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Comentario al Evangelio del domingo 30 noviembre 2025

11/30/2025

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Alejandro Carbajo, C.M.F.
https://www.ciudadredonda.org

Queridos hermanos, paz y bien.

Como sabéis, hoy comenzamos el nuevo año litúrgico, distinto del año civil, o del curso escolar y del calendario laboral. El año litúrgico comprende también doce meses, pero no está dividido en cuatro estaciones, sino en tiempos de distinta duración. Es que en el año litúrgico no manda el clima, ni se divide según los solsticios y los equinoccios. En el año litúrgico cristiano manda la historia de las relaciones de Dios con nosotros; por tanto, manda la historia de Jesús, pues en Jesús Dios ha entablado con nosotros una Alianza Nueva. El centro del año litúrgico lo ocupa la Pascua de Resurrección del Señor o, si queréis, el Triduo Pascual que abarca del Jueves Santo al Domingo de Resurrección; le sigue el tiempo pascual, que dura siete semanas y lo precede el tiempo de Cuaresma, que dura seis semanas. Y hay otros dos tiempos especiales: el Adviento, con cuatro semanas de duración y la Navidad, con dos semanas más o menos alargadas. Después de Navidad y después de Pascua vivimos el tiempo ordinario.

En el tiempo de Adviento nuestra liturgia romana celebra la doble venida de Nuestro Señor Jesucristo. Por un lado, estas semanas preparan para la fiesta del nacimiento de aquel que, con su primera venida entre los hombres, cumplió las antiguas promesas y abrió el camino de la salvación y con ello participan en la memoria de la aparición reveladora y salvadora del Señor. Por otra parte, no nos detenemos sólo en el primer descenso, sino que esperamos el segundo.  (San Cirilo de Jerusalén). El recuerdo de la venida del Señor en humildad despierta y fortalece la alegre y confiada espera del retorno de Cristo «en la majestad de su gloria».

El libro de Isaías nos habla de un nuevo orden mundial en el que «de las espadas forjarán arados, de las lanzas podaderas». ¿Pero cuándo sucederá esto? Vemos el mundo en que nos ha tocado vivir, y podemos pensar que no cambia nada. A veces nos cansamos de esperar, nos derriba la impaciencia. Jesús nos pide en este domingo que estemos preparados en vela, para «el día del Señor». No se trata de la destrucción; el día del Señor significará la inauguración de los tiempos nuevos, tiempos mesiánicos en el que reinará «la paz», el don de todos los dones, como nos recuerda el salmo 121.

Hoy la Palabra nos alerta para que nos demos cuenta de que Jesús, el Hijo del Hombre, viene a liberarnos de todas nuestras esclavitudes e incertidumbres. Él es nuestra justicia y nuestra salvación. San Pablo en la Carta a los Romanos nos dice que la salvación está cerca. El juicio es para la salvación, no para la condenación. Pero tenemos que espabilarnos y conducirnos como en pleno día, con dignidad. Debemos despojarnos de las obras de las tinieblas: comilonas, borracheras, lujuria, desenfreno, pendencias, riñas… Podemos añadir otras cosas de nuestro tiempo que nos alejan de la luz. San Agustín comenzó a llorar cuando leyó este texto y decidió dar un cambio radical a su vida, revistiéndose de Cristo. También nosotros podemos pensar en qué podemos mejorar.

El Evangelio os habrá resultado bastante extraño. Es como cuando percibimos frases sueltas de una conversación que están teniendo otros y que llega hasta nuestros oídos como a oleadas: ahora se oye, luego no se oye nada, de nuevo se vuelve a captar alguna palabra. Parecen cabos sueltos. Pero hay cosas bien claras. Por ejemplo, lo que se nos dice de lo que sucedió en tiempos de Noé: la gente comía, bebía, se casaba. De una forma plástica nos presenta Jesús una situación en que la vida de la gente se desenvolvía en las ocupaciones y acontecimientos normales de la vida ordinaria: comer, beber, casarse. Pero de repente vino la catástrofe que no se esperaban.

