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Comentario al Evangelio del domingo 22 de febrero de 2026

2/22/2026

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Por:  Alejandro Carbajo, C.M.F.
https://www.ciudadredonda.org
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Queridos amigos, paz y bien.

Comienza el tiempo litúrgico de Cuaresma y, como todos los años, lo hace con el relato de las tentaciones de Jesús en el desierto. Para que no se nos olvide que somos tentados a menudo, por un lado, y para que recordemos que las tentaciones pueden ser vencidas, por otro.

El miércoles pasado dimos comienzo a un tiempo nuevo en la liturgia: el tiempo de Cuaresma. Son cuarenta días de preparativos. La Pascua, que es la celebración central del año litúrgico, viene precedida de este tiempo de preparación de cuarenta días que es la Cuaresma y se prolonga en la cincuentena pascual, que se cierra con la solemnidad de Pentecostés.

Cada domingo de este tiempo preparatorio representa un mojón en nuestro camino cuaresmal. Procuremos avanzar a lo largo de la semana impulsados por la celebración dominical.

Cuántas veces hemos exclamado: ¡En qué mundo vivimos! Algo que nos confirma diariamente la experiencia es que vivimos en un mundo roto. Vivimos en estado de separación. Estamos separados de Dios: somos bien conscientes de que Dios es el Santo y nosotros somos los pecadores. Estamos separados de los demás: advertimos cuánta falta de armonía, de entendimiento, de aceptación mutua hay entre nosotros. El equilibrio es demasiado inestable: conflictos internacionales, guerras civiles, dominio de unos pueblos sobre otros, insuficiente solidaridad con los más débiles, tendencias disgregadoras, labilidad de las uniones entre las personas… Y en nuestro mundo personal nos percatamos de que no estamos reconciliados cada uno consigo mismo: nos damos cuenta de las rupturas interiores que nos habitan.

Además del pecado, la muerte: somos demasiado conscientes de la fragilidad, caducidad y precariedad de nuestra vida. Es un soplo, aparece como una momentánea e insegura vibración de luz entre dos tinieblas que la envuelven.

Todo eso es verdad. Y, sin embargo, el mensaje de Pablo suena con tonos de un profundo optimismo: vivimos en un mundo últimamente amigo. Podemos cantar la victoria de la gracia sobre el pecado, la victoria de la vida sobre la muerte. No importa la fuerza con que suenen las disarmonías. Es más fuerte el acorde de fondo. Donde abundó el pecado sobreabundó la gracia.

En el Evangelio lo seguidores de Jesús recibimos tres invitaciones en las respuestas de Jesús al tentador.
Una primera invitación (no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios) nos propone vivir más abiertos a la Palabra de Dios en este tiempo de Cuaresma. Si disponemos de un misal en casa, podemos leer y meditar cada día las dos lecturas que nos propone la liturgia de la misa. ¡Cuántas veces hemos cantado!: Tu palabra me da vida, confío en ti, Señor, tu Palabra es eterna, en ella esperaré. Si somos asiduos a esta lectura y a esta meditación, experimentaremos cómo su palabra, su verdad, vertebrará reciamente nuestra personalidad.

Vale para la Iglesia y cada uno. Tenemos que empatizar con todo el que sufre hambre y con todas las necesidades. Pero la solución no es el milagro fá­cil. No dar pan, sino exigir que no haya hambrientos, con nuestro compromiso social.

Jesús niega ser un superhombre que pueda volar por los aires. Rehúye el mesianismo de la ostentación y del triunfo. Su mesianismo es el del servicio. Nos invita a ser testigos del evangelio en la vida diaria, aunque seamos testigos más bien grises, sin brillo especial. Hemos de mostrar la fecundidad de nuestra filiación divina en que seguimos al Mesías en su condición de servidor. Seremos testigos fecundos a través de nuestro servicio.

Vale para la Iglesia y para nosotros. Tenemos a veces la tentación de presentarnos como bajados del cie­lo, hablando con elocuencia admirable. De hablar desde el pulpito, desde arri­ba, desde nuestro saber teológico. De no ponernos al nivel del pueblo, de la gente llana. Pero la evangelización, ya sabemos, no se ejerce con humana sabiduría, ni desde la altura o la lejanía, sino desde la encarnación.

