidad. En definitiva, de Evangelio.

También recuerdo que en la última parte del camino los albergues pertenecían ya al gobierno de la zona. Eran unas instalaciones perfectas, modernas, limpias pero también asépticas y frías como congeladores.
Al final, el gesto de cercanía y acogida de aquella chica de la asociación de “Amigos del Camino” de Bilbao, tuvo mucho más valor que las instalaciones perfectas, y caras, organizadas por el gobierno para acoger a los peregrinos.
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Pues lo mismo se aplica al Evangelio de hoy. Los pequeños gestos son capaces de provocar más cambios en las personas y en nuestro mundo que las grandes maquinarias. El Evangelio va de eso: de pequeños gestos de acogida, de mano tendida y fraterna, que se entrega sin pedir nada a cambio, a fondo perdido. Como el amor de Dios.
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El que tenga oídos, que oiga.

7/19/2026

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Por:  Alejandro Carbajo, C.M.F.
https://www.ciudadredonda.org

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Queridos hermanos, paz y bien.

El Evangelio no descansa ni en verano. Es un yugo llevadero y una carga ligera, pero que insiste a tiempo y a destiempo. Seguimos, un domingo más, con estas recomendaciones, bien aleccionadores, en forma de parábolas. Cizaña, mostaza y levadura son tres características de un mismo tríptico con el que Jesús nos invita a ver y valorar nuestra fe.

En conjunto, las lecturas de hoy nos recuerdan que nuestro Dios es lento a la ira y dado a la misericordia. Dios quiere perdonar, porque desea olvidar, las veces que haga falta, el pecado del hombre. “Diste a tus hijos la dulce esperanza de que, en el pecado, das lugar al arrepentimiento». Esta expresión, “dulce esperanza”, merece la pena meditarla hoy. Porque Dios – Padre Nuestro – va siempre tras su pueblo, procurando que se arrepienta y vuelva al buen camino.

Esperanza nos da también san Pablo en su breve fragmento de hoy. Él nos anima a orar siempre, porque “el Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad, porque nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables.” No hemos de temer que no seamos capaces de orar como debemos, por culpa de nuestras debilidades, ni por una voluntad rota, ni porque seamos reincidentes en las faltas y pecados. Llegará el equilibrio, vendrá el Espíritu en nuestra ayuda. El Señor cuida de que sus Hijos no se pierdan. Hay gracia sobreabundante donde reinó el pecado.

No podemos dar por asumido ese juego maniqueo del bien y del mal, por el cual cada uno se alinea en un lado o en otro, como en un partido de fútbol. El bien vence al mal con la ayuda de Dios. Y ese es el camino. Tenemos la obligación de luchar urgentemente contra el mal y sacar de sus garras a nuestros hermanos. No hay reparto previo de malos y buenos en cantidades prefijadas, ni predestinación. «Tu, Señor, eres bueno y clemente», dice el salmo que proclamamos hoy. Se trata de rezar siempre invocando la bondad y la clemencia de Dios, pues esa será la llave de la Salvación. La esperanza completa de que un día seremos salvados por la generosidad de Dios no nos puede hacer olvidar que el mal está en nosotros. Pero también Dios está cerca para escuchar los gemidos de nuestro corazón «humilde y contrito».

¿Qué es la cizaña hoy? Podríamos decir que todo aquello que nos aleja de Dios. Lo que nos ahoga y nos impide crecer como cristianos y como personas. El mal, en definitiva. Nos intentan convencer, en muchos lugares, de que todo vale, que cada uno puede pensar y vivir como quiera. Ya casi no podemos distinguir el bien del mal. Con el Evangelio en la mano, está claro que tenemos que luchar con todas nuestras fuerzas para no dejarnos abrazar por los tentáculos de la maldad, aunque venga disfrazada de falsos progresismos. Porque la cizaña nos quiere envolver, a todas horas y en diversos campos: en la conciencia, en el pensamiento, en el trabajo, en la Iglesia, en los grupos, en la política…  Lo malo no es que exista la cizaña, lo malo es acostumbramos a crecer (o menguar) en medio de ella e ir cediendo terreno, queriendo o sin querer, en aquello que es esencial en el seguimiento a Jesús. Ahí está la lucha paciente de cada día.

Una vez conscientes de la verdad que llevamos entre manos, del esfuerzo que supone “pelear” con la fuerza pequeña e invisible del Evangelio, nos daremos cuenta de lo que significa la levadura de un cristiano en el mundo. La semilla de Dios puede que sea pequeña. A veces nos parece del todo utópica o inservible. La mostaza es ese gran regalo que recibimos en el día de nuestro Bautismo. Puede que, algunos, les parezca inexistente o que, incluso, todo lo que rezamos y celebramos, realizamos o ayudamos les resulte aparentemente estéril. Esa es la grandeza de Dios: sin saberlo nosotros, Él va haciendo de las suyas. La semilla crece.

Hasta hace cuatro días, como quien dice, nuestra sociedad occidental, estaba totalmente impregnada (por lo menos exteriormente) del aroma del Evangelio. En la actualidad, y por diversas razones que todos conocemos, urge una nueva evangelización. Ésta sólo será posible si cada cristiano (seamos muchos o pocos) nos ponemos como objetivo de nuestro paso por el mundo el deseo de ser levadura. De iniciar a muchos, desde cero, en su práctica cristiana. Ser levadura, acostumbrados a ser masa, es difícil.

Pero el Señor, por si lo hemos olvidado, nos da la seguridad de que, en medio de la noche oscura, dificultades, persecuciones, falta de vocaciones, etc., el Espíritu Santo sigue actuando. Y no hace falta ser océano, seamos gotas de agua; no pensemos en ser bosque, que cada uno sea un árbol.
No es bueno cruzarse de brazos, por supuesto que no, pero tampoco es serio el que lleguemos a pensar que “esta empresa” es tan nuestra que no dejemos a Dios la suficiente libertad para actuar en ella, o seamos tan desconfiados que creamos que el presente y el futuro de la fe dependen exclusivamente de nuestros esfuerzos y empeños pastorales.

La advertencia de Jesús es incordiante. Jesús vendría a decir: «¡no pienses que es fácil distinguir entre la cizaña y el trigo, el bien y el mal». «¡No quieras arrancar la cizaña, porque es muy fácil que arranques también el trigo… Espera!». Que lo que llamamos «bien» y «mal» crezcan juntos. En el momento del juicio, se verá con claridad lo uno y lo otro.
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Por tanto, el reconocimiento de la existencia de la cizaña, no significa nada más que el reconocimiento de que existe. No se trata de una afirmación de su poder o de su capacidad para doblegarnos. No es un planteamiento pesimista, ni siniestro. Es la constatación de una realidad que nos circunda. Debemos releer después de la Eucaristía el fragmento del Evangelio de san Mateo que hoy hemos proclamado. Jesús nos dice que existe el mal y nos lo muestra para que no seamos engañados por «falsas bondades». Hemos de protegeremos del engaño del Maligno, pues sus armas preferidas son precisamente esas mentiras con aspecto de verdades entretejidas especialmente para nosotros, con parte de los materiales – malos – que tenemos dentro. Jesús nos avisa de ese peligro. Hemos de escucharle. Hoy y siempre.
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“Mi yugo es llevadero y mi carga ligera.”

