Parroquia San Miguel Arcangel- Cabo Rojo P.R.
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Comentario - Evangelio del 27 de julio de 2026

7/27/2026

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Fernando Torres, cmf
https://www.ciudadredonda.org

​​Hoy Jesús nos habla de la grandeza de lo pequeño. En nuestro mundo impera la productividad, los resultados, las cifras (cuanto más grandes mejor). Todo eso nada tiene que ver con las dos parábolas de hoy.

Porque, en definitiva, estas dos parábolas ponen por delante el valor infinito de los pequeños gestos, que es donde a veces se revela lo mejor de las personas. Estas parábolas me han hecho recordar cuando hace años hice el Camino de Santiago, esa peregrinación que hacen tantas personas y que lleva a lo que, según la tradición, es la tumba del apóstol Santiago. A lo largo del camino me encontré con numerosos albergues. La mayoría eran muy pobres. Apenas una casa no en muy buen estado, unos camastros y unos aseos sencillos para los caminantes. Estaban gestionados por diversas asociaciones de “Amigos del Camino de Santiago”, que con sus pocos medios hacían lo imposible por atender y cuidar a los peregrinos. Recuerdo especialmente uno de estos albergues, en la provincia de León, donde una chica nos recibió, nos acogió, nos organizó a los que íbamos llegando. Hizo que colaborásemos para preparar la cena, para ayudarnos unos a otros. Y al final nos sentó a todos a la mesa para una cena de familia. Había pocos medios pero un montón de calor humano, de acogida, de fraternidad. En definitiva, de Evangelio.

También recuerdo que en la última parte del camino los albergues pertenecían ya al gobierno de la zona. Eran unas instalaciones perfectas, modernas, limpias pero también asépticas y frías como congeladores.
Al final, el gesto de cercanía y acogida de aquella chica de la asociación de “Amigos del Camino” de Bilbao, tuvo mucho más valor que las instalaciones perfectas, y caras, organizadas por el gobierno para acoger a los peregrinos.
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Pues lo mismo se aplica al Evangelio de hoy. Los pequeños gestos son capaces de provocar más cambios en las personas y en nuestro mundo que las grandes maquinarias. El Evangelio va de eso: de pequeños gestos de acogida, de mano tendida y fraterna, que se entrega sin pedir nada a cambio, a fondo perdido. Como el amor de Dios.
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El que tenga oídos, que oiga.

7/19/2026

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Por:  Alejandro Carbajo, C.M.F.
https://www.ciudadredonda.org

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Queridos hermanos, paz y bien.

El Evangelio no descansa ni en verano. Es un yugo llevadero y una carga ligera, pero que insiste a tiempo y a destiempo. Seguimos, un domingo más, con estas recomendaciones, bien aleccionadores, en forma de parábolas. Cizaña, mostaza y levadura son tres características de un mismo tríptico con el que Jesús nos invita a ver y valorar nuestra fe.

En conjunto, las lecturas de hoy nos recuerdan que nuestro Dios es lento a la ira y dado a la misericordia. Dios quiere perdonar, porque desea olvidar, las veces que haga falta, el pecado del hombre. “Diste a tus hijos la dulce esperanza de que, en el pecado, das lugar al arrepentimiento». Esta expresión, “dulce esperanza”, merece la pena meditarla hoy. Porque Dios – Padre Nuestro – va siempre tras su pueblo, procurando que se arrepienta y vuelva al buen camino.

Esperanza nos da también san Pablo en su breve fragmento de hoy. Él nos anima a orar siempre, porque “el Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad, porque nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables.” No hemos de temer que no seamos capaces de orar como debemos, por culpa de nuestras debilidades, ni por una voluntad rota, ni porque seamos reincidentes en las faltas y pecados. Llegará el equilibrio, vendrá el Espíritu en nuestra ayuda. El Señor cuida de que sus Hijos no se pierdan. Hay gracia sobreabundante donde reinó el pecado.

No podemos dar por asumido ese juego maniqueo del bien y del mal, por el cual cada uno se alinea en un lado o en otro, como en un partido de fútbol. El bien vence al mal con la ayuda de Dios. Y ese es el camino. Tenemos la obligación de luchar urgentemente contra el mal y sacar de sus garras a nuestros hermanos. No hay reparto previo de malos y buenos en cantidades prefijadas, ni predestinación. «Tu, Señor, eres bueno y clemente», dice el salmo que proclamamos hoy. Se trata de rezar siempre invocando la bondad y la clemencia de Dios, pues esa será la llave de la Salvación. La esperanza completa de que un día seremos salvados por la generosidad de Dios no nos puede hacer olvidar que el mal está en nosotros. Pero también Dios está cerca para escuchar los gemidos de nuestro corazón «humilde y contrito».

