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Comentario al Evangelio de 27 abril 2025

4/27/2025

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Alejandro Carbajo, C.M.F.
https://www.ciudadredonda.org

Queridos hermanos, paz y bien.

Celebramos hoy la fiesta de la Misericordia. Se celebra el primer domingo después de Pascua, y es conocido como el Domingo de la Divina Misericordia. La inscribió primero en el calendario litúrgico el cardenal Francisco Macharski para su Archidiócesis de Cracovia (1985) y a continuación algunos obispos polacos lo hicieron en sus diócesis. A petición del Episcopado de Polonia, el Papa Juan Pablo II, en 1995, instituyó esta fiesta en todas las diócesis de Polonia. El 30 de abril de 2000, día de la canonización de Sor Faustina Kowalska, el Papa instituyó esta fiesta para toda la Iglesia.

Durante toda esta Octava de Pascua hemos meditado sobre las apariciones del Señor a distintas personas. Son experiencias de vida, de alegría, de reencuentro con Aquél que nos amó hasta el final. Encuentros que devuelven el valor para seguir adelante, como veremos en Pentecostés.

De momento, las lecturas de hoy nos van presentando el panorama de la comunidad cristiana, cuando comenzaba su desarrollo. Es importante para nosotros, tenemos que prestar atención a los detalles, porque deberíamos ser como ellos.

Para empezar, estaban todos unidos. Era necesario, porque se enfrentaban a mucha oposición. Estaban unidos, y se reunían para orar. En eso sí nos parecemos, porque también nosotros oramos juntos. En estos días, después de la muerte del Papa Francisco, y a la espera del cónclave para elegir al nuevo papa, todos los católicos estamos también unidos en la oración, por su eterno descanso y por el futuro de la Iglesia. Es algo que se siente a lo largo y ancho del mundo.

Parece que a los no creyentes los cristianos les caían bien, eran simpáticos, porque intentaban vivir de otra manera, aunque no se les juntaban, porque tenían miedo. Podía ser peligroso, ya que ir contra corriente siempre ha sido arriesgado. De hecho, las persecuciones contra los cristianos así lo atestiguan. La fidelidad se prueba en las tribulaciones.

Quizá por esa fidelidad, por esa constancia, muchos se iban acercando a la Iglesia. Crecía el número de los hermanos. Seguramente, porque los gestos que hacían los Apóstoles eran los mismos que hacía Jesús: sanar a los enfermos, liberar a los endemoniados, en definitiva, ayudar a las personas a ser felices, siendo libres. Es que el Resucitado dio a sus Discípulos su poder sanador.

El libro del Apocalipsis se escribió al final del siglo primero, en plena persecución de Domiciano, y después de la persecución de Nerón. Frente a la necesidad de adorar públicamente al emperador, en el centro de las comunidades cristianas debe estar siempre el Resucitado. Porque Él es el único Rey que gobierna a la Iglesia con su Palabra; el Sacerdote que ofrece el único sacrificio agradable a Dios, dando su propia vida; la culminación de todas las profecías.

La pregunta para nuestra comunidad hoy es: ¿a quién colocamos en el centro de nuestras vidas? ¿Al Resucitado y a su Palabra o a otras personas y otras palabras? ¿Adoramos a Cristo o a otros ídolos?
Sobre la importancia de la comunidad nos habla el Evangelio. Fuera de ella, Tomás no se puede encontrar con el Resucitado. Reunido con ella, se produce el encuentro y la confesión de fe. Y, frente al miedo a los judíos y las dudas sobre la presencia del Resucitado, la paz que emana del Señor. Esa paz que permite incluso afrontar la muerte con armonía, como hacen los mártires.