Podemos recoger una lección para nuestra vida. No se nos pide que abandonemos las ocupaciones de esos calendarios a que hacíamos referencia al principio: el calendario laboral, el calendario escolar, el calendario de nuestras relaciones y compromisos con los demás, donde entran también las fiestas y las bodas. Pero algo puede cambiar. Concretamente, podemos sentir la llamada a dar hondura a nuestra vida. Aprendamos a vivir las cosas desde Dios y hacia Dios; que todas nuestras acciones procedan de Él como su fuente y tiendan siempre a Él como a su fin.

Jesús muestra lo importante que es no apegarse a las cosas de este mundo. Nos preparamos para la segunda venida de Cristo. Eso nos obliga a vivir atentos. Porque no sabemos ni el día ni la hora. Y, en ese tiempo de espera, hay muchas dificultades que acechan al pueblo de Dios. Problemas ha habido siempre. Y los habrá. Lo importante es estar preparados para reaccionar como Dios quiere. ¿Cuándo llegará ese momento para nosotros? No lo sabemos. Puede ser nuestra propia muerte, o puede ser un momento decisivo en el que se resuelva algo importante. Puede encontrarnos «en el campo» o «moliendo». Y lo más importante aquí no es dónde nos encontremos, sino lo que hay en nuestro corazón, cómo vivimos a la espera de ese momento.

No hay que prepararse para ese momento determinado como si fuera un «examen». Jesús nos llama a vivir de tal manera que estemos preparados para el encuentro en todo momento. El hombre no ve la diferencia entre dos trabajadores en un mismo campo. Pero Dios mira profundamente en el corazón y nos ve tal como somos. ¿En qué pensaremos en el momento más importante, en el momento de la elección, de la catástrofe, de la muerte? ¿En las cosas olvidadas en casa? ¿En la opinión de la gente? Quizás también en eso. Aunque si no tenemos lo principal, lo que lo supera todo, si no tenemos el amor que determina nuestra elección, ninguna cosa nos salvará del vacío interior. Ante Dios nos presentaremos tal y como seamos en ese momento.

¿Soy capaz de encontrar a Dios en lo cotidiano? ¿No lo estoy sustituyendo por mis ídolos: el éxito, la comodidad o cualquier otra cosa? ¿Qué es lo más importante para mí, en qué vivo? Intentemos hablar hoy de ello con Él.
Me parece que tenemos por delante una hermosa tarea durante estas cuatro semanas: preparar nuestro interior como si fuera una cuna que va a recibir a Aquél que nos da la vida. El tren de la esperanza va a pasar por delante de nosotros, no lo perdamos, subamos a él y valoremos todo lo bueno que vamos encontrando en nuestro camino. Seamos también nosotros portadores de esperanza, esperanzados y esperanzadores. Así podemos conseguir que todos los que viajamos en el mismo tren de la vida podamos construir la nueva humanidad que viaja hacia la Jerusalén celestial. Seamos profetas de la esperanza, no del desaliento. El mundo está cansado de agoreros y necesitamos hombres colmados de esperanza.


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Comentario al Evangelio de hoy 23 noviembre de 2025

11/23/2025

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Alejandro Carbajo, C.M.F.
https://www.ciudadredonda.org

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Queridos hermanos, paz y bien.

Los cristianos somos, a veces, un poco raros. Vivimos en el mundo, pero un poco a nuestro aire. Se nos acaba el año (litúrgico) y, con toda tranquilidad, podremos decir “Feliz Año nuevo litúrgico” la semana que viene. Cosas de la fe.

Éste es el último domingo del tiempo ordinario. Dentro de una semana, comenzamos el Adviento. Esta fiesta fue instituida por el Papa Pío XI en tiempos especiales: cuando en Europa se estaba produciendo el auge de los totalitaris¬mos, en 1925. Se celebraba el domingo anterior a la solemnidad de Todos los Santos. En la mente y en la intención de Pío XI se podía entrever un último sueño de Cristiandad. Por eso, en la encíclica Quas primas (11 de diciembre de 1925) se decía que, ante el avance del ateísmo y de la secularización de la sociedad, todos los hombres deberían reconocer la soberana autoridad de Cristo.

