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¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida?

8/30/2026

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Alejandro Carbajo,  C.M.F.
https://www.ciudadredonda.org

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Queridos hermanos, paz y bien.

Como cada domingo, la Palabra de Dios nos da pautas para la reflexión. Nos ponemos delante de ella, para que el Espíritu Santo nos vaya llevando hasta la comprensión de esa Palabra que, para nosotros, es vida.

Hay frases que cambian una vida. A san Antonio María Claret, fundador de los Misioneros Claretianos, escuchar estas palabras, “¿de qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida?”, le supuso el comienzo de un nuevo camino, que le llevo a dejarlo todo. Abandonó el mundo de la producción textil en Barcelona, España, donde podía haber hecho un buen negocio, y se encaminó hacia el sacerdocio. A pesar de las dificultades. Porque escuchaba la Palabra como lo que es, Palabra del Dios vivo. Palabra eficaz. Escuchó esa Palabra que le decía “sígueme”. Se sintió elegido por el Señor. Como los Apóstoles.

Antes que a Claret, Jesús eligió a un grupo de amigos, para que estuvieran con Él. Para que vieran cómo se relacionaba con las personas, sobre todo con los pobres, los niños, las mujeres, los enfermos… Y estar con Él significa no sólo “ver”, sino “vivir” como Él. Fue un largo proceso, hasta comprender lo que de verdad quería Jesús de ellos. Porque es muy fácil pensar como los hombres, y no como Dios. Recordamos como, mientras Jesús les hablaba de la pasión, ellos se repartían los puestos a la derecha y a la izquierda de Cristo. Es humano no querer afrontar las cargas que implica la fidelidad.

Hasta a Pedro le sucedió. “Eso no puede pasarte”. El que acababa de confesar a Jesús como el Cristo, no acaba de ver claro cuál es el final del Mesías. Y Jesús la da la espalda, nada menos, y le llama “Satanás”. Porque a Jesús le parece demoniaco querer ir contra el plan de Dios. Ir contra la firme decisión del mismo Jesús: vivir por y para el Reino. A pecho descubierto. A muerte.

La verdadera decisión que importa tomar en nuestra vida es la firme voluntad y resolución de renunciar a uno mismo y, posiblemente – si tal fuera la voluntad de Dios – hasta la muerte real, hasta la renuncia de la vida corporal ¡Casi nada! Esto es lo que significa seguir a Jesús. En el sentido literal los discípulos le habían seguido a donde Él iba, y habían compartido su vida. Este seguimiento exterior, la acción de ir literalmente en pos de él tiene que convertirse en seguimiento interior. El seguimiento interior requiere otras condiciones distintas del abandono de casa y hogar, familia y profesión. Es el estado del alma dispuesta para sufrir la pasión. Sólo entonces el seguimiento pasa a ser seguimiento en sentido propio, y se llega a ser verdadero discípulo. Y solo entonces se llega a ser verdadera persona. Porque ser buen creyente no significa vivir sufriendo, sino vivir con el gozo de saber que estás al lado de Jesús.

Todo eso tenía que suceder. No hay otro camino para que se cumpla la voluntad del Padre. Y sabemos que eso era lo más importante para Jesús, encarnar siempre lo que Dios quería para llevar a cabo su plan. Con su propio ritmo, con sus vicisitudes, no siempre con la rapidez que a nosotros nos gustaría. “Vuestros planes no son mis planes, dice el Señor”. (Is 55,8)

En todo caso, el Señor es capaz de seducir. Anda siempre cerca, se manifiesta, se pone a tiro e insiste a tiempo y a destiempo. Quiere vuestra felicidad, que pasa por la fidelidad. Lo más importante es saber si te dejas seducir. Porque el plan del Señor para ti es un plan de salvación, de felicidad. No de esa felicidad que se acaba cuando comienzan los problemas, y problemas habrá siempre. Es la felicidad que da saber que has elegido el bando correcto, que el Espíritu te lleva por donde debes ir, y que Jesús te acompaña en el camino. Es la fuerza de la Palabra, que no dejaba en paz al pobre profeta Jeremías.

