Parroquia San Miguel Arcangel- Cabo Rojo P.R.
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Comentario al Evangelio de hoy - domingo, 31 de mayo de 2026

5/31/2026

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Por:  Alejandro Carbajo, C.M.F.
https://www.ciudadredonda.org

Queridos hermanos, paz y bien.

Estamos en el Tiempo Ordinario, pero la Liturgia nos sigue presentando motivos para la reflexión. Esta semana, nada menos que la Santísima Trinidad. Porque siempre nos viene bien preguntarnos Quién es nuestro Dios, y cómo es el Dios en el que yo creo. Una repuesta que tenemos que ir actualizando, a medida que crecemos en la fe. Igual que la ropa de niños no nos vale, cuando crecemos, de la misma manera, la fe de niño debe ir creciendo conforme nos hacemos adultos.

De Dios es más fácil decir lo que no es que lo que es. Lo mismo pasa con la Santísima Trinidad. La Trinidad es un concepto; es un concepto que trata de expresar la vida interna de Dios, su misterio más íntimo, qué es Dios para sí mismo. La Trinidad no divide la unidad de Dios. Misterio en teología no es lo desconocido, incognoscible o inexplicable. Misterio es lo que tiene tal cantidad de contenido que, por mucho que expliquemos, no logramos explicar todo el sentido que eso tiene. Cuando una cosa es en teología “misterio” no podemos ahorrarnos las explicaciones, sino todo lo contrario: tenemos que darlas todas sabiendo que nos quedaremos cortos, sabiendo que siempre se nos quedará algo sin explicar porque se trata de explicar a Dios.

El misterio de la Santísima Trinidad nos habla de un Dios Trino, de un Dios familia y comunidad. Es cierto que la fe siempre se vive a solas, en el interior del corazón, pero no es menos cierto que la expresión comunitaria de nuestra fe se consolida y se acrecienta en una comunidad que se reúne en nombre de Cristo. Donde dos o más se reúnen en mi nombre, nos dice Jesús, allí estoy Yo. Cuando expresamos comunitariamente nuestra fe en Dios Padre, es seguro que el Espíritu de Jesús está con nosotros. El cristianismo es fundamentalmente amor: amor a Dios y amor al prójimo. No podemos amar y adorar a nuestro Dios, olvidándonos de los hermanos.

Dios es Padre, y todos nosotros somos sus hijos. En un mundo tan inseguro saber que Dios es Padre es una buena noticia. Dios es Hijo, y por tanto es hermano nuestro, lo que significa cercanía, ayuda y amistad. Dios es espíritu, es como el desbordamiento de Dios, el Amor hecho don y abrazo. Es el Dios que se derrama sobre nosotros y nos llena de su fuerza, de su alegría, de su santidad. Cuando Dios quiso decirnos cómo era Él, se hizo hombre. Es el misterio central de nuestra fe. Es un misterio gozoso, que nos llena de alegría y de paz por dos razones: la primera, Dios porque es amor; la segunda, porque Dios es comunidad.

Que mi Señor vaya con nosotros, aunque éste es un pueblo de dura cerviz. Esta súplica que, prosternado en tierra, hizo Moisés a Dios, deberíamos hacerla nosotros todos los días. Somos personas de cerviz dura, que rompemos una y otra vez las tablas de la ley del amor a Dios y al prójimo. Sabemos que nuestro Dios es un Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad. Pero no pretendamos abusar egoístamente de la clemencia de Dios, porque Dios, además de ser clemente, es justo. Es seguro que Él nos va a perdonar siempre que nosotros, con verdadero arrepentimiento, le pidamos perdón, pero también es cierto que Él nos va a juzgar con justicia si nosotros no queremos doblegar nuestra cerviz dura y orgullosa, para arrepentirnos y pedirle perdón.