En la oración se rezaba para que todos los pueblos, disgregados por la herida del pecado, se sometieran al suavísimo imperio del Reino de Cristo. Quería el Papa que todos los pueblos reconocieran a Cristo como Rey y le prestaran la obediencia que, tal como entonces se entendía, se debía prestar al rey de cualquier país o nación. El Papa, con la mejor de las intenciones y con no poco optimismo, abogaba por gobiernos confesionales y católicos, en los que la autoridad de Cristo y del Evangelio no fuera discutida.

En 1970, el Papa san Pablo VI cambió el título de la fiesta, que comenzó a llamarse fiesta de Jesucristo, Rey del universo y se debía celebrar el último domingo del año litúrgico. Se cambió parte de la oración, en que ahora se dice: que toda la creación, liberada de la esclavitud del pecado, sirva a tu majestad y te glorifique sin fin.

Ahora, en 2025, nuestros reyes no tienen la autoridad y el poder que tenían hace un siglo y la mayor parte de los reyes reinan, pero no gobiernan. Hoy, en esta fiesta, los cristianos queremos, y así se lo pedimos a Dios, que Cristo reine en el universo, es decir, en los corazones y en las vidas de todas las personas, sin olvidar que somos nosotros, las personas, las que debemos gobernar este mundo social y político en el que nos ha tocado vivir. Creemos que esta es la voluntad de Cristo, nuestro modelo, que no quiso hacer de este mundo su reino. En este sentido, le pedimos todos los días a Dios, en el Padrenuestro, que venga a nosotros su reino.

De un rey nos habla la primera lectura. David, el menor de sus hermanos, es ungido como rey de Israel en Hebrón. Tiene que continuar o mejorar las obras de Saúl, convirtiéndose en el pastor de su pueblo. ¿Cómo es que esta pequeña historia se convierte en la primera lectura de la fiesta de Cristo Rey? Será porque Jesús es la respuesta de Dios a las oraciones y a las expectativas de su pueblo. Él es el Mesías, el Rey que “dominará de mar a mar, del río al confín de la tierra” (Sal 72,8). Si esto es así, ¿por qué entonces los israelitas no lo escucharon? ¿Por qué los ancianos del pueblo quisieron que fuera crucificado en vez de ungirlo como rey, tal como hicieron sus antepasados con David en Hebrón? El Evangelio nos dirá la razón. Es que el Reino no sólo hay que desearlo, sino que también hay que aceptarlo y trabajar por él.

Sabemos que reyes ha habido muchos a lo largo de la historia. Y la mayoría quisieron gobernar sobre bases erróneas. No puede subsistir mucho tiempo una sociedad humana construida sobre la mentira, la violencia, la fuerza bruta, la falta de respeto a los derechos de las personas, y en especial a los derechos de los más débiles, la destruc¬ción de los disidentes, la desconfianza sistemática, la delación. Por mucho que la maquillemos con los medios de propaganda, es una sociedad mortalmente enferma. La antigua Unión Soviética, o muchas dictaduras de América Latina son buena prueba de ello. Hemos descubierto cómo los grandes estados de rostro inhumano eran en realidad monstruos con pies de barro.

Frente a esto, se nos presenta la vida de Jesús; un hombre insignificante a los ojos de la “carne” sin ningún otro poder que el poder de convicción de su palabra: ni poder económico, ni fuerzas armadas, sin fasto de ningún tipo. Un Rey atípico. Nació en un pesebre, no en un palacio; trabajó para ganarse el pan. Ejercía sólo una autoridad con rostro humano. No se basaba en la fuerza, sino en el “enamoramiento”, en el dejarse encontrar por todos. Zaqueo, la mujer samaritana, Mateo, María Magdalena… Muchos fueron convencidos por el ejemplo y el testimonio de Cristo. Un rey muy especial.

