Parroquia San Miguel Arcangel- Cabo Rojo P.R.
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Comentario al Evangelio del Domingo 30 de Marzo de 2025

3/30/2025

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Alejandro, C.M.F.
https://www.ciudadredonda.org

Queridos hermanos, paz y bien.
He tenido la suerte de poder muchas veces el cuadro de Rembrandt, Está realizado en óleo sobre tela, y fue pintado hacia el año 1662. Mide 262 centímetros de alto y 205 centímetros de ancho. Se encuentra en el Museo Hermitage, en la bella ciudad de San Petersburgo. Si alguien tiene tiempo y ganas, puede leer el hermoso libro de Henri J. M. Nouwen, “El regreso del hijo pródigo: Meditaciones ante un cuadro de Rembrandt”, que narra la experiencia de dicho autor al ver ese cuadro y analiza los diversos personajes que allí aparecen. Puede ser una buena forma de profundizar en el mensaje de esta parábola. Una excelente lectura para el tiempo de Cuaresma.


En todo caso, las lecturas de hoy siguen dándonos orientaciones para nuestra vida diaria. Es, además, el cuarto domingo, el domingo “laetare”, “alégrate”. La antífona de entrada del Misal Romano dice: Alégrate, Jerusalén, reuníos todos los que la amáis, regocijaos los que estuvisteis tristes para que exultéis; mamaréis a sus pechos y os saciaréis de sus consuelos. (Cf. Is 66, 10-11). Como en el tercer domingo de Adviento (Gaudete), las lecturas nos invitan a vivir con alegría. A pesar de todo.


Alegría, sin duda, sintieron los peregrinos después de cuarenta años por el desierto, al llegar a la tierra prometida. Después de tan largo peregrinar, son finalmente libres, y están a punto de conseguir la propiedad de una tierra verdaderamente fértil. Se acabó el maná y empieza el tiempo del pastoreo y de la agricultura. Por eso los israelitas celebran nuevamente la Pascua, como hicieron sus padres cuando salieron de Egipto. Dan gracias porque el Señor ha cumplido sus promesas. A pesar de sus infidelidades, de sus dudas, Él los liberó, como había dicho. Esa palabra nos afecta a nosotros también, porque Dios es fiel, siempre cumple sus promesas. Hasta que nos encontremos con Él, tenemos el Pan Eucarístico, que cesará cuando se participemos en la Fiesta y el Banquete eternos.


Es la esperanza de las criaturas nuevas, de las que se han encontrado con Cristo, y se han dejado reconciliar por Dios. Es la llamada del apóstol Pablo. El pecado es una ruptura, un estado de enemistad, una divergencia de opiniones e intenciones entre el hombre y Dios. Esta oposición se ha superado, ha sido restablecida la armonía, no por el arrepentimiento y la buena voluntad humana sino por una intervención gratuita de Dios por la que se ha reconciliado en Cristo con el mundo “sin tener en cuenta los pecados de los hombres”. Ha hecho borrón y cuenta nueva, condonando nuestras deudas. Solo él podía hacerlo, a través de su propio Hijo, Dios y hombre a la vez.


Para que esto suceda, hay que aceptar la reconciliación que Dios siempre ofrece. Pablo nos recuerda que no podemos reconciliarnos con Dios sin escuchar a sus mediaciones, a sus “ángeles”, que transmiten ese mensaje de perdón. No es posible reconciliarse con Dios sin ponerse de acuerdo con su Apóstol, sin aceptar el mensaje que anuncia. La reconciliación con Dios no se logra sólo a través de ritos de purificación y prácticas ascéticas, sino sobre todo por la adhesión a la palabra que se transmite por aquellos que actúan como embajadores de Dios. La Cuaresma es un tiempo privilegiado para esta escucha y es también el momento de la verdad, pues es muy fácil rechazar, incluso de buena fe, a los que, como Pablo, son enviados a anunciar la Palabra del Señor.


