Parroquia San Miguel Arcangel- Cabo Rojo P.R.
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La Obedencia de la Fe

9/27/2026

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​Obedecer (ob-audire) en la fe es someterse libremente a la palabra escuchada, porque su verdad está garantizada por Dios, la Verdad misma. De esta obediencia, Abraham es el modelo que nos propone la Sagrada Escritura. La Virgen María es la realización más perfecta de la misma.

Abraham, «padre de todos los creyentes»

La carta a los Hebreos, en el gran elogio de la fe de los antepasados, insiste particularmente en la fe de Abraham: «Por la fe, Abraham obedeció y salió para el lugar que había de recibir en herencia, y salió sin saber a donde iba» (Hb 11,8; cf. Gn 12, 1-4). Por la fe, vivió como extranjero y peregrino en la Tierra prometida (cf. Gn 23,4). Por la fe, a Sara se le otorgó el concebir al hijo de la promesa. Por la fe, finalmente, Abraham ofreció a su único hijo en sacrificio ( cf. Hb 11,7). Abraham realiza así la definición de la fe dada por la carta  a los Hebreos: «La fe es garantía de lo que se espera; la prueba de las realidades que no se ven» (Hb 11,1). «Creyó Abraham en Dios y le fue reputado como justicia» (Rm 4,3; cf. Gn 15,6). Y por eso, fortalecido por su fe, Abraham fue hecho «padre de todos los creyentes» (Rm 4,11.18; cf Gn 15,5). El Antiguo Testamento es rico en testimonios acerca de esta fe. La carta a los Hebreos proclama el elogio de la fe ejemplar por la que los antiguos «fueron alabados» (Hb 11, 2.39). Sin embargo, «Dios tenía ya dispuesto algo mejor»: la gracia de crecer en su Hijo Jesús, «el que inicia y consuma la fe» (Hb 11,40; 12,2).

María: «Dichosa la que ha creído»

La Virgen María realiza de la manera más perfecta la obediencia de la fe. En la fe, María acogió el anuncio y la promesa que le tría el ángel Gabriel, creyendo que «nada es imposible para Dios» (Lc 1,37; cf. Gn 18,14) y dando su asentimiento: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según su palabra» (Lc 1,38). Isabel la saludó: «Dichosa la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor» (lc 1,45). Por esa fe todas las generaciones la proclamarán bienaventurada (cf Lc 1,48). Durante toda su vida, y hasta su última prueba (cf Lc 2, 35), cuando Jesús, su hijo, murió en la cruz, su fe no vaciló. María no cesó de creer en el «cumplimiento» de la palabra de Dios. Por todo ello, la Iglesia venera en María la realización más pura de la fe. [Catecismo de la Iglesia católica]

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¿Vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?

9/20/2026

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Alejandro Carbajo,  C.M.F.
https://www.ciudadredonda.org

Queridos hermanos, paz y bien.

Una semana más nos encontramos alrededor de la Palabra, para poder reflexionar juntos sobre lo que el Señor nos quiere decir, para que podamos vivir como Dios quiere. Ojalá no perdamos la oportunidad de firmar un gran contrato, el contrato de nuestra vida. Porque quien esté atento y sea capaz de acudir tendrá la oportunidad de firmar el contrato de su vida, la Alianza de Dios: ¡Busca al Señor mientras se le encuentra! ¡Invoca al Señor mientras está cerca! ¡Que el malvado abandone su camino y el criminal sus planes! El Señor presenta un nuevo plan, un nuevo proyecto, ofrece un nuevo camino: para vivir «divinamente».

Sobre el Evangelio de este domingo, reconozco que, cuando yo era pequeñito, al leerlo, la conducta del señor de la viña me parecía mal. A uno que estudió Derecho por vocación, eso de pagar a todos igual, aunque hubieran trabajado de modo muy distinto, le sonaba raro. Mucho. Desde el punto de vista humano, parece injusto, como poco. Pero… Porque en las cosas de Dios siempre hay un pero.
Mis planes no son vuestros planes, nos dice el Señor en la primera lectura. Igual que la contabilidad de Dios no es nuestra contabilidad. Lo vimos la semana pasada, con las setenta veces siete, o sea, el perdón infinito de Dios, sin motivo aparente. Sólo por amor. Y lo volvemos a ver hoy. Hay que aprender a contar según las matemáticas (y la lógica) de Dios.