Al Señor tu Dios adorarás y sólo a Él le darás culto. Reservemos momentos para el encuentro y para la adoración de Dios. Si dejamos que Él ocupe su sitio, habrá más orden, más armonía, más reconciliación en nuestra vida.

Vale para la Iglesia y para nosotros. Cuando la Iglesia se alió con el poder, a partir de Constantino, Pipino, los emperadores sacros… la Iglesia tuvo un éxito extraordinario, controlando la cultura, la acción social y gran parte de la polí­tica. Era la Cristiandad imperante. El triunfalismo. Dicen algunos: “¿A qué se reduce hoy la Iglesia? Su declive va en picado, caída libre en todos los aspectos; cada vez menos respetada y valorada. Que siga con su opción por los pobres, a ver cuánto dura.” Pero la Iglesia no es poder, sino fermento, levadura en el mundo. La salvación nos vino desde la luz y desde la cruz.

Porque Cristo es Buena Nueva para el hombre. Cristo es el ideal humano conse­guido, la meta anticipada. Cristo es, por lo tanto, el fundamento de nuestra es­peranza y el estímulo para nuestro compromiso. Pero es también nuestra ayuda. Sin ella, el hombre derrotado y herido no podría ponerse en pie; o, al menos, poco podría andar sin volver a caer.

Lo que distingue al nuevo Adán con relación al primero es que está lleno del Espíritu Santo y se deja guiar por Él; que escucha antes la palabra del Pa­dre que la palabra del diablo. Adán duda y desobedece, Cristo escucha y obe­dece. Y así Cristo nos enseñará a escuchar, a obedecer y a vencer. Es el gran Restaurador, que diría Ireneo. Éste será siempre el camino a seguir en nuestra sanación y liberación. Si queremos dejar de ser hijos de Adán y Eva y llegar a ser verdaderos hijos de Dios, miremos a Cristo y compenetrémonos con Él; sigamos los pasos de Cris­to y asumamos sus sentimientos. Llegaremos a ser hombres nuevos.
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Ojalá estas invitaciones no caigan en saco roto. Si las secundamos, maduraremos como hijos de Dios.

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Habéis oído

2/15/2026

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Por:  Alejandro Carbajo, C.M.F.
https://www.ciudadredonda.org

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Queridos hermanos, paz y bien.

A lo largo de la jornada, todos escuchamos muchas voces. Algunas amables, otras, no tanto. Es difícil, nos cuesta encontrar momentos de silencio. Y, además, ahora tenemos el problema de la inteligencia artificial, que genera imágenes y sonidos como si fueran reales… Ya no sabes a quién puedes creer y a quién no. ¿Dónde podemos encontrar la verdad?

Los creyentes sabemos dónde está la Verdad, en medio de tantas voces. Jesucristo nos dice hoy cómo tenemos que vivir para ser sus verdaderos seguidores. Entre las muchas palabras, está la Palabra de Jesús, que es la Palabra definitiva.

Ben Sirá nos pone en suerte, como se dice en el mundo del toreo… “Si quieres”. Tenemos siempre la posibilidad de elegir entre el camino que nos aleja de Dios y el que nos acerca a Él. No es preciso decir cuál de los dos es más cómodo, más ancho, más llano. Pero lo fácil, también lo sabemos por la fe y por la experiencia, lleva al final a la tristeza, al fracaso, a la angustia e incluso a la muerte. En cambio, al final del camino duro, el que nos acerca a Dios, nos esperan la paz, la alegría y la vida.

Fuego y agua, muerte y vida. Dice el Eclesiástico que a cada uno se nos dará lo que escojamos. Dios, que es justo, nos quiere dar lo que merecemos. Pero, sabiendo cómo somos, por su misericordia, promete ayudarnos, acudir siempre que le llamemos con fe y confianza. Su gracia nos ayuda a conseguir el éxito que, por nuestro esfuerzo, podamos conseguir.

Es que Dios nos ha hecho libres, con una voluntad apta para luchar, para querer, para elegir el bien o el mal. Tenemos que querer, intentar, poner los medios. Y esa voluntad, esa intención determina la bondad o la maldad de lo que hacemos. Por eso, si intentando de buena fe algo bueno – muy importante esa buena fe – resulta algo malo, Dios juzgará lo que intentamos y no lo que hicimos.