Lo que le pasó a Jeremías le ha pasado a mucha gente. Y te puede pasar a ti. El Señor te complica la vida, te obliga a andar por caminos que no tenías pensado recorrer, e incluso te enfrenta a la oposición de la gente. Ahí se prueba nuestra fidelidad. Hay que ser testigos y llevar el mensaje permanentemente. Y es duro. Porque no todos aceptan ese mensaje que la Palabra nos ofrece. Y no a todos les gusta que les recuerden que no siempre actúan bien. El final de (casi) todos los profetas, de antes y de ahora, nos lo recuerda. Mártires de la Iglesia, mártires…

No fue fácil ni para el mismo Jesús. Se trata de conservar, recoger y asegurar definitivamente la vida, o de perder; de la completa destrucción, de la vaciedad y falta de sentido. El hombre tiene ante sí las dos posibilidades. Uno de los caminos es el que conduce a la vida, y el otro el que conduce a la perdición. Una gran paradoja, porque en general, todos queremos conservar nuestra vida. Y aquí se trata no de suicidarse, porque no encontramos el sentido a la existencia. Se trata de que, por saber qué es y Quién es el que da sentido a nuestro vivir, estemos dispuestos a morir por Él. Morir físicamente, o morir a nuestras querencias, deseos, gustos y apetencias. Se trata de ir dejando esas riquezas que, como al joven rico, no nos dejan entregarnos de lleno a la causa del Reino.
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No es cuestión de estar ya rozando los límites de la santidad. Se trata de, como nos recuerda la segunda lectura, de transformarnos “por la renovación de la mente, para que sepáis discernir lo que es la voluntad de Dios, lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto.” Una tarea que no fue nunca fácil, ni siquiera para los Apóstoles, ni para tantos santos que en el mundo han sido. Una tarea que merece la pena. Al final, el Señor nos dará la paga que merezcamos. Ojalá sepamos vivir de tal modo, que la paga sea la mayor a la que puede aspirar un cristiano, la vida eterna. Discerniendo siempre, preguntándonos cada día “qué quiere Dios de mí hoy y ahora, para que el Reino siga creciendo. Para que yo sea más feliz. Más santo”. Con la ayuda del Espíritu.
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Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?

8/23/2026

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Alejandro Carbajo,  C.M.F.
https://www.ciudadredonda.org

​Queridos hermanos, paz y bien.

¿Y quién soy yo para vosotros? Desde luego es una pregunta delicada, casi diría que a mala idea. ¿Y quién es Jesús para mí? Contestaciones de catecismo y de teología escuchada en alguna prédica, todos tenemos. No es una pregunta de un examen de historia antigua o contemporánea. No son pocos los ateos que lo saben todo de Jesús. También los fariseos que le espiaban se sabían todo de Él: su padre, su madre, sus parientes, su edad, sus correrías por Palestina…

Es una buena ocasión para preguntarnos, cada uno sinceramente, que significa Jesús en nuestras vidas, si es que significa algo. Seguramente que, allá donde pasamos muchas horas cada día, la cuestión de la fe (ser cristiano y todo aquello que ello entraña) no capitaliza – ni mucho menos – el centro de atención de la conversación. Tal vez, y puede ser un fallo grande o exponente una debilidad, sabemos hablar de todo, pero nos cuesta hablar de Dios. Expresar nuestras convicciones religiosas. Manifestar nuestras creencias. Defender, si la situación lo requiere, la concepción que tenemos de la vida, de la familia y de la sociedad desde el Evangelio.

En este camino hacia el conocimiento de Cristo, el texto de Romanos nos lleva hasta uno de esos momentos en los que san Pablo deja de argumentar para ponerse a contemplar. Tras reflexionar sobre la misericordia de Dios y su manera de conducir la historia, se da cuenta de que se encuentra ante algo que no se puede encerrar en una explicación. Por ello exclama: «¡qué abismo de riqueza, de sabiduría y de conocimiento el de Dios!». Pablo no dice que la fe sea irracional ni tampoco que no debamos buscar razones para entenderla. Lo que sí afirma es que Dios siempre será más grande de lo que podemos pensar sobre Él. Podemos conocer algo de Dios, podemos llegar a descubrir, reconocer su amor, experimentar su presencia, pero nunca agotarlo. Hay una profundidad en su misterio que hace que nuestras medidas resulten demasiado cortas.