¿Qué es la cizaña hoy? Podríamos decir que todo aquello que nos aleja de Dios. Lo que nos ahoga y nos impide crecer como cristianos y como personas. El mal, en definitiva. Nos intentan convencer, en muchos lugares, de que todo vale, que cada uno puede pensar y vivir como quiera. Ya casi no podemos distinguir el bien del mal. Con el Evangelio en la mano, está claro que tenemos que luchar con todas nuestras fuerzas para no dejarnos abrazar por los tentáculos de la maldad, aunque venga disfrazada de falsos progresismos. Porque la cizaña nos quiere envolver, a todas horas y en diversos campos: en la conciencia, en el pensamiento, en el trabajo, en la Iglesia, en los grupos, en la política…  Lo malo no es que exista la cizaña, lo malo es acostumbramos a crecer (o menguar) en medio de ella e ir cediendo terreno, queriendo o sin querer, en aquello que es esencial en el seguimiento a Jesús. Ahí está la lucha paciente de cada día.

Una vez conscientes de la verdad que llevamos entre manos, del esfuerzo que supone “pelear” con la fuerza pequeña e invisible del Evangelio, nos daremos cuenta de lo que significa la levadura de un cristiano en el mundo. La semilla de Dios puede que sea pequeña. A veces nos parece del todo utópica o inservible. La mostaza es ese gran regalo que recibimos en el día de nuestro Bautismo. Puede que, algunos, les parezca inexistente o que, incluso, todo lo que rezamos y celebramos, realizamos o ayudamos les resulte aparentemente estéril. Esa es la grandeza de Dios: sin saberlo nosotros, Él va haciendo de las suyas. La semilla crece.

Hasta hace cuatro días, como quien dice, nuestra sociedad occidental, estaba totalmente impregnada (por lo menos exteriormente) del aroma del Evangelio. En la actualidad, y por diversas razones que todos conocemos, urge una nueva evangelización. Ésta sólo será posible si cada cristiano (seamos muchos o pocos) nos ponemos como objetivo de nuestro paso por el mundo el deseo de ser levadura. De iniciar a muchos, desde cero, en su práctica cristiana. Ser levadura, acostumbrados a ser masa, es difícil.

Pero el Señor, por si lo hemos olvidado, nos da la seguridad de que, en medio de la noche oscura, dificultades, persecuciones, falta de vocaciones, etc., el Espíritu Santo sigue actuando. Y no hace falta ser océano, seamos gotas de agua; no pensemos en ser bosque, que cada uno sea un árbol.
No es bueno cruzarse de brazos, por supuesto que no, pero tampoco es serio el que lleguemos a pensar que “esta empresa” es tan nuestra que no dejemos a Dios la suficiente libertad para actuar en ella, o seamos tan desconfiados que creamos que el presente y el futuro de la fe dependen exclusivamente de nuestros esfuerzos y empeños pastorales.

La advertencia de Jesús es incordiante. Jesús vendría a decir: «¡no pienses que es fácil distinguir entre la cizaña y el trigo, el bien y el mal». «¡No quieras arrancar la cizaña, porque es muy fácil que arranques también el trigo… Espera!». Que lo que llamamos «bien» y «mal» crezcan juntos. En el momento del juicio, se verá con claridad lo uno y lo otro.
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Por tanto, el reconocimiento de la existencia de la cizaña, no significa nada más que el reconocimiento de que existe. No se trata de una afirmación de su poder o de su capacidad para doblegarnos. No es un planteamiento pesimista, ni siniestro. Es la constatación de una realidad que nos circunda. Debemos releer después de la Eucaristía el fragmento del Evangelio de san Mateo que hoy hemos proclamado. Jesús nos dice que existe el mal y nos lo muestra para que no seamos engañados por «falsas bondades». Hemos de protegeremos del engaño del Maligno, pues sus armas preferidas son precisamente esas mentiras con aspecto de verdades entretejidas especialmente para nosotros, con parte de los materiales – malos – que tenemos dentro. Jesús nos avisa de ese peligro. Hemos de escucharle. Hoy y siempre.
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“Mi yugo es llevadero y mi carga ligera.”

7/5/2026

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Por:  Alejandro Carbajo, C.M.F.
https://www.ciudadredonda.org

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Queridos hermanos, paz y bien.

Hay palabras de Jesús que, en determinadas situaciones, suenan a broma. Especialmente si uno está pasando un momento malo o muy malo. En medio de la tormenta, es fácil perder la calma y pensar que estamos acabados. Por eso Jesús nos repite con regularidad que todo terminará bien.
¡Cómo ha cambiado el mundo en los últimos años! Hasta hace bien poco parecía que todo iba bien y que seguiría así por siempre. En cambio, de repente un país invade a otros, las guerras se multiplican, los precios se disparan, las tensiones sociales aumentan, los representantes de los diferentes estados parecen no estar a la altura. Sólo nos queda elevar la mirada y gritar como los apóstoles en la barca: ¡Señor, sálvanos, que perecemos!