Si lo pensamos bien, todos los Apóstoles dudaron, no sólo Tomás. En realidad, san Lucas, por medio de Tomás, quiere ayudarnos a dar respuesta a esas dudas que pueden afectar a todos los creyentes, a todos los que no han visto al Señor resucitado, ni siquiera a los Discípulos, porque vivieron numerosos años después de la muerte de éstos. Porque a muchos les costaba creer. Les hubiera gustado tocar las llagas del Resucitado, para comprobar que es Él. Como a muchos cristianos de hoy.

Con el relato de las apariciones, en el día primero de la semana – cuando también nosotros nos reunimos ahora – el evangelista Lucas nos da las claves para poder entender lo que significa creer en la resurrección del Maestro. No se trató de un hecho físico, sino de algo sobrenatural, invisible a los ojos, pero accesible a los que tienen fe. Por eso, “dichosos los que crean sin haber visto”. El cuerpo resucitado, glorificado, no está delimitado por el espacio y el tiempo; se extiende hasta donde el Espíritu se extiende; se hace presente en el tiempo en el que el Espíritu está presente.

Cuando nos preguntamos ¿qué vieron los discípulos?, podemos responder: su visión no fue óptica, con los ojos naturales. Vieron porque Dios les permitió ver, contemplar «misteriosamente» la realidad del Señor resucitado. Jesús resucitado no está en un solo lugar, sino en todo lugar; en un tiempo, sino en todos los tiempos; en una persona, sino en todas las personas. Le ha sido dado todo el poder en el cielo y en la tierra. Ver al Señor es verlo todo. Es ver la humanidad y su historia «de otra manera», es ver la naturaleza «de otra manera», es verse a uno mismo «de otra manera», es ver a Dios «de otra manera».

La visión de Jesús resucitado responde a su aparición o sus apariciones. Sin aparición no se puede ver. Dios Padre tiene la iniciativa: él hace que podamos «ver», por eso, «nos muestra a Jesús, fruto bendito de su vientre», a «su Hijo unigénito». Hoy en día, somos cristianos si nos es concedida la gracia de una auténtica aparición pascual. El Señor Resucitado sigue apareciendo. Ver de esa forma es «creer». Es sentirse distinto, renacido, como una criatura nueva.

La verdadera fe no consiste en no ver físicamente, sino en «ver» de otra manera, dejar que la Revelación y Aparición del Señor nos saquen de nuestra ceguera, de nuestros límites estrechos. Por eso, quien así contempla y ve, es «bienaventurado». Tenemos el Evangelio, en el que resuena la voz de Cristo. Esa voz que las ovejas conocen, y por la que se sienten atraídos. Esa voz que nos sigue llamando, y hablando de la misericordia de Dios. Como lo hizo el Papa Francisco.

Esos benditos por creer sin haber visto somos nosotros. Al igual que los Discípulos, estamos invitados a ser portadores de la paz de Cristo, a sanar con nuestras acciones y palabras, y a anunciar con valentía la Buena Nueva de Jesús. Que así lo hagamos, Señor. Amén.


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Evangelio del Domingo de Resurrección (20 de abril de 2025)

4/20/2025

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Alejandro Carbajo, C.M.F.
https://www.ciudadredonda.org

Queridos hermanos, paz y bien.


Queridos amigos: ¡Ha resucitado el Señor! Ese niño que nació en Belén, que se crio bajo los cuidados de María y José, que a los 30 años inició su vida pública bautizándose en el Jordán y que paso por el mundo haciendo el bien, hablando de Dios que es amor y acercándolo a la vida de los más pobres, que fue juzgado y condenado a morir en una cruz, que fue crucificado, muerto y sepultado. Ese mismo Jesús hoy ha resucitado. La muerte no ha podido derrotarle. La injusticia no ha triunfado sobre una víctima inocente. Desde ahora, todos los crucificados de este mundo pueden llevar sus cruces con esperanza, porque el mismo Dios que ha resucitado a Jesús, también nos resucitará a nosotros.


