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El que pierda su vida por Mí la encontrará

6/28/2026

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Por:  Alejandro Carbajo, C.M.F.
https://www.ciudadredonda.org

​Queridos hermanos, paz y bien.

Recibimos hoy nuestra ración dominical de Palabra de Dios, para que la semana nos sea más llevadera. Alimentar el Espíritu, igual que alimentamos el cuerpo. Es verdad que cada día la Palabra está al alcance de la mano, pero especialmente el domingo es importante. Por eso lo llamamos el Día del Señor.

Las lecturas nos van indicando, a lo largo de todo el año, qué significa ser y llamarse discípulo de Jesús. No consiste (sólo) en saber muchas cosas de Cristo – que nunca viene mal – ni en saberse de memoria muchas oraciones – que tampoco estorba – sino en vivir de una determinada manera. A la manera de Jesús. En los buenos y en los malos momentos.

Antes de Él, muchos ya vivieron entregados a servir al Señor. El profeta Eliseo, por ejemplo, heredero del gran Elías, se dedicó a recorrer el país, anunciando lo que Yahvé le iba indicando. Los milagros que realiza revelan que se trata de un hombre de Dios.

No todo fue fácil. También este profeta tuvo momentos difíciles. Porque el seguimiento supone morir a sí mismo y entrar por el camino de la entrega y el servicio, como hizo Jesús. Él siempre fue fiel a la voluntad divina.

Las palabras que Jesús hoy nos dirige pueden resultar desconcertantes en un primer momento. Hace unos años, en la boda de mi amigo Eduardo, la novia de otro amigo me pregunto, precisamente, sobre este fragmento y sobre lo de “dejad que los muertos entierren a sus muertos”. Son palabras que suenan duras, que hay que explicar.

Cuando Jesús dice que “quien ama a su padre o a su madre más que a Él no es digno de Él”, parece que nos coloca ante una elección dolorosa entre Dios y la familia. En realidad, el Señor no descalifica los afectos humanos, no nos invita a despreciar los vínculos familiares ni a cuestionar el valor de estos, sino que lo que hace es señalar el lugar que Dios debe ocupar en la vida del creyente.

No se trata de no amar a nuestros padres o de no amar a nuestros hijos, sino más bien de que ese amor no nos aleje del amor de Dios, por eso dice: “el que ame a su padre o a su madre más que a Mí, no es digno de Mí”. La invitación no es a no amar, sino más bien a tener claras nuestras prioridades, como dice el primer mandamiento de la Ley de Dios. “amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo”. Por eso, no habla Jesús de no amar a nuestra familia, a nuestros padres, a nuestros hijos, sino de que ese amor humano no nos aleje del amor de Dios.
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El amor a Cristo no aniquila los demás amores, sino que los ordena, los purifica, les da una expresión profunda, nueva. Quien ama a Dios como es debido coloca los demás amores en un lugar más propio. Cuando en el centro del corazón se coloca a Dios, se aprende a amar mejor a las personas que nos rodean. Pero si una realidad humana toma el lugar que le corresponde a Dios, incluso algo bueno puede convertirse en un obstáculo para la verdadera libertad interior.

Jesús prosigue diciendo que quien no toma su cruz y le sigue no es digno de Él. La cruz no es – en esto muchos se confunden – una búsqueda voluntaria del sufrimiento; tampoco es resignarse pasivamente. Implica una fidelidad que permanece firme aun cuando seguir el Evangelio suponga un sacrificio. Todos los discípulos se encuentran en su camino renuncias, incomprensiones, sacrificios y decisiones difíciles. La cruz se encuentra allí donde el amor exige perseverancia y entrega. Es el crisol de la verdadera fidelidad.

A continuación, Jesús pronuncia una de esas paradojas que le son tan características: «El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará.» El mundo suele asociar la felicidad con acumular, con el éxito o con el satisfacer inmediatamente sus propios deseos; sin embargo, la experiencia cristiana enseña que la vida se encuentra cuando se entrega. Quien se encierra en sí mismo termina empobreciéndose; quien está dispuesto a darse a los otros encuentra una alegría más profunda y duradera. Eso lo han experimentado, por ejemplo, todos los que han realizado algún tipo de voluntariado.

¿Nos parece pesado esto que nos pide Jesús, esto de amarlo por encima de nuestra familia, de tomar la cruz, de renunciar? La respuesta está en el amor. Dios nos amó primero, y por eso tenemos que responder a su amor. Estamos en deuda con Él, de alguna manera. Si nos cuesta, quizá es porque amamos poco. El propio San Agustín decía que el amor hace suave los preceptos. Y si nos parece pesado lo que nos pide Jesús, es porque quizás tenemos que amar a Dios más.