Esto resulta muy importante, cuando la vida no se ajusta a nuestras expectativas. A menudo queremos resolver la situación, tenemos la necesidad de entender por qué algo está ocurriendo, por qué Dios ha permitido determinada situación, o por qué el camino de la fe tiene momentos de oscuridad. Este texto nos invita a vivir de otra manera: no desde la necesidad de tener la respuesta, sino desde la confianza.

«¿Quién conoció la mente del Señor?», pregunta Pablo. La pregunta no quiere avergonzarnos, por ser ignorantes, sino liberarnos. No tenemos que usurpar el lugar de Dios, no hace falta llegar a comprenderlo todo. Podemos reconocer nuestros límites y, precisamente desde ahí, confiamos. La humildad de la fe cristiana comienza muchas veces cuando dejamos de exigir a Dios que encaje en nuestros planes y propósitos.

De ahí pasará Pablo al centro de su contemplación: «Él es el origen, guía y meta del universo». Dios no es un elemento más de la vida. Es el origen de la vida, el cimiento sobre el que se edifica todo, y el destino de la vida. Todo lo que somos, todo lo que tenemos, recibe de Él su significado. Esta concepción también modifica nuestra manera de vivir. La vida deja de entenderse como una posesión exclusivamente nuestra y se convierte en un don que estamos llamados a agradecer y entregar.

Por eso el pasaje termina con una alabanza: «A él la gloria por los siglos. Amén». La respuesta al misterio de Dios no es solamente buscar explicaciones, sino también aprender a adorar. La alabanza nace cuando descubrimos que nuestra vida no depende únicamente de nuestras fuerzas y que, incluso cuando no vemos el camino completo, podemos ponernos en manos de Dios.
Vivir este texto hoy puede significar algo muy concreto: confiar un poco más y controlar un poco menos; aceptar que no tenemos todas las respuestas; agradecer lo recibido; mirar a los demás con humildad y reconocer que Dios puede estar actuando de maneras que no alcanzamos a comprender.

La fe madura no consiste en tenerlo todo claro. Consiste en seguir caminando cuando no todo está claro, sabiendo que detrás de nuestra limitada mirada existe un Dios cuya sabiduría y misericordia son mucho mayores que las nuestras. Ante ese misterio, quizá la mejor respuesta sea sencilla: vivir con confianza, recibir cada día como un regalo y orientar nuestra vida hacia aquel de quien todo procede y hacia quien todo encuentra su plenitud.

Por eso, quizá, con confianza. como hizo entonces Pedro, nuestra Iglesia (con contradicciones, deficiencias, limitaciones, dificultades, temperamento, carácter, etc.) hoy debe seguir respondiendo a la pregunta de Cristo: “Tú, Señor, eres el Hijo de Dios”. ¿Podremos escaparnos con una respuesta facilita, aprendida de niños? ¿Es eso lo que el Señor espera de mí? Hay que hacerse cada uno esta pregunta a solas, mirando a Jesús clavado en la Cruz y dejando hablar al corazón.¿Quién soy yo para ti?
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Jesús no ha venido al mundo para ser coreado en pancartas y luego ser olvidado en el estilo de vida de los que nos decimos creyentes. Jesús no ha nacido para que nos remitamos a las actas de la historia y comprobemos que, en verdad, existió. Jesús no ha irrumpido repentinamente para que lo ensalcemos como un defensor de las causas perdidas. Jesús, sobre todo, ha venido para que veamos en Él la mejor fotografía y el mejor rostro que Dios tiene: el amor.

En este año 2026, nuevamente Jesús espera una respuesta: ¿Qué decimos sobre Él? ¿Le conocemos profundamente o sólo superficialmente? ¿Escuchamos su Palabra o simplemente asistimos a su lectura? ¿Estamos en comunión con Él, o somos unos amigos interesados que sólo lo saben vivir y sentir en ciertas celebraciones solemnes? Cada uno que piense que va a responder.
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Qué grande es tu fe.

8/16/2026

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Alejandro Carbajo,  C.M.F.
https://www.ciudadredonda.org

Queridos hermanos, paz y bien.