La primera lectura nos recuerda todo lo que ha sucedido, desde que Jesús empezó su predicación. Podría servir para un primer anuncio del mensaje a esos que nunca han oído hablar de Cristo. Cómo Jesús vivió, sirviendo, curando y haciendo el bien a todos. Todo ello en un tiempo y un lugar muy concretos, porque la Encarnación tiene que notarse en todo.


De lo que hizo Jesús, san Pedro pasa a recordar la reacción de los hombres ante esa vida pública de Jesús. Al Maestro lo mataron, porque no aceptaron su mensaje y decidieron que era mejor terminar – de una vez por todas y para siempre, creían – con Él. Ya sabemos, los mismos que el Domingo de Ramos aclamaban al Hijo de David, el Viernes Santo pedían su muerte en cruz.


Pero Dios no podía abandonar a su Hijo, por eso lo resucitó y dio comienzo a una nueva era, donde la muerte ya no tiene la última palabra. De todo esto da testimonio Pedro, y de todo esto también nosotros debemos dar testimonio. Los apóstoles son sus testigos porque han estado con Él, han compartido la última Cena con Él, han oído sus enseñanzas y han visto los signos que ha hecho. No son testigos por ser los mejores de la clase, sino por haber hecho una experiencia única y estar en condiciones de comunicarla a quienes quieran escuchar con honestidad y pureza de corazón. Como nosotros, que tampoco somos los más capaces, los más santos, pero compartimos a menudo la Eucaristía, escuchamos la Palabra de Dios y tenemos todas las herramientas para poder dar un testimonio creíble con nuestras vidas.


El breve fragmento de la carta a los Corintios también hace memoria de algo muy importante para nosotros: vivimos en este mundo, pero la plenitud de nuestra vida tendrá lugar sólo en el Reino de los Cielos. Sólo entonces tendremos respuestas a las preguntas más complejas sobre el sentido de la vida y de la muerte.


San Pablo, con su propia vida, nos dio ejemplo de que hay que implicarse en las cosas de este mundo. Trabajó con sus manos, para no ser gravoso a nadie, aunque sabía que lo importante son los bienes de arriba. Se comprometió a fondo, para hacer un mundo mejor, con muchas obras buenas para testimoniar que un mundo nuevo es posible. Vivir entregado en este mundo, para llegar a la vida plena en el Cielo. En esto también nosotros podemos participar, dándonos prisa en hacer el bien, cuanto más, mejor.


Y llegamos al Evangelio, que comienza cuando todo está oscuro, sin vida, y termina con la sensación, mejor, con la certeza de que, verdaderamente, ha resucitado el Señor. Una mujer, movida por el amor, va a cumplir con los ritos, pero se encuentra con la tumba abierta. A la carrera, va a buscar a Pedro y al discípulo amado que, también a la carrera, van al sepulcro, a confirmar lo que les ha dicho la mujer.


En ese sepulcro vacío, los dos solos, viendo las vendas recogidas y el sudario enrollado, creyeron, entendieron todo lo que Cristo les había estado enseñando los últimos tres años. Delante de esos signos de muerte, empiezan a creer en la Vida. Pero, para ello, hay que hacer un proceso, un camino que tiene que estar iluminado por la Palabra y por la comunidad cristiana.


Hoy la vida vuelve a empezar, Dios la re-crea y nos re-crea, nos da una nueva oportunidad para hacer mejor las cosas, para ser mejores también nosotros, para hacer mejor el mundo en el que vivimos y tratar mejor a las personas con las que convivimos. Hoy, “el primer día de la semana”, Jesús resucitado nos dice que vivir de otra manera es posible, que la vida tiene sentido, a pesar de las dificultades, de las frustraciones y de los fracasos, que no nos dejemos vencer por el mal, por lo negativo, porque siempre es posible resucitar.


