Parroquia San Miguel Arcangel- Cabo Rojo P.R.
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María ha escogido la parte mejor.

7/20/2025

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Alejandro Carbajo, C.M.F.
https://www.ciudadredonda.org

Queridos hermanos, paz y bien.

En medio de los calores del verano europeo, encontramos a Jesús y a sus amigos entrando en una casa a descansar. Con los amigos, como hacemos también nosotros, de vez en cuando. A todos nos viene bien, de vez en cuando, recargar las pilas.

Los ángeles que se le aparecieron a Abrahán no iban a descansar, precisamente. De incógnito, sin saber quiénes eran, el Patriarca los acogió. Gratuitamente. Porque la característica de la hospitalidad auténtica es ser gratuita. En el Antiguo Testamento, entre otros, se nos ofrecen dos ejemplos: Job y Abrahán. Del primero se cuenta que había construido su propia casa con cuatro puertas, abierta a las cuatro puntos cardinales, para facilitar la entrada a los pobres. De Abrahán hoy se recuerda la exquisita bienvenida con que recibió a Dios (sin saber quiénes eran sus huéspedes) y que nos presenta la primera lectura.

La recompensa que recibe por su hospitalidad es la promesa de un hijo. ¿Qué mejor regalo para un matrimonio anciano que un descendiente? Una vez más, dios puede hacer posible lo que a los ojos de los hombres era imposible.

La segunda lectura nos presenta a un Pablo ya entrado en años. Ha pasado por muchas situaciones, trabajando por la propagación del Evangelio. Y, a pesar de todos los sufrimientos, se siente feliz. Lo es porque ha dedicado su vida a una causa que merece la pena. Con sus sufrimientos, Pablo completa los padecimientos de Cristo. Ha desempeñado su tarea, ha anunciado a los paganos el Misterio escondido desde el comienzo de los tiempos. No le queda sino esperar el final de su vida “aconsejando y enseñando a cada uno… a fin de que todos alcancen su madurez en Cristo”.

Ese conocimiento de Cristo unifica y transforma. Es un conocimiento que no consiste sólo en acumular informaciones sobre Jesús, sino que permite entrar en comunión profunda de vida y destino con su persona. Una pequeña historia nos lo puede aclarar. Se trata de un diálogo entre dos hombres:
– «De modo que te has convertido a Cristo?»
– «Sí».
– «Entonces sabrás mucho sobre Él. Dime: ¿En qué país nació?»-
«No lo sé».
– «¿A qué edad murió?»
– «Tampoco lo sé».
– «¿Sabrás al menos cuantos sermones pronunció?»
– «Pues no… No lo sé».
– «La verdad es que sabes muy poco, para ser un hombre que afirma haberse convertido a Cristo…»

«Tienes toda la razón, Y yo mismo estoy avergonzado de lo poco que sé acerca de Él. Pero sí que sé algo: Hace tres años, yo era un borracho. Estaba cargado de deudas. Mi familia se deshacía en pedazos. Mi mujer y mis hijos temían como un nublado mi vuelta a casa cada noche. Pero ahora he dejado la bebida; no tenemos deudas; nuestro hogar es un hogar feliz; mis hijos esperan ansiosamente mi vuelta a casa cada noche. Todo esto es lo que ha hecho Cristo por mí. Y esto es lo que sé de Cristo».

Todos tenemos que ser humildes. Es decir, aceptar que el protagonista en nuestra vida debe ser Dios. Humilde es el que ora no para que Dios realice sus planes, sino para que Dios realice sus planes en él. Humildes para poder seguir al Maestro, que es manso y humilde de corazón.
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Y la prueba de que somos humildes debe de ser el compromiso. Frente a las denuncias de alejarnos de la realidad o de perder el tiempo en vano que se nos hacen con fre¬cuencia, nada ha de ser tan comprometedor como orar. Del amor a Dios, hemos de pasar al amor a los hijos de Dios. Si de verdad estamos en relación con Dios, tenemos que hacer que se note en nuestra vida. Toda oración habrá de tener una fuerte dosis de entrega amorosa para con los intereses de Dios y para con los intereses del prójimo, del que hablábamos hace unas semanas. Todo orante tiene una familia a su cargo: la hu¬manidad entera. Como la tuvo Jesús, que dio su vida por todos.