El trabajo en la viña no es cosa fácil. Hay que estar inclinado, te cortas las manos con los sarmientos, te cansas, sudas… El que estuvo desde las siete de la mañana se ganó con creces el jornal. Parece normal que esperara más que el que no tuvo tiempo casi ni de cansarse. Aunque se pusieron de acuerdo todos en un denario. Que no parece tan mal jornal.

El plan del señor de la viña era tener ocupados a todos los jornaleros. Muestra preocupación por los desempleados, sale a diversas horas, busca que todos estén trabajando. Será que la acedía es la madre de todos los vicios. (O sea, la pereza espiritual, la falta de ganas de avanzar en el camino de la fe.) Ese interés es de alabar. No todos los patronos se implican tanto. Podría haber mandado a un empleado, pero va él mismo. Va a ser que Dios sale al encuentro. Y sigue saliendo hoy a buscarnos. A todos. Personalmente.

Algunos llevamos en las cosas del Padre muchos años. Bautizados de pequeñitos, en un país católico, de Misa dominical, con sacramentos regularmente recibidos, se puede decir que somos de los que llevan en la viña desde la primera hora. Con todos los derechos adquiridos, como quien dice. Varios trienios. O quinquenios. Somos de los que podrían mirar a los demás por encima del hombro.

Pero resulta que, viviendo donde vivo, en nuestra misión de Rusia, he tenido la ocasión de tratar – y ayudar – a mucha gente que quería o bautizarse en la Iglesia Católica o hacer el paso desde otras iglesias cristianas. Y leyendo este fragmento, he pensado que estas personas han llegado a la viña a última hora. Y yo no soy quién para juzgar sus méritos. Ni para pensar que tengo más o menos derechos. En muchos aspectos, su entusiasmo es mayor. Descubren la Biblia por primera vez, la leen con sorpresa e interés, la Misa no es algo rutinario que se saben de memoria, se alegran de ver a la gente todos los domingos… Nosotros, los de la primera hora, ya lo hemos oído todo, tenemos a la gente muy vista y repetimos palabras de memoria.

No quiero generalizar, por supuesto, porque de todo hay en la viña del Señor… Pero puede ser una tentación muy grande ponernos en el lugar de los jornaleros de primera hora. Si algo nos enseña Jesús es a mirar a todos por igual. A acercarse a todos. A los que nos parecen buenos y a los que nos parecen malos. Sobre todo, a estos últimos. Si somos capaces de compadecernos, de padecer con los otros, de ponernos en su lugar, de mirar al mundo con los ojos de los demás, estaremos algo más cerca de Cristo. Seremos algo más como Dios.

Cuando has experimentado lo que significa que te amen incondicionalmente, puedes entender mejor porqué hay que amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo. Y, si te sigue costando, repite el estribillo del salmo: Cerca está el Señor de los que lo invocan. A invocarle se ha dicho, para que podamos entender la forma divina de hacer las cosas. Que no tengamos envidia del amor de Dios. La bondad y el amor del Señor son lo que nos deben inspirar. Si vas bien, sigue así. Si te falta todavía camino por andar, invócale y para adelante. Lo importante es que vosotros llevéis una vida digna del Evangelio de Cristo. San Pablo, un gran hombre y un grandísimo apóstol, nos exhorta así. Como Isaías, que le dice al malvado que abandone el mal camino. Nosotros no somos grandes criminales, el camino que llevamos es más o menos normal, pero algún detallito tendremos que ajustar. Siempre.

Decíamos la semana pasada que el perdón, como la fe, es un don, inmerecido. Esta semana, vemos que la recompensa de Dios es un don, un regalo inmerecido y, además, es igual para todos. Sólo los testigos de ese Dios, que es rico en amor, pondrán una esperanza diferente en el mundo.
Hay que saber alegrarse con el bien de los demás. Aquellos que protestaron por ser tratados los últimos de la misma forma que los primeros, se entristecían de no recibir ellos más que los de la última hora. Se deberían haber alegrado de la generosidad del dueño de la viña, de haber servido a un amo tan compasivo y dadivoso, aunque a ellos sólo les diese lo acordado.

