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Todo el que se enaltece será humillado; y el que se humilla será enaltecido.

8/31/2025

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Alejandro Carbajo, C.M.F.
https://www.ciudadredonda.org

Queridos hermanos, paz y bien.

Termina el mes de agosto. El 1 de septiembre en Rusia, además de comenzar el otoño meteorológico, comienza el curso escolar. Volvemos a la normalidad, después de las vacaciones. Esa normalidad en la que muchos vivimos la mayor parte del año.

Para que la vuelta sea más “cristiana”, las lecturas nos ayudan a colocarnos en nuestro lugar. Ellas pueden ayudarnos a caer en la cuenta del camino para ser más personas, parecernos más al Hijo de Dios, y, de paso, ser un poco más felices. Nos recuerdan cómo debemos afrontar el día a día los que nos llamamos seguidores de Jesús. Y, como siempre, no coincide con todo aquello a lo que el mundo nos invita a diario.

Porque el libro del Eclesiástico nos recuerda que, para alcanzar el favor de Dios, debemos humillarnos. Lo que no significa rebajarse o perder la dignidad ante los hombres. Esa palabra la asociamos con un ser apocado, encogido, alguien que nunca se opone a nada ni a nadie. Hay quienes identifican humildad con humillación, con “resignación”, con aguantarlo todo y tragárselo todo… Todos estos contenidos están bien lejos de lo que pretenden los autores bíblicos, y se deben más bien a malos formadores de espíritu y directores de conciencias que intentan formar marionetas en lugar de personas responsables. Y quienes hoy rechazan la humildad por todas estas resonancias hacen muy bien.

Porque la Escritura, cuando alaba a los humildes está pensando en otra cosa. Cuando Jesús proclama en el Sermón de la Montaña dichosos a los humildes, o cuando dice de sí mismo “aprended de mí que soy manso y humilde de corazón”, desde luego no nos está invitando a la resignación o a callarnos ante cualquier cosa que pase o nos pase, o a la humillación… Porque Él no fue ni actuó así.

La humildad bien entendida, ya lo decía santa Teresa, “es andar en verdad”. Humilde es el que pone sus cualidades y dotes al servicio de todos. El que reconoce que todo lo que tiene viene de Dios, y los demás, nuestros hermanos, pueden pedirle ayuda, cuando tienen problemas. El que es humilde, precisamente por serlo, genera paz y felicidad a su alrededor. Les dice a todos que se puede vivir para los demás, sin ser egoísta, sin presumir, y ayudando a hacer presente el Reino de Dios, compartiendo los dones que Dios nos ha dado.

Así el mismo Jesús se define como “manso y humilde de corazón”: como Aquél que se ha donado por completo, por puro amor. Siempre atento a las indicaciones que le hacía su Padre Dios, para cumplirlas con la mejor voluntad.

Ese Jesús, “mediador de la Nueva Alianza”, que vino a cumplir las profecías del Antiguo Testamento, y a superar las normas que, hasta entonces, habían sido imprescindibles. Es lo que quiere hacer entender el autor de la Carta a los Hebreos, que llevamos leyendo unas semanas. Muchos judíos conversos seguían añorando las antiguas prácticas rituales. No se sentían liberados, a pesar de haberse convertido.

Hubo, en su momento, una experiencia “terrible” en el Sinaí, con lenguas de fuego, oscuridad y tinieblas. Una experiencia que intimidaba y que exigía un intermediario, Moisés, para que intercediera por el pueblo ante Dios, para que no perecieran. Frente a esa experiencia, los creyentes en Jesús ya no tienen que acercarse a ningún monte, sino que el acercamiento es al mismo Cristo, el icono del amor de Dios al hombre. Ya no hay nada que temer, al contrario, haber encontrado a Cristo es motivo para celebrar una fiesta: el banquete eucarístico al que nos invita el mismo Señor.

Como ese banquete al que se acercó Jesús, invitado por uno de los principales fariseos. Para el Maestro, cualquier ocasión era buena para hacer un anuncio expreso del Reino. Hoy, por ejemplo, nos habla del desinterés.

¡Cuántos nos cuesta hacer las cosas desinteresadamente! Casi siempre esperamos respuesta, que nos lo devuelvan de alguna manera; y con demasiada frecuencia buscamos nuestro interés por encima del de los demás; incluso está el sutil engaño de hacer cosas para “sentirse orgulloso uno de sí mismo”, que es otro modo de egoísmo. Pues ahí está, sin más comentarios, la invitación de Jesús por si quieres recibirla: no invites a tus amigos y parientes y amigos ricos, porque te corresponderán y quedarás pagado. Con palabras de nuestra sociedad de consumo: invierte a fondo perdido; regala y regálate… Porque así es tu Padre Dios y desea que te parezcas a Él.