Otro momento interesante. Es san Juan el que nos deja escrito: “Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro”. Por ese orden. Y sin duda Marta lo sabía. Y por eso cuando ya se vio ahogada con la preparación de una comida para por lo menos trece huéspedes que se habían presentado de improviso (y las amas de casa que estáis saben lo que eso significa) no se dirige a María, sino a Jesús y como santa Teresa se encara con Él y le dice: “Pero Señor es que no te importa que mi hermana me haya dejado sola en el servicio. Dile que me eche una mano”. Con otras palabras: “basta ya de cháchara, Señor, que no doy abasto y os tengo que preparar de comer.”

Y en ese mismo ambiente familiar la contestación de Jesús: “una sola cosa es necesaria”. No son pocos los que la interpretan como si el Señor hubiera dicho: “Marta, vengo a pasar unas horas con vosotros y tú te metes en la cocina y no hay manera de verte y oírte. Por favor, déjalo todo que con cualquier cosa me contento. Un par de huevos fritos es suficiente”.

Jesús le dijo a Marta que las obras de caridad u hospitalidad han de ser consecuencia de la escucha de la Palabra. Escuchar la Palabra fructifica en acciones de caridad y generosidad. La hospitalidad convencional tiene unos límites. Pero hay una hospitalidad más profunda, que nace de la escucha de la Palabra de Dios.

De hecho, Marta aprendió la lección. El cuarto evangelio nos dice que cuando murió Lázaro Marta salió a recibir a Jesús fuera del pueblo de Betania. El diálogo entre ambos es bellísimo. Marta se revela como una excelente discípula de Jesús que ha comprendido de verdad su misterio. Es, de hecho, la mujer que confiesa por primera vez: «Sé que eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo».

Así que, de una cosa, sí nos quiere avisar el Señor: del peligro de la rutina. A fuerza de trabajar, a fuerza de atender a los mil detalles que exige un hogar acabamos por no saber para qué trabajamos. El norte se nos niebla y no nos queda más que la monotonía desesperante de ese día a día. Siempre igual en la mayoría de nuestras ocupaciones y mucho más en el trabajo de la casa.

Hay que estar atento. El proceso de autoconocimiento puede ser lento. Pero hemos de madrugar cada mañana a ese encuentro con Cristo, al descubrimiento de su significado para nosotros. Al final, parece que Jesús no se equivocó en el Evangelio. María escogió la mejor parte. Y, aunque parezca lo contrario, las religiosas contemplativas tienen mucho que hacer en este mundo. Por de pronto, rezar por todos los que no rezamos lo que debiéramos. Lo dice muy bien la regla de san Benito: ora et labora. Pues eso.


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Vete y haz tú lo mismo.

7/13/2025

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Alejandro Carbajo, C.M.F.
https://www.ciudadredonda.org

Queridos hermanos, paz y bien.

La vida eterna. Una pregunta que siempre ha preocupado a los buenos creyentes. Porque de la respuesta a esa pregunta depende la felicidad (o la desgracia) eterna. Merece la pena planteársela, porque no es cosa de broma. Es para siempre.

Además, hay un peligro muy grande, cuando encontramos textos tan conocidos como la parábola del buen samaritano: el de no prestar atención a los detalles, y creer que ya lo sabemos todo. Porque aquí hay muchos detalles.

Por ejemplo, el principio. Empieza fuerte el letrado. La vida eterna. ¡No pide nada este letrado! ¿Es que se puede hacer algo para heredarla? ¿No es un don de Dios que no podemos conseguir, por mucho que nos esforcemos?