En el capítulo precedente del Evangelio Jesús está comiendo con uno de los principales fariseos. Ahora ha cambiado totalmente de compañía: se encuentra entre publicanos y pecadores; es más, parece que ha sido el mismo Jesús quien los ha invitado a su casa. Es un hecho escandaloso que provoca la indignación de los justos, quienes inmediatamente sacan la conclusión: con amigos semejantes, este hombre no puede ser justo, no puede venir de Dios. Para justificar su comportamiento Jesús cuenta la parábola.


Y toda la atención normalmente se centra en el hermano que se fue. Sobre él se pueden formular muchas preguntas. La primera es: ¿se arrepintió? Después de todo, el catalizador no fue el sentimiento de culpa por haber ofendido a su padre, sino el hambre. Y esto es muy humano, sabemos muy bien el poder de nuestra voluntad. Hasta que no llegamos al límite no cambiamos. Es la experiencia de muchos alcohólicos, que solamente al tocar fondo son capaces de reaccionar e intentar cambiar algo en su vida. Sólo cuando el hermano menor empezó a tener mucha hambre, le vino a la mente la idea de regresar. No esperaba recuperar su estatus; no soñaba con restaurar la familia. Todo lo que quería era un trabajo remunerado y dejar de pasar hambre.


Tenía conciencia de haber actuado mal, sabía que su conducta había sido muy dudosa, y al mismo tiempo sentía que tales cosas no se perdonan. Al exigir la herencia, declaró que su padre estaba muerto para él. Sólo después de la muerte del donante se puede heredar. Esta puede ser la imagen de un hombre que era creyente, pero su amistad con Dios era menos valiosa para él que sus propios placeres. Pero satisfacer nuestros deseos egoístas, lo sabemos bien. nos lleva a la bancarrota, y el hijo menor lo demostró.


Incluso ese deseo imperfecto de regresar es apreciado por el Padre. Por eso algunos hablan mejor de la parábola del Padre misericordioso. Al hijo que se fue todo le es devuelto: el anillo, que simboliza el estatus de miembro de pleno derecho de la familia en Roma. Y se le declara vivo. E hijo. Dios no quiere esclavos, quiere amigos, seres libres. No es un señor despótico, es un ser cercano, que no tiene en cuenta lo hecho por el hijo, sino que corre a su encuentro y le abraza y manda vestirle como a un señor, no como a un jornalero. Resulta que no fue el padre quien murió, sino el hijo que estaba muerto por dentro, y el regreso lo revivió.


Es en la segunda parte de la historia donde se encuentra el mensaje principal. En ella entra en escena el hermano mayor que representa claramente a los fariseos, los que respetan a rajatabla los mandamientos y los preceptos de la Ley. Llega la noticia al hermano mayor, que nunca fue a ningún sitio. Y semejante acogida al que se había desviado le causa un profundo dolor. A juzgar por la situación, ambos hermanos abandonaron el hogar: uno se fue lejos y el otro, estando cerca, no se sentía en casa. Es similar a aquellos que están formalmente en la Iglesia, pero no sienten el valor de la conexión con el Padre. Dejó de valorar el amor del padre en el que vivía. Jesús cuenta esta parábola a los escribas y fariseos, diciendo que el arrepentimiento es un proceso interno. Cumplir instrucciones externas es sólo la etapa inicial. La parábola dice que el arrepentimiento es necesario para todos, e incluso el intento de restaurar las relaciones es bien valorado por el Padre.
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Necesitamos a la Iglesia que sale al encuentro del menor gesto de búsqueda, del menor intento de cambio, del menor deseo de hogar. Y es que el niño que todos llevamos dentro puede nacer de nuevo, aunque seamos viejos. En nuestra meditación personal de hoy, podemos reflexionar sobre cómo estamos respondiendo a este amor y misericordia de Dios en nuestras vidas. ¿Estamos dispuestos a dejar atrás nuestro pasado y seguir adelante con fe y confianza en Dios? En este tiempo de Cuaresma, podemos experimentar la alegría y la paz que provienen de vivir en comunión con nuestro Padre celestial, “gustad y ved qué bueno es el Señor”. Señor, que no me sienta inclinado a apegarme a otras posesiones que no sean tu amor y tu voluntad. Amen.
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Reflexión del Evangelio