A ese Rey, los jefes del pueblo lo tientan con la tercera de las argumentaciones de Satanás, recordándole que es el protegido de Dios. Los soldados, por su parte, recuerdan el valor político del título de Mesías: un rey dispone de poder (como le dijo el demonio a Jesús en el desierto). Pero el Reino de Jesús no es de este mundo, como le replicó Cristo a Poncio Pilato. El malhechor colgado en la cruz representa la tentación más fuerte, porque está sufriendo en la cruz junto a Jesús. Es la más diabólica de las pruebas: ¿No eres Tú el Mesías? Hace falta estar muy arraigado en Dios Padre para no rendirse, para aceptar la voluntad de ese Padre Bueno.

En medio de la prueba, hay también un punto para la esperanza. En el mismo Calvario, se inaugura el Reino de Dios: al buen ladrón Jesús le dice que hoy compartirá la plena felicidad con Él. El que en el mundo no encontró la paz, la halló al final de sus días, hasta poder descansar con Cristo en el Paraíso.
​
De cada de uno de nosotros depende decidir. ¿Quieres ser parte de una historia llena de esperanza? Está terminando el año litúrgico. Revisa tu vida, y prepárate para que el Adviento, que está llamando a las puertas, no te sorprenda desprevenido. Puedes ser amigo de un Rey que no inspira miedo, sino dulzura; que no busca castigarte, sino hacerte feliz; que no limita tu libertad, sino que la desarrolla hasta el máximo… Un Rey distinto, que te invita a ser de los suyos. Él te espera. ¿Vas a ser como los jefes, como los soldados, como el ladrón que grita contra Jesús, o como el buen ladrón? Tú decides.
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Comentario al Evangelio del hoy domingo 16 nov. 2025

11/16/2025

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Alejandro Carbajo, C.M.F.
https://www.ciudadredonda.org

​Queridos hermanos, paz y bien.

Estamos cerca del final del año litúrgico, y en las lecturas se va notando ese aspecto escatológico, de final de los tiempos. Para que, antes de la celebración de Jesucristo, Rey del universo, la Liturgia nos vaya poniendo en ambiente, de modo que lo que tenga que venir no nos pille desprevenidos, que luego todo son prisas, y las prisas son malas consejeras.

En otros tiempos no muy lejanos estos temas del fin del mundo, del Juicio Final, de la  cosecha, de fuegos y hornos, de separar, de castigo y premio estaban muy presentes en las predicaciones, y se utilizaban relatos como los de hoy para amenazar, meter miedo y lanzar condenas contra esto y lo otor y lo de más allá. Tal vez hoy nos hemos ido al otro lado del péndulo, y este tema se silencia totalmente. Entre las creencias de muchos cristianos han dejado de estar presentes palabras como Juicio Final, condena, salvación, infierno y hasta la resurrección de los muertos, que en algunos casos ha sido substituida por cosas tan exóticas y ajenas a nuestra fe como la reencarnación, la trasmigración de las almas, la liberación del espíritu o la “fusión con la energía natural”.

También hay que decir que no faltan algunos grupos, sectas, que andan asustando al personal, por lo general poco formado en cuestiones bíblicas y de fe, con “el fin del mundo”, que está ahí, como decían algunos en torno al año 2000, y ven por todas partes signos de ese final. Vamos a dar algunas claves para situar este importante tema en su justo lugar. Nos ayudan las lecturas de este domingo.

Y es que, cuando menos nos lo esperemos, llegará el día del Señor, del que nos habla la primera lectura. Y entonces habrá que demostrar que somos de los perseverantes. Es decir, de los constantes, de los tenaces, de los firmes, de los insistentes… Y eso no se logra de un día para otro. Hay que entrenar, como los deportistas que quieren llegar a la cima, con mucha intensidad cada jornada.