Dios no mandó su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él. La vida y la muerte de Cristo son producto y expresión de su amor a Dios y al prójimo. Cristo no murió para salvarse a sí mismo, sino para que nosotros fuéramos salvados por Él. Dios Padre no envió su Hijo al mundo para condenarnos por nuestros pecados, sino para salvarnos de nuestros pecados. La vida de Cristo es un regalo de amor que nos hace nuestro Padre, Dios, para enseñarnos el auténtico Camino para llegar hasta Él, la auténtica Verdad que nos haga libres y la auténtica Vida que sacie nuestras ansias de felicidad e inmortalidad. Así nuestra vida, la vida de cada uno de nosotros, debe ser un regalo de amor que nosotros hagamos a los demás, no, principalmente, para denunciar y condenar sus pecados, sino para ayudarles a librarse del pecado y a encontrar la salvación.

Tenemos un guía interior para este conocimien­to: es el Espíritu de Dios. Él nos conducirá a la verdad completa de Jesús. Él nos guiará así a la verdad plena, aunque inabarcable, de Dios. Porque el Espíritu es el que sondea las profundidades de Dios; porque el Espíritu es el que, como una madre y como un pedagogo, nos conduce a la verdad completa. Él nos lleva por el camino del conocimiento y de la confianza. Para eso ha sido derramado en nuestros corazones. Para enseñarnos a mirar a Jesús y ver al Padre; para enseñarnos a acercarnos llenos de confianza al Padre.

Ahí tenéis unos breves apuntes sobre el Dios en que creemos y cuyo misterio celebramos hoy. Un Dios discreto, que no se impone de forma apabullante, avasalladora, de suerte que a uno no le quede más remedio que aceptarlo, por las buenas o por las malas, tanto si le gusta como si no. Tan discreto, que no quiere que la gente hinque la rodilla a la fuerza y doble la cabeza contra su voluntad. Dios quiere amigos, no esclavos. Un Dios que, por otro lado, da señales patentes de vida, para que lo encuentre todo el que lo busca, y que nos propone a Jesús como el lugar definitivo de su manifestación; un Dios que con apropiada pedagogía nos enseña a abrir los ojos y a reconocerle, a quererle y a pedirle perdón con confianza. Ése es el Dios en que creemos, al que confiamos nuestra vida y cuyo misterio vamos a confesar ahora.

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Recibid el Espíritu Santo

5/24/2026

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Por:  Alejandro Carbajo, C.M.F.
https://www.ciudadredonda.org

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Queridos hermanos, paz y bien.

En el camino que nos presenta la liturgia vamos de hito en hito. Del Adviento a la Navidad, de la Navidad a la Cuaresma, de la Cuaresma a la Semana Santa y luego la Pascua y, a través de ésta, la fiesta de Pentecostés. Esta semana nos acercamos al misterio de la Persona menos conocida – quizá – de la Santísima Trinidad. Este domingo recordamos la venida del Espíritu Santo sobre la Virgen María y los Apóstoles en el Cenáculo.

Es importante recordar en qué situación estaban los Discípulos. Encerrados en una habitación, por miedo a los judíos, pensando en lo que pudo haber sido y no fue, en todas las esperanzas depositadas en el Maestro y que se vieron frustradas por su crucifixión… Y, de repente, aparece el mismo Cristo y les dice: “Paz a vosotros”. Justo lo que les hacía falta, para recobrar la compostura, volver a tomar las riendas de sus vidas y disponerse a la tarea.

Leyendo el libro de los Hechos de los Apóstoles, podemos llegar a la conclusión de que los primeros cristianos en seguida se dieron cuenta de que, a pesar de la ausencia física de Jesús, no estaban huérfanos. Porque no estaban huérfanos de Dios. Eran hijos de Dios y gracias a eso, a pesar de vivir sin muchos motivos para la esperanza, supieron encontrarla y conectaron con su Padre. Desarrollaron la sensibilidad necesaria para sentirse hijos. De ese sentimiento filial sacaron las fuerzas para seguir adelante.