La parte final del Evangelio introduce un matiz muy bello de lo que significa el discipulado, lo que Jesús llama la acogida. Recibir a un profeta, a un justo, a uno de sus pequeños discípulos equivale a recibirlo a Él mismo. Así, el Señor se identifica con aquellos a quienes envía en su nombre y, de algún modo, con todas aquellas personas que son acogidas y acompañadas.

Me parece importante que el texto termine con la imagen de un simple vaso de agua fresca; no se trata de ninguna gran obra ni de una acción extraordinaria, sino que es un gesto pequeño, casi insignificante. Sin embargo, Jesús asegura que incluso esto no quedará sin recompensa. Nos recuerda que el Reino de Dios crece muchas veces a partir de gestos humildes, escondidos, cotidianos que el mundo apenas percibe, pero que para Dios tienen un enorme valor, porque Él los ve con sus ojos de Padre.

Este Evangelio nos invita a revisar nuestras prioridades, a renovar nuestra confianza en Cristo, a descubrir la grandeza de la caridad concreta. El seguimiento del Señor implica una entrega total, pero también invita a abrir el corazón a una vida más entregada y fecunda.
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Podríamos hacernos algunas preguntas, para terminar. ¿Qué lugar ocupa realmente Jesucristo en mis decisiones, proyectos y relaciones? ¿Hay alguna realidad, persona, interés que esté ocupando el centro que le corresponde a Dios? ¿Cómo vivo las cruces cotidianas que se presentan en mi camino? ¿Busco conservar la vida para mí mismo o aprendo a entregarla por amor? ¿Soy una persona acogedora con aquellas personas que Dios pone a mi lado? ¿Qué “vaso de agua fresca” puedo ofrecer hoy?
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No tengáis miedo

6/21/2026

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Por:  Alejandro Carbajo, C.M.F.
https://www.ciudadredonda.org

Queridos hermanos, paz y bien.

En este mundo tan revuelto en que vivimos, no está de más escuchar una palabra de ánimo. Sobre todo, si las dice el mismo Jesús. “No tengáis miedo” es un buen consejo para todos. Porque en nuestra vida hay muchos momentos en los que nos puede el temor.

Necesitamos sentir la confianza que tenía el profeta Jeremías en la primera lectura. A pesar de que todo lo tenía en contra, sabía que el Señor estaba con Él. Confiaba en Él, a pesar de que todo estaba en contra. No tuvo miedo de dar razón de su fe.

Para llegar a esa confianza, hay que tener una relación directa y personal con Dios. Porque Él siempre está ahí, pero no siempre nosotros lo sabemos ver. “A Ti encomendé mi causa”; con esas palabras el profeta recuerda Quién es su Defensor en el peligro.

Esa relación personal con Dios y esa confianza son esenciales para poder vivir en paz, cuando a nuestro alrededor todos cuchichean y nos señalan con el dedo, por intentar vivir de otra manera, muchas veces contra corriente. Porque no está de moda ser honrado, si miramos lo que el mundo entiende como “éxito”, cumplir con las obligaciones laborales (o estudiantiles), ser fiel en las relaciones matrimoniales, levantarse para ir a Misa los domingos, conducir con prudencia, ceder el asiento a las personas mayores, inválidos y embarazadas… El que vive así, puede ser señalado por los que no quieren pensar mucho y vivir pensando sólo en el placer personal.

Es bueno, cuando escuchamos estas lecturas, preguntarnos a quién recurrimos nosotros, cuando nos vemos en situaciones complicadas. Porque haberlas, las habrá. Y si no tenemos claro qué hacer si nos vemos en medio de la tempestad, a lo peor nos ahogamos. Es que la relación con Dios no se improvisa, por lo menos una relación tan profunda como la del profeta, que pueda dar sentido a la vida. Es una lucha, que exige la intervención de la voluntad y dedicar tiempo para estar con el Señor, con la puerta de la habitación cerrada, dejando que nos hable al corazón.

Si vamos siendo capaces de cultivar una relación así con nuestro Dios, podremos ir poco a poco creciendo en nuestra capacidad de ver en todo la mano de Dios, su paso por nuestra vida y por la vida de la humanidad.