Y otro momento importante. No pensemos que basta con intentarlo. Dios nos conoce mejor que nosotros mismo, sabe cuándo de verdad queremos algo y nos esforzamos a fondo, y cuándo sólo deseamos algo sin más, como niños caprichosos, que cambian de opinión cada poco tiempo. Él sabe cuándo actuamos con sinceridad y cuándo nos estamos engañando a nosotros mismos.

Porque a Dios no se le puedes engañar, como engañamos a los hombres. Él conoce nuestros corazones, nos comprende y siempre ayuda a los sinceros, pero no deja impunes a los mentirosos. El interior del hombre, lo que hay en su más recóndita intimidad, eso es lo que cuenta a los ojos de Dios, la intención y el deseo consentido. Jesús que se nos entrega del todo y nos promete el todo, también lo quiere todo y de verdad. No se conforma con las apariencias, con un formalismo sin vida ni sentimiento.

Es una sabiduría misteriosa, como nos recuerda san Pablo, pero accesible, porque se nos ha revelado en el Hijo. Abierta a todos, para poder elegir libremente. Lo que Dios está haciendo sobrepasa los deseos y esperanzas de los hombres. Adaptando un versículo del libro de Isaías (cf. Is 64,3), Pablo describe así la sorpresa que espera a aquellos que han tenido la fortuna de poder escrutar este misterio: “Ni ojo vio, ni oído oyó ni mente humana concibió lo que Dios tiene preparado para los que lo aman”.

Con esa posibilidad de elegir, llegamos al Evangelio. Unas palabras que, de primeras, impresionan. Casi asustan. Porque afirmando lo que ya conocían sus contemporáneos (que la Palabra de Dios no puede fallar), va más allá. Dios no puede repensar lo ya pensado ni renegar nada de cuanto ha dicho en el pasado ni aportar correcciones. El camino trazado por Dios en el Antiguo Testamente tiene validez perenne. Pero Jesús lo lleva a plenitud. “Habéis oído” contra el “pero yo os digo”. Da un vuelco a la forma de entender los Mandamientos.

Jesús sienta un principio que es fundamental a la hora de la verdad: dar importancia incluso a los preceptos menos importantes, el valorar en definitiva las cosas pequeñas. Esto nos recuerda lo que en otra ocasión nos dice, al hablarnos de los siervos que entran en el Reino por haber sido fieles en lo poco; que por eso precisamente entran en el gozo de su Señor. Es como la fórmula de la aprobación divina para el hombre justo. Desde el punto de vista práctico es un hecho evidente que el que cuida los detalles, no descuida lo más grave. También es cierto que el resultado final es la suma de los pequeños esfuerzos de cada momento. Si en cada instante se hace bien lo que hay que hacer, al final la obra será perfecta. Por otra parte, lo que depende realmente de nosotros es lo pequeño, ya que nuestra vida transcurre por cauces sencillos y habituales. Por esto es ahí donde tenemos que luchar, ahí donde hay que demostrar el amor de Dios, ahí donde ha de cuajar nuestro afán de entrega.

Como en la práctica de la antigua Ley había quien se contentaba con ser fiel a los preceptos más importantes olvidándose de los otros, así también en la adhesión a la propuesta de las bienaventuranzas los hay quienes las admiran, las aprueban y apoyan a quienes tienen el coraje de practicarlas, pero se contentan con lo mínimo. Está también el que es coherente hasta el fondo, el que toma decisiones decisivas y radicales. Haberlos, haylos.