Empalmamos en cierto modo con lo que nos proponía la Palabra de Dios el domingo pasado. En el episodio de Elías se nos invitaba a saber esperar pacientemente la manifestación de Dios. En el huracán no estaba el Señor; en el terremoto no estaba el Señor; en el fuego no estaba el Señor. Sólo al final, en el susurro, se hizo presente el Señor. Es Él quien fija el dónde y el cuándo.

Hoy recibimos otra invitación: no desistamos en nuestra oración. Primero Jesús responde con el silencio; más tarde, se desembaraza diciendo que no es asunto de su incumbencia; luego, con un argumento que es como para arrojar la toalla. Pero la fe de esa mujer no se deja vencer ni por el silencio, ni por la respuesta elusiva dada a los discípulos, ni por el argumento sin aparente réplica posible. El amor a su hija es grande; y la fe en Jesús es igual de grande. Y acaba saliéndose con la suya. Son un amor y una fe que desarman.

La fe de esta mujer es una fe perseverante: no se derrumba ante la primera negativa; y es una fe clarividente: le hace encontrar el contraargumento que vence toda resistencia por parte de Jesús; y es la fe de una mujer no israelita, de una cananea: cree que el señorío de Jesús es capaz de desbordar las fronteras de Israel.

Hay más casos en el evangelio de esta fe: el del centurión que ora por la curación de su siervo. Son verdaderas joyas del evangelio. Nos hablan del regalo que supone la fe, un regalo universal.
Ahora bien, como todo regalo, es necesario que lo recibamos. Es necesario aceptar ese regalo maravilloso que Dios nos da constantemente. Y, además, aceptar todos los entrenamientos que Dios hace a nuestra fe, para que ésta vaya fortaleciéndose y un día sea recompensada con un regalo que es el objeto mismo de nuestra fe y de nuestra esperanza: la Vida Eterna en Dios.

Hay otro tema en la Liturgia: la salvación es para todos, judíos y no judíos. Lo cierto es que Dios eligió al pueblo de Israel para asignarle un papel primordial en la historia de la salvación. Los israelitas serían los primeros en recibir el llamado a la salvación. Pero luego la salvación se extendería a todo pueblo, raza y nación. La elección de Israel no significa, entonces, el rechazo a otros pueblos.

Queda esto claro en la primera lectura en la que Dios, por boca de Isaías, asegura que cualquier extranjero (no israelita) que crea en Él, que lo sirva y lo ame, que le rinda culto y que cumpla su alianza, “los conduciré a mi monte santo y los llenaré de alegría en mi casa de oración… porque mi casa será casa de oración para todos los pueblos”. Todo el que crea en Dios será reunido en su Casa. La Casa de Dios será morada para todos los que quieran creer en Dios y hacer su Voluntad.
La lectura de san Pablo, el Apóstol de los Gentiles, nos habla también de la salvación universal. San Pablo se dirige especialmente a los no-judíos, lamentándose de los judíos, los de su raza, que han rechazado a Cristo.

Y nosotros… ¡cuántas veces no hemos rechazado a Cristo!¡Cuántas veces nos hemos comportado como paganos! ¡Cuántas veces al más mínimo silencio de Dios nos empecinamos en nuestro mal! ¡Cuántas veces, porque Dios no nos complace nuestra pretensión o nos hace esperar un rato, le protestamos y nos alejamos de Él! ¡Qué diferente nuestra fe a la de la mujer cananea del Evangelio!
Pablo concluye este fragmento de su carta así: “Dios nos encerró a todos en la rebeldía para tener misericordia de todos.”. El pecado es un mal y es causa de condenación para los que no desean arrepentirse y que terminan por no arrepentirse. Pero, si reconocemos a tiempo nuestra rebeldía para con Dios, se manifiesta su perdón, su misericordia infinita. Y si perseveramos hasta el final, obtenemos la salvación, que vino Cristo a traer y que prometió a todos los que aman a Dios. Es decir, a todos los que – como nos dice Isaías en la primera lectura – crean en Él, lo sirvan y lo amen, le rindan culto y cumplan su alianza: a todos los que cumplan su voluntad.
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Y sería bueno que no olvidemos una cosa principal. Las enseñanzas contenidas en la Palabra de Dios tienen, por supuesto, un destino comunitario, dirigida a toda la asamblea del Pueblo de Dios, pero también son una llamada personal e individual a todos y cada uno de nosotros. Y así, hoy, podríamos pensar que las enseñanzas que Jesús nos ofrece en esta Eucaristía son solo para un grupito elegido, mientras que nos está diciendo que salgamos a evangelizar, de palabra y con nuestras obras; que nuestra base de conocimiento de la doctrina cristiana sea el principio de la conversión de todos los que están a nuestro alrededor y alejados de Cristo. Y es una llamada personal que el Señor nos hace. Estamos invitados al banquete. Hay para todos y sobra, pues es el Señor el que lo ha preparado.
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«Señor, sálvame»