Y junto a este regalo de no sentirse huérfanos, está el segundo gran don del Espíritu: el descubrimiento de la misión. ¿Cómo pudieron lanzarse a predicar por todo el mundo conocido de aquel tiempo, sino es por la fuerza que les dio el Espíritu? Se sintieron habitados por la fuerza del Espíritu. Tuvieron muchos problemas, numerosos mártires, pero supieron vivir todos esos avatares con la alegría de saberse enviados por el mismo Señor. Por eso las comunidades pudieron ser tan abiertas y acogedoras, atrayendo a sí a muchos que esperaban la salvación.

Quizá estos puedan ser los grandes efectos de la presencia del Espíritu Santo: el saberse hijo de Dios y el sentirse enviado al mundo, en medio de los problemas que hay. Por eso sigue siendo actual la primera lectura, ese envío del Espíritu a todos los que estaban reunidos en el nombre del Señor.

Éste es el don del Resucitado a su comunidad. Y éste es el don que nos ha hecho también a nosotros, el envío de su Espíritu. Ese don que nos permite sabernos hijos de Dios y elegidos para la misión de la Iglesia. Tenemos un Padre y tenemos una Misión. Por eso, tenemos razones para vivir.
Al Espíritu Santo se le llama también el Defensor. Un significado de esta expresión es que el Espíritu bueno no suscita en nosotros sentimientos de turbación, de derrotismo y de tristeza. Eso sólo puede venir del mal espíritu (con minúscula). Ese espíritu que nos dice que no valemos para nada, que no tenemos capacidades, que todo lo hacemos mal… Ese sentimiento de frustración, de tristeza que nos impide avanzar, eso no viene del buen Espíritu, del Espíritu de Dios.

El Espíritu verdadero nos conduce a la verdad plena. Si nos dejamos guiar por Él, nos hace penetrar en lo profundo del misterio de Dios; nos hace penetrar en lo profundo del misterio de la vida. Y nos enseña a discernir: a separar la paja del grano; lo que conduce a la vida de lo que aleja de ella; lo verdadero de lo falso. Esto no es una vana especulación sin comprobación posible; no es una hipótesis todavía pendiente de confirmación. Es una realidad bien comprobada. Ahí tenemos toda esa rica historia de los santos, que son los hombres y mujeres que se han dejado educar y guiar por el Espíritu. ¡Cómo han calado hondo en el misterio del vivir! ¡Qué intensa y apasionadamente han vivido! Los distintos dones y frutos del Espíritu han henchido su vida.

El Espíritu hace irradiar. Así como el Espíritu Santo es personal y no anónimo (es una Persona y no una energía informe), su relación con los hombres no es tampoco impersonal: se posa de manera personalizada en cada uno de los reunidos en el Cenáculo, da a cada uno un don peculiar: cada uno empezó a hablar en una lengua distinta. Las lenguas en que empezaron a hablar los apóstoles y los demás discípulos representaban prácticamente todas las lenguas conocidas de entonces, como da a entender la prolija lista de los lugares de procedencia de los reunidos en Jerusalén para la fiesta. El fuego del Espíritu nos abre al mundo entero, respeta la diversidad de lenguas y culturas, pero las une a todos con el lenguaje universal del amor. Es, pues, un Espíritu de apertura, compresión y armonía entre los diversos.

El agua es también un distintivo del Espíritu: “Riega la tierra en sequía, […] lava las manchas”, dice la Secuencia que hemos escuchado. Y como dice Pablo “hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo, y todos hemos bebido de un solo Espíritu”. El agua nos lava, nos renueva, sacia nuestra sed. Al limpiar nuestro corazón y nuestros ojos por medio del bautismo somos capaces de confesar que “Jesús es Señor”, que él es el Mesías, el Salvador, el Vencedor del pecado y de la muerte.
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Esa sanación profunda nos libera del egoísmo y nos hace comprender que la diversidad de dones que cada uno recibe (los talentos naturales, las capacidades adquiridas, los carismas que recibimos por la fe) no son privilegios o motivos de exaltación propia, sino una invitación al servicio: mis riquezas personales deben enriquecer a los demás, igual que las riquezas ajenas me enriquecen a mí. El Espíritu Santo, el Espíritu del amor es también un espíritu de servicio. Hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Así se entiende mejor que la diversidad no lesione la unidad cuando es este Espíritu el que reina entre nosotros y nos inspira. Así podemos caminar juntos, haciendo Iglesia.
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Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos

5/17/2026

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Por:  Alejandro Carbajo, C.M.F.
https://www.ciudadredonda.org

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Queridos hermanos, paz y bien.
Estamos apurando el tiempo pascual. Iremos de solemnidad en solemnidad, los domingos. La Ascensión, Pentecostés, la Santísima Trinidad y el Corpus Christi. Casi nada. La liturgia se viste de gala, quizá para que no olvidemos lo que significa la resurrección de Jesucristo.


Hoy la Iglesia celebra la Ascensión de nuestro Señor, una fiesta de gran esperanza. Jesús va delante de nosotros para «prepararnos un lugar» (Jn 14, 2). Estamos llamados a elevar nuestros ojos y nuestros corazones al cielo, hacia nuestro destino final. En las preocupaciones diarias a menudo olvidamos esto, pero la Ascensión nos recuerda: mirad hacia arriba, buscad la realidad espiritual, para que un día, cuando nuestra breve estancia en esta tierra termine, podamos vivir en plena comunión con la Santísima Trinidad.


Hemos escuchado el final del Evangelio de Mateo y el comienzo de los Hechos de los Apóstoles. La relación está clara. Jesús se va y deja una tarea clara a sus amigos: continuar con la misión que Él comenzó. Lo dice al ángel que interpela a los Apóstoles: “Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?” Dicho de otro modo, ya está bien de hacer el vago, poneos en marcha, y ya volverá el Señor cuando llegue el tiempo. Ahora comienza vuestro turno.


Y los Discípulos se pusieron en marcha. Y, sin parar, llegaron a todos los confines del mundo. Cumpliendo la tarea que les encomendó el Señor. “Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado.” No lo hicieron nada mal, para no haber estudiado ni Catequética ni Homilética. Ni siquiera Teología. Seguramente, porque habían sentido la fuerza del Espíritu de Jesús, esa fuerza de la que nos habla Pablo en la segunda lectura. Habían sentido la plenitud que lo llena todo. Tenían con ellos la ayuda del Espíritu. Ese Espíritu que celebraremos juntos la semana próxima.


Queda mucha tarea por realizar. La nueva vida, la nueva forma de entender tu existencia inaugurada por Cristo no la conoce casi nadie y debe ser ofrecida a todos. Jesús, llegada la hora de su partida, encomienda esta tarea a los suyos, tarea que habrá de desarrollar en todas las naciones, superando de hecho lo que según el mensaje de Jesús estaba teóricamente claro: que Dios no pertenece a ninguna nación, a ningún grupo particular, sino que quiere ser Padre de todos los que acepten vivir como hijos suyos.


Por eso es necesario ser misioneros, hacer discípulos, dar a conocer a todos el mensaje de Jesús, para hacerles saber que Dios no es poder, sino Amor; no es amo, sino Padre. Por eso, lo que quiere es que nos portemos como hijos suyos, amándonos como hermanos. Es que a Dios sólo se llega por el camino de Jesús: entregándose por amor al servicio de los hombres.


El primer relevo se produjo hace casi dos mil años. Pero la tarea continúa generación tras generación. Y hoy nos ha llegado el testigo a nosotros. La tarea es difícil, pero no estamos solos, pues la palabra de Jesús es firme: «Mirad que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo»


La solemnidad de la Ascensión del Señor es un recordatorio extremadamente necesario de que somos personas de esperanza, especialmente en un mundo ensombrecido por el pecado, la violencia y la muerte. Como la Pascua es la celebración de la victoria de Cristo sobre la muerte, así la Ascensión es una llamada para que nos esforcemos en alcanzar la alegría que nos espera en el cielo. Es un recordatorio de que debemos «buscar lo que está arriba», más que lo terrenal. No podemos entrar en el cielo con un corazón dividido. Necesitamos entregar nuestro corazón completamente a Cristo, para que Él pueda convertirse en nuestra alegría.