7/5/2026

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Por:  Alejandro Carbajo, C.M.F.
https://www.ciudadredonda.org

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Queridos hermanos, paz y bien.

Hay palabras de Jesús que, en determinadas situaciones, suenan a broma. Especialmente si uno está pasando un momento malo o muy malo. En medio de la tormenta, es fácil perder la calma y pensar que estamos acabados. Por eso Jesús nos repite con regularidad que todo terminará bien.
¡Cómo ha cambiado el mundo en los últimos años! Hasta hace bien poco parecía que todo iba bien y que seguiría así por siempre. En cambio, de repente un país invade a otros, las guerras se multiplican, los precios se disparan, las tensiones sociales aumentan, los representantes de los diferentes estados parecen no estar a la altura. Sólo nos queda elevar la mirada y gritar como los apóstoles en la barca: ¡Señor, sálvanos, que perecemos!

Se nos olvida que el señor nos acompaña en las duras y en las maduras; lo que pasa es que no siempre nos acordamos de Él, hasta que llega la tormenta…

En muchos casos, todos nos sentimos maestros de los demás, de una u otra manera. Nos gusta defender nuestras convicciones, nuestros puntos de vista, a veces con apasionamiento. Luchamos hasta que nos imponemos. A veces nos volvemos incluso intransigentes, si no ya violentos. Y si ese talante aparece en los que gobiernan las sociedades políticas o religiosas, hasta puede declararse una guerra. Por ese motivo, de vez en cuando tenemos que preguntarnos qué espíritu nos mueve: ¿el Espíritu de Jesús u otro espíritu?

Esta pregunta es, ante todo, pertinente cuando las circunstancias nos ponen tensos, o nos sentimos demasiados revueltos por dentro. Pablo nos habla en la segunda lectura de hoy de todo un mundo oscuro de apetencias o apetitos que pueden apoderarse de nosotros y llevarnos a la muerte. También nos dice que cuando el Espíritu de Dios, de Jesús, se apodera de nosotros y nos mueven, entonces todo en nosotros y en nuestro alrededor resucita.

¿Cuál es el espíritu del Señor, de Jesús? Lo recordamos cada domingo de Ramos, contemplando al Señor entrando en Jerusalén en una borriquilla. Lo predijo el profeta Zacarías en la primera lectura. Él anunció la llegada de un Mesías rey victorioso – en el que nosotros reconocemos a Jesucristo – pero cuya característica principal era el ser movido por el espíritu de la paz, la serenidad y la mansedumbre. Se imagina al Mesías como algo quien viene montado en un asno o en un joven borriquillo, orlado por la humildad. Nada tiene que ver esa imagen con los ansiosos de poder, de prestigio, que se muestran en nuestro mundo tan a menudo.

Presentar al Mesías como un rey que aparece montado en un joven borriquillo y que trae consigo la paz a todas las naciones de la tierra, es adoptar una imagen entrañable. El Mesías así aparece como el mediador imprescindible de una humanidad diferente, auténticamente humana y humanizadora, en la que se superan todas las divisiones y discriminaciones, en la que todos pueden convivir, encontrarse, superar sus diferencias.

La figura de Jesús que nos transmite el Evangelio hoy nos recuerda lo mismo. Jesús es habitado por un espíritu de mansedumbre, de humildad y de paz, no de rigidez. En múltiples ocasiones los Evangelios comparan el talante repetitivo y autoritario de los maestros de Israel con el carácter cercano y sencillo del mismo Jesús, que tanto asombraba a los que le escuchaban.

Los maestros de Israel adoptaban un estilo soberbio, autosuficiente, presuntuoso, discriminador. De ellos decía Jesús que cargaban pesados fardos sobre la espalda de la gente, mientras que ellos no colaboraban para levantar la carga ni con un dedo. Jesús es un Maestro humilde, no presuntuoso. Y nos dice que su yugo es llevadero y su carga ligera. Al hablar de yugo está indicando que – tal y como ocurre con los bueyes uncidos al yugo – la carga compartida es menos carga. El mismo Jesús está dispuesto a compartir el yugo y la carga con su discípulo. Él sabe compadecerse porque ha pasado por una situación parecida.
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Jesús da gracias al Padre, porque quienes mejor acogen y comprenden sus misterios no son los sabios y entendidos, sino la gente más humilde y sencilla. A ellos les revela el Hijo todo lo que el Abbá le ha comunicado. Los sencillos, los que sufren, los que tienen problemas, son los que mejor acogen el mensaje, y los que mejor pueden entender estas palabras de Jesús.

Qué buena oportunidad nos ofrece este domingo para que nos preguntemos qué espíritu nos mueve y qué tipo de magisterio ejercemos en la Iglesia y desde la Iglesia! ¿De quién está más cerca nuestro estilo, del de Jesús o del de los fariseos? ¿Colaboramos a la paz social, a la reconciliación? ¿Aportamos soluciones a los problemas de la familia, de los grupos, de aquellos que se sienten marginados, o cargamos fardos pesados? ¿Trae nuestro testimonio moral alivio o agobio, inquietud o descanso? ¿Aprecia la sociedad en nosotros la humildad y mansedumbre de Jesús o la violencia de los maestros de la ley? Son preguntas muy serias éstas; de ellas depende nuestra credibilidad social.



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El que pierda su vida por Mí la encontrará

6/28/2026

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Por:  Alejandro Carbajo, C.M.F.
https://www.ciudadredonda.org

​Queridos hermanos, paz y bien.

Recibimos hoy nuestra ración dominical de Palabra de Dios, para que la semana nos sea más llevadera. Alimentar el Espíritu, igual que alimentamos el cuerpo. Es verdad que cada día la Palabra está al alcance de la mano, pero especialmente el domingo es importante. Por eso lo llamamos el Día del Señor.

Las lecturas nos van indicando, a lo largo de todo el año, qué significa ser y llamarse discípulo de Jesús. No consiste (sólo) en saber muchas cosas de Cristo – que nunca viene mal – ni en saberse de memoria muchas oraciones – que tampoco estorba – sino en vivir de una determinada manera. A la manera de Jesús. En los buenos y en los malos momentos.

Antes de Él, muchos ya vivieron entregados a servir al Señor. El profeta Eliseo, por ejemplo, heredero del gran Elías, se dedicó a recorrer el país, anunciando lo que Yahvé le iba indicando. Los milagros que realiza revelan que se trata de un hombre de Dios.

No todo fue fácil. También este profeta tuvo momentos difíciles. Porque el seguimiento supone morir a sí mismo y entrar por el camino de la entrega y el servicio, como hizo Jesús. Él siempre fue fiel a la voluntad divina.

Las palabras que Jesús hoy nos dirige pueden resultar desconcertantes en un primer momento. Hace unos años, en la boda de mi amigo Eduardo, la novia de otro amigo me pregunto, precisamente, sobre este fragmento y sobre lo de “dejad que los muertos entierren a sus muertos”. Son palabras que suenan duras, que hay que explicar.

Cuando Jesús dice que “quien ama a su padre o a su madre más que a Él no es digno de Él”, parece que nos coloca ante una elección dolorosa entre Dios y la familia. En realidad, el Señor no descalifica los afectos humanos, no nos invita a despreciar los vínculos familiares ni a cuestionar el valor de estos, sino que lo que hace es señalar el lugar que Dios debe ocupar en la vida del creyente.