Vamos a acoger esta nueva oportunidad que Dios nos da y vamos a renovar nuestro Bautismo, nuestro compromiso con Él y con los que están a nuestro alrededor, especialmente con los más pobres y necesitados. Renunciemos a todo lo que se opone al estilo de vida que Jesús nos ofrece y hagamos opción por una vida vivida desde la fe en Jesús resucitado.
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Comentario al Evangelio de hoy13 abril de 2025

4/13/2025

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Alejandro Carbajo, C.M.F.
https://www.ciudadredonda.org

Queridos hermanos, paz y bien.

Parecía lejos, muy lejos, cuando empezamos la Cuaresma, allá por el cinco de marzo. Pero ya hemos llegado al Domingo de Ramos. Cada uno sabe cómo ha pasado este tiempo. Lo más importante es caer en la cuenta de que, cada año, se actualiza la Pasión de Cristo. Hay toda una semana para prepararse para la madre de todas las Vigilias. No perdamos la oportunidad de encontrarnos con el Señor como Él se merece.

Las lecturas de hoy son bastante densas. Desde el siervo sufriente, imagen del mismo Cristo, pasando por la bella descripción que hace san Pablo de la entrega de Jesús, hasta el relato de la Pasión, según san Lucas. Conocemos la historia, porque la hemos escuchado muchas veces, pero la vamos a volver a escuchar, porque así se renueva la Pasión de Cristo en cada uno de nosotros.

Jesús es el siervo sufriente. Desde siempre se le ha identificado, porque Él también pasó por todo lo que pasó el siervo. Y muestra coraje hasta el final, sin echarse atrás. Obedeció al Padre, y cumplió su misión por Él. Igual que el siervo del Señor, Jesús ha estado siempre a la escucha del Padre, ha tenido palabras de consuelo y esperanza, ha estado siempre cerca de los pobres y marginados, y ha terminado como el siervo de Isaías.

Es importante recordar que hoy hay también héroes, mártires, que siguen viviendo la experiencia del Siervo del Señor. Y, lo más importante para cada uno de nosotros: todos los creyentes tenemos que mantenernos a la escucha de la Palabra, traducir en hechos lo que hemos escuchado y estar preparados, para cargar con las consecuencias de las decisiones tomadas libremente.

Porque Jesús se entregó libremente por nosotros. En Filipenses, San Pablo, en uno de los pasajes más sorprendentes de la Biblia, describe cómo Jesús abandonó sus privilegios divinos para tomar la condición de siervo, para humillarse, para morir en una cruz. Nosotros no somos divinos, nosotros mismos nos humillamos en muchas cosas, para nosotros la muerte es inevitable. Pero no fue así con Cristo. El Hijo se hizo humano y escogió ser humillado y morir. Para nosotros, al contrario, la humillación y la muerte son parte de nuestra condición desde nuestro nacimiento. Jesús hizo lo que nosotros nunca pudiéramos hacer. Para liberarnos del yugo de la muerte. La humanidad entera terminará uniéndose a Él y, en aquel momento, se habrá cumplido el proyecto de Dios.

Y llegamos al Evangelio. La pasión de Cristo según san Lucas. Lucas, en su evangelio, nunca deja pasar la oportunidad de resaltar la bondad y la misericordia de Jesús. En todos los Evangelios sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas) el relato es muy similar: la Santa Cena, la oración en Getsemaní, la condena por los judíos y por Pilato, las varias torturas y humillaciones del Señor, la Crucifixión, y el entierro. Siempre nos podemos preguntar: ¿con qué personaje me identifico? Tal vez con Judas el traidor, o con Pedro el cobarde, con Juan el discípulo fiel, con el buen ladrón, con el Cireneo, con las santas mujeres….

¿De qué se puede hablar hoy en este comentario? Hay muchas cosas, pero podemos centrarnos en algunos aspectos.