Se nos olvida que el señor nos acompaña en las duras y en las maduras; lo que pasa es que no siempre nos acordamos de Él, hasta que llega la tormenta…

En muchos casos, todos nos sentimos maestros de los demás, de una u otra manera. Nos gusta defender nuestras convicciones, nuestros puntos de vista, a veces con apasionamiento. Luchamos hasta que nos imponemos. A veces nos volvemos incluso intransigentes, si no ya violentos. Y si ese talante aparece en los que gobiernan las sociedades políticas o religiosas, hasta puede declararse una guerra. Por ese motivo, de vez en cuando tenemos que preguntarnos qué espíritu nos mueve: ¿el Espíritu de Jesús u otro espíritu?

Esta pregunta es, ante todo, pertinente cuando las circunstancias nos ponen tensos, o nos sentimos demasiados revueltos por dentro. Pablo nos habla en la segunda lectura de hoy de todo un mundo oscuro de apetencias o apetitos que pueden apoderarse de nosotros y llevarnos a la muerte. También nos dice que cuando el Espíritu de Dios, de Jesús, se apodera de nosotros y nos mueven, entonces todo en nosotros y en nuestro alrededor resucita.

¿Cuál es el espíritu del Señor, de Jesús? Lo recordamos cada domingo de Ramos, contemplando al Señor entrando en Jerusalén en una borriquilla. Lo predijo el profeta Zacarías en la primera lectura. Él anunció la llegada de un Mesías rey victorioso – en el que nosotros reconocemos a Jesucristo – pero cuya característica principal era el ser movido por el espíritu de la paz, la serenidad y la mansedumbre. Se imagina al Mesías como algo quien viene montado en un asno o en un joven borriquillo, orlado por la humildad. Nada tiene que ver esa imagen con los ansiosos de poder, de prestigio, que se muestran en nuestro mundo tan a menudo.

Presentar al Mesías como un rey que aparece montado en un joven borriquillo y que trae consigo la paz a todas las naciones de la tierra, es adoptar una imagen entrañable. El Mesías así aparece como el mediador imprescindible de una humanidad diferente, auténticamente humana y humanizadora, en la que se superan todas las divisiones y discriminaciones, en la que todos pueden convivir, encontrarse, superar sus diferencias.

La figura de Jesús que nos transmite el Evangelio hoy nos recuerda lo mismo. Jesús es habitado por un espíritu de mansedumbre, de humildad y de paz, no de rigidez. En múltiples ocasiones los Evangelios comparan el talante repetitivo y autoritario de los maestros de Israel con el carácter cercano y sencillo del mismo Jesús, que tanto asombraba a los que le escuchaban.

Los maestros de Israel adoptaban un estilo soberbio, autosuficiente, presuntuoso, discriminador. De ellos decía Jesús que cargaban pesados fardos sobre la espalda de la gente, mientras que ellos no colaboraban para levantar la carga ni con un dedo. Jesús es un Maestro humilde, no presuntuoso. Y nos dice que su yugo es llevadero y su carga ligera. Al hablar de yugo está indicando que – tal y como ocurre con los bueyes uncidos al yugo – la carga compartida es menos carga. El mismo Jesús está dispuesto a compartir el yugo y la carga con su discípulo. Él sabe compadecerse porque ha pasado por una situación parecida.
​

Jesús da gracias al Padre, porque quienes mejor acogen y comprenden sus misterios no son los sabios y entendidos, sino la gente más humilde y sencilla. A ellos les revela el Hijo todo lo que el Abbá le ha comunicado. Los sencillos, los que sufren, los que tienen problemas, son los que mejor acogen el mensaje, y los que mejor pueden entender estas palabras de Jesús.

Qué buena oportunidad nos ofrece este domingo para que nos preguntemos qué espíritu nos mueve y qué tipo de magisterio ejercemos en la Iglesia y desde la Iglesia! ¿De quién está más cerca nuestro estilo, del de Jesús o del de los fariseos? ¿Colaboramos a la paz social, a la reconciliación? ¿Aportamos soluciones a los problemas de la familia, de los grupos, de aquellos que se sienten marginados, o cargamos fardos pesados? ¿Trae nuestro testimonio moral alivio o agobio, inquietud o descanso? ¿Aprecia la sociedad en nosotros la humildad y mansedumbre de Jesús o la violencia de los maestros de la ley? Son preguntas muy serias éstas; de ellas depende nuestra credibilidad social.



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