Ahora bien, ¿es esto posible? ¿No están estas exigencias, que suenan tan bien, muy por encima de nuestras pobres fuerzas? Jesús que nos llama a ser misericordiosos con las debilidades de los demás, conoce también las nuestras, y las tiene en cuenta. No es un rabino que comenta leyes, sustituye unas por otras, las atenúa o las endurece; es un maestro que nos muestra un nuevo modo de vida que inaugura Él: Él mismo se convierte en ley para sus discípulos. Cumplir la ley entera, hasta la última tilde, significa seguir a Jesús y adoptar su estilo de vida. Él es quien cumpla la ley hasta el final, radicalmente, al dar su propia vida en la cruz.
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Por ello, la nueva ley del Evangelio compendia todas las normas (en relación con propios y extraños, en relación con la propiedad, etc.) en el mandamiento del amor. Y este mandamiento sólo puede acogerse desde la libertad, a la que apela con tanta claridad la primera lectura. En ella vemos hasta qué punto la antigua ley estaba realmente orientada a la plenitud del Evangelio. Porque los preceptos meramente legales se pueden cumplir de una manera exterior, por coacción y sin convicción (con una libertad disminuida), pero amar sólo es posible desde la libertad. No es posible amar “a la fuerza” y de modo puramente externo. Sólo se puede amar de corazón. Y esa fuerza del amor es un don que precisamente encontramos y recibimos en Cristo, que nos ha amado y entregado por nosotros hasta el extremo. No se nos pide aquí nada que no hayamos recibido antes. Y esta es la sabiduría de la que habla Pablo, inaccesible a la mera razón humana, pero que ha sido revelada plenamente en Jesucristo. Es la sabiduría de la cruz, la sabiduría de un amor que se entrega del todo y que, así, “cumple” (llena, perfecciona) la ley entera.
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Vosotros sois la luz del mundo.

2/8/2026

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Por:  Alejandro Carbajo, C.M.F.
https://www.ciudadredonda.org

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Queridos hermanos, paz y bien.

De luz, parece, van las lecturas esta semana. Esa luz que tanto nos hace falta para poder saber dónde estamos y hacia dónde tenemos que ir. El Señor nos dice que nosotros somos luz del mundo como Él es luz del mundo. Y en la primera lectura, Isaías nos dice cómo seremos luz del mundo: “parte tu pan al hambriento, hospeda al pobre sin techo, viste al desnudo y entonces romperá tu luz como la aurora” “Cuando destierres la opresión, la maledicencia, el gesto amenazador, tu luz se volverá mediodía. En pocos días comenzaremos el tiempo de Cuaresma. Son muy buenos propósitos para esta Cuaresma de 2026. Porque, a decir verdad, tendríamos que ir nosotros tirando del carro, no corriendo delante de él para que no nos atropelle. Tenemos que movernos y mover a otros, no dejarnos arrastrar sin vida como cantos rodados que se lleva el río.

No debemos olvidar que el amar se demuestra, sobre todo, en el dar. Y dar no sólo pan. Porque no sólo de pan vive el hombre. Hay que dar también otras cosas. Hay que dar nuestro tiempo, hay que dar nuestras buenas palabras, hay que dar nuestra sonrisa. Y sobre todo hay que dar nuestra comprensión. Colocarse en la posición del otro, sentir como él siente, ver las cosas como él las ve. Juzgar como se juzga a un ser querido, con benevolencia, saber disculpar, disimular, callar… Desterrar la maledicencia, las murmuraciones o comentarios sin amor, sin respetar la buena fama del prójimo… No nos engañemos. O queremos de verdad a todos, o Dios nos despreciará por hipócritas y fariseos.

Por supuesto que no es fácil. Oí hace tiempo a uno de mis profesores en el Seminario, citando a José Luis Martín Descalzo, esta fábula: Llegó una vez un profeta a una ciudad y comenzó a gritar, en su plaza mayor que era necesario un cambio de la marcha del país. El profeta gritaba y una multitud considerable acudió a escuchar sus voces, aunque más por curiosidad que por interés. Y el profeta ponía toda su alma en su sermón, exigiendo el cambio de las costumbres. Pero, según pasaban los días, eran cada vez menos los curiosos que rodeaban al profeta y ni una sola persona parecía dispuesta a cambiar de vida. Pero el profeta no se desalentaba y seguía gritando. Hasta que un día ya nadie se detuvo a escuchar sus voces. Pero el profeta seguía gritando en soledad de la gran plaza. Y pasaban los días. Y el profeta seguía gritando. Y nadie le escuchaba. Al fin alguien se acercó y le preguntó: «¿Por qué sigues gritando? ¿no ves que nadie está dispuesto cambiar?» «Sigo gritando -respondió el profeta- porque si me callara, ellos me habrían cambiado a mí»

La moraleja de esta fabulilla es simple. Ya sabemos que hemos de ser sal y luz para los demás. Nos lo dice Jesús. Nos lo insinúa nuestra conciencia. Es una necesidad apremiante. ¡Hay tantos a nuestro alrededor tan necesitados del buen sabor que dé sentido a sus vidas! ¡Pero hemos de alumbrar no porque esperemos que se va a conseguir un fruto, sino ante todo porque creemos en lo que estamos haciendo! La utilidad, la eficacia, el triunfo, los resultados, el puro fruto no puede ser el baremo más motivante de nuestro ser como candiles o faroles encendidos.