Es, además, una pregunta que también nosotros nos podemos plantear. ¿Qué tengo yo hoy que hacer para heredar la vida eterna? ¿Qué le estaba diciendo Jesús a la gente de su tiempo, y cómo traducirlo aquí y ahora? Porque algo está claro, también hoy hay mucha gente tirada en la cuneta.
Para encontrar la respuesta a la pregunta del letrado, sólo hay que amar. Es algo teóricamente muy sencillo, porque a todos nos gusta ser amados, y reaccionamos mejor al amor que a los gritos. Eso lo sabemos. Pero es difícil. Y si a alguno se le ocurre decir que no puede, escuchamos de nuevo la primera lectura. El precepto que hoy te prescribo no es superior a tus fuerzas. Es curioso. La historia se repite. También los primeros judíos sintieron que seguir al Señor era difícil. Que no podían. No corrían buenos tiempos para los creyentes. Como quizá tampoco corran hoy para nosotros. Pero hay una cosa básica: querer volverse al Señor con todo tu corazón y toda tu alma. Basta querer. También hoy hay siempre posibilidad de volverse al Señor. Siempre hay cobertura, para llamar al teléfono de Dios. La pregunta es: ¿quieres heredar la vida eterna o no? ¿te lo quieres plantear, por lo menos?

Se trata, en el fondo, de ser un poco como Dios. De amar como Dios nos ha amado. Volvernos conscientes de este don de Dios, de que él nos ha amado primero. Y nos ha mostrado su amor en Jesús, porque Jesús, como también dice la carta a los Colosenses, es el rostro de Dios. Es, si queréis, el documento de identidad de Dios, sus huellas digitales en nuestra historia humana. Así vistas las cosas, amar a Dios es antes un don que un mandamiento. Es un mandamiento porque es un don. «Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en ti», decía san Agustín.

Jesús es el primogénito. Nosotros somos hijos en el Hijo. Y si somos hijos, somos también herederos. Herederos de Dios y coherederos con Cristo. Y, sin embargo… Sin embargo, lo que has heredado de tus padres, conquístalo para que te pertenezca. Hay que poner algo de nuestra parte, no se puede vivir de las rentas.

No se nos pide nada del otro mundo. Para conquistar la vida eterna, haz esta vida posible a los otros, particularmente a los que están tirados en la cuneta. Y se nos pide que nos mostremos agradecidos a nuestro prójimo, a todo el que nos ha visto más o menos tirados en la cuneta y nos ha hecho de nuevo la vida posible. Lo fundamental, lo más importante de todo, es volvernos más conscientes del amor de Dios, el primero que nos ha hecho la vida posible; de la manifes¬tación de este amor en Jesús, y de la necesidad de amar a los demás, en la medida de lo posible, de la misma manera.

Otro detalle. El doctor de la ley, al responder a Jesús, no dice la palabra “samaritano”. Habla de “el que lo trató con misericordia”. Ese pagano supo hacerse el prójimo. Porque el que sabe convertirse en prójimo, el que se acerca y es capaz de amar, ése demuestra haber asimilado el comportamiento del mismo Dios. A veces nos da miedo pronunciar ciertas palabras, porque podemos hacer realidad aquello que significan y que no queremos ver.