No se trata de no amar a nuestros padres o de no amar a nuestros hijos, sino más bien de que ese amor no nos aleje del amor de Dios, por eso dice: “el que ame a su padre o a su madre más que a Mí, no es digno de Mí”. La invitación no es a no amar, sino más bien a tener claras nuestras prioridades, como dice el primer mandamiento de la Ley de Dios. “amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo”. Por eso, no habla Jesús de no amar a nuestra familia, a nuestros padres, a nuestros hijos, sino de que ese amor humano no nos aleje del amor de Dios.
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El amor a Cristo no aniquila los demás amores, sino que los ordena, los purifica, les da una expresión profunda, nueva. Quien ama a Dios como es debido coloca los demás amores en un lugar más propio. Cuando en el centro del corazón se coloca a Dios, se aprende a amar mejor a las personas que nos rodean. Pero si una realidad humana toma el lugar que le corresponde a Dios, incluso algo bueno puede convertirse en un obstáculo para la verdadera libertad interior.

Jesús prosigue diciendo que quien no toma su cruz y le sigue no es digno de Él. La cruz no es – en esto muchos se confunden – una búsqueda voluntaria del sufrimiento; tampoco es resignarse pasivamente. Implica una fidelidad que permanece firme aun cuando seguir el Evangelio suponga un sacrificio. Todos los discípulos se encuentran en su camino renuncias, incomprensiones, sacrificios y decisiones difíciles. La cruz se encuentra allí donde el amor exige perseverancia y entrega. Es el crisol de la verdadera fidelidad.

A continuación, Jesús pronuncia una de esas paradojas que le son tan características: «El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará.» El mundo suele asociar la felicidad con acumular, con el éxito o con el satisfacer inmediatamente sus propios deseos; sin embargo, la experiencia cristiana enseña que la vida se encuentra cuando se entrega. Quien se encierra en sí mismo termina empobreciéndose; quien está dispuesto a darse a los otros encuentra una alegría más profunda y duradera. Eso lo han experimentado, por ejemplo, todos los que han realizado algún tipo de voluntariado.

¿Nos parece pesado esto que nos pide Jesús, esto de amarlo por encima de nuestra familia, de tomar la cruz, de renunciar? La respuesta está en el amor. Dios nos amó primero, y por eso tenemos que responder a su amor. Estamos en deuda con Él, de alguna manera. Si nos cuesta, quizá es porque amamos poco. El propio San Agustín decía que el amor hace suave los preceptos. Y si nos parece pesado lo que nos pide Jesús, es porque quizás tenemos que amar a Dios más.

La parte final del Evangelio introduce un matiz muy bello de lo que significa el discipulado, lo que Jesús llama la acogida. Recibir a un profeta, a un justo, a uno de sus pequeños discípulos equivale a recibirlo a Él mismo. Así, el Señor se identifica con aquellos a quienes envía en su nombre y, de algún modo, con todas aquellas personas que son acogidas y acompañadas.

Me parece importante que el texto termine con la imagen de un simple vaso de agua fresca; no se trata de ninguna gran obra ni de una acción extraordinaria, sino que es un gesto pequeño, casi insignificante. Sin embargo, Jesús asegura que incluso esto no quedará sin recompensa. Nos recuerda que el Reino de Dios crece muchas veces a partir de gestos humildes, escondidos, cotidianos que el mundo apenas percibe, pero que para Dios tienen un enorme valor, porque Él los ve con sus ojos de Padre.

Este Evangelio nos invita a revisar nuestras prioridades, a renovar nuestra confianza en Cristo, a descubrir la grandeza de la caridad concreta. El seguimiento del Señor implica una entrega total, pero también invita a abrir el corazón a una vida más entregada y fecunda.
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Podríamos hacernos algunas preguntas, para terminar. ¿Qué lugar ocupa realmente Jesucristo en mis decisiones, proyectos y relaciones? ¿Hay alguna realidad, persona, interés que esté ocupando el centro que le corresponde a Dios? ¿Cómo vivo las cruces cotidianas que se presentan en mi camino? ¿Busco conservar la vida para mí mismo o aprendo a entregarla por amor? ¿Soy una persona acogedora con aquellas personas que Dios pone a mi lado? ¿Qué “vaso de agua fresca” puedo ofrecer hoy?
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No tengáis miedo

6/21/2026

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Por:  Alejandro Carbajo, C.M.F.
https://www.ciudadredonda.org

Queridos hermanos, paz y bien.

En este mundo tan revuelto en que vivimos, no está de más escuchar una palabra de ánimo. Sobre todo, si las dice el mismo Jesús. “No tengáis miedo” es un buen consejo para todos. Porque en nuestra vida hay muchos momentos en los que nos puede el temor.

Necesitamos sentir la confianza que tenía el profeta Jeremías en la primera lectura. A pesar de que todo lo tenía en contra, sabía que el Señor estaba con Él. Confiaba en Él, a pesar de que todo estaba en contra. No tuvo miedo de dar razón de su fe.

Para llegar a esa confianza, hay que tener una relación directa y personal con Dios. Porque Él siempre está ahí, pero no siempre nosotros lo sabemos ver. “A Ti encomendé mi causa”; con esas palabras el profeta recuerda Quién es su Defensor en el peligro.

Esa relación personal con Dios y esa confianza son esenciales para poder vivir en paz, cuando a nuestro alrededor todos cuchichean y nos señalan con el dedo, por intentar vivir de otra manera, muchas veces contra corriente. Porque no está de moda ser honrado, si miramos lo que el mundo entiende como “éxito”, cumplir con las obligaciones laborales (o estudiantiles), ser fiel en las relaciones matrimoniales, levantarse para ir a Misa los domingos, conducir con prudencia, ceder el asiento a las personas mayores, inválidos y embarazadas… El que vive así, puede ser señalado por los que no quieren pensar mucho y vivir pensando sólo en el placer personal.

Es bueno, cuando escuchamos estas lecturas, preguntarnos a quién recurrimos nosotros, cuando nos vemos en situaciones complicadas. Porque haberlas, las habrá. Y si no tenemos claro qué hacer si nos vemos en medio de la tempestad, a lo peor nos ahogamos. Es que la relación con Dios no se improvisa, por lo menos una relación tan profunda como la del profeta, que pueda dar sentido a la vida. Es una lucha, que exige la intervención de la voluntad y dedicar tiempo para estar con el Señor, con la puerta de la habitación cerrada, dejando que nos hable al corazón.

Si vamos siendo capaces de cultivar una relación así con nuestro Dios, podremos ir poco a poco creciendo en nuestra capacidad de ver en todo la mano de Dios, su paso por nuestra vida y por la vida de la humanidad.

La intervención de Dios en la Historia la recuerda san Pablo en la segunda lectura. “Si por la transgresión de uno murieron todos, mucho más, la gracia otorgada por Dios, el don de la gracia que correspondía a un solo hombre, Jesucristo, sobró para la multitud.” Como veíamos la semana pasada, cuando aún éramos pecadores, Dios nos envió a su Hijo, no para condenarnos, sino para salvarnos. Un buen motivo para elevar nuestra autoestima, sobre todo cuando nos sentimos pecadores, porque por parte de Dios, ya está todo hecho. No le importa que no seamos perfectos. Quiere que seamos mejores, pero ya hoy nos espera. La invitación está enviada, con tu nombre y apellido. Es la hora de responder personalmente.