8/9/2026

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Alejandro Carbajo,  C.M.F.
https://www.ciudadredonda.org

Queridos hermanos, paz y bien.

Durante este verano, hemos ido viendo cómo Jesús está predicando por toda Galilea, hablando del Reino de Dios y realizando signos que demuestran su poder. Como la multiplicación de los panes y los peces de la semana pasada. Para los que disfrutaron del milagro, una señal de que el Reino de Dios es algo concreto, no un mero espejismo.

A veces el encuentro con el Señor, la experiencia de Dios, se produce tras larga espera y tras intentos aparentemente fallidos, como cuando en una búsqueda se siguen pistas falsas hasta que se da con la verdadera; a veces el encuentro con el Señor, la experiencia de Dios, se produce cuando menos se espera. Siempre, tanto en unas ocasiones como en otras, se produce por iniciativa suya.

Elías es para nosotros hoy un maestro en el saber aguardar hasta el final, aunque la espera se nos haga larga. Si somos sinceros, debemos reconocer que en nuestra vida de fe queremos «llegar y besar el santo» (el Santo con mayúscula). En la oración nos puede fácilmente la impaciencia, el hastío, la aparente infecundidad de esa espera. La cultura de nuestro tiempo no nos invita mucho a estar una hora con nosotros mismos, a estar una hora con Dios. Es una cultura de la gratificación inmediata, de la instantaneidad, aunque, claro está, tampoco faltan exponentes de lo que es una búsqueda paciente (pensemos, por ejemplo, en los investigadores). Pero Elías nos dice: hay que estar al acecho del paso de Dios por nuestra vida; hay que saber esperar el momento de su manifestación.

Nos puede suceder como al salmista, que decía: «se me nublan los ojos de tanto aguardar a mi Dios». Pero Elías, el profeta, que también ha conocido cansancios, nos enseña a ser pacientes en nuestra espera. El que espera, se verá agraciado con esa misteriosa visita de Dios. En esa visita nos confortará para seguir caminando, o nos iluminará sobre las opciones que hemos de tomar, o sencillamente nos dirá: «estoy a tu lado», o «no tengáis miedo», o «soy Yo». Aunque la señal de su presencia se produzca en el último instante, habrá valido la pena esperar. Y eso es lo que importa: que no nos arrepintamos al final, que podamos decir que todos los trabajos, todos los hastíos, todas las horas de espera se han visto más que recompensados por la gracia de un encuentro.

En el camino del seguimiento, el discípulo de Jesús debe ser consciente de las dificultades que deberá enfrentar a lo largo de todo su recorrido. Ellas se presentan a cada paso como obstáculos insalvables que pueden inducir al desaliento y al miedo. Sin embargo, el discípulo es acompañado constantemente por la presencia cercana del Dios con nosotros que le alienta y, a la vez, le recrimina por su falta de confianza.

Este motivo de la duda insistentemente acompaña a los discípulos delante de los peligros que experimentan. Este porqué adquiere especial relevancia en el presente texto ya que el verbo empleado aquí aparece también al final del Evangelio en el envío a la misión universal: “los mismos que habían dudado”. Pedro tiene miedo, y pide que el Señor lo salve, porque sin Él perecería. Por otra parte, se tiene cuidado en señalar la presencia del Señor en medio del mar y de las olas.