El primero, “Haced esto en memoria mía”. Cada vez que celebramos la Eucaristía, cumplimos el mandato del Señor. Es un buen motivo para intentar no caer en la rutina, para prepararnos antes de cada celebración, para leer las lecturas en casa, por ejemplo. Si nos fijamos bien, Jesús no nos pidió muchas cosas, pero ésta es una de ellas.

También, la actitud de aquellos que quieren seguir a Jesús. En plena cena, los Discípulos se ponen a discutir sobre quién es el primero entre ellos. Hay que recordar. Una vez más, que el servicio es también la forma que tenemos de actualizar la memoria de Jesús, que vino al mundo para servir, no para que le sirvieran. Ser importante significa ser servidor. En cualquiera de las muchas funciones que se pueden desempeñar en la Iglesia.

Otra cosa importante es la importancia de la oración. Sin oración, no se puede velar, no se puede estar cerca de Jesús. Y, por supuesto, una oración que sale del corazón, pero que termina siempre con “no se haga mi voluntad, sino la Tuya”. Como la Virgen María.

Sin oración, no pueden ser vencidas las tentaciones. El demonio se acercó a esa reunión, y mostró laos puntos débiles de cada uno de los Apóstoles. Pudo con Judas, temporalmente con los otros once, pero no pudo con Jesús, porque Él estaba siempre en contacto con su Padre. Aunque le costó sudar sangre. Haber sido tentado le permite a Jesús comprender nuestras debilidades, y haber vencido las tentaciones nos permite a nosotros poder seguir viviendo con esperanza.

En este texto encontramos una negación del uso de la violencia. Este rechazo está presente en todos los evangelistas. Jesús rechaza el uso de la violencia. De un mal surge otro peor. Y en Lucas, el evangelista de la misericordia, hay un detalle que no aparece en los otros evangelistas. Jesús sana inmediatamente al herido. El que se considera discípulo de Jesús, no solamente no pueden atacar a quien le ataca, debe estar dispuesto a remediar el mal que el otro hizo. Debe sanar aun al que continúa haciéndole daño. El cristiano no puede tener enemigos. Puede tener solamente adversarios. A todas las personas hay que amarlas. Las armas las utilizan los que tienen enemigos, no por aquellos cuya única misión es cambiar al adversario en un hermano.

Un detalle para ir terminando. La mirada de Jesús a Pedro, cuando éste le niega, y las palabras de Jesús al “buen ladrón”. Una mirada que comprende, que sabe que Pedro le ama, a pesar de la traición. Lucas quiere decir a todos los cristianos cómo deben comportarse con las debilidades de los demás e incluso con nuestras propias debilidades: no con reproche, sino con la mirada de Jesús. Ojos que invitan a la fe, que dan esperanza. Ojos que saben descubrir, aun cuando hay pecados graves, una manera de amar. Es precisamente esta ‘mirada’ la que nosotros debemos tener.
​

En cuanto al buen ladrón, la actitud de Jesús quizá también nos recuerda que nunca es tarde para asumir la propia culpa, reconocer los pecados y arrepentirse. Esto se pude hacer cuando sentimos la presencia de Jesús en nuestra vida, a nuestro lado, incluso – o especialmente – en los peores momentos de nuestra vida. La muerte de Cristo es un momento tan imponente, que hasta los ejecutores no pueden por menos que reconocer que “Era un hombre justo”. Que murió por todos. Hoy en día Jesús sigue muriendo por nosotros y muchos “Cristos” en el mundo siguen sufriendo “su pasión”. Seamos consciente de esta realidad, especialmente durante esta Semana Santa que hoy comenzamos.

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April 06th, 2025

4/6/2025

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Alejandro Carbajo, C.M.F.
https://www.ciudadredonda.org

«El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra»
Queridos hermanos, paz y bien.

¿Qué hacer cuando todo parece perdido? Porque acaso tenemos el temor o cierta persuasión de que somos la última generación cristiana, que hay que cerrar el negocio y que el último apague la luz. Pero ni la historia del mundo ni la historia de la fe están en vues­tras manos, sino en las manos de Dios. La historia de la salvación no es «pura histo­ria». No es tiempo para el recuerdo y la nostalgia. Vivimos un kairós nuevo: un tiempo nuevo de la fe y de la salvación.