Para poder dar una respuesta válida y verdadera a nuestro Dios, nos ayuda el Evangelio. Podemos empezar así: ¿quién guía mi vida de verdad? ¿Quién organiza mi forma de pensar? ¿Quién dicta mi forma de actuar? ¿Quién me indica lo que tengo que decir o lo que tengo que callar? ¿Quién me dice cuándo actuar y cuándo inhibirme? No son preguntas baladíes. Es lógico que en toda estructura social haya un reparto mayor o menor de funciones, y que a algunos les toque más decidir y a otros ejecutar. No es lo mismo ser director general que ser un administrativo en una empresa. No digamos ya en las fuerzas armadas.

Pero las preguntas que he formulado un poco más arriba se refieren a las veces que tenemos que actuar en conciencia, y hay ocasiones en que otros quieren mandar en nuestra conciencia. No todos tienen la misma capacidad de presión. Sólo los que tienen cierta autoridad y pueden castigarnos, si no nos sometemos a su voluntad, nos pueden condiconar de verdad. Si un niño pequeño nos apunta con una pistola de juguete (si aún siguen jugando los niños con pistolas) y nos amenaza, sonreímos, podemos fingir que nos ha matado y jugamos con él. Pero cuando a Pedro y a Juan los autoridades de los judíos les prohíben seguir hablando de Jesús, las cosas cambian. Porque que te azoten o que te condenen a muerte no es cosa de broma.

Las palabras de Cristo no buscan que estemos todo el día buscando el enfrentamiento con los que no piensan como nosotros. Más bien el Maestro quiere que no desfallezcamos en la tarea de anunciar y construir el Reino de Dios, aunque parezca que no damos fruto o nos rechacen y se nos opongan. Porque lo importante es no guardarse la proclamación de ese Reino, que no puede mantenerse oculto. El miedo, por tanto, no puede ser óbice para el actuar del discípulo de Jesús.
Ser discípulo de Jesús es ser libre. Y ser libre no es un juego. Implica asumir riesgos. Supone no dejar que otros, con su mando a distancia, me limiten, me coarten o esclavicen. Supone también luchar para que otros no me hagan un juguete de sus deseos y de sus pasiones. La libertad tiene un precio, que puede ser muy elevado.

Jesús nos dice que seguirle significa ser libre, como Él lo fue. Vivir buscando sólo la voluntad de Dios y llevándola a la práctica. También es una invitación a la confianza: “vosotros hasta los cabellos de la cabeza tenéis contados”. En las clases del Seminario nos comentaron que esta figura nos retrotrae a los tiempos en los que había muchos piojos en el mundo y los niños se los pasaban de unos a otros. Al llegar a casa, las madres comprobaban el estado higiénico de los cabellos, matando los “bichos” y peinando el pelo para retirar las liendres. Qué imagen tan bella; Dios, como una madre, contando los cabellos de nuestra cabeza. Qué preocupación por cada uno de nosotros…
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Se nos ha confiado la Palabra de Dios. No nos la guardemos. Es una responsabilidad. Para todos. Porque esto de que nos habla Jesús no vale sólo para los momentos críticos de la vida. Vale también en episodios menores, en los que uno se juega, por ejemplo, su propia imagen, porque lo que se lleva no es ser y declararse creyente. Sin arrogancia, sin agresividad (porque la Palabra de Dios no se impone, sino que se ofrece), estamos llamados a ser testigos suyos. Es pan para la multitud. No nos podemos guardar esa Palabra para nosotros solos, para nuestro consumo personal. Que el Señor nos conceda cruzar la frontera que separa el miedo de la libertad.

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El Reino de los Cielos está cerca

6/14/2026

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Por:  Alejandro Carbajo, C.M.F.
https://www.ciudadredonda.org

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Queridos hermanos, paz y bien.


Por fin un domingo “ordinario” en el Tiempo Ordinario. Después de la celebración de la Santísima Trinidad, y del Cuerpo y la Sangre de Cristo, hoy sí volvemos al Evangelio de Mateo, que escucharemos en este ciclo “A” de la liturgia.


Pero, como ya sabemos, ordinario no quiere decir aburrido. Para muestra, las lecturas de hoy. Exigentes con todos y cada uno de nosotros. Vayamos por partes.


Después de los cuarenta años del éxodo, cuando los judíos tomaron posesión de la tierra prometida, el heredero de Moisés, Josué, repartió el territorio entre los descendientes de Rubén, Gad, Aser, Zabulón, Neftalí, y demás. Es el comienzo del pueblo de Israel, en la Tierra Prometida. Ahora, con Jesús, asistimos al nacimiento de un nuevo pueblo. Jesús, el Maestro, declara que ha nacido otro pueblo, el de la Nueva Alianza.


Los textos evangélicos le dan mucha importancia a este llamamiento de los Apóstoles. Los seguidores de los rabinos elegían ellos mismos a sus maestros, y, cuando habían aprendido todo lo que éste podía enseñarles (sobre el Antiguo Testamento, sobre la vida y demás) iban a buscar a otro maestro. Eran discípulos itinerantes, sin permanencia.


En el caso de Jesús, la situación es diversa. Es Él el que elige, llamado a cada uno por su nombre. Y los llama para estuvieran con Él, vieran cómo Él hacía las cosas y después enviarlos a predicar que ya ha llegado el Reino de Dios. Eso se ve en la fuerza recibida para expulsar demonios, curar enfermos y hablar en lenguas diversas. Y el Señor les advierte: “Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis”. Sería entonces un trabajo comprometido, pero a la vez generoso.


Así pues, Jesús los llamó para que convivieran con Él. Lo van a acompañar a lo largo de los dos o tres años que durará su ministerio. Algunos, antes o más tarde, lo abandonan; pero la intención de Jesús es bien clara: quiere tenerlos junto a Sí, compartir la vida con ellos, introducirlos en el mismo círculo de relaciones que Él tenía: su vida de comunión con el Padre; sus actitudes ante las dificultades; su forma confiada de vivir, abandonándose en la providencia del Padre…


Jesús, desde el comienzo, deja claro que es el Maestro. Es el guía del grupo, y no somete a votación cada uno de los pasos que dan. Tiene también sus momentos de soledad; así, lo vemos retirarse a solas para orar ante el Padre, quizá para madurar las decisiones más importantes que tiene que tomar. Y se va a sentir abandonado por ellos en el trance final de su vida. Pero Él los ha aceptado a fondo, lleva una vida de estrecha relación con ellos, y quizá de acompañamiento personal de cada uno.


Es que lo suyo, lo que Él traía entre manos, era algo más que una empresa, de la que Él sería el director y los discípulos los empleados. En una empresa, las relaciones pueden ser superficiales, y no pasa nada. Jesús va por otro lado. Él pretende algo más que una empresa: una relación de comunión. Porque sabe que en la comunión con Él se ventila nada menos que la salvación misma de las personas y la del grupo. Por eso la relación no es meramente funcional, como en un mero equipo. Hay una unión espiritual, interpersonal, profunda.