Porque quien ama teniendo como solo objetivo la búsqueda del bien del hermano, se asemeja al Padre que está en los cielos, experimenta la misma alegría de Dios. La felicidad de Dios está toda aquí: en amar gratuitamente. Se realiza la promesa de Jesús: “Así será grande vuestra recompensa y seréis hijos del Altísimo”. No se puede pedir más.
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Hace un año, se estaban celebrando los Juegos Olímpicos en París. Durante diecisiete días, cientos de deportistas se esforzaron para lograr una medalla. Muchas horas de esfuerzo para ganar –o perder- todo en unos pocos minutos, a veces, en segundos. Se puede recordar la frase del barón de Coubertain, impulsor de la recuperación de dichos Juegos: Lo importante no es la victoria, sino el esfuerzo. Al revisar el medallero de cada uno, Dios no preguntará si hemos batido muchos marcas mundiales, sino si hemos sido capaces, cada día, de esforzarnos un poco más. Ahí, en el día a día, en el entrenamiento de la oración y de la Palabra de Dios, nos jugamos nuestra medalla eterna. Una medalla que vale más que el oro.

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Hay últimos que serán primeros, y primeros que serán últimos

8/24/2025

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Alejandro Carbajo, C.M.F.
https://www.ciudadredonda.org

Queridos hermanos, paz y bien.

A todos nos preocupa el futuro. A los jóvenes, porque no saben lo que va a ser de ellos. A los mayores, porque han vivido mucho, y quisieran saber cómo será el final de sus días. En todas las épocas la humanidad se ha preocupado por la salvación, la vida eterna, la otra vida, lo que está más allá de la muerte. Algunos se inclinan por una repetición de la existencia, lo que se llama “reencarnación”. Otros piensan que el estricto cumplimiento de los deberes religiosos garantiza esta vida y la otra. Algunos más, consideran que solamente en su iglesia hay salvación. Finalmente, los menos, se preocupan por tener una vida ética que les permita descubrir el verdadero sentido de su existencia.

La preocupación por la salvación también formaba parte de las inquietudes populares en el tiempo de Jesús. El tema fundamental del evangelio de hoy responde a esto. La pregunta inicial remite a un problema de fondo: ¿Serán unos pocos los que se salven? La pregunta parte del supuesto de que la salvación está reservada sólo para el pueblo de Israel. Pero el billete de entrada no será el de ser “israelita”, sino el tener verdadera fe en Jesús, fe que lleve a practicar la justicia, porque para Dios no hay acepción de personas. Jesús rechaza satisfacer este tipo de curiosidad. En vez de la curiosidad, Jesús introduce el elemento sorpresa, la realidad de lo imprevisible y del esfuerzo para entrar por la puerta estrecha.

Los rabinos contemporáneos de Jesús no tenían sobre el tema una respuesta unánime. Algunos afirmaban que Yahvé acogería a todos los judíos en su Reino. Otros, exagerando la maldad de los hombres, enseñaban que la salvación estaba reservada a muy pocos. Más adelante, el Apocalipsis hablaría de ciento cuarenta y cuatro mil elegidos. Cifra claramente simbólica y escasa además frente al género humano.

Durante muchos años, los israelitas vivieron con la seguridad de la salvación. Eran el pueblo elegido por Dios, desde los tiempos de Abrahán, Isaac y Jacob. Y ahora, de repente, aparece el hijo del carpintero, a decirles que no todo está conseguido. Jesús les dice: no estéis tan seguros, porque vendrán de oriente y occidente, del norte y del sur y se sentarán a la mesa en el Reino de Dios. Algo que hemos oído en el final de la primera lectura de hoy, del profeta Isaías, encontramos que “también de entre ellos escogeré a sacerdotes y levitas”. Seguramente en el pensamiento de Jesús está planteada la idea de la salvación universal.

Los invitados por Jesús a sentarse en el Banquete del Reino será un número inmenso de hombres que siempre han sido marginados, probablemente los que menos nos esperemos. Lo sorprendente de Jesús no sólo está en el número de los invitados al Banquete, sino también su proveniencia insólita: son los excluidos. Los que no cuentan. La realidad de estos invitados se pone en contraste con aquellos que presumen de tener los derechos y la categoría para participar: “hemos comido y bebido contigo y tú has enseñado en nuestras plazas”. A pesar de estos títulos, oirán que se les echa en cara: “No os conozco. No sé quiénes sois”.

De igual modo, existe el peligro de que los que se tienen por privilegiados porque han cumplido fielmente con los rezos, asisten a la eucaristía y practican los mandamientos de Dios y de la Iglesia, caigan en la cuenta de que el orden de participación en el banquete ha sido invertido, porque “hay últimos que serán los primeros y primeros que serán últimos”. La lógica de Jesús no es nuestra lógica. Nos cuesta entender. Dios siempre va más allá, y ve lo que nosotros no vemos, en lo profundo de los corazones.