Saber contentarse con lo recibido, saber vivir con aquello que se tiene. Comportarse así es tener paz y sosiego, ser felices siempre. A veces por mirar y desear lo que otros poseen, dejamos de gozar y disfrutar lo que nosotros tenemos. En lugar de mirar a los que tienen más, mirar a los que tienen menos, no sólo para darnos cuenta de que tenemos más, sino para ayudar en lo que podamos a esos que tienen menos, que a veces, por no tener, no tienen ni lo necesario.
​

Despierta. Abre los ojos. El Señor está cerca. Tan cerca, que está ahora mismo a tu lado, mirándote con su mirada de infinito amor. Invócale, dile que quieres estar siempre cerca de Él. Pídele que te ayude a no alejarte jamás de su mirada paternal y amable. Dile que te haga comprender de una vez que sólo tenerle a Él importa en la vida y en la muerte, que sólo cuando Él nos acompaña la soledad no existe. Siempre hay oportunidades. Lo importante es saber aprovecharlas en todos los momentos de nuestra vida.

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Hasta setenta veces siete

9/13/2026

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Alejandro Carbajo,  C.M.F.
https://www.ciudadredonda.org

​Queridos hermanos, paz y bien.

Ya la semana pasada se tocaba el tema de la corrección fraterna. Se ve que no todo era de color de rosa en las primeras comunidades. Hoy se insiste en el perdón, y un perdón sin límites. En la primera lectura (“perdona la ofensa a tu prójimo, y se te perdonarán los pecados cuando lo pidas”;” recuerda los mandamientos, y no te enojes con tu prójimo; la alianza del Señor, y perdona el error”) e incluso en el Evangelio.

El de hoy es uno de esos Evangelios con los que todos podemos, en principio, estar de acuerdo, pero que nos cuesta llevar a la práctica. Porque lo que más nos sale es lo contrario, el recordar las ofensas, y no perdonar sin condiciones: ¿Es el perdón una actitud de gente débil? ¿Tengo que ser tonto para ser bueno? ¿No hay momentos en los que uno, incluso teniendo la mejor voluntad, decimos Esto es demasiado? Basta con recordar, por ejemplo, la fecha del 11 de septiembre… Lo más normal es vengarse cuando uno puede, o al menos, guardar el rencor hasta mejor momento.

La venganza es el placer del ofendido y el odio rencoroso, el único patrimonio seguro del más débil. La ira es muy dañina. Nos vuelve demonios. Propio de los demonios es vivir siempre encolerizados. Por eso, la mansedumbre es la virtud que más odian los demonios.  La cólera oscurece el alma, el espíritu: por ese motivo hay que cortar de raíz los pensamientos de cólera; no abandonarse a ellos.

Para recordarnos hacia dónde tenemos que tender, estos textos nos llaman a contemplar la actitud de Dios para con el pecador. El reconocimiento de ese Dios misericordioso debe crear en nosotros un corazón semejante al suyo. Porque lo que demuestra fortaleza y grandeza de espíritu, madurez humana y cristiana, no es vengarse, sino perdonar, y romper la espiral de odio y de violencia con el amor reconciliador. Para sentirnos amados, necesitamos experimentar el perdón. Y gracias al ejemplo de Cristo, perdonar es siempre posible para el cristiano. Por lo menos, sabemos que es posible, y que debemos tender hacia ello.

La comunidad cristiana tiene que ser un lugar de perdón, empezando por ella misma. El perdón fraterno es una tarea que, día a día, tenemos que llevar a cabo. Ahí estuvo el problema del siervo que no supo perdonar, igual que le habían perdonado a él.

La pregunta de Pedro en el Evangelio quizá también nosotros nos la hayamos hecho: ¿cuáles son los límites del perdón ante la ofensa? Yendo más allá que los rabinos de la época, que determinaban que el perdón podía extenderse a tres o cuatro casos, Pedro propone para las ofensas la cifra de siete veces.

Jesús va aún más allá. La cifra que el Antiguo Testamento asignaba a la venganza de Lamec, consecuencia de la violencia desencadenada por Caín (Gn 4, 34) se saca de este contexto y se inserta como la respuesta adecuada a la pregunta de Pedro. La venganza ilimitada ante la violencia se transforma por tanto en perdón ilimitado expresado por idéntico número: setenta veces siete.

La parábola relatada para fundamentar esta exigencia presenta a tres personajes: un rey, un empleado y un compañero de este último. Se está hablando respectivamente de Dios, de un ofendido y de su ofensor. Sin embargo, el ofendido es, a la vez deudor y su deuda es considerablemente más grande que la deuda de su compañero.