La intervención de Dios en la Historia la recuerda san Pablo en la segunda lectura. “Si por la transgresión de uno murieron todos, mucho más, la gracia otorgada por Dios, el don de la gracia que correspondía a un solo hombre, Jesucristo, sobró para la multitud.” Como veíamos la semana pasada, cuando aún éramos pecadores, Dios nos envió a su Hijo, no para condenarnos, sino para salvarnos. Un buen motivo para elevar nuestra autoestima, sobre todo cuando nos sentimos pecadores, porque por parte de Dios, ya está todo hecho. No le importa que no seamos perfectos. Quiere que seamos mejores, pero ya hoy nos espera. La invitación está enviada, con tu nombre y apellido. Es la hora de responder personalmente.

Para poder dar una respuesta válida y verdadera a nuestro Dios, nos ayuda el Evangelio. Podemos empezar así: ¿quién guía mi vida de verdad? ¿Quién organiza mi forma de pensar? ¿Quién dicta mi forma de actuar? ¿Quién me indica lo que tengo que decir o lo que tengo que callar? ¿Quién me dice cuándo actuar y cuándo inhibirme? No son preguntas baladíes. Es lógico que en toda estructura social haya un reparto mayor o menor de funciones, y que a algunos les toque más decidir y a otros ejecutar. No es lo mismo ser director general que ser un administrativo en una empresa. No digamos ya en las fuerzas armadas.

Pero las preguntas que he formulado un poco más arriba se refieren a las veces que tenemos que actuar en conciencia, y hay ocasiones en que otros quieren mandar en nuestra conciencia. No todos tienen la misma capacidad de presión. Sólo los que tienen cierta autoridad y pueden castigarnos, si no nos sometemos a su voluntad, nos pueden condiconar de verdad. Si un niño pequeño nos apunta con una pistola de juguete (si aún siguen jugando los niños con pistolas) y nos amenaza, sonreímos, podemos fingir que nos ha matado y jugamos con él. Pero cuando a Pedro y a Juan los autoridades de los judíos les prohíben seguir hablando de Jesús, las cosas cambian. Porque que te azoten o que te condenen a muerte no es cosa de broma.

Las palabras de Cristo no buscan que estemos todo el día buscando el enfrentamiento con los que no piensan como nosotros. Más bien el Maestro quiere que no desfallezcamos en la tarea de anunciar y construir el Reino de Dios, aunque parezca que no damos fruto o nos rechacen y se nos opongan. Porque lo importante es no guardarse la proclamación de ese Reino, que no puede mantenerse oculto. El miedo, por tanto, no puede ser óbice para el actuar del discípulo de Jesús.
Ser discípulo de Jesús es ser libre. Y ser libre no es un juego. Implica asumir riesgos. Supone no dejar que otros, con su mando a distancia, me limiten, me coarten o esclavicen. Supone también luchar para que otros no me hagan un juguete de sus deseos y de sus pasiones. La libertad tiene un precio, que puede ser muy elevado.

Jesús nos dice que seguirle significa ser libre, como Él lo fue. Vivir buscando sólo la voluntad de Dios y llevándola a la práctica. También es una invitación a la confianza: “vosotros hasta los cabellos de la cabeza tenéis contados”. En las clases del Seminario nos comentaron que esta figura nos retrotrae a los tiempos en los que había muchos piojos en el mundo y los niños se los pasaban de unos a otros. Al llegar a casa, las madres comprobaban el estado higiénico de los cabellos, matando los “bichos” y peinando el pelo para retirar las liendres. Qué imagen tan bella; Dios, como una madre, contando los cabellos de nuestra cabeza. Qué preocupación por cada uno de nosotros…
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Se nos ha confiado la Palabra de Dios. No nos la guardemos. Es una responsabilidad. Para todos. Porque esto de que nos habla Jesús no vale sólo para los momentos críticos de la vida. Vale también en episodios menores, en los que uno se juega, por ejemplo, su propia imagen, porque lo que se lleva no es ser y declararse creyente. Sin arrogancia, sin agresividad (porque la Palabra de Dios no se impone, sino que se ofrece), estamos llamados a ser testigos suyos. Es pan para la multitud. No nos podemos guardar esa Palabra para nosotros solos, para nuestro consumo personal. Que el Señor nos conceda cruzar la frontera que separa el miedo de la libertad.

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El Reino de los Cielos está cerca

6/14/2026

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Por:  Alejandro Carbajo, C.M.F.
https://www.ciudadredonda.org

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Queridos hermanos, paz y bien.


