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Yo soy la puerta de las ovejas.

4/26/2026

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Por:  Alejandro Carbajo, C.M.F.
https://www.ciudadredonda.org

Queridos hermanos, paz y bien.


El cuarto domingo de Pascua es conocido tradicionalmente como el Domingo del Buen Pastor.  Es un nombre consolidado en la tradición de la Iglesia Católica desde hace siglos. Tiene su origen en el capítulo diez del Evangelio de Juan, donde Jesús se presenta como el «Buen Pastor» que da la vida por sus ovejas. Además de la meditación sobre el Buen Pastor, este domingo ha sido instituido oficialmente para celebrar la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones. Porque siguen haciendo mucha falta buenos pastores.


La imagen del Buen Pastor tuvo un éxito notable entre los cristianos quienes, ya desde los primeros siglos de la Iglesia, representaron a Jesús como Buen Pastor cargando sobre sus hombros un cordero o una oveja. Esas representaciones se conservan en las catacumbas romanas y en numerosos sarcófagos de distinta procedencia. La imagen sugiere la ternura de Cristo y su amor solícito por los miembros de su comunidad, su mansedumbre y paciencia, cualidades que se asignan convencionalmente a los pastores, incluso su entrega hasta la muerte. Ya sabemos que “el buen pastor da la vida por sus ovejas”.


Puede que, en una realidad urbana sembrada de centros comerciales, semáforos, automóviles y demás, la figura del Buen Pastor que nos presenta este domingo IV de la Pascua no resulte la más actual para captar la hondura de la persona y del mensaje de Jesús. Quizá, por ello mismo, habría que concluir (sin olvidar la imagen clásica que el evangelio de hoy nos presenta) que Jesús es un hilo conductor que nos ofrece la luz necesaria para ver los acontecimientos de la vida, con la mirada de Dios, y es aquel hilo conductor que, cuando se vive conectado a Él, produce inmediatamente la vida.


Jesús, el Buen Pastor, es el nos abre a todo un océano de posibilidades:


– Va por delante de las ovejas. Las llama por el nombre y las saca del redil. Abre la puerta, para que las ovejas salgan y le sigan. Y si cruzas esa puerta, antes o después te acabas encontrando con Jesús. Es como un ascensor por el que los creyentes podemos subir hasta la felicidad del cielo.


– Busca a las ovejas perdidas. Es un psicólogo excelente. Conoce a cada una de sus ovejas. Sabe lo que nos pasa, lo bueno y lo malo. El día de nuestro Bautismo entró en lo más hondo de nuestro corazón y no ha dejado de acompañarnos hasta hoy. Si nos perdemos, porque nos alejamos de Él, consciente o inconscientemente, sale a buscarnos, porque sin ti el rebaño no está completo. Y no para hasta encontrarte.


– Da la vida por las ovejas. Porque las siente como suyas, no es un “mercenario” a sueldo. Cuando llegan los peligros, se pone delante de sus ovejas, para que no sufran nada.


– Las lleva a buenos pastos, donde hay verde hierba y agua abundante, para que reposen y poder curar las heridas. Quiere darte un descanso provechoso, para que recuperes las fuerzas y que sientas en el camino su protección y su cercanía, para que estés seguro. Por eso merece la pena aprovechar y disfrutar del Pan de Vida que nos da en la Eucaristía. La Santa Misa es la ventana que nos permite contemplar la gran fiesta a la que estamos llamados.


Y nosotros, ¿qué tenemos que hacer?


– Seguir al pastor y conocer su voz. Escuchar su Palabra, que está al alcance de la mano cada día. Acompañando al Pastor, intentando vivir como Él, es como mejor se le conoce. Incluso puedes llegar a ser pastor para otros. Como los Apóstoles y los Evangelistas, que recogieron el mensaje de Cristo, para que no se perdiera.


– Dejarnos conducir por Él. Jesús ha abierto el camino, nos ha mostrado cómo se puede llegar a los verdes pastos, y nosotros nos empeñamos en buscar atajos complicados y peligrosos, bebemos de fuentes contaminadas, escuchamos voces embusteras y nos dejamos llevar por pastores que ofrecen felicidad efímera, a coste de la propia vida. No le dejamos al Maestro guiarnos.