Y si espera esos frutos de inmediato, está destinado al desaliento. Lo sintió en sus carnes san Pablo, cuando con su pretendida oratoria no pudo convencer a muchos. A pesar de todo, la palabra de Dios es potente en sí misma y su penetración en el corazón de los hombres no depende de mediaciones humanas sino de la “manifestación del Espíritu y de su poder”. El Apóstol no se refiere a prodigios y milagros que podrían haber convencido a los corintios a acoger el Evangelio, sino al fruto del Espíritu: esa nueva forma de vida, a pesar de la miseria y las debilidades humanas, había sido adoptada por muchos miembros de la comunidad.

No tenemos derecho a pedir a Dios que cambie el mundo, si no estamos dispuestos nosotros a dejarnos quemar para iluminar, o a meternos y disolvernos entre los demás para dar buen sabor. Y hacerlo sin mirar a los resultados.  El único modo de conseguir que este mundo cambie es irradiar, brillar. Un hombre en paz consigo mismo no necesita hablar de la alegría, porque le saldrá por todas sus poros. Un ser humano con verdadera fe en sus ideas las predicará sin abrir los labios. Como decía san Francisco, “predicar siempre, a veces, con palabras”. Habrá llegado la luz. Y quienes la vean se quedarán haciéndose preguntas. Como les pasó a quienes vieron a Jesús.

Los cristianos sólo podremos ser luminarias si estamos unidos, con todas las consecuencias, a esa gran fuente de energía espiritual, de gracia y de verdad que es Jesús. Es inconcebible pensar que una acequia tenga caudal propio si no está adherida a un río, a una presa o a un manantial. Es difícil, muy difícil, llevar adelante nuestra tarea, el deseo de Jesús, de ser luz en medio de la oscuridad o sal en medio de tanta insipidez que abunda en nuestro mundo si no permanecemos en comunión plena con El.

Sólo Cristo es capaz de alumbrar, con luz verdadera, las sombras que se ciernen sobre la humanidad. Sólo Cristo, a través de pequeñas lámparas que somos los creyentes comprometidos por su reino, es capaz de ofrecer sabor de eternidad y de felicidad a tantos hombres que, en el horizonte de sus vidas, no ven sino fracaso, hastío o cansancio. ¿Seremos valientes para abrir el salero de nuestra vida cristiana allá donde se están cocinando los destinos de nuestra sociedad? ¿Por qué –frecuentemente- preferimos pasar desapercibidos sin dar color cristiano a tantas situaciones que reclaman nuestra opinión o presencia activa como seguidores de Cristo?
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Esta lámpara de la fe no debe nunca ocultarse, sino que debe colocarse siempre sobre el candelero de la Iglesia, para la salvación de muchos. Así podremos alegrarnos con la luz de la Verdad y todos podrán ser iluminados. Dios, nuestro Padre común no se cansa de recordarnos lo único que Él quiere de nosotros: que nos portemos como hermanos y para que el mundo comprenda que nuestra fe es verdadera. Seamos cada uno lucecita en el pequeño ambiente en que nos movemos. Seamos luz de cariño y amor. No importa que esa luz sea pequeña. Hagamos nacer cada uno nuestra luz y el mundo entero será luz de mediodía.
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Bienaventurados

2/1/2026

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Por:  Alejandro Carbajo, C.M.F.
https://www.ciudadredonda.org


Queridos hermanos, paz y bien.

Dichoso, feliz, alegre… Todo eso significa “bienaventurado”. Sin embargo, lo que la mayoría entiende por felicidad no encaja nada bien con las palabras de Jesús. Porque la lógica de Dios es otra. Todo lo que el mundo nos ofrece: “lo primero es la salud”; lo que cuenta es el éxito”; “dichoso el que tiene mucho dinero en el banco”; “feliz quien no se priva de ningún placer”; “yo, mi, me, conmigo y, si sobra, para mí”, no es lo fundamental. ¿Podrá llegar a ser una “persona feliz” quien hace suyas semejantes propuestas de vida? ¿Qué piensa Dios de todo esto?