Por fin un domingo “ordinario” en el Tiempo Ordinario. Después de la celebración de la Santísima Trinidad, y del Cuerpo y la Sangre de Cristo, hoy sí volvemos al Evangelio de Mateo, que escucharemos en este ciclo “A” de la liturgia.


Pero, como ya sabemos, ordinario no quiere decir aburrido. Para muestra, las lecturas de hoy. Exigentes con todos y cada uno de nosotros. Vayamos por partes.


Después de los cuarenta años del éxodo, cuando los judíos tomaron posesión de la tierra prometida, el heredero de Moisés, Josué, repartió el territorio entre los descendientes de Rubén, Gad, Aser, Zabulón, Neftalí, y demás. Es el comienzo del pueblo de Israel, en la Tierra Prometida. Ahora, con Jesús, asistimos al nacimiento de un nuevo pueblo. Jesús, el Maestro, declara que ha nacido otro pueblo, el de la Nueva Alianza.


Los textos evangélicos le dan mucha importancia a este llamamiento de los Apóstoles. Los seguidores de los rabinos elegían ellos mismos a sus maestros, y, cuando habían aprendido todo lo que éste podía enseñarles (sobre el Antiguo Testamento, sobre la vida y demás) iban a buscar a otro maestro. Eran discípulos itinerantes, sin permanencia.


En el caso de Jesús, la situación es diversa. Es Él el que elige, llamado a cada uno por su nombre. Y los llama para estuvieran con Él, vieran cómo Él hacía las cosas y después enviarlos a predicar que ya ha llegado el Reino de Dios. Eso se ve en la fuerza recibida para expulsar demonios, curar enfermos y hablar en lenguas diversas. Y el Señor les advierte: “Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis”. Sería entonces un trabajo comprometido, pero a la vez generoso.


Así pues, Jesús los llamó para que convivieran con Él. Lo van a acompañar a lo largo de los dos o tres años que durará su ministerio. Algunos, antes o más tarde, lo abandonan; pero la intención de Jesús es bien clara: quiere tenerlos junto a Sí, compartir la vida con ellos, introducirlos en el mismo círculo de relaciones que Él tenía: su vida de comunión con el Padre; sus actitudes ante las dificultades; su forma confiada de vivir, abandonándose en la providencia del Padre…


Jesús, desde el comienzo, deja claro que es el Maestro. Es el guía del grupo, y no somete a votación cada uno de los pasos que dan. Tiene también sus momentos de soledad; así, lo vemos retirarse a solas para orar ante el Padre, quizá para madurar las decisiones más importantes que tiene que tomar. Y se va a sentir abandonado por ellos en el trance final de su vida. Pero Él los ha aceptado a fondo, lleva una vida de estrecha relación con ellos, y quizá de acompañamiento personal de cada uno.


Es que lo suyo, lo que Él traía entre manos, era algo más que una empresa, de la que Él sería el director y los discípulos los empleados. En una empresa, las relaciones pueden ser superficiales, y no pasa nada. Jesús va por otro lado. Él pretende algo más que una empresa: una relación de comunión. Porque sabe que en la comunión con Él se ventila nada menos que la salvación misma de las personas y la del grupo. Por eso la relación no es meramente funcional, como en un mero equipo. Hay una unión espiritual, interpersonal, profunda.


Y Jesús no afrontó su misión en solitario. Si se rodeó de este grupo no era porque tuviera necesidad de admiradores que fueran jaleándolo; no necesitaba ningún coro de fans que se hiciera lenguas de su mensaje y de sus acciones. No le interesaban los servicios de una agencia de publicidad. Estaban junto a Él para algo más que para ser espectadores y admiradores. Quería que fueran colaboradores directos; los quería implicar en la misma misión en que Él estaba comprometido. Por eso los hace partícipes de los mismos poderes que Él tiene: curar a los enfermos, arrojar demonios. Eran, como Él y en pos de Él, servidores de la vida. Y para esta misión los equipa adecuadamente.


Esto nos lleva a reflexionar también un poco sobre nuestro presente. Jesús nos invita a vivir una relación de comunión con Él. Hemos sido amados por Él con un amor incondicional. Lo decía gráficamente el apóstol Pablo: Dios, en Jesús, nos amó y nos reconcilió consigo cuando éramos enemigos. El amor de Dios tiene esa profundidad: ha sido un amor a pesar de. (Y digámoslo entre paréntesis y sin detenernos mayormente en ello: la contemplación de esta calidad del amor de Dios ha de ser para nosotros también una invitación: una invitación a amar así, como Él, a amar a pesar de. A pesar del trato indiferente o agresivo que recibo, a pesar de que no responden a mis expectativas legítimas, a pesar de que no me entiendan, o de que me rechacen…


Por otro lado, Jesús nos urge a colaborar con Él, desde los dones que cada uno tenemos. Es verdad que Él está presente en cada conciencia humana, y toca cada corazón humano. Hay semillas de Dios en cada corazón. Pero también es verdad que necesita unos mediadores, unas personas que anuncien su evangelio, que hagan presente su salvación.