3/22/2025

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Fray Francisco Mª. García O.P.
Casa de Ntra. Sra. de Montesclaros
https://www.dominicos.org

​El Evangelista San Lucas, conductor este año del ciclo C, tal sea el buscador y narrador de las parábolas con las que Jesús ofrecía un instrumento práctico para llegar hasta la conciencia a la hora de la conversión. La parábola del hijo pródigo es una de las más admiradas y fuente de mucha inspiración, pero no nos toca ahora meditarla. San Lucas nos ofrece hoy la parábola de la higuera. Quería Jesús abrir la mente cerrada de aquellos que le escuchaban, pero no llegaban a ninguna consecuencia rompiendo actitudes de pensamiento y acción en consonancia con el Reino de los cielos.

El texto hace alusión a lo de los galileos cuya sangre Pilato la había mezclado con la de los sacrificios y se la ofrecían a los muertos aplastados por la Torre de Siloé. A Jesús le contaron la creencia de que lo que les sucedió fue por castigo de Dios. Jesús quiere que se descubra el amor misericordioso de Dios cuando hay un espíritu de conversión; los "sufrientes" no son mejores que los que en aquel momento le cuestionaban. Es entonces cuando les ofrece la parábola, con una advertencia: si ustedes no se arrepienten perecerán de manera semejante.


Alguien tenía una higuera en el campo; llevaba varios años sin producir. Piensa que lo mejor será hacerla desaparecer, para evitar estorbos, es una planta estéril. Sin embargo el viñador tiene cariño a la planta y ofrece todo para salvarla: "Cavaré alrededor, le echaré estiércol... "


Es aquí donde cabe pensar la estima del viñador por la planta, que queda invitada a dar fruto... Si no, queda a su suerte...
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Con este relato Jesús quiere que aquellos que le escuchan reaccionen ante el proyecto misericordioso de Dios. Se nos invita a clarificar nuestra fidelidad a la iniciativa divina... ¿Para qué la acción misericordiosa proyectándose sobre los valores de lo humano? ¿para qué una Iglesia sin vida cristiana, sin valor y con miedo a que nos caigan "las torres encima", con tantos temores pero sin sacudir las causas...? Higueras secas, sin frutos...


Arrepintámonos a tiempo, demos gracias a Dios por su misericordia, decidamos cambios oportunos que den a nuestras vidas el sentido propio de hijos de Dios...


Jesucristo, Hijo de Dios, enviado en principio para humanizar las distintas épocas e iluminar una conversión ascendente. Suena fuerte lo de conversión, pero en realidad a lo que se nos invita es a ser abiertos y despiertos, como la higuera: dar frutos exquisitos... El ser humano está creado a imagen y semejanza de Dios, que es amor...
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Comentario al Evangelio de hoy

3/16/2025

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Alejandro Carbajo, C.M.F.
https://www.ciudadredonda.org

​Queridos hermanos, paz y bien.

Después del desierto y (la victoria sobre) las tentaciones, la montaña y la Transfiguración. Como cada año, la Liturgia nos va colocando en clave de Pascua, para que aprovechemos este tiempo de Cuaresma.
Si del Evangelio del domingo pasado (el de las tentacio­nes de Jesús) podemos decir que sabía a Pascua, también lo podemos decir del Evangelio de hoy. Aquel sabía a Pascua porque en él Jesús afronta un difícil combate; pero también aparece victorioso. Así se anticipaban el último combate y la victoria definitiva del Señor que es la Pascua. Hoy, de nuevo, nos hallamos ante otro episodio singular, y con el mismo sabor a Pascua.