Y Jesús no afrontó su misión en solitario. Si se rodeó de este grupo no era porque tuviera necesidad de admiradores que fueran jaleándolo; no necesitaba ningún coro de fans que se hiciera lenguas de su mensaje y de sus acciones. No le interesaban los servicios de una agencia de publicidad. Estaban junto a Él para algo más que para ser espectadores y admiradores. Quería que fueran colaboradores directos; los quería implicar en la misma misión en que Él estaba comprometido. Por eso los hace partícipes de los mismos poderes que Él tiene: curar a los enfermos, arrojar demonios. Eran, como Él y en pos de Él, servidores de la vida. Y para esta misión los equipa adecuadamente.


Esto nos lleva a reflexionar también un poco sobre nuestro presente. Jesús nos invita a vivir una relación de comunión con Él. Hemos sido amados por Él con un amor incondicional. Lo decía gráficamente el apóstol Pablo: Dios, en Jesús, nos amó y nos reconcilió consigo cuando éramos enemigos. El amor de Dios tiene esa profundidad: ha sido un amor a pesar de. (Y digámoslo entre paréntesis y sin detenernos mayormente en ello: la contemplación de esta calidad del amor de Dios ha de ser para nosotros también una invitación: una invitación a amar así, como Él, a amar a pesar de. A pesar del trato indiferente o agresivo que recibo, a pesar de que no responden a mis expectativas legítimas, a pesar de que no me entiendan, o de que me rechacen…


Por otro lado, Jesús nos urge a colaborar con Él, desde los dones que cada uno tenemos. Es verdad que Él está presente en cada conciencia humana, y toca cada corazón humano. Hay semillas de Dios en cada corazón. Pero también es verdad que necesita unos mediadores, unas personas que anuncien su evangelio, que hagan presente su salvación.


No hay en ninguno de los llamados, según aparece en las tres lecturas, mérito propio previo a la llamada. Todo es acción de la libre iniciativa divina. Todo es regalo de Dios. Esa elección se prolonga en nosotros, bautizados, Nuevo Pueblo llamado a compartir los mismos sentimientos frente a la multitud.


El designio salvador de Dios, gratuito en su origen, debe por tanto ser conservado en el ámbito de la gratuidad. Vivimos en una sociedad en la que todo cuesta. Todo tiene un precio, y nadie regala nada. Frente a esta sociedad, quizá a través de la gratuidad podemos ser significativos. La dinámica del Reino va por otro lado. Esta dinámica propone una escala de valores distinta, alternativa a la sociedad que, en su egoísmo, los seres humanos hemos construido.
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Tu nombre, el tuyo propio, ha sido pronunciado por Jesús en algún momento de tu vida. Por amor. En el juego de la vida, en la partida para la construcción del Reino, te toca a ti mover pieza. Ya sabes las reglas, ama sin esperar nada a cambio. Y si das amor, recibirás amor. En comunión con Cristo, configurado con Él, enviado por Él. Pruébalo y verás. Amén.
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Comentario al Evangelio del 7 de junio de 2026 - Corpus Christi

6/7/2026

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Por:  Alejandro Carbajo, C.M.F.
https://www.ciudadredonda.org

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Queridos hermanos, paz y bien.

El tiempo ordinario en la liturgia no es un tiempo aburrido. Para muestra, un botón. Hoy celebramos la Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo. El mayor regalo que el Señor nos dejó, para que no pasáramos hambre en nuestro camino terrenal.

Gracias a la liturgia traemos a nuestra memoria cosas importantes. Hacemos como el pueblo de Israel en la primera lectura: “recordar” (así empieza la lectura) y “no olvidar” (así termina). Puestos a recordar, podemos recordar momentos importantes de nuestra vida. podemos recordar nuestra primera Comunión, la primera vez que recibimos “el Cuerpo de Cristo”, que hoy celebramos. Podemos recordar muchas más cosas: otros sacramentos que hayamos recibido (el del matrimonio, por ejemplo, o la Confirmación); momentos de nuestra vida donde nos hemos “encomendado” a Dios, por una u otra razón, y que nos han marcado; momentos vividos en familia, con los amigos… Volvemos a pasar por el corazón tantas cosas en las que hemos descubierto a Dios cerca de nosotros y le damos gracias por todo ello. “No sea que te olvides del Señor tu Dios que” ha hecho muchas cosas por ti y por mí. Hoy y siempre, la Eucaristía tiene un profundo sentido de acción de gracias por descubrir la cercanía de Dios en nuestras vidas.

Pero además de recordar, podemos hacer más cosas. Podemos mirarnos los unos a los otros, los que estamos aquí, sentados juntos, alrededor de la mesa del altar. Dice San Pablo que el pan y el vino que compartimos nos une a todos, porque “aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan”. ¿Se puede decir de nosotros que formamos “un solo cuerpo”, que hay unidad entre nosotros? ¿O pesan más nuestras divisiones, nuestras exclusiones y nuestros favoritismos? Es más, ¿se puede decir que ese pan que comemos todos crea en nosotros una unidad de vida con Aquél a quien recibimos? ¿O simplemente estamos “cumpliendo” y ya está? ¿Tiene que ver algo nuestra vida de lunes a sábado con lo que aquí celebramos el domingo? Porque no se puede ser creyente sólo de doce a una los domingos.

Por tanto, una segunda cosa importante hoy será sentirnos llamados a vivir esa unidad y esa fraternidad que Jesús nos propone cuando parte el pan, que es su Cuerpo, y reparte el Vino, que es su sangre. Pero no sólo aquí y ahora, que miramos al que está a nuestro lado y debemos reconocer a un hermano, sino también allá donde desarrollamos nuestra vida de cada día, donde se nos presenta el reto de vivir esa unidad y esa fraternidad con las personas con las que convivimos diariamente.

Finalmente, en el Evangelio vemos las reacciones de un grupo de gente que quieren hacer rey a Jesús porque les ha dado de comer (después de hacer el milagro de los panes y los peces). Jesús les revela el verdadero sentido de ese milagro que ha hecho entre ellos, no para que lo hagan rey, sino porque Él es algo más que un rey o un político bueno que alimenta a su pueblo, Él es el Mesías, “el Pan Vivo que ha bajado del cielo”, es más, “el que come de este Pan vivirá para siempre”.

Para comprender este misterio, hay que comenzar por preguntarse: ¿De qué tengo yo hambre? Tenemos siempre tantas cosas que hacer. Incluso en vacaciones. Siempre con prisa de un sitio para otro. Conjugamos el verbo “tener que” docenas de veces al día. Y vamos a muchas partes, y hablamos con mucha gente, y… ¿Cuántas de las cosas y cuáles nos llenan realmente? Estamos en un mundo lleno de comodidades y avances tecnológicos, donde todo debiera ser más fácil, y el hombre más feliz. Y sin embargo… El hombre se siente más solo que nunca. Incluso en la familia y con los amigos nos guardamos eso que es más nuestro, porque no siempre nos atrevemos a compartirlo: ilusiones y temores, alegrías, esperanzas, sentimientos, penas, necesidades profundas… Todo eso se queda encerrado en lo más hondo de nosotros.