Nos ponen en contexto el profeta Sofonías y el apóstol Pablo. El profeta Sofonías vivió seiscientos años de Jesús. Suelen datar su profecía en torno al año 640 antes de Cristo. Sofonías era un enamorado de los pobres, de los sencillos, de aquellos que confían. Sentía como nadie el atractivo de su fe, de su confianza en Dios. Por eso, el evangelista Lucas se inspiró en sus palabras para ponerlas en boca del ángel Gabriel cuando le anunció a María la encarnación del Hijo de Dios.

Sofonías llegó incluso a imaginarse a Dios dando saltos de alegría y danzando de felicidad por la liberación de sus pobres. De ellos habla en la primera lectura de este domingo. Un pueblo pobre y humilde, un resto de Israel; vivían en el monte Sión. Eran los que cumplían los mandamientos de Dios y no cometían maldades, ni decían mentiras; los que buscaban la justicia y la moderación y confiaban en el Señor. La iglesia del Nuevo Testamento descubrió en una mujer todo lo que el profeta pre-anunciaba: la pobre entres los pobres, la madre de Jesús, María. ¡Alégrate, hija de Sión!

Pablo hace una invitación un tanto extraña a los cristianos de Corinto: «¡Fijaos en vuestra asamblea!» No les dice: ¡fijaos en mí!, que soy vuestro apóstol, vuestro obispo… ¡No! Pablo nunca quiso que las miradas se fijaran en su persona. Les pide, más bien, que se fijen unos en otros. Una invitación que podríamos también nosotros repetir en nuestras asambleas: «¡Fijaos unos en otros!»

El resultado de esa mirada merece un comentario. No hay muchos sabios en lo humano; lo necio del mundo lo ha escogido Dios; No hay muchos poderosos: lo débil del mundo lo ha escogido Dios; no hay muchos aristócratas: Dios ha escogido la gente baja del mundo, lo despreciable, lo que no cuenta. La comunidad cristiana ha sido llamada para humillar a los sabios, a los poderosos, para anular a lo que cuenta, para acabar con todos los que se glorían de sí mismos y de las cosas que tienen. A veces, nos gloriamos de nuestra «ortodoxia», de nuestros «conocimientos», de nuestro «poder», de contar «tanto» dentro del organigrama eclesial, o social. Pero ahí está la comunidad de los pobres para bajarnos los humos, para hacernos ver que Dios elige lo pequeño, lo que no cuenta.

Sofonías y Pablo han sentido en sí mismos la extraña seducción de la pobreza y de los pobres que confían en Dios y sólo en Él se glorían. Ante quienes presumen de riqueza, de poder, de sabiduría, ellos presentaron una alternativa: ¡gloriarse en Dios! Pero Sofonías y Pablo se quedan muy atrás, cuando uno los compara con Jesús.

Es que, de vez en cuando, Jesús se destapa con algunas de sus genialidades. Nos dice, sin pelos en la lengua donde está el secreto del gozo, el elixir de la eterna felicidad en ocho recetas elementales.  No son únicamente palabras de consuelo, ni de compasiva cortesía. Jesús no bendice sin remover algo, sin activar a la persona bendecida.

Jesús habla de sí, y nos dice que es feliz y dichoso porque es el Hijo amado de Dios Padre; y que esa dicha la quiere compartir con todos, está abierta a todos de manera incondicional. Todos pueden experimentar la misma dicha, también y especialmente aquellos que, según la mentalidad tradicional, estaban excluidos de ella: los pobres, los que sufren, los tristes. Jesús ha asumido todas estas situaciones para hacernos partícipes de su dicha, de su bienaventuranza. En cierto sentido, puede decirse que ha venido a traérnosla haciendo suyas todas las situaciones que pueden hacernos sentir excluidos de la dicha verdadera, de la bendición de Dios.