El discípulo debería ser consciente que Jesús está siempre  preocupado por la barca. Su acercamiento en medio de las dificultades se hace manifiesto en las palabras de aliento dirigida a los discípulos y en la invitación a los que quieren seguirlo como Pedro.

La capacidad de caminar sobre el mar es atribuida en el Antiguo Testamento a Dios (Jb 9,8; 38,16) o a la Sabiduría (Eclo 24,5). Idéntico poder ha sido transmitido a los discípulos, pero éstos, ante las magnitud de los peligros, la ponen en cuestión. La “poca fe” y el “dudar” se instalan en el corazón mismo del seguimiento de Jesús.

De allí el reproche que Jesús dirige a Pedro que, dudando, ha revelado la pequeñez de su fe. El episodio entonces debe servir a todos los integrantes de la comunidad eclesial para el fortalecimiento de su fe. Las mismas dificultades se integran en el designio salvífico de Dios que desea de su comunidad un coraje y una confianza inquebrantable. Todavía después de siglos, el cristiano es llamado a hacer experiencia de Dios en medio de los peligros y dificultades y de seguir en ellos dirigiéndose a Jesús de Nazaret, el Señor, con una confianza plena.

En el episodio de los discípulos y Jesús en el lago hay también otra lección: los discípulos no reconocieron a Jesús. Pensaban que se trataba de un fantasma. Es verdad: a veces las condiciones para descubrir a Dios presente no son las mejores. Hay mucho oleaje; es noche cerrada. La oscuridad y la tragedia del mundo no nos dejan pensar que vivimos en un mundo amigo. Hay mucho mal y mucho sufrimiento en nuestra tierra. Y luego están nuestros miedos, que, como en el caso de los discípulos, nos impiden ver la realidad. Pidamos que se nos conceda la gracia de saber reconocer a Dios en los signos de su manifestación.
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Saber esperar a Dios; saber reconocer a Dios en los signos de su manifestación: son dos de las lecciones que hoy nos ofrece la Palabra que hemos escuchado. No las echemos en saco roto.
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Dadles vosotros de comer

8/2/2026

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Alejandro Carbajo,  C.M.F.
https://www.ciudadredonda.org

Queridos hermanos, paz y bien.

Asusta la petición de Jesús: “Dadles vosotros de comer…” ¿Con cinco panes y dos peces? Asusta, porque obliga a sacar lo mejor de nosotros mismos, para compartir con los demás. Es que vivimos rodeados, solicitados por el consumo. Cada día, desde la mañana a la noche, mil voces anónimas, pero persuasivas, nos invitan a comprar, a gastar, a invertir, a consumir. Se nos repite, una y otra vez, que nuestra felicidad, nuestra belleza, nuestra satisfacción, nuestra vida depende de lo que tengamos, poseamos y destruyamos. Es una cadena interminable que nos arrastra y cuyos primeros eslabones mueven manos e intereses desconocidos.

Hay en las lecturas litúrgicas de este domingo una como invitación al consumo, a la hartura: «Venid, comprad trigo, comed sin pagar… Escuchadme atentos y comeréis bien». Suena parecido a un anuncio de publicidad. A uno de esos cientos de reclamos publicitarios que solicitan nuestra atención constantemente.

Jesús, por el contrario, no gustaba de anunciarse. Si nos atenemos al testimonio que de él dan los Evangelios Sinópticos, no hablaba mucho de sí mismo. No andaba diciendo: «Yo soy el Mesías que esperáis», «Yo soy el Salvador del mundo», «Yo soy el que tenía que venir, el prometido por los antiguos profetas de Israel». Lo que ocupaba el centro de su mensaje era la llegada del Reino de Dios. Es un mensaje que no se le cae de la boca.

Pero Jesús no se conforma con hablar. Jesús hace señales, realiza signos. Hoy le vemos realizar un gran signo. Con él quiere dar a entender que el Reino de Dios que anuncia no es un espejismo, sino una realidad que se deja sentir, que entra por los ojos, que entra por la boca. El signo que Jesús realiza es una muestra extraordinaria de que se han cumplido los tiempos mesiánicos. Así nos enseña que las promesas de Dios no son espejismos humanos. El Dios de la vida puede dar y da más de lo que podemos soñar o pedir. Si el domingo pasado aprendíamos que para quien valora el Reino de Dios y está dispuesto a pagar el último céntimo por ganarlo la vida no será en absoluto una estafa, sino un tesoro, hoy aprendemos que ese misterioso Reino de Dios no es en absoluto un espejismo que sufrimos en el desierto de nuestro vivir.