Puede que sintamos la necesidad de vivir una vida que valga la pena, que nos llene, pero no tenemos tiempo de preguntarnos cómo; y, además, ante el esfuerzo y sacrificio que supondría, lo sustituimos por sucedáneos. Nos conformamos con una felicidad “light”, que ni es felicidad ni es nada. Sentimos hambre de encuentros en profundidad; de querer con limpieza; de poder ser transparentes con los amigos; de mostrarnos tal como somos; de paz interior, de tranquilidad familiar; de solidaridad, de… Todas esas cosas que son las que Jesús llamó Vida Eterna.

El pan de Jesús es el que nos da esa Vida Eterna. Este pan que comulgamos nos hace capaces de reproducir ese milagro de los panes y los peces que hizo Jesús. Porque este pan produce en nosotros el milagro del compartir. La comunión del cuerpo de Cristo supone comunión de vida con Jesús, entrar en su seguimiento, participar de su vida, de su opción por los más pobres, de su proyecto de fraternidad para todas las personas, supone vivir en unidad, igual que el cuerpo es uno, aunque tenga muchos miembros. Y para que esto no se nos olvide, la Iglesia nos habla de la necesidad de compartir los bienes con los más necesitados. Nadie que comulgue este pan sinceramente, puede permitir que un hermano suyo pase hambre, o no tenga lo necesario para vivir. Nadie que reciba el cuerpo de Cristo puede quedarse impasible, insensible, indiferente ante la pobreza y el sufrimiento de tantos hermanos nuestros. Eso no es cristiano.

Que esta fiesta del Corpus Christi abra nuestros corazones a la generosidad más grande; que nada nos sea indiferente; que nadie nos resulte extraño; que sepamos reconocernos y ayudarnos como hermanos; que hagamos de la vida un lugar agradable para todas las personas, que hagamos “caritas” (amor) con todos ellos, como Dios quiere. Que sepamos recordar todo lo bueno que Dios hace por nosotros, reconocer a cada persona como un hermano nuestro y compartir con ellos todos lo que tenemos.

Porque éste es el proyecto del Padre. Comer a Jesús que es pan es hacerse uno con Él, dejar que su vida corra por nuestras venas; dejarle que ore en nosotros; amar y consolar con nuestro corazón y nuestras manos; ir por los mismos caminos por donde a Él le gustaba meterse; mirar con sus ojos limpios a los hombres; experimentar con Él que las cosas no dan la felicidad y que los pobres y despojados por amor estarán más cerca de Dios y de los hombres.
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Esto es comulgar. Ofrecernos a Él. Pero contar también con su ayuda, porque sin Mí no podéis hacer nada. Y es también una garantía de felicidad presente y futura: Todo el que tiene fe, tiene (no tendrá) vida eterna y yo lo resucitaré en el último día. Acerquémonos, pues, hasta su mesa, ofrezcámosle nuestras personas y recibamos el regalo de felicidad y vida eterna que nos tiene reservado. Vale la pena el esfuerzo.
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Comentario al Evangelio de hoy - domingo, 31 de mayo de 2026

5/31/2026

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Por:  Alejandro Carbajo, C.M.F.
https://www.ciudadredonda.org

Queridos hermanos, paz y bien.

Estamos en el Tiempo Ordinario, pero la Liturgia nos sigue presentando motivos para la reflexión. Esta semana, nada menos que la Santísima Trinidad. Porque siempre nos viene bien preguntarnos Quién es nuestro Dios, y cómo es el Dios en el que yo creo. Una repuesta que tenemos que ir actualizando, a medida que crecemos en la fe. Igual que la ropa de niños no nos vale, cuando crecemos, de la misma manera, la fe de niño debe ir creciendo conforme nos hacemos adultos.

De Dios es más fácil decir lo que no es que lo que es. Lo mismo pasa con la Santísima Trinidad. La Trinidad es un concepto; es un concepto que trata de expresar la vida interna de Dios, su misterio más íntimo, qué es Dios para sí mismo. La Trinidad no divide la unidad de Dios. Misterio en teología no es lo desconocido, incognoscible o inexplicable. Misterio es lo que tiene tal cantidad de contenido que, por mucho que expliquemos, no logramos explicar todo el sentido que eso tiene. Cuando una cosa es en teología “misterio” no podemos ahorrarnos las explicaciones, sino todo lo contrario: tenemos que darlas todas sabiendo que nos quedaremos cortos, sabiendo que siempre se nos quedará algo sin explicar porque se trata de explicar a Dios.

El misterio de la Santísima Trinidad nos habla de un Dios Trino, de un Dios familia y comunidad. Es cierto que la fe siempre se vive a solas, en el interior del corazón, pero no es menos cierto que la expresión comunitaria de nuestra fe se consolida y se acrecienta en una comunidad que se reúne en nombre de Cristo. Donde dos o más se reúnen en mi nombre, nos dice Jesús, allí estoy Yo. Cuando expresamos comunitariamente nuestra fe en Dios Padre, es seguro que el Espíritu de Jesús está con nosotros. El cristianismo es fundamentalmente amor: amor a Dios y amor al prójimo. No podemos amar y adorar a nuestro Dios, olvidándonos de los hermanos.

Dios es Padre, y todos nosotros somos sus hijos. En un mundo tan inseguro saber que Dios es Padre es una buena noticia. Dios es Hijo, y por tanto es hermano nuestro, lo que significa cercanía, ayuda y amistad. Dios es espíritu, es como el desbordamiento de Dios, el Amor hecho don y abrazo. Es el Dios que se derrama sobre nosotros y nos llena de su fuerza, de su alegría, de su santidad. Cuando Dios quiso decirnos cómo era Él, se hizo hombre. Es el misterio central de nuestra fe. Es un misterio gozoso, que nos llena de alegría y de paz por dos razones: la primera, Dios porque es amor; la segunda, porque Dios es comunidad.

Que mi Señor vaya con nosotros, aunque éste es un pueblo de dura cerviz. Esta súplica que, prosternado en tierra, hizo Moisés a Dios, deberíamos hacerla nosotros todos los días. Somos personas de cerviz dura, que rompemos una y otra vez las tablas de la ley del amor a Dios y al prójimo. Sabemos que nuestro Dios es un Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad. Pero no pretendamos abusar egoístamente de la clemencia de Dios, porque Dios, además de ser clemente, es justo. Es seguro que Él nos va a perdonar siempre que nosotros, con verdadero arrepentimiento, le pidamos perdón, pero también es cierto que Él nos va a juzgar con justicia si nosotros no queremos doblegar nuestra cerviz dura y orgullosa, para arrepentirnos y pedirle perdón.

Dios no mandó su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él. La vida y la muerte de Cristo son producto y expresión de su amor a Dios y al prójimo. Cristo no murió para salvarse a sí mismo, sino para que nosotros fuéramos salvados por Él. Dios Padre no envió su Hijo al mundo para condenarnos por nuestros pecados, sino para salvarnos de nuestros pecados. La vida de Cristo es un regalo de amor que nos hace nuestro Padre, Dios, para enseñarnos el auténtico Camino para llegar hasta Él, la auténtica Verdad que nos haga libres y la auténtica Vida que sacie nuestras ansias de felicidad e inmortalidad. Así nuestra vida, la vida de cada uno de nosotros, debe ser un regalo de amor que nosotros hagamos a los demás, no, principalmente, para denunciar y condenar sus pecados, sino para ayudarles a librarse del pecado y a encontrar la salvación.