Si quieres ser feliz comienza, nos dice, despojándote, y liberándote de la fiebre posesiva; hazte pobre, simplifícate, elimina lo superfluo. La pobreza voluntaria, la renuncia al uso egoísta de los bienes que se poseen (inteligencia, buen carácter, conocimientos, títulos académicos, posición social, dinero, tiempo libre…) no es asunto de libre opción o consejo reservado solo al algunos con vocación de héroes o a quienes quieren ser más perfectos que los demás. Esta bienaventuranza no es un mensaje de resignación, sino de esperanza. No habrá ningún necesitado cuando todos lleguen a ser «pobres de espíritu», pongan las riquezas que han recibido de Dios a disposición y servicio de los hermanos, así como lo hace el mismo Dios que, teniendo todo, es infinitamente pobre: no se reserva nada para sí, es total donación, amor sin límites.

Si quieres ser feliz procura tener un corazón manso, suave y bondadoso. Toma la decisión de pensar mucho más en lo positivo y bueno que tienen los demás que en sus zonas oscuras. Acostúmbrate a hablar siempre bien de ellos. ¡Bienaventurados aquellos que, frente a las injusticias, asumen la misma actitud de Jesús! Estos recibirán de Dios la posesión de una tierra nueva; estrenarán una nueva condición en la que florecerán las relaciones pacíficas, en la que ya no existirán más los abusos que caracterizan a un mundo todavía a merced de las “bienaventuranzas” terrenas.

Si quieres ser feliz, acostúmbrate a llorar con quien llora, a reír con quien ríe. Aprende de los niños. Aprende de los santos. Y sonríe, aunque no tengas ganas. Sobre todo, sonríe aquel día que tengas que decir algo amargo. La venida del Reino ha comenzado ya a eliminar todas las situaciones causantes del dolor y de las lágrimas.

Si quieres ser feliz no te permitas ser injusto ni en tu pensamiento, ni en tu lengua, ni con tus manos, ni con tus silencios cómplices. Luego, también exígelo a los otros.

Si quieres ser feliz cree descaradamente en el prójimo y convéncete de que es preferible ser engañado una vez por él a pasarte toda la vida desconfiando de todos (con lo que, por otra parte, serás perpetuamente engañado) Aprende a comprender, y aprenderás el camino del perdón.

Si quieres ser feliz limpia tu corazón a menudo de tus bajos instintos, de malas ideas, de la tristeza, de la ira, de prejuicios… Recuerda al menos cuatro o cinco veces al día que tienes alma y aliméntala bien, por lo menos tanto como al cuerpo. Los puros de corazón son bienaventurados porque tienen un comportamiento que está en consonancia con la voluntad de Dios. No aman a la vez a Dios y a los ídolos. No es puro de corazón aquel que sirve a dos patrones, aquella persona que ama a Dios, pero deja en su corazón el rencor puesto en contra del hermano, aquel que no realiza acciones malas, pero comete el adulterio en su corazón (Mt 5,28). Los puros de corazón son bienaventurados porque a ellos, y solo a ellos, les será concedida una especial experiencia de Dios.
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Si quieres ser feliz trabaja por la paz. No seas ajeno a los conflictos de tu alrededor. Trata de evitarlos o hacerlos desparecer. En la Biblia, la palabra ‘paz’ (shalom) no significa solamente ausencia de guerra. Indica un bienestar total; implica la armonía con Dios, con los demás y con uno mismo; la prosperidad, la justicia, la salud, la alegría. Los “constructores de paz” son aquellos que se empeñan en hacer que esta vida rebosante de bienes se derrame también sobre excluidos y marginados. Estos “pacificadores” serán considerados hijos de Dios.

Si quieres ser feliz, atrévete a creer en algo muy serio. Lucha por ello. Sigue luchando cuando te canses. Sigue de nuevo aun cuando los demás se cansen y te dejen solo. Piensa en lo que Dios querría de ti. Como decía C. S. Lewis, hay dos clases de personas: las que, a la postre, dicen a Dios: «hágase tu voluntad», y aquellas a las que, a la postre, dice Dios: «hágase tu voluntad». ¿A qué grupo quieres pertenecer?

Podría ser bueno, en este domingo, recitar lentamente el Padrenuestro, porque nos educa en tener hambre y sed de la voluntad de Dios. Recitarlo lentamente, deteniéndoos en saborear cada invocación, como sintiendo hambre y sed del don que se pide.
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