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Quien no carga con su cruz y viene en pos de mí, no puede ser discípulo mío.

9/7/2025

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Alejandro Carbajo, C.M.F.
https://www.ciudadredonda.org

Queridos hermanos, paz y bien.
La semana pasada encontrábamos al Señor comiendo con uno de los jefes de los fariseos, invitándonos a no ocupar los primeros puestos y a actuar por pura gratuidad, sin esperar recompensa por nuestras obras. Vivir en todo momento y sólo para ver feliz a los que necesitan de tu ayuda y de tu servicio.

Hoy nos acompaña en la primera lectura la gran figura de Salomón, uno de los mejores reyes de la historia de Israel. Cuando se enfrenta con la difícil tarea de gobernar al pueblo, tiene la humildad suficiente para reconocer que es un hombre, como cualquier otro, y que tiene sus limitaciones. Sabe darse cuenta de que se puede equivocar en sus razonamientos y que las motivaciones, a la hora de tomar cualquier decisión, no siempre son claras y limpias. Y es consciente de que no puede hacer lo que le da la gana porque cree en Dios. Esto significa, por encima de todo, contar con Él en cada una de las decisiones que tenga que ir tomando. O lo que es lo mismo: preguntarse continuamente cuál será la voluntad de Dios para él.

A buen seguro, el hombre se siente débil y frágil para llevar a cabo los planes de Dios. ¿Cómo puedo conocer y realizar el deseo de Dios? «¿Quién hará tu designio si Tú no le dieras la sabiduría y tu santo espíritu desde los cielos?», dice el libro de la Sabiduría. Sin embargo, el hombre creyente sabe que Dios le asistirá, también esta vez, con su gracia. El hombre sabe que Dios le ha iluminado y guiado siempre con su sabiduría. Dios también nos puede asistir hoy. Por eso pedimos continuamente a Dios el don de la sabiduría: «envíala de los cielos». Sabemos que esta oración es eficaz. La respuesta de Dios es segura: es la Encarnación, el descenso del Verbo al seno de la Virgen María. La Sabiduría se encarnó en la persona de Jesús, un rostro humano. Entró en nuestra historia, invitándonos a renunciar a todo para llegar a la plena unidad con Dios. Jesús es la Sabiduría dulce y luminosa que nos ha sido entregada desde lo alto.

En la segunda lectura nos encontramos a un Pablo anciano, en arresto domiciliario, ayudado por un esclavo que se ha fugado de casa de su amo. A Pablo le viene estupendamente, han sintonizado bien y le ha llegado a tomar cariño, a quien llama «hijo de mis entrañas». Pero Pablo se plantea delante de Dios qué es lo que tiene que hacer con aquel esclavo, qué es lo mejor para él y para su amo. Discierne, ora, y toma una decisión difícil, que le cuesta: desprenderse de él, devolverlo a casa y pedir a su dueño que lo trate de otra manera (algo totalmente atípico en aquella época, por cierto).

Pablo deja que sea Filemón quien decida retenerle o enviarle de nuevo a Pablo. De este modo, Pablo no solo libera a Onésimo de la esclavitud, sino que pide además a Filemón algo mucho más costoso, le invita a un cambio todavía más profundo: que reciba a Onésimo no ya como esclavo, sino «como un hermano muy querido» al que debe amar ante el Señor. En efecto, mediante el amor de Pablo, Onésimo se ha vuelto para Filemón un hombre como él, auténticamente vivo, en posesión de un tesoro que no perecerá nun­ca. Se trata de que vuelva a tener a Onésimo no ya para un simple beneficio temporal, para un «momento», sino «precisamente para que ahora lo recuperes de forma definitiva».

Vemos, pues, a dos grandes personajes que se preguntan continuamente por la voluntad de Dios, que procuran meter los criterios de su fe en lo que deciden y hacen cada día.

Los cristianos rezamos con frecuencia el Padrenuestro, y decimos allí aquello de «hágase tu voluntad». Y admiramos a María de Nazaret, que fue capaz, después de escuchar la Palabra de Dios, de decir aquello de «hágase en mí según tu Palabra». En nuestra época, es posible que tengamos que reconocer que nos preguntamos bien poco por la «voluntad de Dios» sobre nosotros. Y menos todavía la aplicamos sin condiciones.