Algo de esto nos recuerda la segunda lectura. Una carta dirigida a cristianos perseguidos, que no acababan de entender lo que les estaba pasando. Para ayudar a entender la situación, el autor les da una explicación sencilla. Parte del proceso de educación supone corregir y señalar todo lo que se hace mal. A veces, incluso castigar. Todo para que los hijos sean mejores. Las pruebas son la señal de que Dios no los considera como a extraños sino como a hijos. Éstos, de momento, quizás se quejen de la dureza del Padre, pero más adelante, cuando hayan crecido, le darán las gracias por la educación recibida.

¿Quiénes son los últimos que serán los primeros? Tanto en la sociedad de Jesús como en la sociedad de hoy este grupo está bien definido: son los excluidos y arrinconados por razones económicas, sociales, políticas, culturales y religiosas. En esta sociedad el ser humano no tiene ningún valor por ser tal; él vale por lo que tiene, por el poder o por el saber.

Si no nos convertimos y dejamos a un lado nuestras falsas seguridades, ellos nos van a tomar la delantera en el Reino. La salvación para Jesús no es un asunto puramente pasivo. No podemos vivir de las rentas. Todos, mayores y pequeños, debemos cada día intentar superarnos, para ponernos en el camino que lo conduce al encuentro de Dios. Los casados, en casa; los consagrados, renovando su sus compromisos cada día. Todos. Porque, aunque Dios toma la iniciativa, es necesario estar dispuestos a aceptarlo.

Para poder pasar por una puerta estrecha, lo sabemos, solo hay una manera de hacerlo: hacerse pequeño. Quien es grande y grueso no pasa; puede intentarlo de muchas maneras, de frente o de perfil, pero no logrará pasar. Esto es lo que a Jesús le interesa que quede claro: no se puede ser discípulo suyo sin renunciar a ser grande, sin hacerse pequeño y servidor de todos.

La salvación tampoco es un asunto del mero cumplimiento de los deberes religiosos. El ser humano necesita examinar todas las dimensiones de su vida y ver si están orientadas hacia Dios. Si la mano derecha se levanta a Dios, pero la izquierda sólo está pendiente de las cosas de abajo, no tendremos las manos disponibles para abrazar al Padre. El corazón debe estar dispuesto hacia Dios y para con Dios. Ése debe ser nuestro tesoro.
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La salvación no es un asunto exclusivo de los movimientos religiosos ni de las iglesias ni de grupos selectos. La salvación está abierta a toda la humanidad. Lo importante es que se busque la voluntad de Dios con actitudes de justicia, misericordia y solidaridad. Por esto, Jesús exhorta a sus oyentes a que se esfuercen por escoger el camino difícil: la puerta angosta de la justicia. Eso es lo que Dios quiere. Eso es lo que nos está pidiendo. Ojalá sepamos responder a esta llamada.

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Guardaos de toda clase de codicia                                                                  Comentario al evangelio de hoy 3 de agosto 2025

8/3/2025

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Alejandro Carbajo, C.M.F.
https://www.ciudadredonda.org

Queridos hermanos, paz y bien.

En este decimoctavo domingo del tiempo ordinario las lecturas nos llaman a pensar sobre la vanidad que hay en las riquezas materiales y la importancia de buscar los bienes eternos sobre todas las cosas.

La reflexión de Qohelet sobre la vida es muy actual. ¿Qué saca el hombre de todos los trabajos y preocupaciones que lo fatigan bajo el sol? Son muchos los afanes que nos ocupan y preocupan a todos en este mundo acelerado en el que vivimos. Lo que Qohelet llama “vanidad”, en la primera lectura, no es más que la desilusión del ser humano al comprobar la distancia entre el ideal que se ha formado de las cosas y su realización concreta: la persona no llega a más.

Hoy día a esto se le llama absurdo, depresión, sin sentido. La vanidad es el no reconocer esta finitud. Nadie puede huir del absurdo de su propia existencia. La salida única es vivir la vida como es: con sus más y con sus menos, con su caducidad y con su fin.

Lo que Qohelet aconseja a sus lectores es gozar sanamente de lo que les ofrece la vida. Pero no puede dar respuesta a las preguntas fundamentales sobre el sentido de la vida. La respuesta nos la da sólo el Evangelio. Es Jesús el que abre nuevos horizontes, enseñándonos a no perseguir ilusiones vanas.

Nosotros, los cristianos, podemos caer también en esta dinámica. Vamos viviendo al día, y ya está. No comprendemos lo que significa de verdad ser cristiano. Puede que nos preocupen más las noticias de la tele o las noticias sobre los famosos que nuestra propia vida interior. Esta tentación no es nueva.