Hoy no es el diablo el que habla con Jesús. Son dos personajes muy significativos del Antiguo Testamento: Moisés (del que no se conocía el lugar de su enterramiento) y Elías (que fue arrebatado por los aires en un carro de fuego), que hablan con Él sobre su muerte. Dos personajes con un final misterioso. Y Jesús está vestido de blanco, el color de la victoria. Los dos hablan con Jesús, insinuando que es un profeta mayor que ellos, y que su fin será incluso superior al de los dos. Por eso sabe a Pascua este interesante relato.

Es necesario pasar por la prueba, para llegar al final del camino. Es necesario decir “sí” a Dios, para que sepamos qué quiere de verdad de nosotros, Es la experiencia de Abrán, que para convertirse en Abrahán tiene que estar dispuesto a sacrificar a su hijo primogénito. Hoy Dios le hace varias interpelaciones. A cada intervención del Señor responde con un «Amén» total, asintiendo plenamente: toda su vida está anclada en la roca firme de la Palabra del Señor. Dios acoge como sacrificio perfecto esta fe obediente: y "se lo contó en su haber ".

Es interesante contemplar cómo solo Dios cumple el rito de la alianza. Abrahán no pasa entre las carnes de los animales. La promesa de Dios es absolutamente incondicional; no pide nada a cambio. Sabe que no puede pedir nada porque los hijos del patriarca serán frecuentemente infieles e incrédulos. Pero mucho. Durante el Éxodo llegarán incluso a pensar que el Señor los condujo al desierto para hacerlos desaparecer. Las promesas de Dios al hombre son siempre gratuitas. Los profetas presentan a Dios siempre y en toda circunstancia como el esposo fiel, aunque la esposa lo traicione (cf. Is 54,5-10). El Amor de Dios no se rinde ante ninguna traición.

Pero siempre hay “enemigos de la cruz de Cristo”. Personas que no quieren o no pueden aceptar ese amor incondicional. Prefieren seguir apegados a la observancia de las normas, para vivir más seguros. A ellos se refiere el apóstol Pablo en la segunda lectura. Reducen la fe al cumplimiento de normas como la circuncisión, la prohibición de comer ciertos alimentos, los ayunos exagerados… En realidad, todas esas conductas se refieren al vientre.

Según estos criterios, para ser “amigo de la cruz de Cristo” habría que sufrir, hacer sacrificios, mortificarse… Mortificarse es, de alguna manera, morir, y nosotros generalmente no queremos morir, sino vivir. Eso sí, entendiendo bien lo que es la vida de verdad, una vida en libertad, con Cristo y en Cristo. Porque los amigos de la cruz de Cristo debemos renunciar a lo que no es vida. Para eso, debemos dejarnos transformar por el Señor, nuestro Salvador. Porque somos ciudadanos del Cielo, y nos espera la transformación de nuestro cuerpo mortal, según el modelo del cuerpo glorioso del Resucitado. En este mundo estamos de paso, somos nómadas, como Abraham.

Y llegamos a la experiencia de los discípulos en el monte Tabor. De aquellos que acompañan a Jesús a la montaña, para orar. Es interesante detenerse en esta experiencia de los apóstoles. Pasan por diversas fases; casi se quedan dormidos, quedan deslumbrados por la luz del encuentro de Cristo con Moisés y Elías… Es posible que nosotros pasemos por esas fases, también. Su sopor puede ser nuestro sopor, y su deslumbramiento nuestra iluminación. Nosotros podemos subir con Jesús al monte, y ese monte se llama oración. 

El sopor de Abrahán y el sopor de los Apóstoles son el preludio del descubrimiento de algo grande, la certeza de que el Señor va a hacer cosas extraordinarias en sus vidas. Dios se va abriendo, se revela de manera progresiva, porque las cosas de Dios nos son fáciles de entender. Los mismos Apóstoles no entendieron hasta después de la Resurrección quién era Cristo. Quizá intuyeron que estaban ante un personaje singular, incluso extraordinario, pero, en ningún caso, ante el mismísimo Dios. Pero cada explicación, cada encuentro, cada milagro iba dejando sitio en su alma, iba preparando el espíritu para el futuro. Y eso es lo que debe hacer en cada uno de nosotros este tiempo de Cuaresma.