Hay que tener fe. Fe como la del funcionario real que nos presentaba la Liturgia esta semana, que dio media vuelta y, sin preguntas, se fue a casa cuando Jesús le dijo que se había curado su hijo, por ejemplo. Fe en que Dios lo hace todo nuevo. Aunque nos cueste verlo. Nos lo recuerda la primera lectura. Caminos en el desierto, corrientes en el yermo, alivio en tu corazón preocupado. Ojos nuevos para lo que hace Dios aquí y ahora.

¡Qué distintos los pensamientos de Dios a los que nosotros tenemos! ¡Qué distintas nuestras miradas, sobre el mundo o sobre las personas, a las que Dios posee! ¿Por qué será? Igual que la semana pasada, cuando el padre misericordioso acogió a su hijo, a pesar de su comportamiento a todas luces reprochable. Es que la misericordia de Dios es tremenda, paciente, inalcanzable de momento para nosotros. Tiene corazón de Padre, manos que siempre acogen y ojos que sólo miran con amor.
Lo que la primera lectura quiere decirnos es que Dios ha actuado en el pasado, y lo sigue haciendo hoy en día. Sigue manifestando su amor, realizando gestas más sorprendentes que las que vivieron los israelitas en el desierto. Eso sí, es preciso verlas con los ojos de la fe.

La palabra de Pablo es bien clara: jamás tocarás fondo en el misterio cristiano; jamás te hallarás legitimado para decir: he apurado la expe­riencia cristiana y no he apagado mi sed. Tu sed es infinita; pero el agua que Cristo te ofrece es infinitamente infinita (si se puede hablar así). Has llegado a la meta; o, mejor dicho, has sido instalado en ella por gracia de Dios. Pero, por otro lado, la meta sigue siendo meta para ti. Estás en ella (indicativo) y te llama a que te pongas en movimiento hacia ella (imperativo).

Si lo prefieres, podemos decir que se trata de ahondar más en una experiencia inagotable; de crecer más en una marcha ascensional sin término. Estás en una meta sin término. De ahí ha de nacer tu certeza, tu confianza: no estás perdido; sino ganado. Y de ahí ha de nacer tu ímpetu: has de ganar a Dios, has de ganar a Cristo, que se te presentan como realidades siempre antiguas y siempre nuevas, con una antigüedad que no caduca y con una novedad que no envejece.

Las criaturas nuevas deben pasar página. Pablo ahora considera su existencia judía como una etapa felizmente caducada, a pesar de todos los logros que desde cierto punto de vista cupiera ver en ella. Pero ahora, desde el encuentro con Cristo y su larga experiencia cristiana, puede decir: “renuncio una vez más a aquellos logros. Porque no quiero construir mi personalidad sobre mí mismo. La verdad más cierta y sólida de mi vida es la gracia de hallarme incardinado en el acontecimiento pascual de Cristo, en el que ha acontecido y se ha significado para mí el amor de Dios, a quien reconozco y confieso como Padre. En mi historia anterior había algo malsano y negativo en el fondo.”

Nos dice el Evangelio de hoy que todo el pueblo acudía a Jesús. Seguramente habían visto en Él algo diferente, algo de lo que otros maestros de la ley carecían. Con razón afirmaban que el Rabí de Nazaret enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas y fariseos. Y, sin embargo, aquel Nazareno no había realizado estudio alguno. Su sabiduría era distinta, no era humana sino divina. La razón última por la que la gente acudía no era otra que la fe. Esa misma razón es la que ha de movernos a nosotros también a la hora de escuchar a Jesús que, también hoy, nos habla por medio de su Iglesia, según lo que había dicho acerca de que quienes escuchaban a sus apóstoles, a Él le escuchaban. (Por cierto, esa es la gran diferencia entre cualquier sabio o teólogo, por muy listo que sea, y el Papa. El Sumo Pontífice merece nuestro respeto y acatamiento siempre, el científico sólo cuando sus razones nos convenzan y en cuanto que no diga lo contrario de lo que la Iglesia enseña.)