Jesús realiza esta señal por propia iniciativa, sorprendiendo también a sus Discípulos. Fue algo totalmente inesperado, contra la propuesta de esos Discípulos, que querían despedir a la gente. Como los Discípulos, podemos sentir que es algo superior a nuestras fuerzas. ¿Qué es lo que cada uno podemos hacer para atenuar el hambre de las tres cuartas partes de la humanidad? ¿Qué significan todas nuestras campañas antidroga si su comercio está apoyado por mafias con capitales muy superiores al presupuesto de algunos países? ¿Qué podemos hacer, cuando la corrupción lo ha invadido todo, por devolver a nuestra sociedad la honradez y el espíritu de trabajo? ¿Qué podemos hacer para que nuestros jóvenes no pierdan la fe en un ambiente tan hostil que tiene a gala ser antirreligioso y relativista? Estas y otras muchas más son nuestras batallas perdidas ya antes de comenzadas. “Despídelos, que se vayan, que no tenemos más que cinco panes”.

Pero Jesús sacia a la multitud, después de varios días de predicar a la gente, que no le pedía pan, sino razones de vivir, de esperar, de sufrir, de morir, que buscaba el Reino de Dios. Pues bien: vemos cómo en este caso se cumple literalmente la palabra de Jesús: «Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, lo demás se os dará por añadidura». ¿De qué nos sirve tener abundancia de pan, tener con qué vivir, si carecemos de esas razones, si no tenemos un por qué vivir y un para qué vivir? Podemos morir de sólo pan.

¡Lo que hizo Jesús con cinco panes! ¡Lo que puede hacer Dios con una cooperación nuestra que podría parecernos insignificante! Aportemos lo que tenemos, lo que sabemos, lo que buenamente podemos, por poco que sea, por ridículo que nos parezca. Una limosna, un acompañamiento a un enfermo, un buen consejo, un ofrecimiento para dar catequesis. O también una vida entregada a su servicio. Dios sabrá darle crecimiento. Pensad en san Francisco de Asís, que respondió a la llamada de Dios y se entregó por entero a Él y a su Señorío; ese Francisco que se consideraba a sí como un mínimo, y que fundó la orden de los Frailes Menores. El pequeño Francisco de Asís, uno de los hombres más influyentes del segundo milenio. Dios puede hacer milagros con esa pequeña aportación nuestra.

¿Cómo interpretar, pues, esta invitación a la abundancia, esta llamada al optimismo? Parece que la clave es bien sencilla: no se concibe en el mensaje bíblico una abundancia que no sea compartida, una riqueza que no se reparta, un bienestar que no afecte a todos. El destinatario de estas invitaciones es todo el pueblo (los «millares» simbólicos del Evangelio) sin excepción ni distancias irritantes. Y este vínculo es el que debemos descubrir a través del rito eucarístico: la Eucaristía o es fiesta de fraternidad, sacramento de comunión, momento supremo de compartir con los otros todo, o a la “presencia de Jesús dándose” se le priva de una dimensión. Los que viven en la injusticia, en el desequilibrio no podrían, en realidad, acercarse a la Eucaristía.

Porque, además, después del dar, del repartir, del compartir con los demás, viene la abundancia, la hartura, la total plenitud. Cristo se da sin reservas a los que no limitan su entrega a los demás, a los que en cada comunión sienten el vértigo de la necesidad ajena y s esfuerzan por compartir.
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En resumen: el Reino de Dios no es un espejismo; busquemos a Dios, busquemos su señorío, la obediencia y docilidad a su querer: que sea ese nuestro mayor cuidado; lo demás nos vendrá «como regalo caído del cielo», aunque no se nos prometan toda serie de comodidades. Nuestra aportación a este Reino de Dios, por muy pequeña que sea, puede ser muy fecunda.

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