Sabemos que, gracias al Bautismo, somos hombres nuevos, imágenes de Dios. Pero ese proceso no ha terminado aún. Hace falta mucho para que surja el “hombre nuevo”. Ese camino es largo, hay que librarse de muchas impurezas, ser totalmente de Cristo, sin desanimarse. Es el mensaje de san Pablo en la segunda lectura. Dejar aquello que nos impide ser uno con Cristo, y lograr configurarnos con Él hasta que seamos uno en Cristo, que lo es todo y en todos. Ser nuevas personas, en continuo proceso de renovación.

Es sabiduría y virtud no apegar el corazón a los bienes de este mundo, porque todo pasa, todo puede terminar bruscamente. Para los cristianos, el verdadero tesoro que debemos buscar sin cesar se halla en las «cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios». Nos lo recuerda hoy san Pablo en la carta a los Colosenses, añadiendo que nuestra vida «está oculta con Cristo en Dios» (Col 3, 1-3).

En el grupo de discípulos había muchos que seguían a Jesús, pero no lo comprendían. Estaban completamente envueltos en las preocupaciones cotidianas y veían al Maestro como un buen mediador para dirimir conflictos familiares. Su deseo no era aceptar la buena nueva sino alcanzar metas personales: conseguir algún beneficio para ellos o para los suyos, como si eso fuera el objetivo último de la vida.

Porque el deseo exagerado de tener cambia nuestros corazones y nuestras almas. De hecho, este hombre rico piensa sólo en sí mismo. En sus planes, no se acuerda de su familia, o de sus vecinos. Sólo le preocupa su propio bienestar. Y es la preocupación por los otros uno de los elementos para revisar cómo va nuestro seguimiento del Maestro. Cuanto más apego al dinero o a los bienes, más problemas para ser un buen discípulo. Debemos meditar muy en serio sobre nuestra posición respecto a las riquezas y a la codicia.

La solemnidad de la Transfiguración del Señor, que celebraremos el miércoles, nos invita a dirigir la mirada «a las alturas», al cielo. En la narración evangélica de la Transfiguración en el monte, se nos da un signo premonitorio, que nos permite vislumbrar de modo fugaz el reino de los santos, donde también nosotros, al final de nuestra existencia terrena, podremos ser partícipes de la gloria de Cristo, que será completa, total y definitiva. Entonces todo el universo quedará transfigurado y se cumplirá finalmente el designio divino de la salvación.

La parábola nos enfrenta con la muerte. Muchos están preparados para presentar cuentas perfectas (saber, tener, poder). Lo malo es que es necesario dar cuenta de la vida, no de aquello que uno ha amontonado. O sea, ¿Qué has hecho de tu vida? ¿En qué las has empleado? ¿Qué orientación le has dado? Jesús, en el fondo, acusa al rico de no haber sido previsor. No ha logrado pensar más allá de la “noche”. Agranda los graneros, pero no logra ampliar los horizontes, se deja aprisionar en el horizonte terrestre, que termina con acabarlo.

Cada uno debe ver si es un insensato, o, por el contrario, pone su afán en lo verdaderamente importante. Por esto, hoy se necesita con mayor urgencia proclamar las palabras de Jesús: “la vida no está en los bienes”. La vida tiene valor en sí misma. No importa tanto lo que tenemos, como lo que somos. ¿Podemos preguntarnos si nuestro trabajo nos dignifica como personas humanas o nos convierte en esclavos con sueldo? ¿Estudiamos para formarnos o para ganar dinero? ¿Caemos en la cuenta de los criterios que nos impone la sociedad?, ¿almacenamos cosas aquí, en la tierra, o en el cielo? Cada uno debe ver si es un insensato, o, por el contrario, pone su afán en lo verdaderamente importante. Porque al final de la vida, nos examinarán del amor. Y los depósitos bancarios y las tarjetas de crédito no cuentan.
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“Que nos obtenga esta gracia la Virgen María, a quien hoy recordamos particularmente celebrando la memoria litúrgica de la Dedicación de la basílica de Santa María la Mayor. Como es sabido, esta es la primera basílica de Occidente construida en honor de María y reedificada en el año 432 por el Papa Sixto III para celebrar la maternidad divina de la Virgen, dogma que había sido proclamado solemnemente por el concilio ecuménico de Éfeso el año precedente. La Virgen, que participó en el misterio de Cristo más que ninguna otra criatura, nos sostenga en nuestro camino de fe para que, como la liturgia nos invita a orar hoy, «al trabajar con nuestras fuerzas para subyugar la tierra, no nos dejemos dominar por la avaricia y el egoísmo, sino que busquemos siempre lo que vale delante de Dios» (cf. Oración colecta).” (Benedicto XVI, Ángelus, Palacio pontificio de Castelgandolfo. Domingo 5 de agosto de 2007)
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