Hoy la escena del Evangelio está descrita casi como el guion de una película. Podemos imaginarnos la tensión del ambiente, el calor, el ruido, los gritos, quizá el llanto de la mujer, que se sabía en una situación poco envidiable, y delante de todos ellos, Jesús. El adulterio de esta mujer es solo una excusa para ponerle una trampa. Colocan a la mujer en el medio, el mal en el centro de atención y frente a esta maldad quieren que se pronuncie. Se confrontan dos formas de hacer justicia, la de los escribas y fariseos y luego la de Jesús. Él conoce la intención de los que le presentan a esa mujer “pecadora”. En esa escena tan cinematográfica, Jesús se inclina y escribe algo en el suelo. Quizá lo hace para que los exaltados se calmen, para que dejen de gritar, y en el silencio, puedan ver las cosas como Él las ve.

Como la multitud sigue insistiendo, Jesús los mira y pronuncia esa frase que ha trascendido las fronteras de los creyentes: “El que esté libre de pecado, que le tire la primera piedra”. Qué gran enseñanza para los que allí estaban – que se fueron marchando, empezando por los más ancianos, tenían mala intención, pero también conciencia, por lo visto – y para todos nosotros, a los que no nos cuesta mucho convertirnos en jueces de los demás. Se nos olvida aquello de “no juzguéis y no seréis juzgados” y “con la medida que midáis a los demás, seréis vosotros medidos”. Es más fácil ser acusadores que defensores, y ver las circunstancias agravantes más que las atenuantes.

Probemos a cambiar el punto de vista, a ser benévolos a la hora de juzgar. O casi mejor, dejemos que sea Dios quien emita su juicio justo, y seamos siempre misericordiosos, para que el Señor lo sea con nosotros, que buena falta nos hace. Que nosotros, como cristianos, busquemos siempre lo que Jesús ofreció a esta mujer, su compasión y comprensión. Qué bien nos vendría una reflexión al hilo de este tiempo cuaresmal: ¿Cómo nos posicionamos frente a los defectos de los demás, cómo jueces o como personas que saben comprender y arrimar el hombro?

La frase de Jesús cuando todos se fueron – yo tampoco te condeno – suena tan fuerte que, en muchos evangelios, sobre todo en los primeros siglos del Cristianismo, omitían esa página. Jesús no aprueba el mal que se ha hecho, no justifica el pecado; el adulterio es un pecado grave, hace mucho daño a los que lo cometen y puede tener consecuencias dramáticas, puede romper familias con efectos que luego repercuten en los hijos y en los hijos de los hijos. Su moral sexual es muy exigente, lo sabemos. Pero Jesús también nos dice que no hay que condenar a las personas cuando se desvían y cometen errores, sino ayudarlas a recuperarse en la vida. Esto es hacer justicia, no ajusticiar.
​

Hoy es ocasión de preguntarnos en qué podemos mejorar alguna situación en mi vida personal, en las relaciones paterno-filiales y conyugales, laborales y económicas, políticas y sociales. Siempre se puede intentar algo. Estamos empezando la última semana de Cuaresma, enfilando ya la recta final hacia la Pascua. Aprovechemos esta oportunidad de conversión y vivamos la experiencia del amor y misericordia de Dios en el sacramento de la penitencia, si aún no lo hemos hecho. Él nos ofrece un perdón ilimitado. Mucho podría cambiar en la convivencia humana si cada uno aportara un poquito de amor, alegría y esperanza. Como hace Dios en nosotros.

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