Esta vida está destinada a convertir a cada uno de nosotros en el santo que Dios ha querido que seamos. La conversión es un proceso que avanza paso a paso en nuestro enfrentamiento con nuestras debilidades, tentaciones, pecados y defectos de carácter. La caída de nuestra naturaleza solo puede superarse mediante la gracia del Espíritu Santo, a quien el Señor envió a María y a los apóstoles el día de Pentecostés. La vida del mismo Dios, que habita en nuestra alma, y nuestra disposición a entregar nuestra voluntad en Sus manos: eso es lo que, con el tiempo, conduce al cambio. Debemos prepararnos para el cielo, porque en nuestro estado actual, caído, no estamos del todo preparados para él.


Cristo no solo nos prepara un lugar en el cielo, sino que quiere obrar en el interior de nuestras almas para prepararlas para la alegría celestial. Por la fuerza del Espíritu Santo, nuestra mirada puede elevarse hacia realidades más elevadas, de modo que, con cada día que pasa, podamos convertirnos cada vez más en ciudadanos del cielo, y no de este mundo. «Estamos en este mundo, pero no somos de este mundo».


Por eso, nuestra esperanza y nuestra alegría tienen un regusto amargo. Si avanzamos hacia la santidad y nuestra oración nos lleva cada vez más profundamente al corazón de Dios, vemos con mayor claridad hasta qué punto, en realidad, no pertenecemos a esa profundidad. Vemos hasta qué punto no logramos amar a Dios y al prójimo como deberíamos. Gracias a la oración, crece en nosotros el deseo de una mayor unión con Dios y con el prójimo. Es precisamente este deseo el que nos muestra que el tesoro que buscamos es, en verdad, Cristo. Así es como nuestro corazón se prepara para la alegría celestial.


En esta vida, esa claridad celestial que alcanzamos en la oración, y que nos permite tocar el cielo, dura solo un instante. Pero estos instantes son un don que nos impulsa hacia adelante, y cuanto más avanzamos, más fuerte se hace en nosotros la nostalgia por la patria celestial y el anhelo de una comunión plena con la Santísima Trinidad. En esta vida, la alegría siempre se mezcla con una cierta dosis de tristeza. Sentimos esa nostalgia que debieron sentir los Apóstoles cuando el Señor se elevó de entre ellos hacia los cielos, aunque ellos permanecieran en la pacífica y gozosa espera del Consolador.


La Ascensión nos recuerda que algún día viviremos en los cielos en unión con el Dios Trino y Uno y junto a los ángeles y los santos. Ya no le buscaremos en signos y símbolos, sino que le veremos cara a cara. Cristo obra en el interior de cada uno de nosotros preparando nuestros corazones para los cielos, a fin de que podamos habitar en el lugar que Él ha preparado para nosotros en la eternidad. Mientras tanto, continuamos nuestro difícil peregrinaje, fortaleciéndonos en la esperanza y «levantando nuestros ojos a los montes» (Sal 121, 1).
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No os dejaré huérfanos

5/10/2026

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Por:  Alejandro Carbajo, C.M.F.
https://www.ciudadredonda.org

​Queridos hermanos, paz y bien.

A dos semanas para que termine la cincuentena pascual, la Iglesia comienza a prepararnos para la gran celebración con que la concluirá: Pentecostés, la venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles. La manifestación pública de la Iglesia. Podríamos decir, su comienzo. En esta lectura del Evangelio el Señor promete a sus discípulos el envío de un “Paráclito”, un Defensor o Consolador, que no es otro que el Espíritu mismo de Dios, su fuerza y su energía, Espíritu de verdad porque procede de Dios que es la Verdad en plenitud, no un concepto, ni una fórmula, sino el mismo Ser Divino que ha dado la existencia a todo cuanto existe y que conduce la historia humana a su plenitud. No somos huérfanos, porque el Espíritu siempre está con nosotros.