Estos son los datos esenciales sobre los que se construye el relato. Se parte de la constatación que delante de Dios todos somos deudores insolventes. Nuestra deuda respecto a Él es inconmensurable, como la parábola cuida de precisar hablando de “millones”. Cuando el rey exige el pago de la deuda, el empleado no puede, y ante la justa decisión del acreedor que manda “que lo vendieran a él, con su mujer, sus hijos y posesiones” recurre a la súplica que cambia la decisión real precedente: “tuvo lástima de aquel empleado y lo dejó marchar perdonándole la deuda”.

Aquí encontramos la fuente desde donde se origina todo perdón. Más allá de nuestras categorías de justicia e injusticia, Dios afirma con su actuación la prioridad del perdón. A esta generosidad sin límites corresponde en el plano humano la violencia frente a otro que tiene una deuda ridícula para con el que ha sido perdonado de una deuda millonaria. Este último emplea la misma arma utilizada por su compañero delante del rey. También él “se echó a sus pies”, también él suplica con las mismas palabras: “Ten paciencia conmigo, que te lo pagaré todo”. Pero a diferencia del anterior acreedor, el empleado arroja al compañero a la cárcel.

Esta violencia produce en los “compañeros” una profunda tristeza. Ante el acreedor que no ha querido participar el perdón recibido sólo queda el recurso de hacérselo saber al rey. Este pronuncia entonces la sentencia definitiva. En su fundamento se señala lo que era el deber de su servidor. Este debía ser movido por la misericordia que él había experimentado pero su corazón endurecido le ha impedido aceptarla y, por consiguiente, no podrá sentir los efectos de ella en su vida. De allí la sentencia: “indignado lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda”.

Aquí se pone de manifiesto hasta qué punto debe marcarnos a nosotros, como comunidad, la huella de la actuación de Dios. La existencia de cada cristiano se realiza ante la mirada vigilante del Padre, cuyo juicio tiene siempre presente la actuación solidaria respecto a los demás hermanos. No ser capaz de perdonar, significa no haber entrado verdaderamente en el ámbito de la comunión divina. No compartir el perdón con los demás es índice claro de que se ha interrumpido la comunicación con Dios, que es fuente de todo perdón.

Un dato importante: el perdón tiene razón de ser cuando el deudor moral es todavía deudor. Hay que apresurarse a perdonar antes de que el deudor haya pagado. Y ¡por nada a cambio! ¡Gratuitamente! ¡Porque sí! El ofendido renuncia, sin estar obligado a ello, a reclamar lo que se le debe y a ejercer su derecho.
​

Perdonamos sin razones suficientes. Si para perdonar hubiera que tener razones, también habría que tenerlas para creer. Si perdonamos es porque no tenemos razones. Las razones del perdón suprimen la razón de ser del perdón. No hay derecho al perdón. No hay derecho a la gracia. El perdón es gratuito, como el amor. Setenta veces siete. Siempre. Perdona.
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“Allí estoy yo en medio de ellos”.

9/6/2026

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Alejandro Carbajo,  C.M.F.
https://www.ciudadredonda.org

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Queridos hermanos, paz y bien:

Este mundo en que vivimos no es perfecto. No hace falta que yo lo diga, basta escuchar las noticias, o asomarse a la calle, para ver que no todo funciona bien. Hay mucha injusticia por ahí, y parece que el mal tiene las riendas del mundo. Los “malos” viven bien, y los “buenos” no dejan de sufrir. Es verdad que hay muchas buenas cosas que pasan y no salen en los periódicos, porque no venden tanto como las malas cosas. Pero el mal hace mucho ruido, y, en ocasiones, aturde.bb

Como creyentes, tenemos que intentar ver la vida de otra manera. Diría que, por lo menos, en dos aspectos. El primero, no conformarnos con lo que hay. Nos lo dice la primera lectura, del profeta Ezequiel. Somos atalayas, centinelas de Dios en el mundo. Por eso nos toca ser mensajeros, y no dejar que los demás, por nuestra omisión, se condenen a la muerte eterna.