Los israelitas del tiempo del profeta Malaquías se cuestionaban qué sentido tenían sus buenas acciones, de qué valía cumplir los mandamientos de Dios, cuando veían que a los malvados les va muy bien en este mundo, y a los justos, a los buenos les rodean los sufrimientos y las dificultades y con frecuencia el fracaso más absoluto. Y, a no ser que uno esté ciego, esta pregunta todos nos la hemos formulado alguna vez, porque el mal está bien presente en nuestro mundo. El profeta empieza por asegurar que Dios es fiel y nunca abandona al que le teme y sirve, y afirma que habrá un día, el Día de Yahveh, el día del Juicio, de colocar a cada uno en su sitio, de hacer el balance de la vida de cada cual, de hacer justicia a quienes han sido objeto de injusticias… Y esto no cuestiona para nada la afirmación de que “Dios es bueno”, que perdona siempre, que quiere salvar a todos…

Porque junto a esta afirmación hay que colocar otra: el hombre ha sido creado con libertad, y en ella está incluida la posibilidad de la autodestrucción, de la opción por el mal, de la traición a los hermanos, etc. Ante la que Dios no puede hacer absolutamente nada más que sufrirlo. En un mundo agrícola como el de aquel tiempo, fue lógico echar mano de imágenes del campo para explicar este hecho: la recolección, donde se aparta el grano de la paja, para quemar ésta y guardar aquélla. Tal vez hoy se habría hablado de arrojar a los contenedores para ser “reciclados”.

La imagen es sólo una imagen. Pero este hecho del Juicio no se vivía con temor por parte del pueblo fiel: no era una amenaza para ellos, sino un acontecimiento que les llenaba de esperanza y de fuerza para su vivir de aquí. Ellos serían rodeados de luz, les envolvería la paz, disfrutarían del Banquete del Reino, verían a Dios cara a cara, etc.

En tiempos de Jesús se produjo el convencimiento de que ese día ocurriría inmediatamente. Y esperaban una intervención espectacular de Dios, que algunos aprovechaban para hacer objeto de sus predicaciones y de sus intereses personales (económicos y de todo tipo: como también hoy). Y Jesús aclara unas cuantas cosas que nos vienen muy bien.

Porque cuando se acerca el final la lucha es más encarnizada, la tentación más seductora y fuerte, el peligro acecha por todas partes. Jesús previene a sus discípulos, cuando -al parecer- estaban encantados por la belleza del Templo. Interrumpe Jesús la contemplación gozosa de los suyos y les previene. Jesús aclara unas cuantas cosas que nos vienen muy bien:
  • – Que vendrán muchos “en nombre de Dios” diciendo que son Dios, que vienen de su parte, amenazando con que ese día Este cerca. Pues no les hagáis el menor caso. Ni apariciones de vírgenes, ni iluminados, ni videntes, ni Testigos de Jehová ni nada.
  • – Cuando veáis (y las vemos) guerras y revoluciones, terremotos, epidemias y hambre, espantos y grandes signos en el cielo… no tengáis pánico. Eso son cosas propias de nuestro mundo, y más: serán la ocasión de que deis testimonio.
  • – Y llevando la atención de sus oyentes en otra dirección, les avisa: A vosotros, a mis discípulos, a los que os tomáis en serio mi mensaje, os echarán mano, os perseguirán, os entregarán a los tribunales y a la cárcel y os harán comparecer ante reyes y gobernadores por ser de los míos. Y os traicionarán vuestros propios familiares, y matarán a algunos de vosotros, y os odiarán por mi nombre.


Esto último sí que nos tiene que preocupar. Es señal de que estamos en buen camino. Jesús no pone paños calientes a su mensaje, ni disimula su radicalidad. Bien clarito lo dice: ser de los míos os tiene que suponer dificultades. Y la invitación es a ser testigos, a demostrar en dónde tenemos puesta nuestra confianza, por qué valores y estilo de vida hemos optado…

Y aquí llega San Pablo con la segunda lectura: “Me he enterado de que algunos viven sin trabajar, muy ocupados en no hacer nada”. El Apóstol de los gentiles nos recomienda “trabajar tranquilos y con laboriosidad”, sin dejarnos distraer por quienes distraen a la comunidad con predicciones de sucesos fatales.