No resulta sencillo adentrarse en el sentido de la Cuaresma viviendo en un mundo que se preocupa, en general, solamente de vivir sin problemas. Muchos sólo quieren gozar de la vida. Está claro que el gozo, la alegría no se contraponen con nuestra vida de cristianos. No se trata de vivir en la tristeza perpetua. Pero hay formas de gozar que no son compatibles con nuestra vida de cristianos. Es importante tener los ojos del alma bien abiertos, para ver las iluminaciones que el Señor nos envía. Saber distinguir lo que nos hace bien y lo que nos perjudica. Dejarse empapar por el paso de Dios por nuestra vida, como hicieron los Apóstoles.

Hay que ser humilde, asumir que no podemos llegar solos a los objetivos que nos marca el Maestro, pero siempre con fe, sabiendo que nos dará señales y fuerzas para que podamos andar por el camino recto y seguro. Existe la tentación de hacer tres tiendas, como quería Pedro, pero hay que bajar del monte y seguir caminando. Siempre con fe y esperanza. Fe y esperanza, especialmente en este año jubilar, en el que se nos invita a ser “peregrinos de la esperanza”, aprovechando esta Cuaresma. Porque tras ella llega la Pascua, y en la Resurrección de Cristo debe estar fijada nuestra mirada. Sabemos lo que nos espera, y es algo bueno, muy bueno.

Por eso los discípulos de hoy nos reunimos cada domingo, para celebrar la Eucaristía, anticipo de la Pascua eterna. Subimos al monte y en el monte vemos el rostro del Señor transfigurado, el que se hizo pan para alimentarnos, que entregó toda su vida; y tiene esta propuesta que nos hace: ‘Une tu vida a la mía’. Es la voz del cielo que nos dice: “Si queréis asegurar vuestra, si queréis realmente ser hijos del Padre del cielo, escuchadlo”. Los Discípulos, al bajar del monte, guardaron silencio. Nosotros hoy, saliendo de nuestra parroquia podemos, por el contrario, anunciar a todos lo que la fe nos ha hecho comprender: quien da la vida por amor entra en la gloria de Dios.

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Comentario al Evangelio del Domingo 9 de Marzo de 2025

3/9/2025

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Por: Alejandro, C.M.F.
https://www.ciudadredonda.org

Queridos hermanos, paz y bien.
Quienes encuentran virus en su ordenador, saben muy bien lo que significa formatear el disco duro para borrarlos, instalar de nuevo el sistema operativo, los programas y descargar de nuevo los archivos. Algo parecido queremos hacer en Cuaresma quienes reconocemos que el sistema operativo de nuestro Bautismo se ve amenazado por virus interiores y exteriores. La Cuaresma es para recorrer de nuevo el camino de nuestro Bautismo. La instalación, la reiniciación nos llevará todo este tiempo de cuarenta días.

Es muy importante hacerlo bien. Está en juego la Alianza de Dios con nosotros y de nosotros con Dios. Vamos de Pascua en Pascua, de Pascua a Pascua. Si nos habitara esta certeza y la Pascua fuera para nosotros una atmósfera que envolviera y penetrara nuestro vivir, no necesitaríamos nada más. Tendríamos el mejor antivirus. Sabríamos de dónde venimos, a dónde vamos, cómo habérnoslas con lo que nos pasa, cómo sobreponernos con cara de Pascua a los hechos duros de la vida que se nos imponen.

Todos los años, en la primera semana de Cuaresma, la liturgia quiere que reflexionemos sobre las tentaciones de Jesús. Presenta la manera como el Maestro las ha afrontado para que también nosotros las podamos reconocer y superar.