Es que todos somos solidarios, no podemos decir que los problemas de los demás no son mis problemas, ni que los pecados de los demás no me afectan. Cuando nos bautizaron, nos convertimos en sacerdotes, profetas y reyes, al estilo de Jesús. Cada uno de mis hermanos es también mi responsabilidad. Por eso no podemos dejar que otros vivan equivocados. Nos lo recuerda también el Evangelio de hoy.

Jesús da el modelo para corregir a los díscolos. Aquellos que, siendo de los nuestros, se han apartado del camino. Cómo corregir a los hermanos. Por experiencia sé que la corrección fraterna nunca es fácil. Hay que encontrar la forma de conjugar el amor fraterno con la sensibilidad necesaria para ayudar sin ofender. Darse el tiempo suficiente, apoyados en la Palabra de Dios, para dar un empujón al hermano en la dirección adecuada. Exige la humildad por ambas partes; el que corrige, porque sabe que él tampoco es perfecto, y el corregido, para dejarse iluminar por las personas que están cerca y ven lo que puedes hacer mejor. No siempre gusta cuando te dicen que estás haciendo algo mal.

En todo caso, si no hay posibilidad de encontrar tiempo para hacer lo que el Evangelio nos sugiere, siempre se puede ser creativo. Una frase en el momento adecuado, una indicación, un gesto de agrado o desagrado… Puede ser un mensaje, una llamada, diciendo que hace mucho que no le has visto en Misa, v.gr.; una carita triste en el “whatsapp”, por ejemplo y un “te echamos de menos”. Mostrarse atento, para que la “oveja descarriada” sepa que tiene en ti un apoyo, si le hace falta. Estar cerca, ponerse a tiro, para poder ayudar. Que, si la persona no se convierte, no sea porque no lo hemos intentado.

Hay que hacerlo todo con amor. Hasta las correcciones. Uno que ama a su prójimo no le hace daño. Incluso cuando le corrige. Amar es cumplir la Ley entera, y eso incluye corregir – con amor – al que se ha equivocado. Que no pequemos de omisión.

El segundo aspecto a recordar, creo, es saber que Dios siempre está con nosotros. Siempre hay cobertura para hablar con Él. Aunque a veces se nos olvide. Nos juntamos a menudo “en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”, para rezar, para celebrar, para hacer presente el Misterio en nuestra vida. No importa si somos pocos o muchos, son suficientes dos o tres para que Cristo se haga presente. Es un consuelo para los que vivimos en países donde los católicos somos minoría. Es un consuelo para todos.

Estamos acostumbrados a ver grandes multitudes en los conciertos, en las celebraciones deportivas, a valorar las cuentas en las redes sociales según la cantidad de seguidores… Cuantos más, mejor. Incluso en la vida espiritual aplicamos esos criterios. Claro que impresiona ver una celebración en la Jornada Mundial de la Juventud, o la Vigilia Pascual en el Vaticano. Es un buen refuerzo para mucha gente, ver que no están solos en esto de la fe. Otra vez, los que vivimos en países donde los católicos somos minoría, lo agradecemos. Es verdad.

Pero donde se juega uno “los cuartos” es en el día a día. Ahí no hay siempre grandes cantidades de personas a tu alrededor. Incluso, puede que la persona que se siente a tu lado no sea de los que mejor te caen. Y, sin embargo, “donde dos o tres se reúnen en mi nombre, ahí estoy Yo”. Porque a los vecinos del banco de la iglesia no los eliges tú, te los coloca en el camino el mismo Señor.

Aunque nos cueste a veces entenderlo, nuestra fuerza está en la oración conjunta. A través del perdón y de la reconciliación podemos restablecer las relaciones comunitarias, y, juntos, pedirle al Padre que siga acompañándonos en el camino. Porque no somos simplemente un conglomerado de personas. Somos una comunidad de creyentes, en la que todos dependemos de todos para poder ser mejores. Si alguno se queda atrás, la misión se ralentiza, y ya sabemos que el Buen Pastor busca la oveja perdida hasta que la encuentra, se la carga en los hombros y la devuelve al rebaño.
​

Tenemos el mejor ejemplo en Cristo. Él supo perdonar a los “traidores” de los apóstoles, que le abandonaron, y les hizo colaboradores en la propagación de su mensaje, por todos los confines del mundo. Que sepamos imitarlo, para amar más y más a nuestros hermanos, corrigiéndolos y perdonándolos siempre. Juntos, podemos. Juntos, somos más fuertes. Aunque cueste. Merece la pena.
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