Lo de no hacer nada se puede referir también a nosotros. Por ejemplo, cuando vemos a nuestro lado hambres y guerras, gente que vive sola, niños sin familias, jóvenes metidos entre drogas y alcohol, manipuladores y vulgaridad, cuando percibimos que tantos hombres hoy no conocen ni experimentan a Dios, cuando el consumo/individualismo/comodidad se han convertido en los nuevos dioses, cuando falta poner tanto corazón y comprensión a nuestro lado, ¿tú qué haces?

Dicho de otra manera: ¿Te has visto ya en dificultades por ser de los de Jesús? ¿Te has tomado en serio las Bienaventuran­zas? ¿Te has buscado problemas con los de tu propia familia por ir contracorriente? ¿Te has encontrado dificultades en tu trabajo por hacer las cosas “como Dios manda”? ¿O tal vez eres de los que andan “muy ocupados” en no hacer nada? ¿Nada? ¿Nada que merezca la pena, nada que cuente en el Banco Interplanetario Celestial donde estamos llamados a tener un tesoro en palabras del mismo Jesús?

Hablamos de la Buena Nueva. Sin embargo, la parte del mensaje que escuchamos hoy en día a menudo suena más como malas noticias: terremotos, hambrunas, guerras y destrucción. Aun así, lo que nos dice sigue siendo una buena noticia, porque Jesús quiere asegurarnos de que, en todas las miserias y problemas que nos rodean, Dios está de nuestro lado y nos ama. No debemos escuchar a quienes nos amenazan con un final aterrador. Somos, y debemos seguir siendo, personas de esperanza. Pidamos a Jesús, nuestro Señor entre nosotros, que nos llene de confianza y esperanza.
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Dedicación de la Basílica de Letrán

11/9/2025

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Alejandro Carbajo, C.M.F.
https://www.ciudadredonda.org

Queridos hermanos, paz y bien.

Por segundo domingo consecutivo, se interrumpe la “Lectio continua” del Evangelio de Lucas, esta vez recordar la Dedicación de la Basílica de Letrán. La fiesta de hoy nos ha podido llegar un poco por sorpresa. Podíamos pensar que era un domingo más, ya al final del año litúrgico; pero de repente se nos dice que estamos ante el recuerdo de una dedicación. Lo podemos aceptar de buena gana, porque también celebramos al Señor, que en este evangelio se nos ha presentado como el verdadero templo.

Diremos dos palabras sobre estas dos realidades. En Roma existía un palacio de Letrán, que era propiedad de la familia imperial. Pero en el siglo IV, cuando el cristianismo pasó de ser religión perseguida a religión aprobada, favorecida y más o menos oficial, ese palacio pasó a ser residencia de los papas.

La Basílica es grandiosa. Es la primera gran basílica cristiana de Roma y la catedral del Obispo de Roma, lo que la convierte en la madre y cabeza de todas las iglesias del mundo. Construida por el emperador Constantino, quien donó los terrenos al Papa Melquiades, la basílica fue originalmente dedicada al Santísimo Salvador y posteriormente añadidos los nombres de San Juan Bautista y San Juan Evangelista.

En sus naves se han desarrollado cinco concilios ecuménicos. Tenéis que pensar que la Basílica de San Pedro, en el Vaticano, donde reside actualmente el Papa, no existe sino desde el siglo XVII. En San Pedro se han celebrado sólo los dos últimos concilios ecuménicos. La basílica de Letrán es, por tanto, mucho más antigua. Además, el nombre de Letrán va unido al tratado del 11 de febrero de 1929, mediante el cual se establece el estatuto civil de la Santa Sede. El tratado fue firmado entre Mussolini y el Papa Pío XI.

Como veis, eso son informaciones históricas, unos brevísimos apuntes sobre la basílica del Papa por antonomasia, muy anterior a la Basílica de San Pedro.