No hay en ninguno de los llamados, según aparece en las tres lecturas, mérito propio previo a la llamada. Todo es acción de la libre iniciativa divina. Todo es regalo de Dios. Esa elección se prolonga en nosotros, bautizados, Nuevo Pueblo llamado a compartir los mismos sentimientos frente a la multitud.


El designio salvador de Dios, gratuito en su origen, debe por tanto ser conservado en el ámbito de la gratuidad. Vivimos en una sociedad en la que todo cuesta. Todo tiene un precio, y nadie regala nada. Frente a esta sociedad, quizá a través de la gratuidad podemos ser significativos. La dinámica del Reino va por otro lado. Esta dinámica propone una escala de valores distinta, alternativa a la sociedad que, en su egoísmo, los seres humanos hemos construido.
​


Tu nombre, el tuyo propio, ha sido pronunciado por Jesús en algún momento de tu vida. Por amor. En el juego de la vida, en la partida para la construcción del Reino, te toca a ti mover pieza. Ya sabes las reglas, ama sin esperar nada a cambio. Y si das amor, recibirás amor. En comunión con Cristo, configurado con Él, enviado por Él. Pruébalo y verás. Amén.
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Comentario al Evangelio del 7 de junio de 2026 - Corpus Christi

6/7/2026

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Por:  Alejandro Carbajo, C.M.F.
https://www.ciudadredonda.org

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Queridos hermanos, paz y bien.

El tiempo ordinario en la liturgia no es un tiempo aburrido. Para muestra, un botón. Hoy celebramos la Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo. El mayor regalo que el Señor nos dejó, para que no pasáramos hambre en nuestro camino terrenal.

Gracias a la liturgia traemos a nuestra memoria cosas importantes. Hacemos como el pueblo de Israel en la primera lectura: “recordar” (así empieza la lectura) y “no olvidar” (así termina). Puestos a recordar, podemos recordar momentos importantes de nuestra vida. podemos recordar nuestra primera Comunión, la primera vez que recibimos “el Cuerpo de Cristo”, que hoy celebramos. Podemos recordar muchas más cosas: otros sacramentos que hayamos recibido (el del matrimonio, por ejemplo, o la Confirmación); momentos de nuestra vida donde nos hemos “encomendado” a Dios, por una u otra razón, y que nos han marcado; momentos vividos en familia, con los amigos… Volvemos a pasar por el corazón tantas cosas en las que hemos descubierto a Dios cerca de nosotros y le damos gracias por todo ello. “No sea que te olvides del Señor tu Dios que” ha hecho muchas cosas por ti y por mí. Hoy y siempre, la Eucaristía tiene un profundo sentido de acción de gracias por descubrir la cercanía de Dios en nuestras vidas.

Pero además de recordar, podemos hacer más cosas. Podemos mirarnos los unos a los otros, los que estamos aquí, sentados juntos, alrededor de la mesa del altar. Dice San Pablo que el pan y el vino que compartimos nos une a todos, porque “aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan”. ¿Se puede decir de nosotros que formamos “un solo cuerpo”, que hay unidad entre nosotros? ¿O pesan más nuestras divisiones, nuestras exclusiones y nuestros favoritismos? Es más, ¿se puede decir que ese pan que comemos todos crea en nosotros una unidad de vida con Aquél a quien recibimos? ¿O simplemente estamos “cumpliendo” y ya está? ¿Tiene que ver algo nuestra vida de lunes a sábado con lo que aquí celebramos el domingo? Porque no se puede ser creyente sólo de doce a una los domingos.

Por tanto, una segunda cosa importante hoy será sentirnos llamados a vivir esa unidad y esa fraternidad que Jesús nos propone cuando parte el pan, que es su Cuerpo, y reparte el Vino, que es su sangre. Pero no sólo aquí y ahora, que miramos al que está a nuestro lado y debemos reconocer a un hermano, sino también allá donde desarrollamos nuestra vida de cada día, donde se nos presenta el reto de vivir esa unidad y esa fraternidad con las personas con las que convivimos diariamente.