En Pentecostés se produjo el milagro, gracias al don recibido por los Apóstoles. A partir de ese momento, comenzó la expansión por todo el mundo. Hoy hemos escuchado cómo Felipe predica en Samaría. Sabemos que los judíos y los samaritanos no se llevaban en absoluto. Podría sorprender, pues, pero gracias al Paráclito los Discípulos entendieron que la salvación era universal, así que se lanzaron a la tarea. Y lo hizo bien el apóstol, porque bautizó a tantos, que Pedro y Juan se acercaron desde Jerusalén, para confirmar con su bendición la obra iniciada por Felipe.

La acción del Espíritu es la que permite todo esto. Se rompen barreras, se superan odios ancestrales, se va formando la unida de los creyentes. Así se logra un nuevo Pentecostés, al venir el Espíritu Santo sobre estos nuevos cristianos procedentes de un grupo tan despreciado por los judíos. Para el Espíritu divino, no hay barreras ni fronteras. Es Espíritu de unidad y de paz.
La primera carta de san Pedro sigue recordándonos algo muy importante en nuestros días, sobre todo cuando tanta gente está a la búsqueda de una luz en si vida: que los cristianos debemos estar dispuestos a dar razón de nuestra esperanza a todo el que nos la pida. Tenemos que poder explicar por qué creo, por qué espero, por qué confío en la bondad de Dios, a pesar o en medio de los sufrimientos, personales y del mundo, que nos rodean. Saber explicar lo que significa haber experimentado el amor del Padre, comprender los padecimientos de Cristo por mí y por todos para darnos la posibilidad de llegar a la plenitud de nuestra existencia en Dios.

Por eso san Pedro nos anima a ser pacientes en los sufrimientos, contemplando a Jesucristo, nuestro modelo, el justo, el inocente, que oraba por sus asesinos en medio del suplicio y los perdonaba, para conducirnos a Dios. Ese Jesús que fue vivificado por el Espíritu.

El Espíritu es un personaje sin rostro. A diferencia del Padre Todopoderoso (de quien se habla en el Antiguo Testamento) y del Hijo, tiene un carácter inobjetivable. Se nos escapa de las manos. Por eso su acción expresa en la Sagrada Escritura en términos como viento, fuerza, inspiración, luz, impulso… Es la Persona más frágil – si se puede hablar así – e impalpable de la Santísima Trinidad.

Se le reconoce por sus acciones, por su trabajo. Por ello se le reconoce como a la Persona – Obrera de la Trinidad. Es el poder de Dios, el amor de Dios en acción, el garante de que se cumplan las promesas. De todo el trabajo que el Espíritu realiza, el Señor subrayará varias acciones concretas en la página del Evangelio de este domingo.

– Es el espíritu de la Verdad. Nos hace salir de la mentira y del engaño. Quien recibe el Espíritu de Dios aprende a apreciar, a ser sensible y a gustar cuanto de bueno, de bello, de noble, de justo se da en la realidad, a no ser derrotista’ o fatalista, como nos pedía san Pedro; a poseer el sentido del bien y del mal; a tomar decisiones habiendo percibido su llamada y a poseer el coraje para secundarla.

– Es también el Defensor. El proceso de vida cristiana está sujeto a crisis, a luchas, a obstáculos. Atraviesa por momentos de aridez, de sensación de timo, de cansancio, a tentaciones… y, además, debe de justificarse frente a una cultura que no acaba de entenderla o que la rechaza abiertamente. El Espíritu del Señor se convierte en un íntimo conocedor de nuestras desolaciones, («Consolador buenísimo» le canta la liturgia) y mantenedor de la tensión del seguimiento.