– Ser rebaño. En solitario, somos ovejas perdidas. Nuestro Pastor nos quiere junto a otras ovejas. Si estamos perdidos, nos llama por nuestro nombre para que volvamos a Él. Somos únicos e irrepetibles, pero nos quiere junto a nuestros hermanos. Un sólo Pastor y un sólo rebaño. Eso debe recordarnos que no elegimos a los miembros del rebaño. No somos quién para echar a nadie del grupo. Nuestros compañeros de establo nos los da el mismo Cristo. Y no quiera Dios que alguien se haya perdido por mi culpa…
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La imagen del Buen Pastor debe evocar en nosotros a esa persona que cuida y protege las ovejas encomendadas a su cuidado. ¿Tengo yo esa sensación de paz, seguridad y confianza que debe darme el sentirme en buenas manos, en las manos de Dios Padre que “pastorea mi alma”?

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Comentario al Evangelio del 19 de abril de 2026

4/19/2026

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Por:  Alejandro Carbajo, C.M.F.
https://www.ciudadredonda.org

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Queridos hermanos, paz y bien.

Si en tiempos de Jesús hubiera habido club de fans, seguramente el nivel de afiliación al club de Jesús hubiera sido muy alto. Más que el de algunos cantantes hoy. En ese grupo de admiradores, que los tenía y muchos, había diversos grados de seguimiento. Los había que se acercaban por curiosidad (y en Múrmansk, donde vivo, hay muchas personas que entran en la iglesia, por curiosidad; para algunos, es el primer paso hacia el encuentro con Cristo), a ver qué era eso de Jesús. Sobre todo, si había comida gratis… Estaban con Él un tiempecito, y luego se iban. Otros había que se tomaban más en serio eso que decía el Maestro, y estaban dispuestos a viajar de un lado a otro, una temporada, para seguir profundizando en su mensaje. Al cabo de un tiempo, volvían a sus quehaceres diarios, quizá revitalizados por las vitaminas espirituales recibidas de Cristo. Por fin, los había que todo lo dejaron para estar siempre con su amigo y acompañarle y estar con Él en los buenos y en los malos momentos. Siempre podemos preguntarnos en qué grupo nos podemos encuadrar, cuando vamos por el sendero de la vida.

En este sendero de la vida asistimos a otro encuentro del Resucitado con sus discípulos. En esta ocasión, son dos que se van de Jerusalén, entre enfadados y desilusionados. Innumerables fueron las esperanzas que quedaron incumplidas con la muerte de Jesús. Sus discípulos, sus amigos, los mismos de su pueblo, su propia familia…, todos habían soñado mil y una cosas buenas sobre Jesús de Nazaret. Y todos esperaban que sus triunfos les salpicaran y cambiaran el sentido de sus vidas. Sin embargo, todo acabó a los ojos de los hombres con un estruendoso fracaso. Jesús es condenado a muerte y ajusticiado en una cruz, como un delincuente vulgar. Por eso, no es extraño que cuantos habían depositado en él sus esperanzas, se sientan a su muerte desconcertados y tristes.

Nosotros no estamos lejos de aquellos discípulos y seguidores de Jesús. Muchas de nuestras esperanzas humanas también se han visto defraudadas. La propia Iglesia, a pesar de ser la depositaria de la Palabra de Jesús, ha sufrido el desencanto y la desilusión, porque ha buscado lo que el Señor no podía ofrecerla. La raíz de tanto desencanto es el escuchar parcialmente las palabras de Jesús o hacer una lectura intencionada y no integra de la vida de Jesús. Si nosotros nos decidiéramos a leer toda la Escritura comprenderíamos que el camino de Jesús pasa por la cruz, que era necesario que el Mesías padeciera para entrar en la gloria. Sobre Jesús se nos dice que la muerte, y más concretamente aquella muerte que sufrió, era un camino por el que tenía que pasar. Pero, por otro lado, sólo era un camino, un trance. La muerte no era lo definitivo, no era la meta de ese camino. La meta era la vida plena cabe Dios.