Tenemos un guía interior para este conocimien­to: es el Espíritu de Dios. Él nos conducirá a la verdad completa de Jesús. Él nos guiará así a la verdad plena, aunque inabarcable, de Dios. Porque el Espíritu es el que sondea las profundidades de Dios; porque el Espíritu es el que, como una madre y como un pedagogo, nos conduce a la verdad completa. Él nos lleva por el camino del conocimiento y de la confianza. Para eso ha sido derramado en nuestros corazones. Para enseñarnos a mirar a Jesús y ver al Padre; para enseñarnos a acercarnos llenos de confianza al Padre.

Ahí tenéis unos breves apuntes sobre el Dios en que creemos y cuyo misterio celebramos hoy. Un Dios discreto, que no se impone de forma apabullante, avasalladora, de suerte que a uno no le quede más remedio que aceptarlo, por las buenas o por las malas, tanto si le gusta como si no. Tan discreto, que no quiere que la gente hinque la rodilla a la fuerza y doble la cabeza contra su voluntad. Dios quiere amigos, no esclavos. Un Dios que, por otro lado, da señales patentes de vida, para que lo encuentre todo el que lo busca, y que nos propone a Jesús como el lugar definitivo de su manifestación; un Dios que con apropiada pedagogía nos enseña a abrir los ojos y a reconocerle, a quererle y a pedirle perdón con confianza. Ése es el Dios en que creemos, al que confiamos nuestra vida y cuyo misterio vamos a confesar ahora.

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Recibid el Espíritu Santo

5/24/2026

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Por:  Alejandro Carbajo, C.M.F.
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Queridos hermanos, paz y bien.

En el camino que nos presenta la liturgia vamos de hito en hito. Del Adviento a la Navidad, de la Navidad a la Cuaresma, de la Cuaresma a la Semana Santa y luego la Pascua y, a través de ésta, la fiesta de Pentecostés. Esta semana nos acercamos al misterio de la Persona menos conocida – quizá – de la Santísima Trinidad. Este domingo recordamos la venida del Espíritu Santo sobre la Virgen María y los Apóstoles en el Cenáculo.

Es importante recordar en qué situación estaban los Discípulos. Encerrados en una habitación, por miedo a los judíos, pensando en lo que pudo haber sido y no fue, en todas las esperanzas depositadas en el Maestro y que se vieron frustradas por su crucifixión… Y, de repente, aparece el mismo Cristo y les dice: “Paz a vosotros”. Justo lo que les hacía falta, para recobrar la compostura, volver a tomar las riendas de sus vidas y disponerse a la tarea.

Leyendo el libro de los Hechos de los Apóstoles, podemos llegar a la conclusión de que los primeros cristianos en seguida se dieron cuenta de que, a pesar de la ausencia física de Jesús, no estaban huérfanos. Porque no estaban huérfanos de Dios. Eran hijos de Dios y gracias a eso, a pesar de vivir sin muchos motivos para la esperanza, supieron encontrarla y conectaron con su Padre. Desarrollaron la sensibilidad necesaria para sentirse hijos. De ese sentimiento filial sacaron las fuerzas para seguir adelante.

Y junto a este regalo de no sentirse huérfanos, está el segundo gran don del Espíritu: el descubrimiento de la misión. ¿Cómo pudieron lanzarse a predicar por todo el mundo conocido de aquel tiempo, sino es por la fuerza que les dio el Espíritu? Se sintieron habitados por la fuerza del Espíritu. Tuvieron muchos problemas, numerosos mártires, pero supieron vivir todos esos avatares con la alegría de saberse enviados por el mismo Señor. Por eso las comunidades pudieron ser tan abiertas y acogedoras, atrayendo a sí a muchos que esperaban la salvación.

Quizá estos puedan ser los grandes efectos de la presencia del Espíritu Santo: el saberse hijo de Dios y el sentirse enviado al mundo, en medio de los problemas que hay. Por eso sigue siendo actual la primera lectura, ese envío del Espíritu a todos los que estaban reunidos en el nombre del Señor.

Éste es el don del Resucitado a su comunidad. Y éste es el don que nos ha hecho también a nosotros, el envío de su Espíritu. Ese don que nos permite sabernos hijos de Dios y elegidos para la misión de la Iglesia. Tenemos un Padre y tenemos una Misión. Por eso, tenemos razones para vivir.
Al Espíritu Santo se le llama también el Defensor. Un significado de esta expresión es que el Espíritu bueno no suscita en nosotros sentimientos de turbación, de derrotismo y de tristeza. Eso sólo puede venir del mal espíritu (con minúscula). Ese espíritu que nos dice que no valemos para nada, que no tenemos capacidades, que todo lo hacemos mal… Ese sentimiento de frustración, de tristeza que nos impide avanzar, eso no viene del buen Espíritu, del Espíritu de Dios.

El Espíritu verdadero nos conduce a la verdad plena. Si nos dejamos guiar por Él, nos hace penetrar en lo profundo del misterio de Dios; nos hace penetrar en lo profundo del misterio de la vida. Y nos enseña a discernir: a separar la paja del grano; lo que conduce a la vida de lo que aleja de ella; lo verdadero de lo falso. Esto no es una vana especulación sin comprobación posible; no es una hipótesis todavía pendiente de confirmación. Es una realidad bien comprobada. Ahí tenemos toda esa rica historia de los santos, que son los hombres y mujeres que se han dejado educar y guiar por el Espíritu. ¡Cómo han calado hondo en el misterio del vivir! ¡Qué intensa y apasionadamente han vivido! Los distintos dones y frutos del Espíritu han henchido su vida.

El Espíritu hace irradiar. Así como el Espíritu Santo es personal y no anónimo (es una Persona y no una energía informe), su relación con los hombres no es tampoco impersonal: se posa de manera personalizada en cada uno de los reunidos en el Cenáculo, da a cada uno un don peculiar: cada uno empezó a hablar en una lengua distinta. Las lenguas en que empezaron a hablar los apóstoles y los demás discípulos representaban prácticamente todas las lenguas conocidas de entonces, como da a entender la prolija lista de los lugares de procedencia de los reunidos en Jerusalén para la fiesta. El fuego del Espíritu nos abre al mundo entero, respeta la diversidad de lenguas y culturas, pero las une a todos con el lenguaje universal del amor. Es, pues, un Espíritu de apertura, compresión y armonía entre los diversos.