Pero lo que más nos interesa es saber que, más allá de estos templos majestuosos de Roma, hay un Templo, la persona misma de Jesús, que es el lugar donde la gloria de Dios ha habitado por antonomasia. Sí, en Jesús Dios nos ha mostrado el esplendor de su gloria. El grandioso templo de Jerusalén quedó destruido, no quedó de él piedra sobre piedra. Sucedió con el primer templo y volvió a suceder con el segundo templo.

En cambio, Jesús es eterno, y en él tenemos acceso a Dios siempre, en todo momento y en todo siglo. Él es también el fundamento sobre el que está construida la Iglesia de Dios que formamos todos nosotros. Sólo asentados sobre él podemos desafiar al tiempo que acaba con todas esas grandiosas construcciones. La celebración es un signo universal de unidad con el Romano Pontífice y una invitación a reflexionar sobre el templo que cada creyente es en el Espíritu Santo.

El templo, en la primera lectura, es el lugar de la presencia de Dios en medio de su pueblo. Por eso aparece en el lugar central en la visión de Ezequiel. El agua que mana del templo sugiere que todas las bendiciones que recibe Israel provienen de Dios. El agua es la fuente de vida, escasea en Israel, y sin ella no se puede vivir. Se suele asociar a la presencia de Dios. Por ello el agua que mana del templo tiene capacidad para fecundar la tierra desértica de Judá e incluso es capaz de sanear las aguas saladas del Mar Muerto, en el que no podía haber vida. En el templo se puede encontrar esa fuerza, uno puede sentir que se sanean todas las malas sensaciones que podamos tener.

El templo era el lugar de la presencia de Dios, y Pablo hoy asegura que ahora Dios está presente en la comunidad creyente. Así como, en tiempos de la Antigua Alianza, Dios residía en el templo, ahora el Espíritu de Dios habita en los creyentes, «nuevo templo» de Dios. Tal concepción tiene como corolario la dignidad extraordinaria del creyente que es, por tanto, lugar santo por excelencia, ámbito de presencia de Dios en el mundo. En consecuencia, todos deben ser tratados con respeto y veneración.

Ya sabemos que el verdadero templo de Dios es el hombre. Pero también es verdad que necesitamos de sacramentos de su presencia. De agarraderos que faciliten nos recuerden que sigue vivo entre nosotros. Somos conscientes que, el amor, tiene consistencia en sí mismo (pero la alianza en las manos de los contrayentes lo visibilizan y lo comprometen). De sobra conocemos que la paz es fruto de la justicia (pero realizamos gestos que nos ayuden a conseguirla). El templo, en ese sentido, nos ayuda a celebrar y vivir, escuchar y palpar el amor que Dios nos tiene. Es un rincón al que acudimos, no exclusivamente para encontrar a Dios, pero sí para dedicarle enteramente un espacio del día o de nuestra vida.

Somos templos vivos de Dios. Y precisamente por ello, porque somos templos vivos de Dios, necesitamos construirnos día a día. Mejorarnos y renovarnos. Cuando acudimos a un lugar levantado en piedra, contemplamos y caemos en cuenta de la vida y de la riqueza espiritual de una comunidad que cree en Jesús y que necesita de la reunión para confortarse y ayudarse, proclamar su Palabra y llevarla a la práctica. Cada iglesia, en cientos lugares del mundo, se convierte en un estandarte que pregona la presencia de un grupo que espera, intenta vivir y seguir las enseñanzas de Jesús Maestro. “Sólo podremos edificar un mundo mejor si nos edificamos, primero, a nosotros mismos”.
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La belleza del templo católico es precisamente la comunidad que celebra y se congrega dentro de él. La mayor inversión que podemos hacer es precisamente vivir lo que escuchamos dentro de cada espacio sagrado. Ser coherentes con lo que decimos con lo que nos importa en nuestra vida. La Dedicación de la Madre de todas las Iglesias (San Juan de Letrán) nos invita cada día a ofrecer nuestro corazón y nuestra vida hacia Dios, para hacer de nosotros mismos un templo vivo, eficaz y real para Dios.
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