Una de las armas que está siempre a mano es la Palabra. La Escritura dice: “la Palabra está cerca de ti: la tienes en los labios y en el corazón”. Se refiera a la palabra de fe que os anunciamos. San Pablo les dice a los primeros cristianos de Roma que Jesús es el único Señor, tanto para los judíos como para los griegos. En la sinagoga judía sólo podían entrar los judíos, pero, a partir de la muerte y resurrección de Cristo, ya no hay distinción entre judíos y griegos, porque Jesucristo es el único Salvador del mundo. Esta universalidad de la fe cristiana que predicaba Pablo es algo que debemos predicar también hoy nosotros, los cristianos del siglo XXI. Nadie está excluido de la salvación, porque Cristo vivió, murió y resucitó para salvarnos a todos. Por eso nuestra Iglesia es una Iglesia católica, es decir, universal. La tentación del exclusivismo político y religioso pudo ser una tentación judía, pero nunca debe ser una tentación cristiana. La Pascua de Cristo lo cambió todo.

El evangelio de hoy sabe todo él a Pascua. Como en los días finales, Jesús conoce en su propia carne la prueba, la lucha, la fatiga. Pero conoce también la victoria. A primera vista, aparece a merced de otros poderes: el Espíritu lo va llevando por el desierto. Y el diablo lo trae y lo lleva a lo alto, o al alero del templo. Si leemos más despacio la historia descubrire­mos más elementos que acaso nos permitan comprenderla mejor. La escena nos parece extraña. Pero en ella no se hace otra cosa que esceni­ficar un combate que, cualquiera que sea el marco o contexto definido por las circunstancias exteriores, en definitiva, se produce en el interior de Jesús y se produce en el inte­rior de nosotros mismos.

La vida del Señor no fue un tranquilo paseo de tarde de domingo. Antes de la serena tarde del Domingo está la noche del Jueves y la mañana y la tarde del Viernes, cuando lo llevan del Sanedrín a Pilatos, y de Pilatos a Herodes y de Herodes a Pilatos, y finalmente de Pilatos a un monte pequeño desde donde se divisa Jerusalén y el alero del templo. El escenario exterior es distinto, pero la prueba interior es la misma. Estas tentaciones son el modelo de cualquier otra tentación. Por ese motivo, el diablo se retira, completadas todas las tentaciones, “hasta el momento oportuno”. Ese momento será la horas de la pasión, de las tinieblas, la hora de la prueba decisiva, la de la muerte en la cruz.

¿Qué descubrimos en estas escenas y estas pruebas? Jesús se ve traído y llevado por dos espíritus. El Espíritu Santo y el espíritu malo. Pero no es simplemente una cáscara de nuez sacudida por vientos contrarios. En él hay un timón: el timón de su libre voluntad. Y aún hay más: Jesús dispone de un mapa o guía de ese albedrío: la Palabra de Dios, que es el alimento de un Hijo de Dios, su estrella polar, la que le señala las direcciones prohibidas y los tramos peligrosos, la que le marca el verdadero, aunque difícil, rumbo. Le vemos optar entre los dos espíritus; le vemos hacer sus cuentas con el malo, porque en la vida tenemos que hacer nuestras cuentas con el malo.
Oye voces que tiran de él en una dirección: dile a esta piedra que se convierta en pan; tírate de aquí abajo, déjate servir.

1ª tentación: No sólo de pan vive el hombre. «No vayas a buscar pan. Crúzate de brazos, y convierte las piedras en panes». Porque son piedras lo que pretende que te comas. Son piedras (o manzanas con gusanos) lo que te empeñas en comerte. Y sabes muy bien que las piedras no alimentan. Pero se te van los ojos detrás de todo lo que ves, y te empeñas en coleccionar ropas y caprichos, como si así fueras más que otros, como si así pudieras tapar tu vacío interior. Y te alimentas con largas horas de televisión, para no tener tiempo de pensar, y de orar, y de escuchar a otros, y hacerte preguntas, y ocuparte en algo que merezca la pena. Y te enchufas todo tipo de ruidos en los cascos para no darte cuenta de que muchos te necesitan, para no oír el sufrimiento de los hombres, para seguir en tu oasis, que no es más que un simple espejismo. Y te tragas tus problemas sin querer resolverlos. Y te empachas de vulgaridad y sensaciones.