De lo que resulta que los caminos de Dios no son nuestros caminos, ni su calendario nuestro calendario, ni su esperanza la nuestra, ni su gloria el sentido que nosotros tenemos del éxito. Pero ¿cómo convencer de ello a aquellos dos discípulos de Emaús, vencidos por la desilusión, rendidos ante la evidencia de una muerte que había segado por completo las expectativas que habían depositado en Jesús? ¿Cómo hacerles ver que aquella muerte no era absurda? El misterioso acompañante se sirve de unos viejos textos y de unos viejos gestos. Unos viejos y, puede conocidos textos que van a cobrar un sentido inesperadamente nuevo al relacionarlos con el destino de Jesús. Y un destino incomprensible de Jesús que cobra sentido cuando se contempla a la luz de esos textos.

Las Escrituras aparecen como un traje hecho a medida para Jesús: cada uno de los pasos dados por Él en los últimos días de su vida estaba como preanunciado. Ahora todo encaja: la vieja escritura y los hechos recientes. Ésa es la invitación que hoy se nos hace: a leer «el sentido cristiano del antiguo testamento». Las viejas Escrituras adquieren una profundidad nueva.

Quizá, más que aferrarse al testimonio de textos concretos, lo que importa es descubrir una dinámica, una tendencia de fondo que conduce a la historia y destino de Jesús. Así, esa historia y ese destino están dentro de la lógica de Dios en el seno de la «lógica» de la historia humana, una lógica de Dios que ya se había dejado entrever en la historia de la fe de la alianza con Israel. Se descubre así la profunda unidad de un designio.
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Y si la explicación de Jesús, las palabras que les comunica a lo largo del camino, despejan tanta oscuridad y dejan un horizonte luminoso, el viejo, pero inconfundible, gesto de bendecir la mesa es el que ahora los conduce al reconocimiento. El compañero de camino no ha dicho nada sobre sí mismo, pero con ese gesto, después de las palabras que les había dirigido durante el camino, está dicho todo. Se les abren los ojos y lo reconocen. Y todo da un viraje de ciento ochenta grados, todo da un vuelco decisivo en sus vidas.

¡Qué fuerza y qué sentido pueden cobrar a veces palabras viejas y gestos viejos con tal de que encuentren en nosotros un grado mínimo de apertura, un pequeño resquicio! Los discípulos de Emaús fueron con Él todo el camino y no lo reconocieron, hasta que «alguien» hace con ellos lo que Cristo hubiera hecho. Es Él, pero tienen que aprender a reconocerlo como ahora está. Está de una manera diferente, pero es Él. Los relatos que siguen intentan resolver los problemas que suscita esta manera diferente en que ahora, resucitado, está. Dios había tomado una carne, la de Jesús de Nazaret, con la encarnación, con la resurrección Dios nos revela que ha tomado toda la carne y la ha hecho suya; lo que Dios ha unido, por la encarnación y la resurrección, no lo puede separar el hombre.

Sólo hay tres «lugares» en donde puedes encontrarte con Cristo resucitado: la Sagrada Escritura (porque Él es la Palabra de Dios); en el partir del pan, en el doble sentido de la Eucaristía y cada vez que compartimos el pan con alguien (Eucaristía y sentido social); en la comunidad (por eso se les aparece apenas se juntan con los once otra vez; los once eran la comunidad primera representada oficialmente en un solo grupo). A Tomás, que estaba fuera, no se le aparece, si recordáis el Evangelio del domingo pasado, hasta que participa en la vida de la comunidad.

En la Eucaristía escuchamos las Escrituras, hacemos memoria de la bendición del pan por Jesús: el Señor se hace de nuevo presente entre nosotros para confortarnos en el camino de la vida, para hacer que nos sintamos Iglesia que se congrega, para ayudarnos a vencer el desaliento y a descubrir un sentido donde no vemos nada, donde sólo vemos absurdo.




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Comentario al Evangelio del 12 de abril de 2026

4/12/2026

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Por:  Alejandro Carbajo, C.M.F.
https://www.ciudadredonda.org

Queridos hermanos, paz y bien.

Seguimos respirando el aroma de la Pascua. Terminamos la Octava de la noche más grande de la historia de la humanidad. Ese momento de la vida de Cristo que da sentido a nuestra existencia.