– Es el que nos une a Dios. Nos da el espíritu de hijos. Saberse hijo, incondicionalmente querido, indefectiblemente perdonado y acogido es el punto del que depende no solo nuestra salud espiritual, sino incluso el equilibrio psíquico. Desde ahí comienzan la entrega y el amor. No resulta extraño que cuando la experiencia de la filiación del amor de Dios languidece, los compromisos cristianos se vuelven cargas insoportables.
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Acojamos esa presencia que nos sobreviene prometida del Señor como Espíritu del amor, de la verdad y del bien. Vivir la Pascua significa redescubrir cada día que estamos llamados al amor y a la comunión. Que, aunque somos débiles y con frecuencia nos sentimos aplastados por muchas preocupaciones y sufrimientos, se nos conceda no perder nunca el deseo de ser testigos del amor. Que cada día podamos decirle al Señor: «Concédeme, hoy, ser motivo de consuelo para mis hermanos, en especial para los más tristes y los que pasan por las pruebas más difíciles».

​«Concédeme, hoy, hacer brillar un rayo de luz en el camino de quienes no conocen la belleza de la vida». Que cada día podamos decir: he aquí la Pascua. Que cada mañana podamos ponernos en camino impulsados por el Espíritu de amor, y así ya nada podrá asustarnos: hasta el dolor y la muerte se volverán acontecimientos de amor, acontecimientos pascuales, pasos a la vida nueva. Con la ayuda del Espíritu.
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No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí.

5/4/2026

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Por:  Alejandro Carbajo, C.M.F.
https://www.ciudadredonda.org

Queridos hermanos, paz y bien.

El camino de la primera comunidad de discípulos, que hemos ido meditando en estas semanas de Pascua, parecía un camino de rosas. Ya hemos visto cómo vivían todos unidos con un solo corazón y con una sola alma, cómo se ayudaban los unos a los otros en todo lo que podían, moral y materialmente. Hasta hoy, cuando aparecen diferencias y discusiones entre los de lengua griega y los de lengua hebrea. Parece normal que, cuando un grupo crece, haya problemas de organización, seguramente sin mala voluntad. Pero algunos se molestaron, y eso dio lugar a una reflexión que puede sernos útil a nosotros, veinte siglos después.

Todos se reunieron y juntos llegaron a la conclusión de que había que diversificar los ministerios. Unos, a rezar y a celebrar el recuerdo de la última cena con el Maestro, o sea, dedicados a la liturgia. Otros, entregados al servicio de los necesitados, o sea, a la “diakonía”. Que para eso están los carismas en la Iglesia. Tuvieron reflejos los Apóstoles, para adaptarse a la nueva situación, para que todos tuvieran que comer y no disminuyera la oración. Los Discípulos les impusieron las manos a los diáconos elegidos, para que se viera la unión de estos diferentes carismas y la comunidad pudiera seguir viviendo en paz y armonía.

Esa paz que el Señor deseaba y los Apóstoles sintieron cada vez que se les apareció, después de haber resucitado. Hoy también hay palabras de pacificación. Es bonito escuchar unas palabras de consuelo en un mundo tan agitado. “No se turbe vuestro corazón”. El Buen Pastor, figura sobre la que meditábamos el domingo pasado, comienza con estas reconfortantes palabras un discurso muy profundo y personal. Recordemos el contexto: son las horas que siguen a la Última Cena, los Discípulos están angustiados, confundidos, acaban de saber, de labios del Maestro, que uno de ellos es un traidor, que Pedro le va a negar y que se va a un lugar donde no pueden seguirle, por el momento. Una situación angustiosa.

Y, en medio de este miedo, Jesús pronuncia estas palabras, que sonarían como una caricia para el alma. No les promete que el dolor desaparecerá, no les ofrece utopías o un mundo mejor, les ofrece un ancla, la fe. Creer en Él es la medicina contra la inquietud del corazón. Jesús les promete que su marcha no es para siempre. Es una forma de amor, porque va a prepararles un lugar en la casa del Padre. Esta promesa nos recuerda que nuestro destino último no es quedar a la intemperie, ni estar solos, ni tampoco el vacío absoluto, sino la comunión con Dios después de la muerte. La turbación ante la muerte es una realidad innegable, pero no es la última realidad. La última realidad la tiene Cristo, el Camino que nos lleva de vuelta a casa.