Pues Jesús, que también sabe de esto, viene a darte un aviso, a desenmascarar al Tentador, y te dice: – Haz un hueco en tu vida a la Palabra, mastica la Palabra, vive la Palabra, cambia de vida y ábrete mucho más a Dios. Yo busqué mi pan, no tenté a Dios, y tuve pan en abundancia. Yo mismo aprendí a convertirme en Pan.

2ª tentación: Servicio. El que quiera ser el primero de todos sea el servidor de todos. ¡Qué bien te conoce el diablo! Te complicas la vida, te marchas por caminos que no te llevan a ningún sitio; te dejas llevar por tus impulsos, por tus sentimientos, por lo más fácil… Y luego tiene que venir Dios a sacarte de tus líos. Vive diciéndole a Dios que se ponga a tu servicio y que haga caso a tus antojos… Vive pidiendo que tu vida sea un puro capricho y que Dios bendiga tu comodidad. Pide cosas para ti, que tú eres el importante. Si los demás tienen problemas: ¡asunto suyo! Que tu oración empiece por «yo» y siga con el «para mí», y no se te ocurra dejar la menor ocasión para que sea Dios quien te pida algo. Vive recurriendo a Él en cada pequeño bache y pídele un milagro para que te demuestre quién es. Que Él te lo resuelva todo, y tú: ni proyectos de vida, ni sacrificios ni renuncias: ¡Vive el presente!

Pero Jesús, de nuevo, viene a desenmascarar: «No pondrás a prueba al Señor tu Dios». Él no está a tu servicio. Él no está para resolver tus problemas. ¿Aprenderás, como yo, a decirle: «Hágase tu voluntad»? ¿Te atreverás a decirle: «Aquí estoy, envíame»? ¿Le meterás de una vez en tu vida? ¿O prefieres seguir haciendo caso al diablo?

3ª tentación: ¿Para qué sirve ser hijo de Dios? Para estar fuera de peligro. Es una gran tentación. Por ser hijo de Dios, creerse con derecho a estar por encima de los límites de nuestra condición humana. Gozar de inmunidad; ser un supermán; ser invulnerable; vivir rodeado de garantías y sin riesgos. Tirarse desde el alero del templo. O tirarse desde el alero de la cruz, con las heridas restañadas, asistido por una legión de ángeles que le impidan tropezar cuando carga con la cruz. Estar por encima del dolor y de la impoten­cia.
​

Pero la réplica de Jesús es neta: ser hijo de Dios no significa contar con eso, contar con Dios para eso, para estar aquí y ahora por encima de los límites de lo humano. Y eso supone renunciar a todo signo espectacular. Los signos del Reino de Dios, del verdadero mesia­nismo, son la cercanía a los marginados, aquellas curaciones algo artesanales de los enfermos, el servicio a la vida de la gente maltratada por la vida, enderezar la esperanza. Así mostró un rostro de Dios desconocida­mente bueno. Jesús apostó por los medios sencillos y pobres para hacer presen­te y mostrar ese rostro de Dios desconoci­damente bueno. La vitalidad de una Iglesia y el grado de su seguimiento del Señor no se miden por la riqueza de sus medios ni por sus triunfos terrestres. Se mide por la fidelidad.
Empieza la Cuaresma. Recibes unas invitaciones. A ser un servidor, no un aprovechado; a que venza la generosidad sobre el interés. A no doblegarte, a luchar por ser fiel a los valores superiores, más exigentes, pero más humanizadores. A la profundidad frente al espectáculo: una invitación al encuentro cotidia­no con Jesús. De cada uno depende aprovecharla o no.
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