El agua es también un distintivo del Espíritu: “Riega la tierra en sequía, […] lava las manchas”, dice la Secuencia que hemos escuchado. Y como dice Pablo “hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo, y todos hemos bebido de un solo Espíritu”. El agua nos lava, nos renueva, sacia nuestra sed. Al limpiar nuestro corazón y nuestros ojos por medio del bautismo somos capaces de confesar que “Jesús es Señor”, que él es el Mesías, el Salvador, el Vencedor del pecado y de la muerte.
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Esa sanación profunda nos libera del egoísmo y nos hace comprender que la diversidad de dones que cada uno recibe (los talentos naturales, las capacidades adquiridas, los carismas que recibimos por la fe) no son privilegios o motivos de exaltación propia, sino una invitación al servicio: mis riquezas personales deben enriquecer a los demás, igual que las riquezas ajenas me enriquecen a mí. El Espíritu Santo, el Espíritu del amor es también un espíritu de servicio. Hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Así se entiende mejor que la diversidad no lesione la unidad cuando es este Espíritu el que reina entre nosotros y nos inspira. Así podemos caminar juntos, haciendo Iglesia.
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Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos

5/17/2026

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Por:  Alejandro Carbajo, C.M.F.
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Queridos hermanos, paz y bien.
Estamos apurando el tiempo pascual. Iremos de solemnidad en solemnidad, los domingos. La Ascensión, Pentecostés, la Santísima Trinidad y el Corpus Christi. Casi nada. La liturgia se viste de gala, quizá para que no olvidemos lo que significa la resurrección de Jesucristo.


Hoy la Iglesia celebra la Ascensión de nuestro Señor, una fiesta de gran esperanza. Jesús va delante de nosotros para «prepararnos un lugar» (Jn 14, 2). Estamos llamados a elevar nuestros ojos y nuestros corazones al cielo, hacia nuestro destino final. En las preocupaciones diarias a menudo olvidamos esto, pero la Ascensión nos recuerda: mirad hacia arriba, buscad la realidad espiritual, para que un día, cuando nuestra breve estancia en esta tierra termine, podamos vivir en plena comunión con la Santísima Trinidad.


Hemos escuchado el final del Evangelio de Mateo y el comienzo de los Hechos de los Apóstoles. La relación está clara. Jesús se va y deja una tarea clara a sus amigos: continuar con la misión que Él comenzó. Lo dice al ángel que interpela a los Apóstoles: “Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?” Dicho de otro modo, ya está bien de hacer el vago, poneos en marcha, y ya volverá el Señor cuando llegue el tiempo. Ahora comienza vuestro turno.


Y los Discípulos se pusieron en marcha. Y, sin parar, llegaron a todos los confines del mundo. Cumpliendo la tarea que les encomendó el Señor. “Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado.” No lo hicieron nada mal, para no haber estudiado ni Catequética ni Homilética. Ni siquiera Teología. Seguramente, porque habían sentido la fuerza del Espíritu de Jesús, esa fuerza de la que nos habla Pablo en la segunda lectura. Habían sentido la plenitud que lo llena todo. Tenían con ellos la ayuda del Espíritu. Ese Espíritu que celebraremos juntos la semana próxima.


Queda mucha tarea por realizar. La nueva vida, la nueva forma de entender tu existencia inaugurada por Cristo no la conoce casi nadie y debe ser ofrecida a todos. Jesús, llegada la hora de su partida, encomienda esta tarea a los suyos, tarea que habrá de desarrollar en todas las naciones, superando de hecho lo que según el mensaje de Jesús estaba teóricamente claro: que Dios no pertenece a ninguna nación, a ningún grupo particular, sino que quiere ser Padre de todos los que acepten vivir como hijos suyos.


Por eso es necesario ser misioneros, hacer discípulos, dar a conocer a todos el mensaje de Jesús, para hacerles saber que Dios no es poder, sino Amor; no es amo, sino Padre. Por eso, lo que quiere es que nos portemos como hijos suyos, amándonos como hermanos. Es que a Dios sólo se llega por el camino de Jesús: entregándose por amor al servicio de los hombres.


El primer relevo se produjo hace casi dos mil años. Pero la tarea continúa generación tras generación. Y hoy nos ha llegado el testigo a nosotros. La tarea es difícil, pero no estamos solos, pues la palabra de Jesús es firme: «Mirad que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo»


La solemnidad de la Ascensión del Señor es un recordatorio extremadamente necesario de que somos personas de esperanza, especialmente en un mundo ensombrecido por el pecado, la violencia y la muerte. Como la Pascua es la celebración de la victoria de Cristo sobre la muerte, así la Ascensión es una llamada para que nos esforcemos en alcanzar la alegría que nos espera en el cielo. Es un recordatorio de que debemos «buscar lo que está arriba», más que lo terrenal. No podemos entrar en el cielo con un corazón dividido. Necesitamos entregar nuestro corazón completamente a Cristo, para que Él pueda convertirse en nuestra alegría.


Esta vida está destinada a convertir a cada uno de nosotros en el santo que Dios ha querido que seamos. La conversión es un proceso que avanza paso a paso en nuestro enfrentamiento con nuestras debilidades, tentaciones, pecados y defectos de carácter. La caída de nuestra naturaleza solo puede superarse mediante la gracia del Espíritu Santo, a quien el Señor envió a María y a los apóstoles el día de Pentecostés. La vida del mismo Dios, que habita en nuestra alma, y nuestra disposición a entregar nuestra voluntad en Sus manos: eso es lo que, con el tiempo, conduce al cambio. Debemos prepararnos para el cielo, porque en nuestro estado actual, caído, no estamos del todo preparados para él.


Cristo no solo nos prepara un lugar en el cielo, sino que quiere obrar en el interior de nuestras almas para prepararlas para la alegría celestial. Por la fuerza del Espíritu Santo, nuestra mirada puede elevarse hacia realidades más elevadas, de modo que, con cada día que pasa, podamos convertirnos cada vez más en ciudadanos del cielo, y no de este mundo. «Estamos en este mundo, pero no somos de este mundo».


Por eso, nuestra esperanza y nuestra alegría tienen un regusto amargo. Si avanzamos hacia la santidad y nuestra oración nos lleva cada vez más profundamente al corazón de Dios, vemos con mayor claridad hasta qué punto, en realidad, no pertenecemos a esa profundidad. Vemos hasta qué punto no logramos amar a Dios y al prójimo como deberíamos. Gracias a la oración, crece en nosotros el deseo de una mayor unión con Dios y con el prójimo. Es precisamente este deseo el que nos muestra que el tesoro que buscamos es, en verdad, Cristo. Así es como nuestro corazón se prepara para la alegría celestial.


En esta vida, esa claridad celestial que alcanzamos en la oración, y que nos permite tocar el cielo, dura solo un instante. Pero estos instantes son un don que nos impulsa hacia adelante, y cuanto más avanzamos, más fuerte se hace en nosotros la nostalgia por la patria celestial y el anhelo de una comunión plena con la Santísima Trinidad. En esta vida, la alegría siempre se mezcla con una cierta dosis de tristeza. Sentimos esa nostalgia que debieron sentir los Apóstoles cuando el Señor se elevó de entre ellos hacia los cielos, aunque ellos permanecieran en la pacífica y gozosa espera del Consolador.


La Ascensión nos recuerda que algún día viviremos en los cielos en unión con el Dios Trino y Uno y junto a los ángeles y los santos. Ya no le buscaremos en signos y símbolos, sino que le veremos cara a cara. Cristo obra en el interior de cada uno de nosotros preparando nuestros corazones para los cielos, a fin de que podamos habitar en el lugar que Él ha preparado para nosotros en la eternidad. Mientras tanto, continuamos nuestro difícil peregrinaje, fortaleciéndonos en la esperanza y «levantando nuestros ojos a los montes» (Sal 121, 1).
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