Hay demasiados hermanos nuestros que creen que ser cristiano es solamente «ser buena persona». Es fácil escuchar quienes dicen: «mira, yo ni robo ni mato ni engaño a mi pareja, ¿para qué confesarse?». Están convencidos de que con no hacer cosas malas y ayudar un poco a los demás ya es bastante. Hay que decir que ser «buenas personas» es algo que se le puede pedir a cualquiera, y que no hace falta ser ni cristiano, ni siquiera creer en Dios, para ser «decentes». Incluso más: el Evangelio no dice en ninguna parte que haya que ser cristianos para «ir al cielo».

Fijaos que el Evangelio de hoy nos decía que «mucha gente acompañaba a Jesús», Y Jesús, que nunca ha buscado las grandes masas, los números, la cantidad de seguidores, se vuelve y les dice tres exigencias bien duras, que ya conocemos, sobre la familia, la cruz y los bienes. Las parábolas del evangelio de hoy nos enseñan, en electo, que la sabiduría del cristiano consiste en ir a Jesús «renuncian­do a todo lo que tiene», como sugiere Lucas: «Si alguno quiere venir conmigo y no está dispuesto a renunciar a su padre y a su madre, a su mujer y a sus lujos, hermanos y hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío». Esto es lo que se exige para seguir a Jesús.

Jesús exige para Él, por ser el Hijo de Dios, «todo el corazón, todas las fuerzas». Nada puede oponerse a este amor. Jesús quiere ser amado como el único amor, como la única riqueza y el único provecto que llena el corazón. Quien no «renuncia a todo lo que tiene» no puede pretender ser discípulo suyo. Está incluido aquí lodo lo que podamos poseer: no sólo los bienes mate­riales, sino también las relaciones con otras personas, como los parientes más próximos. En el fondo, la sabiduría cristiana esta toda aquí: desvincularnos de todo lo que nos aleja o nos separa de Dios, para llegar a vivir nuestra vocación de discípulos.


Debemos preguntarnos si estamos dispuestos verda­deramente a abandonar todo y a esperar, con buen ánimo, toda la fuerza únicamente de Dios, dejando que sea él quien disponga de toda nuestra vida. Abandonar no significa huir a un desierto, sino, simplemente, soltar los dedos que están apegados a cualquier cosa que considero una «pertenencia», para ofrecerle todo al Señor. Por eso, los textos de este domingo nos ponen frente a un mis­mo tema: el abandono en Dios. Con frecuencia nos pre­guntamos: ¿quién puede conocer la voluntad de Dios? O bien: ¿cómo podemos saber lo que Dios quiere de noso­tros? Las lecturas de hoy nos dicen que sólo podemos conocer las intenciones de Dios si poseemos la sabiduría. Ahora bien, para poseer la sabiduría es preciso renunciar a lodo para seguir a Jesús. La sabiduría que el Señor nos enseña es seguir a Jesús. Nada más. Es preciso liberarnos, despojarnos, renunciar a todo lo que creíamos poseer, vender todo lo que tenemos, no llevar dinero con nosotros, no disponer ni siquiera de una piedra en la que reposar la cabeza, no encerrarnos en los vínculos familiares.

La garantía del discípulo consiste en ir a Jesús sin te­ner nada. La verdadera sabiduría consiste en no llevar ningún peso que nos impida la marcha tras Jesús. Dicho de manera positiva, se trata de llevar un único peso: la cruz de Jesús. Y el peso de la cruz es el peso de su amor. No se trata de hacer cálculos, de contar el número de pie­dras necesarias para construir la casa o el número de per­sonas necesarias para la batalla. No es esa la intención del Señor. Ser discípulo significa preferir únicamente y siempre al Señor, o sea, elegirle de nuevo cada día y ofrecerle toda nuestra vida. El don de la sabiduría, que es algo que he­mos de pedir constantemente al Señor, nos permite dar­nos por completo, con libertad y de una manera trans­parente a este amor. Quien ha sido vencido por este amor ya no tiene miedo de nada por parte de Dios. El amor vence todo temor. Ya nada nos podrá asustar.
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