Nuestra vida no se puede concebir sin la fe. Muchos siguen pensando que es algo sólo personal, que se trata la relación individual con Dios, por medio de unas ciertas normas y expresada en la oración a ese Dios, que habló por medio de su Hijo, Jesucristo. Les gustaría que la Iglesia se refiriera únicamente a “las cosas del Cielo”. Pero ya san Juan XXIII recordó que “todo lo que atañe al hombre atañe a la Iglesia”, al convocar el Concilio Vaticano II.

Lo entendieron muy bien los primeros cristianos, de los que nos habla el relato de los Hechos de los Apóstoles. En una especie de visión panorámica, en un texto escrito poco después de la Resurrección, se nos narra cómo la fe en Jesucristo resucitado, el haber recibido el Espíritu santo, nos incorpora a una comunidad cristiana, a la Iglesia. Una Iglesia que no se reduce únicamente al Papa, los Cardenales, Obispos y religiosos, sino que está formada por todos los creyentes, que tienen formas diversas de vida, pero con muchas cosas en común, como hemos oído.

Aunque no sabemos con certeza hasta qué punto se llevaba a la práctica lo que hemos escuchado (el caso de Ananías y Safira, por ejemplo, cf. Hc 5, 1-11), sin duda la idea de compartir todo nos habla de un ideal al que debemos tender: si todos somos hermanos, por ser hijos de Dios, que no le falte nada a nadie en nuestras comunidades. No es que no valoraran los bienes de este mundo, sino que optaron por renunciar a todo uso egoísta de lo que tenían. El ideal cristiano no es la indigencia sino un mundo en el que “nadie sea pobre” (cf. Hch 4,34). Quien cree que Jesús ha resucitado, no se somete a la esclavitud del poseer. El desapego de los bienes de este mundo sigue siendo una condición indispensable para quien cree en el Resucitado. Compartiendo, manifiesta la completa disponibilidad de ponerse a sí mismo al servicio de los hermanos.

Compartir la Eucaristía y la oración es la base para que una comunidad sea el signo de que en el mundo está presente y actúa el Espíritu del Resucitado. Juntos podemos ser recordatorio para los demás de que se puede vivir de otra manera.

La segunda lectura, de la Primera Carta de Pedro, se dirige a paganos convertidos a la fe que, precisamente por eso, tienen muchos problemas. Escribiendo para diversos grupos de personas (casados, solteros, esclavos…), recuerda que las minorías siempre se encuentran con problemas al comienzo.

El texto de hoy nos recuerda la esperanza a la que estamos llamados, para que los problemas cotidianos no nos hagan olvidarla. Porque, como hemos escuchado al final, está en juego nuestra salvación. Esa salvación a la que nos llama Dios Padre, que nos ha hecho sus hijos y, por medio de la muerte y resurrección de Jesús nos hace nacer de nuevo a una herencia incorruptible. Como hijos, estamos destinados a una herencia digna de su grandeza y de su infinita ternura.

El autor nos invita a perseverar incluso en las dificultades, pues así se consolidará y purificará la fe que profesamos, como el oro en el crisol, una imagen muy viva y muy usada en la Biblia. Esta fe nuestra, que tiene por objeto a Jesucristo a quien amamos y en quien creemos sin haberlo visto. De quien procede toda la alegría que experimentamos en este tiempo pascual.

De las dificultades para creer nos habla también el Evangelio de Juan. En principio, todos los Apóstoles tuvieron problemas. A estas preguntas Marcos, Lucas y Mateo responden diciendo que todos los apóstoles dudaron. La fe en el Resucitado no ha resultado fácil ni rápida para ninguno; ha sido, por el contrario, un camino largo y fatigoso, a pesar de las muchas pruebas que Jesús les ha dado de estar vivo y de haber entrado en la gloria del Padre.

La respuesta que da el evangelista Juan es distinta; propone a Tomás como símbolo de las dificultades por las que atraviesa todo cristiano para llegar a la fe. Es difícil saber por qué se ha fijado Juan en este apóstol en concreto. Sea por lo que sea, lo que Juan quiere enseñar a los cristianos de su comunidad, y también a nosotros, es que el Resucitado posee una vida que no puede ser captada por nuestros sentidos, ni tocada con las manos, ni vista con los ojos; solo puede ser alcanzada por la fe. Y esto vale también para los Apóstoles, a pesar de la experiencia de encuentro que han tenido con el Resucitado. No se puede tener fe en aquello que se ha visto. Si alguien exige ver, verificar, tocar… debe renunciar a la fe. La Resurrección no se puede demostrar científicamente, pues pertenece a una realidad distinta: la realidad de Dios.