En ese momento Tomás, que siempre es muy expresivo (recordemos el deseo de tocar las llagas de Cristo, cuando estaba ausente en la primera aparición del Resucitado a los Apóstoles, su “ver para creer”) reconoce que no ha entendido nada. Ni sabe adónde va Jesús, ni sabe cómo llegar allí. Yo intuyo que los demás tampoco entendieron mucho, pero eso le sirve a Jesús para revelarse como “el Camino, la Verdad y la Vida”. Es la puerta por la que las ovejas van al Padre. Porque el Padre y el Hijo son Uno, por eso ver al Hijo es ver al Padre. “Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto”, dice Jesús.

Pero no todo se aclara. Sigue la confusión y ahora es Felipe el que pone voz al desconcierto general: “Señor, muéstranos al Padre y nos basta”. “Casi nada”. Un deseo que todos podríamos suscribir, ver a Dios, tener la certeza de su existencia y poder vivir con total seguridad. Repito, “casi nada”.
Pero Jesús le abre los ojos a Felipe, y le hace ver que eso que pide, ya se ha cumplido. Está viendo a Jesús, que es como ver al Padre. Es la revelación hacia la que va llevando la predicación de Cristo. Ya tenemos todo lo que necesitamos para poder creer, para poder decir que vivimos en el Padre y en el Hijo y en el Espíritu Santo.

Finalmente, el texto nos deja una sorprendente promesa: los que creen en Él, realizarán las mismas obras y «hasta mayores». No es algo para que nos volvamos soberbios, sino más bien un recuerdo para que seamos las manos y los pies de Jesús en este mundo, movidos por la fuerza del Espíritu, que es la fuerza que Él se encargará de enviar. Seguir adelante con la obra que empezó el Señor.

En este momento del tiempo pascual, nos podemos preguntar:
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¿Cómo te encuentras? ¿Vives en paz? ¿Haces realidad en tu vida el mandato de Jesús de que tu corazón no se turbe, en los momentos que sientes miedo o preocupación? ¿Crees en Él, también en los momentos de crisis que hay en tu vida?

¿Es Jesús para ti el único Camino, la auténtica Verdad y la verdadera Vida? ¿Se hace esto verdad en tu vida? ¿O buscas caminos aparentemente más cómodos, pero que no te proporcionan consuelo o sentido en la vida?

Sobre el conocer al Padre Dios, ¿qué rasgos de nuestro Padre Bueno puedes descubrir al observar el modo en que Jesús trataba a sus Discípulos? ¿Cómo puedes imitarlo en tu vida diaria?

Sabemos que, al final, creer es fiarse. No es comprender racionalmente; es acoger, dar crédito, encontrarse con el Señor y considerarlo en verdad como aquel que mueve los hilos de nuestra vida y dispone el desarrollo de todos los acontecimientos. Hasta que no lleguemos a esta experiencia de comunión —es decir, de abandono de nosotros mismos en Aquél que nos ha incorporado a Sí mismo en el Bautismo— no podremos decir que conocemos plenamente a Jesús y, en Él, al Padre. Para esto nos ha sido dado el Espíritu Santo. Él nos permite caminar por el sendero de Dios seguros de que lo dispone todo para nuestro bien.

Así se llega a conocer al verdadero Dios: aceptando a Jesús como modelo de hombre. Todo lo demás serán aproximaciones que necesariamente se quedan pequeñas, y sólo serán válidas si no se apartan de este camino que es Jesús, si no deforman esta verdad que es Jesús y si no arruinan esta forma de vida que Jesús sigue manteniendo disponible en la fuerza de su Espíritu.

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