Quizá el final del texto, otro de los detalles que a lo mejor se nos escapa, porque ya nos lo sabemos, nos dé una pista. Vete y haz tú lo mismo. No dice entiéndelo o estás de acuerdo. No se trata de saber muchas cosas teóricamente, o de estudiar muchos libros, o de cumplir las normas sin más. Se trata de amar a Dios y de amar al prójimo. Lo dice san Pablo, si no tengo amor, nada soy. De nada valen los rezos del sacerdote que bajaba por el camino, pero no atendió al herido (aunque la profesión quede un poco perjudicada), o la oración del levita, que tampoco hizo nada. Lo dice la carta de Santiago, muéstrame tu fe sin obras, que yo por mis obras te mostraré mi fe. Vale más el gesto del samaritano, porque demuestra amor.
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Hazte prójimo de quien está en necesidad y heredarás la vida. La parábola lleva un mensaje explosivo: quien ama al prójimo ama ciertamente también a Dios (cf. 1 Jn 4,7). Quizás lo rechace de palabra, pero en realidad no está rechazando a Dios sino solamente a una falsa imagen suya. Los “samaritanos” que aman al hermano, quizás sin saberlo, están adorando a Dios.
Y que no se nos olvide: El precepto que hoy te prescribo no es superior a tus fuerzas. Basta querer. Pero quererlo con todo el corazón, con toda el alma, con todas nuestras fuerzas, y pedírselo a Dios. ¿Quieres heredar la vida eterna?
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Comentario al Evangelio domingo, 6 de julio de 2025

7/6/2025

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Alejandro Carbajo, C.M.F.
https://www.ciudadredonda.org

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“El reino de Dios ha llegado a vosotros”.

Queridos hermanos, paz y bien.

¿Qué es la alegría? Dice el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, entre otras muchas acepciones, que la alegría es:

1. Irresponsabilidad, ligereza. Decimos de algunos, en ocasiones, que se permiten muchas alegrías. Para otros, la alegría consiste en disfrutar a tope el fin de semana. Esa alegría que producen el alcohol y el ruido. Esa alegría que pasa, y trae después preocupaciones, por lo que no se ha hecho, o que deja dolor de cabeza. No creo que la alegría cristiana vaya por ahí.

2. Un sentimiento grato y vivo, producido por algún gozo motivo de gozo placentero y a veces sin causa determinada, que se manifiesta por lo común con signos exteriores. Puede ser una sonrisa, por ejemplo.

3.Palabras, gestos o actos con que se manifiesta el júbilo o alegría. Dar saltos de alegría, o gritar o reír de forma estentórea. Esto dice el Diccionario.

¿Qué es la alegría? Para Isaías, la paz en Jerusalén. Después de unos tiempos difíciles, de destierro, vuelve la alegría a Jerusalén, y los que sufren serán consolados como un niño en brazos de su madre.

¿Qué es la alegría? Dice san Pablo para él la alegría es Cristo. Con todo lo que significa. Para Pablo, la cruz es la alegría. «Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, en el cual el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo».

¿Qué es la alegría? Dice Jesús que no se trata de hacer grandes cosas, ni de ser el mejor orador, ni de convertir miles de infieles, como se decía antes del Concilio. Para Jesús, la alegría es tener el nombre inscrito en el cielo. Y eso, ¿cómo se traduce hoy, veinte siglos y pico después de Cristo?

Hace veinte siglos y pico, eso se tradujo para setenta y dos personas en ir por los caminos, a hablar de Cristo. Es curioso que setenta y dos personas se fueran en parejas a hablar del Reino de Dios. Hace falta moral, mucha moral, para ir por ahí, de pueblo en pueblo, para hablar de un señor casi desconocido, que se llamaba Jesús, que habla de amor, paz y perdón. Hace falta moral, además, cuando el mismo que les envía les advierte de que van a encontrar muchas dificultades. Seguro que no fue fácil. Unos tiempos difíciles.

También nosotros podemos decir que vivimos tiempos difíciles. En realidad, pocos tiempos fáciles ha habido en la Iglesia. Así que la dificultad no es excusa para vivir la alegría, y para hacer lo que nos manda el Señor.

Para nosotros, ¿qué debería ser la alegría? Lo que Pablo tiene muy claro, el don y el amor de Dios por nosotros y la manifestación en que ese amor alcanzó su mayor esplendor e intensidad: «Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, en el cual el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo». Ahí, en la cruz de Jesús, se ha manifestado hasta qué punto el amor de Dios por nosotros va en serio, hasta qué punto es un amor «legal». Ahí no hay engaño. Ahí no hay trampa ni cartón. «Nadie ama tanto como el que da la vida por aquellos a los que ama». ¿Cómo no rendirnos ante una manifestación como la muerte en cruz de Jesús por nosotros?