Jesús se aparece dos veces en siete días. La primera vez estaba ausente el apóstol Tomás, que al enterarse por sus compañeros no quiso dar crédito a sus palabras y pidió “pruebas palpables” del acontecimiento. En la segunda aparición sí estaba presente Tomás, a quien Jesús invita a tocar sus llagas, a meter la mano en su costado traspasado. Ahora sí, Tomas confiesa humildemente “Señor mío y Dios mío” y Jesús le reprocha su incredulidad, no haberse confiado en el testimonio de los demás apóstoles. Si nosotros decimos: “dichosos los que han visto”, Jesús, por el contrario, llama bienaventurados a los que no han visto, no porque hayan experimentado más dificultades en llegar a la fe y, por consiguiente, tengan más méritos, sino porque su fe es más genuina, más pura. Quien ve, posee la certeza de la evidencia, posee la prueba irrefutable de un hecho. “Bienaventurados los que crean sin haber visto”, es decir, los que acepten el testimonio de la vida y de la predicación de la Iglesia. Es decir, todos nosotros que celebramos con tanto gozo este tiempo pascual.
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El pasaje del evangelio de san Juan que hemos leído, es una primera conclusión de todo el escrito. Por eso las últimas frases nos advierten que Jesús hizo ante sus discípulos muchos otros signos, refiriéndose a sus milagros y a todo su ministerio público, a su pasión y a su resurrección. Dando a entender, además, que quedan muchos por contar y afirmando que los que ha presentado en su Evangelio tienen un solo objetivo: llevarnos a nosotros a creer en Cristo y, por la fe en Él como Mesías e Hijo de Dios, a obtener la salvación. Como nos recuerda el Domingo de la Misericordia, que celebramos hoy, desde hace 26 años, por inciativa de san Juan Pablo II. Todo por pura misericordia de Dios. Esta es la razón por la que leemos el Evangelio en cada Eucaristía en la iglesia, porque alimenta nuestra fe.

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Comentario al Evangelio del 6 de abril de 2026

4/5/2026

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Virginia Fernández Aguinaco
https://www.ciudadredonda.org

Iniciamos la Octava de Pascua con el sentimiento de gozo y esperanza de la Vigilia Pascual. Durante toda la semana las lecturas remiten al Acontecimiento que sostiene la fe de millones de personas en la tierra. Una fe común, Jesucristo ha resucitado, y muchos matices y sensibilidades para la alegría y la respuesta.

Pedro, cincuenta días después, en Pentecostés, fortalecido por el Espíritu Santo y rodeado de los once, afirma rotundamente que la resurrección es el cumplimiento final del pacto davídico.  La vinculación de Jesús con la estirpe, que establece Pedro, utiliza una lógica jurídica y profética. David no es un simple dato genealógico, sino la piedra angular que sostiene la legitimidad de Jesús como el Mesías prometido. Parece, según el libro de los Hechos, que muchos creyeron al oirle. Y muchos, a través de los siglos,  también creímos.

Pedro fue testigo del sepulcro vacío pero las mujeres, al amanecer del tercer día, vieron y escucharon al mismo Jesús y recibieron su encargo: decid a mis hermanos que vayan a Galilea. ¡Jesús vive, ha vencido a la muerte!

Mateo relata que el hecho portentoso fue negado y combatido desde aquel momento. Y así sigue ocurriendo. El primer intento de ocultarlo, de evitar que la noticia se difundiera, fue el de los mismos que habían procurado la condena. Sería un escándalo y una vergüenza para aquellos principales de la sociedad judía y un riesgo  de muerte para los soldados romanos que custodiaron el sepulcro. ¿Y si alguno de los que nos decimos cristianos estuviéramos ocultando la verdad por miedo?

Porque la fe es un riesgo y proclamar la verdad resulta, en el mejor de los casos, bastante incómodo.
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Deberíamos, a lo mejor, conocer y denunciar los ataques a la fe cristiana en y, según nuestras posibilidades, ayudar a las víctimas de la persecución religiosa que se da en nuestro tiempo con más intensidad que nunca.

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