Finalmente, en el Evangelio vemos las reacciones de un grupo de gente que quieren hacer rey a Jesús porque les ha dado de comer (después de hacer el milagro de los panes y los peces). Jesús les revela el verdadero sentido de ese milagro que ha hecho entre ellos, no para que lo hagan rey, sino porque Él es algo más que un rey o un político bueno que alimenta a su pueblo, Él es el Mesías, “el Pan Vivo que ha bajado del cielo”, es más, “el que come de este Pan vivirá para siempre”.

Para comprender este misterio, hay que comenzar por preguntarse: ¿De qué tengo yo hambre? Tenemos siempre tantas cosas que hacer. Incluso en vacaciones. Siempre con prisa de un sitio para otro. Conjugamos el verbo “tener que” docenas de veces al día. Y vamos a muchas partes, y hablamos con mucha gente, y… ¿Cuántas de las cosas y cuáles nos llenan realmente? Estamos en un mundo lleno de comodidades y avances tecnológicos, donde todo debiera ser más fácil, y el hombre más feliz. Y sin embargo… El hombre se siente más solo que nunca. Incluso en la familia y con los amigos nos guardamos eso que es más nuestro, porque no siempre nos atrevemos a compartirlo: ilusiones y temores, alegrías, esperanzas, sentimientos, penas, necesidades profundas… Todo eso se queda encerrado en lo más hondo de nosotros.

Puede que sintamos la necesidad de vivir una vida que valga la pena, que nos llene, pero no tenemos tiempo de preguntarnos cómo; y, además, ante el esfuerzo y sacrificio que supondría, lo sustituimos por sucedáneos. Nos conformamos con una felicidad “light”, que ni es felicidad ni es nada. Sentimos hambre de encuentros en profundidad; de querer con limpieza; de poder ser transparentes con los amigos; de mostrarnos tal como somos; de paz interior, de tranquilidad familiar; de solidaridad, de… Todas esas cosas que son las que Jesús llamó Vida Eterna.

El pan de Jesús es el que nos da esa Vida Eterna. Este pan que comulgamos nos hace capaces de reproducir ese milagro de los panes y los peces que hizo Jesús. Porque este pan produce en nosotros el milagro del compartir. La comunión del cuerpo de Cristo supone comunión de vida con Jesús, entrar en su seguimiento, participar de su vida, de su opción por los más pobres, de su proyecto de fraternidad para todas las personas, supone vivir en unidad, igual que el cuerpo es uno, aunque tenga muchos miembros. Y para que esto no se nos olvide, la Iglesia nos habla de la necesidad de compartir los bienes con los más necesitados. Nadie que comulgue este pan sinceramente, puede permitir que un hermano suyo pase hambre, o no tenga lo necesario para vivir. Nadie que reciba el cuerpo de Cristo puede quedarse impasible, insensible, indiferente ante la pobreza y el sufrimiento de tantos hermanos nuestros. Eso no es cristiano.

Que esta fiesta del Corpus Christi abra nuestros corazones a la generosidad más grande; que nada nos sea indiferente; que nadie nos resulte extraño; que sepamos reconocernos y ayudarnos como hermanos; que hagamos de la vida un lugar agradable para todas las personas, que hagamos “caritas” (amor) con todos ellos, como Dios quiere. Que sepamos recordar todo lo bueno que Dios hace por nosotros, reconocer a cada persona como un hermano nuestro y compartir con ellos todos lo que tenemos.

Porque éste es el proyecto del Padre. Comer a Jesús que es pan es hacerse uno con Él, dejar que su vida corra por nuestras venas; dejarle que ore en nosotros; amar y consolar con nuestro corazón y nuestras manos; ir por los mismos caminos por donde a Él le gustaba meterse; mirar con sus ojos limpios a los hombres; experimentar con Él que las cosas no dan la felicidad y que los pobres y despojados por amor estarán más cerca de Dios y de los hombres.
​

Esto es comulgar. Ofrecernos a Él. Pero contar también con su ayuda, porque sin Mí no podéis hacer nada. Y es también una garantía de felicidad presente y futura: Todo el que tiene fe, tiene (no tendrá) vida eterna y yo lo resucitaré en el último día. Acerquémonos, pues, hasta su mesa, ofrezcámosle nuestras personas y recibamos el regalo de felicidad y vida eterna que nos tiene reservado. Vale la pena el esfuerzo.
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