Si hay algo de lo que podamos sentirnos gozosos, ¿no será de que somos amados hasta ese punto? No hay base más consistente que pueda dar firmeza a nuestra vida que ésta. Y no hay nada que despierte tanto la capacidad de respuesta como la experiencia de ese amor. San Pablo es un buen testigo de todo esto, cuando dice: «yo llevo en mi cuerpo las marcas de Jesús». Al contemplar cómo se había desvivido el Señor por él, nacen en él unas insospechadas energías para el don de sí, para la entrega a la misión, y para soportar los sufrimientos que este don de si y la entrega a la misión llevan consigo.

Repito la pregunta. ¿Qué tenemos nosotros que hacer para participar de esa alegría? Caer en la cuenta de que evangelizar no es sólo tarea de unos pocos. Toda la comunidad, todos y cada uno de nosotros tiene que anunciar a Cristo. La Iglesia en salida, de la que nos hablaba tanto el Papa Francisco. No podemos decir que los tiempos son difíciles, que no acompañan. Menos acompañaron a los primeros discípulos. Tampoco acompañaron a Francisco de Asís, o a Teresa de Ávila, o a los primeros claretianos que salieron a predicar por Cataluña. No hay tiempos fáciles o difíciles. Hay que vivir nuestro tiempo, desde nuestra propia circunstancia y condición. Nadie se puede escapar.

Cada cristiano, cada seguidor de Cristo, está llamado a anunciar el Reino de Dios. Incluso los seguidores más reticentes. Con Jesús no hay excusas que valgan. ¿Crees que hace falta un diploma de catequista? Ninguno de los setenta y dos tenía un diploma de catequista, y el mismo Jesús no tenía estudios superiores en pastoral catequética. Lo que Él tenía, era mucho amor. Para ser misionero, lo que más se necesita es amor. Lo dijeron muy bien los Beatles: All you need is love. (Todo lo que necesitas es amor). Si amas, sales de ti, y si eres capaz de compartir, aunque sea con una sola persona, de algún modo, has comenzado a ir por todo el mundo, anunciando el Reino de Dios. Porque para ir por todo el mundo, primero hay que ir por tu casa, por tu barrio, por tu ciudad, por tu país… Y si eres capaz de ir al encuentro de un enemigo, has logrado llegar a la cima de la vida cristiana.

Si la Iglesia no es misionera, no es la Iglesia de Jesús. Ésta es nuestra seña de identidad, nuestra quintaesencia. Jesús envió en misión a los Doce, después a los setenta y dos, como nos evoca el Evangelio de este domingo. Tras su muerte y resurrección, un poco antes de su ascensión al cielo, nos envió a todas las naciones y etnias para hacer discípulos suyos y enseñarles todo lo que Él nos había mandado. El objetivo: Jesús nos envía porque quiere cambiar el mundo, mejorarlo, convertirlo. Así nuestro nombre estará también escrito en el Cielo. Así también nosotros esteremos alegres.

Que no se nos olvide:
  • Jesús, no tienes manos. Sólo tiene nuestras manos para construir un mundo donde habite la justicia.
  • Jesús, no tienes pies. Sólo tienes nuestros pies para poner en marcha la libertad y el amor.
  • Jesús, no tienes labios. Tienes sólo nuestros labios para anunciar por el mundo la Buena Noticia a los pobres.
  • Jesús, no tienes medios. Sólo tienes nuestra acción para lograr que todos los hombres sean hermanos.
  • Jesús, nosotros somos tu Evangelio, el único Evangelio que la gente puede leer, si nuestras vidas son obras y palabras eficaces.
Jesús, danos tu fuerza para que desarrollar nuestros talentos y hacer bien todas las cosas. Así estaremos alegres. Así, seremos felices.
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